- …me estás tomando el pelo - consiguió oír a una voz cascada.
- No, este golpe será increíble - escuchó contestar a una voz aguda - En las mimas narices de esos capas púrpuras.
- Yo no pienso arriesgar el pellejo - escupió al suelo de una manera sonora, o lo habría sido de no ser por la fiesta de alrededor - Ni todo el oro de Montañagrís haría que me jugase mi ojo sano.
- Disculpa, olvidé que estabas hecho en oro.
- Si estuviera hecho de oro me habría despellejado, vendido y comprado un castillo al norte del Valle.
- Pues le imploro su perdón, Ser Lorry del Valle - el tono de sarcasmo hizo que pareciera imbécil. - Pero si quieres ser un poco más rico gracias a la siempre “leal” guardia irás mañana a medianoche a los jardines de - Un gordo se puso a gritar y sólo logró discernir “oeste” de entre los bramidos del orondo cantor. La ira y la rabia ocuparon su rostro. Cómo iba a encontrar unos “jardines al oeste” si en esa ciudad había más jardines que palacios a lo largo del Río de las Almenas? Esa noche tendría que moverse y localizarlo. Un golpe al Palacio de los Jardines, el palacio con más oro de la región, no era nada despreciable. Si se organizaba bien. Peor lo descubriría mañana.
Al acabar la comida, maldijo entre dientes: el oro de los guardias se le había agotado antes que la virginidad de una doncella en un burdel de baja estofa. Y eso que sólo había cogido un caballo para llegar a Jardín de Dioses (la ciudad) y comprado ropa (túnica, jubón, calzones y calzado). Volvió a maldecir, se levantó, cogió la jarra y dándose la vuelta repentinamente, se la rompió al enorme, tanto en anchura como altura, cantante. La sangre le empapó el pelo, le corrió por las mejillas y el cuello, pero sólo lo hizo encogerse sobre el increíble volumen de su panza. Se incorporó y su cara cambió de una expresión de brutal confusión a una brutal a secas.
- Tú, piojo castrado!- bramó - Acaso tienes la menor idea de lo que has hecho, cruce de ramera y mula!?
- Si, acallar vuestros horribles cantos de apareamiento - respondió Cleptómano impasible, obviando el hecho de que las mulas eran estériles. Unas risillas surgieron del fondo de la taberna. Una furiosa mirada las acallaron enseguida.
- Veo que tienes agallas, hombrecillo - Parecía hasta complacido - Pero hombres mejores que tú han intentado callarme. Acaso no sabes porqué me llaman la Vaca?
- Por el tamaño de tus ubres? - Los ojos de la Vaca (que clase de ridículo mote era ese? Y lo peor, porqué se sentía orgulloso de él?) se encendieron, cogió una mesa y la tiró hacia el ladrón, pero Cleptómano la esquivó ágilmente, con lo que impactó a unos Guardias, un capa roja y sus patrulleros de sobrevesta con el escudo ensangrentado de la Guardia. De repente, todos en el bar desenfundaron armas y comenzaron una batalla campal en plena taberna antes los atónitos ojos del posadero: unos con los Guardias, buscando su favor al acabar la contiendo, otros con la Vaca y una pequeña facción, contra nadie en particular, simplemente, montando el caos. Y con todos ocupados, Cleptómano se escabulló por la puerta.
Ya fuera, observó el sol. Aun estaba demasiado alto, así que decidió ir a algún callejón a echar un buen sueño; era de naturaleza somnolienta, pero su profesión le obligaba a no dormir mucho, con lo que tenía que aprovechar lo más mínimo. Y ya que allí todavía no había cometido delito alguna, podría darse el gustazo. Se dirigió al oeste para estar cerca de su objetivo, y en una callejuela detrás de lo que semejaba una carnicería por el olor se paró a cumplir su propósito. Se tumbó en el suelo, se arrebujó en su túnica y al instante, cayó en un profundo sueño.
Unos extraños golpes lo devolvieron a la realidad. El sol estaba casi bajo del todo, la ciudad estaba casi en penumbras. Una figura fiera y adusta, de cierto aspecto metálico y una capa de color indeterminado se erguía junto a él.
- Qué haces aquí? En esta ciudad no se puede dormir en la calle - dijo con seguridad.
- Y eso por qué? Tengo mucho sueño y poco oro
- Porque, desecho inmundo, dormir cerca de una establecimiento te convierte casi al instante en ladrón - Cleptómano apretó los dientes: era un Guardia verde, patrullero de ciudad. Lo más idiota de toda la Guardia, brutos que mantenían el orden a base de espadazos.
- Pero, acaso no sabéis quién soy? - Lo dijo con cierto acento costeño y con mucha convicción. El Guardia puso la misma cara que las vacas usaban para mirar a los caminantes que pasan por su lado. - Dioses, qué gente más inútil hay ahora en la Guardia! En mis tiempos eran la élite, no unos brutos borrachos y unicejos!
