V
- Pero si en Zarpapiedra me costaba la mitad! - Shía estaba indignada. Tenía dos días y mucho que coser. Esas telas eran lo único que le faltaba para acabar el vestido de su señora. Pero ese inútil comerciante ambulante parecía no entender la urgencia de la situación.
- Si en Zarpapiedra le cobran menos, le sugiero que lo compre allí - replicó, con educada frialdad.
- Zarpapiedra está a cuatro días de aquí! Necesito esas telas ahora! - Si hubiera podido, sus ojos, más verdes que azules, se habrían vuelto rojos y el pelo rizo se le erizaría. Si hubiera podido, que no fue el caso. No obstante, su indignación era más que evidente.
- Jovencita - comenzó a decir su interlocutor, falto ya de paciencia - entiendo que su señora necesite el vestido. Al fin y al cabo, es su boda. También alcanzo a comprender que crea que mis telas son caras. Pero yo he de deambular por todo el continente, a falta de un trabajo mejor. Necesito dinero suficiente para mantenerme. Creo que la rebaja es más que aceptable, pero si tan mal le parece, puede aguardar al siguiente vendedor que pase por aquí. Aunque para eso, creo que le compensaría a ir a Zarpapiedra. - Una sonrisa sarcástica asomó por entre sus barbas pobladas.
- Está bien, está bien! - A regañadientes, Shía sacó las monedas, las intercambió por las telas doradas y se fue con indignación bien visible por el camino del Este, hacia Colina Férrea y su Bastión.
Colina Férrea era un claro elevado, un enorme claro elevado donde se asentaba una de las más majestuosas y espectaculares construcciones de la zona: El Bastión de Colina Férrea. A pesar de lo carente de imaginación del nombre (los antiguos nunca fueron muy creativos), llevaba miles de años guardando la Colina y sus minas de hierro (de algún lugar tenía que venir el nombre), dominando todo el Mar de Pinos, bosque por el que ahora Shía caminaba. Tal era su magnitud que sus torres se veían desde Puente Plata en un día despejado, y eso que estaba a siete días de allí. De todos modos, no es que fueran torres, en realidad, era una torre central, larga como un día sin pan, y varias mucho más pequeñas, que salían a distintas altura de la central. Y bajando por la enorme torre, se hallan varios pisos circulares, una encima de otro y progresivamente más estrechos, cada uno con cuatro estandartes al norte, sur este y oeste, al igual que las puertas en el último y más ancho piso. Los estandartes reflejaban un montaña azul en un mar azul celeste, símbolo del linaje que durante miles de años, había reinado en la Colina y el Mar de Pinos: los Casquivana. Y como dentro de dos días, el actual lord Casquivana se iba a casar con lady Marye de las Islas Colmillo (en realidad era una sola isla de esa forma y varios pedruscos alrededor que los optimistas isleños ascendían de categoría), estableciendo así una poderosísima alianza y reafirmando el poder de los Casquivana una vez más, también había decoraciones de fiesta por las paredes y las murallas. Con todo este panorama, Shía tendría que darse prisa si no quería que su señora fuera desnuda a su boda.
Recorrió el sendero casi a ciegas. Ella y su amiga Nana eran naturales de Zarpapiedra, pero Lord Berg Casquivana, el anterior señor, las había cogido bajo su protección cuando eran muy pequeñas. Les enseñó a leer y escribir (más bien los maestros contratados) y ahora el actual señor, Lord Daft Casquivana las había puesto al servicio de su prometida. Ambas chicas le estaban muy agradecidas; el trabajo no era muy duro y Lady Marye era muy agradable, tanto que se habían hecho amigas casi. Y el sueldo tampoco estaba mal.
El final de todas estas divagaciones coincidió con el del sendero, donde la Puerta Prima se alzaba imponente frente y sobre ella; tenía 14 varas de alta, incrustada en una muralla de 17 varas, la cual rodeaba unas dos fanegas de superficie. Vigilando todo esto se hallaban los Guardias Amarillos, un cuerpo especial dedicado únicamente a patrullar tan magnífica construcción y evitar que nadie atravesase la puerta de metal pulido.
Una cabeza de pelo lacio, cara ovalada y ojos pequeños asomó desde lo más alto. Ese era Thau, Capitán de los Capas Amarillas, Guardián de la Puerta Prima y su amante. En secreto, claro, pues los Guardias hacían juramento de castidad. Aunque, como en este ejemplo, no era muy respetado, debía de guardarse silencio, pues de descubrirse, su querido Capitán perdería algo que a ella le encantaba. Y no precisamente su cara.
