Lord Jeffry Bik se hallaba reunido con el capitán púrpura de su castillo además de con varios banderizos suyos. Eran señores menores, tanto que algunos tenían blasón de milagro. Es más, a Lord Bik apenas se le conocía más allá de sus tierras, y no precisamente por su riqueza o coraje: su linaje llevaba más de 800 años en guerra con el castillo de Sand, al otro lado del río, todo por una herencia mal repartida. El señor del río, Bik de pura cepa, padre de dos hijos mellizos, murió sin aclarar la herencia. Al principio, sus descendientes habían combatido con palabras y cortesías, pero con el paso de los años, los cambiaron por espadas, escudos y armaduras, siempre por un trozo de tierra al este de Sand o un bosque al norte de Fortaleza Bik. Una rama, su rama, casi había acabado con la otra, pero la única superviviente escapó a tiempo y se desposó con un Sand del Delta Negro, continuando la guerra 300 años más. Pero ésta pronto acabaría. Dentro de unos días, cuando diera la orden. O quizá antes, si lo provocaban mucho.
- Cállate, Erbyll! Tu caballería es inútil aquí - dijo uno de los señores menores, tan menor que necesitaba un cojín para estar a la altura del resto.
- Oh, déjame en paz, Cuatropalmos - Respondió el aludido - Todos sabemos que en cuanto la batalla empiece, correrás bajo las faldas de tu señora esposa.
La mirada de odio del pequeño señor parecía querer asfixiar lenta y cruelmente a Lord Erbyll, pero Jeffry se interpuso entre ambos.
- De seguir así, los Sand nos destruirán. Unidos, el plan funcionará. Y el Puente de Plata junto con todas sus tierras será al fin de su legítimo dueño.
- Lord Bik, el esplendor de vuestra casa hace tiempo que se apagó - replicó un hombre calvo y con bigote, el señor de Trespinos - En serio creeis que esta locura dará resultado?
- Lo hará, mi señor - intervino el Guardia púrpura, grande, ancho y de rostro bovino - Hemos estudiado planos del Castillo, y hombres leales están infiltrados dentro esperando nuestra señal. El final es definitivo esta vez.
El señor de la Fortaleza asintió. 800 años de refriegas, escaramuzas y batallas de todo tipo (habían llegado a unirse a bandos contrarios en guerras anteriores), tocarían a su fin.. Ordenó silencio, pues sus banderizos comenzaban a discutir sobre su idea y se pusieron a repasar el plan.
En medio de una objeción de Erbyll, tal como era su costumbre, un olor nauseabundo los asaltó por sorpresa. Unos arrugaron la nariz, la mayoría tuvieron arcadas y el refinado y elegante ser Gerry vomitó hasta su primera leche. Al abrirse la puerta, un Guardia traía consigo la fuente del olor: un hombre menudo, de rostro corriente y ropa lleno de estiércol.
- Lo hemos encontrado en la cocina, comiendo -. El capa púrpura era guapo y rubio, el clásico caballero de las canciones. O lo sería de tener algo de cerebro - Dice que sólo venía a robaros, mi señor. Pero encontramos este pergamino.
- Mi señor, yo…- quiso decir el hombre, pero una bofetada bien dada por su captor lo tumbó en el suelo. Y no volvió a abrir la boca.
- Con que Sand, eh? - dijo mientras leía la misiva. Su satisfacción era evidente - Una sorpresa que acabará con nosotros… que rinda la Fortaleza… entregar tierras… perdón blablabla. - hizo una pelota con la carta y la tiró por la ventana- Basura. Mis banderizos y amigos leales, ha llegado la hora. Capitán, dad las órdenes. Señores, reunid a vuestros vasallos. Y tú - dijo mirando hacia el capa púrpura - Llévate a ese hombre a las mazmorras. Cuando ganemos, ya nos encargaremos de él. - El Guardia asintió, cogió por el hombro al prisionero y se fue con celeridad - Bien. Ha llegado la hora.
Y así fue como Cleptómano acabó con sus huesos en un mazmorra luego de provocar una guerra.
Estando Lord Bik cavilando sobre el fin de la guerra y reunido con sus partidarios, un joven vasallo de Lord Jörg Dand, Dumnas se encaminaba a lomos de una pequeña mula al otro lado del río, hacia la Fortaleza. Su señor, el legítimo dueño del Puente y sus tierras le había encomendado hacer de emisario entre ambas edificaciones, y él estaba encantado de servir a su señor.
Su labor estaba clara: llevar la carta firmada y sellada por su señor a Lord Bik. Sin duda, éste se rendiría, o como mucho, escribiría varias misivas, haciendo correr ríos de tinta hasta que Lord Sand se enfadase y usando su plan secreto contra ese intento de usurpador. Y es que todo el mundo sabía que el padre de los mellizos era un Sand, claro, y que los Bik pertenecen a otra rama, claro. 800 años ciegos, pero ahora por fin los pondrían en su sitio. Pero tendría que cumplir con su misión.