- Ya me estás hinchando las pelotas, escoria!
- Calla y escucha, bruto descerebrado! No recuerdas a Lord Marengo, el Desaparecido - La cara del Guardia dejaba ver que sabía que había metido la pata - Pues desaparecí para que me dejasen de molestar . Toda esa basura de herencias y conspiraciones por mi inmensa fortuna me tenían cansado, así que decidí desaparecer. Y aquí estoy, sin que nadie me reconozca. Hasta que llegaste tú a tocarme las narices. Así que más te vale dejarme en paz si no quieres que envía un mensaje a mi hijo y se te juzgue por desacato. Aún tengo influencia, por si no lo sabes.
- Pero… vos… yo… creí que erais mayor…
- Y? No es el Sacerdote Mayor más viejo que el mismo rey y parece que subiera al poder ayer? - Al menos, eso se decía - Sal de mi vista antes de que me enfade y te haga perder algo más que el puesto. - Y con la mayor celeridad, el Guardia se fue. Le encantaban este tipo de Guardias, tan acostumbrados a cumplir órdenes que jamás se paraban a pensar. Y menos mal, si no se habría dado cuenta de que Lord Marengo tenía 106 años y sus restos descansaban en una playa al Sur de allí.
Se había librado, pero tendría que andarse con mucho cuidado, a los capas verdes no les gustaban los mendigos. Sin embargo a él sí: sabiendo tratarlos, siempre se obtenía información muy valiosa. Con esa idea, entró en un jardín, llamado de los Tulipanes, pero apodado por la plebe “de los Mendigos”, debido a que allí se concentraban los pedigüeños de la ciudad al anochecer. Y eso lo sabía todo el mundo, aunque nadie jamás movía un dedo para impedirlo, quién sabía por qué.
Al rato de entrar, encontró a un desdentado y barbudo mendigo. Se acercó a él y habló.
- Necesito información.
- Oh, sí, igual que todos. Pero sólo unos pocos pagan el precio - Las eses silbaban entre los huecos de sus dientes.
- Pedid y se os dará. Quiero información sobre el golpe al Palacio de los Jardines.
- Tenéis dientes para mi?
- Temo que no.
- Entonces tendréis que quitarme las pulgas. Y no hay negociación posible - Y la sonrisa que puso no sabría si definirla de victoria o de placer.
- Está bien - Accedió, poniendo los ojos en blanco. Mientras rebuscaba entre los mechones blanco del mendigo, éste comenzó a hablar.
- Mañana, en el Jardín de los Robles, un poco más al norte de aquí, Jeris Manosrápidas recibe a medianoche a cualquiera que quiera participar en su robo. Dicen que tiene un amigo Guardia de capa púrpura que les abrirá las puertas. Es todo cuanto puedo decirte, muchacho.
Veintisiete pulgas después, Cleptómano se puso a dormir en la rama de un árbol, maquinando lo que haría al día siguiente.
Pasó la mañana y la tarde comiendo, bebiendo y montando gresca para poder irse sin pagar. Era increíble la facilidad con la que la gente te encendía en aquel lugar. Llegada la noche, se fue corriendo al lugar indicado. Una veintena de personas lo recibieron. Eran un grupo de los más singular: desde hombres con grandes barbas y anchos hombros a jóvenes con pelusa y granos. Incluso una mujer, regordeta y con algo de bigote, estaba allí.
Con las campanadas de medianoche, apareció Jeris Manosrápidas, un hombre bajito, delgado, de facciones afiladas y pelo rubio.
- Vaya, sois más de los que esperaba - dijo con voz melosa y pausada, con cierta satisfacción. Luego se puso serio. - Pero no os confiéis, será duro. Acercaos, decidme vuestros nombres y luego os diré mi plan.
Uno a uno, fueron diciendo sus nombres. Cleptómano, como no, dio un nombre falso, Delrog.
- Ahora que estamos presentados, os explico: mi colega en el Palacio abrirá las puertas a unos cuantos de nosotros, disfrazados de mercaderes. Sin embargo, en cuanto entréis, tenéis que armarla. Gritos, golpes, peleas, lo que se os ocurra, pero que vengan los Guardias, cuantos más mejor. Entraremos por la Puerta Alta, con lo que tendrán que dejar las torres sin vigilancia. Entonces entramos el resto, en grupos de dos. No será muy difícil, alguien del servicio nos tenderá una cuerda en cada torre. Entramos, cogemos todo lo que encontremos en la puerta que tendremos enfrente y salimos pitando por las mismas cuerdas. Un silbato con sonido de águila será la señal para que nuestro señuelo escape corriendo. Nos reuniremos en 3 días aquí mismo. Bien, todo claro? - Cruzaron miradas de afirmación. Cleptómano no confiaba en la Guardia, pero ese golpe… no lo iba a dejar escapar. Asintió - Mañana, dos horas antes de las campanadas, en la callejuela al sur del Palacio. Lo tendré todo listo.