- Quién va?- Gritó desde lo alto, con un cono que ampliaba su voz. El sol se reflejaba en su armadura chapada en ónice, negra como su pelo.
- Soy yo, ser- contestó usando un cono atado con una cadena a la muralla. -Shía, la doncella.
- Recibido. Abrid! - Como respuesta, comenzó a oírse un increíble estrépito, y poco a poco la puerta se fue abriendo. Shía miró hacia arriba. Creyó a ser Thau le guiñaba un ojo. Se lo devolvió y entró. Rosas de todos los colores, tulipanes, sicomoros e iris blancos la recibieron, adornando un jardín extenso y a veces parecían devorar las pequeñas casas del servicio.
Por un sendero de piedra pulida y perfectamente colocada llegaba Liquen. Como ocurría con muchos del servicio, al entrar a trabajar al Bastión sus compañeros le ponían un mote. A veces, su nombre se diluía y sólo quedaba su apodo. Evidentemente, Liquen estaba en ese grupo, un tipo de estatura media, ojos hundidos, pelo muy gordo y delgado. Iba sentado en el cabestrante de un carro largo, tirado por un yegua. Un hacha estaba apoyada a su lado.
- Epa!- Saludó con entusiasmo - Cómo te va, moza?
- Hola! - respondió la doncella alegremente. Le encantaba hablar - Pues acabo de conseguir la tela que me faltaba para rematar el vestido. Ahora podré acabarlo. Y tú?
- Me alegro de oír eso. Yo voy al bosque a por madera. Hay que acabar algunos muebles y alimentar el fuego - dijo como si fuera una tarea cotidiana.
- Pero… tú solo? No necesitáis mucha madera? - La incredulidad le hacía levantar una ceja y arrugar la nariz.
- Pero claro! Son sólo seis troncos de nada!
-Ah… pues buen trabajo machote - dijo respondiendo a su bravuconada, mientras comenzaba a caminar.
- Lo será! - replicó con entusiasmo el leñador.
Y así siguió su camino. Fue hasta la puerta que daba al sur. Pasando por las caballerizas, que no estaban muy lejos de su destino. Allí estaba Tinas, el mozo de cuadras, chico alto, amplia barba para su juventud y cuerpo atlético. Le encantaba hablar con él, a pesar de ser un tanto gruñón. Y le solía tomar el pelo a menudo. Pero aún así, le agradaba, y punto.
- Hola Tinas! - Fue corriendo a darle un abrazo en cuanto lo vio. Pero éste te apartó enseguida, con la suficiente habilidad para no derramar el cubo que llevaba.
- Quita niña! No tengo tiempo para tanta tontería! - contestó con tono brusco, alejándose a paso acelerado, cubo en mano. Shía lo siguió como pudo.
- Pero yo sólo quería enseñarte esta tela que…- dijo haciendo pucheritos.
- Mira, tengo que abrevas estos caballos, conseguir habilitar la hostia de establos para los invitados que vendrán dentro de dos días, y por si fuera poco, conseguir comida suficiente para esa cantidad de bestias. Así que no tengo tiempo para gilipolleces.
- Pues que te jodan! - Su cara de niña buena estaba roja. Si ella sólo quería hablar, era una injusticia. Siempre igual, pasando de ella. Ni que fuera tanta cosa como para no poder atenderla! Comenzó a marcharse refunfuñando maldiciones.
- Bueno, perdona - Tinas pareció recapacitar a juzgar por su voz sumisa - Es que estoy estresado. No me pagan lo suficiente para tanto trabajo - Esbozó una sonrisa. Shía comenzó a recuperar su color original - Anda, ven aquí - Dejó el cubo en el suelo y estiró los brazos. La doncella bufó, pero luego sonrió y aceptó el abrazo.
- No me vuelvas a hablar nunca así, eh?
- Vaaaaale. Y ahora, por favor, vete. Me hace falta el tiempo. Mañana subo a ver ese hermoso vestido, eh?- Sonrieron juntos.
- Está bien. Hasta mañana! . Y siguió su camino hasta llegar a la puerta. Dentro, subió con celeridad las escaleras hasta llegar a la sala de costura. Allí estaba buena parte del vestido, de un brillante color oro.