Y cuando estaba a escasa distancia de las murallas de la Fortaleza, el mundo se sumió en sombras.
Cleptómano estaba tratando de quitarse el olor a estiércol de la ropa. Habría podido comprarse otra, pero el carro en el que viajaba se había ido sin él cuando se había alejado para mear en una parada de su transporte. No obstante, al volver, el la mierda y su botín habían desaparecido sobre las ruedas que lo transportaban, así que caminó hasta encontrar el Río de Plata y su puente.
Mientras se bañaba, escuchó un repiqueteo de pezuñas sobre el puente, y vio a un joven cruzando, contento. Corrió a esconderse en unos matorrales cercanos a la puerta, en una curva del camino: nadie vería el asalto. Necesitaba dinero, por poco que fuera. Quería pasar al otro lado, pero para ello tendría que pagar, y por duplicado. Los señores de las edificaciones a ambos lados del río exigían sus impuestos. Los muy imbéciles peleaban por cada palmo de tierra, aunque fuera insignificante; su absurda lucha era conocida en todo el continente y en la mayor parte de los otros. Cualquiera les decía que se enfrentaban por culpa de un error del mayordomo: al no hablar éste la lengua común, no supo cómo decir que el testamento estaba debajo del colchón del fundador de la casa, que ni era Sand ni Bik, sino que era un Marealta. Ahora el testamento estaría podrido, y las heridas, igual de abiertas.
En cuanto el joven se puso a su altura, rápido como un rayo, lo dejó inconsciente con un golpe seco con la empuñadura de su daga y lo arrastró hasta la maleza. No halló moneda alguna, pero si una carta. Se la guardó, creyendo que sería útil.
Desesperado `por conseguir dinero, decidió a entrar en Fortaleza Bik, toda hecha en losa azul. Sigilosamente, rodeó los juros y los saltó fácilmente, pues la losa había dejado huecos bien estables. Dentro, encontró una puerta abierta, pasó y se encontró de bruces con una cocina solitaria. No comía desde hacía un par de días, cuando armó toda esa gresca en Jardín de Dioses. Así que decidió ponerse manos a la obra.
Llevaba ya una buena comilona cuando un golpe lo dejó bien sentado y quieto; una buena hostia de un Guardia púrpura. Se levantó, como puedo, pero el soldado lo inmovilizó y empezó registrar de arriba abajo. Encontró la carta y diligentemente, lo llevó ante su señor. Y de aquella entrevista, acabó en la cárcel.
Ahora estaba encerrado en una oscura mazmorra, con poco más que una antorcha para la noche y un ventanuco por el que entraba escasa luz. Y en su conciencia resonaba la cantinela: “Voy a provocar una sangrienta y cruel guerra”. No es que le importara mucho, pero no le hacía mucha gracia morir como víctima de una guerra absurda. Así que mejor intentar pararlo de alguna manera.
- Eh! Eh! EH! ALGUACIL! - gritó con toda sus fuerzas. El alguacil apareció, encorvado, macilento y gruñendo. Pero la cara de sorpresa al ver a un hombre desnudo que, habría jurado, jamás había pisado las mazmorras fue más que evidente.
- Mozo, qué haces ahí? - preguntó con desganada confusión.
- El hombre al que habíais encerrado aquí a escapado. Era un brujo - Siempre funcionaba. Siempre.
- Pero qué cojones!? Ahora mismo te llevo ante mi señor - Le abrió la puerta, le dio una túnica y fueron a ver a Lord Bik, que estaba ultimando detalles de su plan.
- Mi señor, traigo aquí a un mozo que requiere de vuestro oído.
- Ahora no, estaba muy ocupado - lo dijo sin levantar si quiera la vista del mapa.
- Mi señor - dijo Cleptómano - El hombre al que hace un momento encerrasteis en las mazmorras era un brujo. Con malas artes os ha engañado y me ha puesto a mi en su lugar.
- Que tonterías decís? - Seguía sin levantar la vista.
- Pues miradme si no me me creeis. - Alzó la cabeza y su cara cambió de confusión a entendimiento y furia.
- Ese maldito Jörg me ha insultado! No sólo pretende que renuncie a mi legítimo derecho de posesión, si no que encima me engaña y me hace quedar en ridículo! Ser Gerry, haced el favor de coger a unos cuantos de vuestros hombres y de los míos y plantarle el desafió en la cara a Lord Sand. Quieor que no le de tiempo a reaccionar!
- Disculpad señor - Cleptómano fingió humildad y sometimiento - Pero yo conozco la brujo, puedo evitar sus malas artes. Yo llevaré el mensaje.
- Tenéis razón, joven - Garabateó unas líneas en un pergamino - Llevad esto al Castillo. Y no volváis sin una respuesta. Y si en una hora no habéis vuelto, que los Dioses lo protejan.
Con esta amenaza, partió Cleptómano solo, a lomos de un caballo y con los testículos en la garganta, deseando que todo saliera bien.