Al día siguiente, luego de pasar el rato con más gresca y más comida (qué bien se lo pasaba con esos tíos!) llegó al sitio indicado. A él le había tocado la torre del Fuego junto con la mujer del bigote, Amarís. Ésta, al verlo llegar, puso una cara de extrañamiento.
- Tú no estabas ayer con nosotros - Aseveró sin mucha confianza -.
- Sí, soy Delrog. Me he maquillado para que no me reconocieran - La expresión de la mujer cambió a comprensión absoluta.
- Muy sabio por tu parte. Oigo ruidos en dirección a la Puerta Alta. Deben de entrado.
Como corroborando sus palabras, una cuerda bajó de la ventana. Amarís subió primero, seguida de Cleptómano. Llegaron, entraron, abrieron la puerta y… cerrada. Sin previo aviso, unos alarido subieron por las escaleras acompañados por unas pisadas metálicas. En los rostros de ambos ladrones afloró el pánico más absoluto. Así que Cleptómano, actúan rápido, cogió carrerilla y de un empujón, rompió la puerta. Era madera podrida, y lo único que guardaba era una trampilla. El ladrón se dirigió corriendo a ella, la abrió y se metió en ella mientras unos capas púrpuras cogían a su compañera por la camisa y le cortaban el pescuezo. En plena apoteosis del pánico, corrió por la pasarela que conectaba la torre de vigilancia con el castillo. Los habían engañado. Y la avaricia lo había arrastrado hasta esa trampa mortal.
Los Guardias estaban justo a sus espaldas, y una puerta de acero se interponía entre la torre del Fuego y él. Desenfundó su daga y sin pensárselo apenas, saltó al vacío mientras los Guardias corrían en pos de él. No lo atraparon y él cayó. Consiguió clavar la daga en un enorme estandarte azul con el dibujo de una torre negra (no sabía que quién podría ser, pero tenía que ser importante) y deslizarse. Aterrizó con una fuerte golpe de trasero en cuanto la tela se acabó, estaba dentro de un pequeño patio, con la única salida abierta. Se frotó su dolorido culo y corrió adentro. Comenzó a subir escaleras y recorrer pasillos hasta que llegó a un rellano con dos puertas enfrentadas. De la su izquierda salía un ruido de roce de sábanas y gemidos de mujer. Ya había tenido con Lady Laguna, así escogió la otra puerta: montones de oro y alguna piedra preciosa estaban al alcance de su mano. Babeando y con la vista empañada de lágrimas felices, empezó a meter todo lo que podía en el saco que le habían dado anoche. Cuando empezaba a tener problemas de espacio, unas sombras aparecieron a su espaldas. Capas púrpuras.
- Creíamos haber atrapado a todos los ratoncitos de la torre Magna. Nos equivocamos - Sonrió con satisfacción el de la izquierda.
Para su adentros, Cleptómano maldijo una y mil veces. Cómo se las había apañado para llegar a la torre Magna? Las torre de la gente importante, la más vigilada, la que iba a robar Jeris… que probablemente estaría muerte, igual que él si no pensaba rápido. Cogió un enorme pedrusco brillante y lo arrojó contra el Guardia derecho. El lanzamiento los pilló desprevenidos, así que reaccionaron agachándose, como vulgares críos jugando. Y él aprovechó el descuido para saltar por encima de ellos y correr. Hacia arriba, justo donde no tendría salida. Se sorprendió al encontrar una puerta entrecerrada, se metió por ella y encontró a lo que parecía un Sacerdote encamado con una cortesana de abundantes carnes. <<Acaso estoy en el palacio de La Polla Caliente!?>> exclamó para sus adentros a la vez que el Sacerdote llamaba por los Guardias. Vio una venta y sin dudar, se lanzó por ella. Ambos capas púrpuras se quedaron atónitos. Se asomaron y nada vieron. Salieron corriendo a buscarlo. Entre tanto, Cleptómano se había agarrado a la cornisa y subido al tejado. Y allí estaba, subido a un tejado del que no podría bajar… hasta que descubrió un estad andarte igual al anterior. <<Bueno, no me queda otra. No, en realidad, morirme de hambre>>.
Saltó sin vacilar, pero cuando llegó al final, se encontró que acababa a una distancia considerable del suelo. Cayó en pleno grito, aferrado a su bolsa de oro y con los ojos cerrados.
Abrió los ojos y se movía. Un olor nauseabundo le bajó hasta la garganta. Casi vomitó, pero se contuvo. Reflexionó cómo había ido a parar a un carro lleno hasta los topes de estiércol. Recordó haber caído y… ahora sólo tenía dolor, mucho dolor. Y la bolsa de dinero. No creía que a los 3 días alguien volviera al Jardín de los Robles, así que se estiró, se relajó y se dejó llevar por la mierda.
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