Pasó sin problemas por ambas aduanas; en la otra orilla del río le habían dicho que esperaban un emisario. Lo condujeron hasta Sand, un hombre adusto y cuadriculado, mal encarado y de pelo ralo.
- Dónde está mi vasallo? - Fue lo primero que dijo. Directo, sin cortesías.
- No lo sé - Cleptómano intentó parecer lo más digno posible - Sólo que me han mandado a mí para llevar esta oferta - Le tendió el pergamino.
- Pardiez, menuda ofensa!- dijo al leer la carta. Nadie hubiera dicho que estuviera molesta, ni siquiera que hubiera exclamado. - Consejero, reunid a todos mis hombres y apostadlos en nuestro lado del Puente. Esto es la guerra abierta. Y vos, mensajero… prendedlo.
Sin darse cuenta, el ladrón estaba atado, caminando al ritmo de los tirones que un soldado púrpura le propinaba. Lo dejaron de pie en la puerta del Castillo, viendo cómo desfilaban las tropas de Lord Sand. El idiota ni siquiera había reflexionado, debía tener unas ganas increíbles de morir. Aunque igual su plan daba resultado. O igual sólo eran bravatas y todo quedaba en nada. Sólo sabía que él había intentado de buena voluntad hacer de intermediario y había fracasado. Habría guerra, y probablemente muriera.
Acabado el desfile, Lord Sand, flanqueado por vario Guardias lo llevó a rastras. Cabe decir que Lord Sand estuvo junto a él todo el tiempo que duró le desfile de tropas, por lo que no podía escapar. Así que se dejó llevar hasta el puente.
Todos los hombres de ambos bandos estaban desplegados. “Vaya, Lord Bik no es tonto”, pensó. Había desplegado sus tropas en un tiempo récord. Claro que ya las tenía listas de antemano, se recordó.
El primero en hablar fue Sand.
- Qué habéis hecho con mi vasallo? Y porqué me mandáis a este hombre en su lugar?
- Dejad de hacer demagogia. Vos me mandasteis primero al brujo. Y a ese hombre no lo conozco de nada. - Cleptómano no podía creer la mala suerte que tenía - Así que supongo que será el brujo.
- Yo no os mandé ningún brujo, pero sea como decís. Juráis entonces no haber visto jamás a este hombre.
- Por todos los Dioses que existen no lo había visto - Ambos señores le lanzaron una mirada interrogativa, pero siguieron hablando -Entonces, admitís vuestras fechorías y os inclináis ante vuestro señor legítimo - Aquello fue más de lo que Jörg pudo soportar. Su cara, que al principio revelaba no creer a su enemigo, ahora estaba llena de rabia por la afrenta.
- Vos? No, mi señor, yo soy vuestro señor legítimo. Arrodillaos ante mí.
- Jamás! - El rostro de Jeffry era de un rojo intenso - Os lo digo por última vez. Rendíos, o usaré mi as en la manga.
- No os tengo miedo, yo también tengo uno. Haced lo que os plazca pues. Pero tened en cuenta que no me inclino ante nadie, y menos ante un usurpador como vos.
Entonces, lord Sand levanto la mano derecha junto con los dedos índice y anular estirados, mientras que Bik hizo un gesto similar: brazo en alto, pero con el pulgar y el índice. Los bajaron a la vez, de espaldas un del otro, pero enfrente de su ejército, a la voz de “Adelante!”. Sonaron dos cuernos, con notas disonantes. Luego silencio. Ambos señores se miraban con tensión contenida. Cleptómano estaba desesperado, enseguida se desataría la batalla y moriría pisado por un caballo.
De repente, un sonido estremecedor comenzó a oírse, primero en una orilla, muy tenue. Luego en la otra, igual. Progresivamente, fueron aumentando. Y anonadados, vieron un espectáculo inesperado: ambos castillos avocaban al derrumbe. Con la boca abierta, todos los hombres ahí presentes contemplaron, impotentes, como las fortificaciones que iban a defender con su vida, tal como hicieran sus antepasados desde hacía 800 años, se caían piedra a piedra, con un inmenso estrépito. La inmensa polvareda que levantó permitió a Cleptómano quitarse sus ataduras (años de práctica) y correr entre la confusión. Con que esa la estrategia, eh? Mandar vasallos leales al castillo contrario para debilitar las bases y en cuanto se diese la orden, dejar pasar a soldados infiltrados para que derribasen los pilares. Al final, todo había salido mejor de lo que esperaba.
Cuando estuvo a una distancia prudencial, esperó a que se levantara la polvareda y vio una montaña de armas en el suelo, algunos caballeros y soldados rezagadas yéndose y los dos señores gritando que volviesen con ellos y acabasen con el enemigo. Entre risas, y con una brisilla acariciándole sus partes blandas, pues sólo tenía una sencilla túnica, Cleptómano dio media vuelta y siguió su camino.
joder con el puto cleptómano de mierda
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