Se sentó enfrente del telar y comenzó a hacer la falda. Estaría llena de volantes, eso lo tenía muy claro. Y detalles en abalorios dorados, para que se viesen. La tela que había conseguido era también de color dorado, asombrosamente parecido a la otra mitad, una especie de jubón de manga corte y escote puntiagudo.
Continuó su obra durante muchas más horas, hasta que no hubo más luz que la de su vela. La base estaba hecha. Mañana la acabaría. Subió a su habitación, sin comer nada, y vio que Nana ya estaba en un profundo sueño. Tomó ejemplo y se puso a dormir.
Una dulce melodía la despertó. Cantaba una canción de caballería y amores acabados. Era Nana. Ella estaba más unida a su señora que Shía, pues sabía más canciones, cocinar, lavar, conversar… aptitudes que lady Marye apreciaba mucho. Y además era muy guapa. Un liso pelo negro le caía en cascada por la espalda. Dos ojos marrones le adornaban la cara de facciones pequeñas y suaves. Aparte, era la mejor amiga que tenía en todo Bastión y en su mundo conocido.
- Qué hora es? - preguntó Shía, con voz pastosa y somnolienta.
- Hace dos horas que ha amanecido. Lady Marye ha requerido tu presencia para saber cómo avanzaba el vestido - le contestó Nana mientras se peinaba - Le dije que estabas trabajando en él. También quiere que vayas a las cocinas.
- Gracias - dijo mientras se desperezaba - Y para qué me quiere en la cocina? La que entiende eres tú
- Ya, pero me necesita para organizar el banquete y a los invitados, tarea que resulta casi imposible. - Paró de peinarse y se volvió a su amiga - Cree que tú podrías mirar si serán capaces de dar abasto y poner orden. - Se levanto y se encaminó a la puerta - En fin, me voy, a ver si podemos por fin sentarlos a todos. Recuerda informar a nuestra señora.
- Lo haré, lo haré, tranquila - Nana se fue y Shía se comenzó a vestir para el nuevo día.
Nada más estar lista, bajó a las cocinas, un piso subterráneo con unas chimeneas que asomaban como si fueran pequeñas casas. Así estaba ventilado y no alteraban la visión del jardín. Allí abajo bullía la actividad. Sólo consiguió que un pinche desocupado, al que jamás había visto, que tenía la cara más común y normal que había visto en su vida, sin absolutamente nada destacable.
- Eh, tú! Lady Marye me manda para saber cómo vais.
- Dile a tu señora que, según mis jefes, tenemos comida suficiente para cinco bodas como esta. Y que todo estará listo a tiempo. Además, como menú…
- Bueno, vale. Ay! - Un cocinero la había pisado - Ten cuidado! Mejor ve tú en persona y que ella apruebe el menú y todos los detalles que le quieras dar. Le gustará saberlo de alguien que trabajo aquí abajo - Se sintió aliviado de cargarle el muerto a otro. Así tendría más tiempo que gastar antes de ponerse con el vestido. Pero cuando iba a salir, se acordó de algo - Me puedo llevar algo de pan y queso?
- Como gustes, nadie lo echará en falta- dijo con indiferencia el anodino pinche. Así pues, Shía cogió la comida y se fue.
Todavía tenía mucho tiempo, por lo que decidió pasarse por el patio de armas, cerca de la puerta oeste. Le gustaba ver pelear entre sí a los caballeros y soldados, recordando viejas historias de héroes. Si es que en el fondo era un soñadora.
Llegó después de dejar su comida en la sala de costura y buscó un sitio desde donde dominara todo el patio. Dos jóvenes que debían haber llegado con los señores invitados más adelantados, pues nunca antes los había visto, hacían cantar sus romos aceros de entrenamiento mientras una voz extranjera escupía órdenes.
- Mal! Tenias que háberr blokheado porr árriba! Átakha, ahorra! No, no fintess, dejass tu dekhas tu défenssa al desscúbierrto! - les gritaba Ximnart, el maestro de espadas, a cada movimiento que hacían. Su voz rasgada, de tan extraño acento, indicaba que provenía de una isla del este, de nombre impronunciable. Tenía un pelo pajizo, perilla pequeña y una extraña forma de comparar nuestras costumbres con las de su hogar.
- En mi pais no hay leniadorress. - le decía una vez a Líquen una de las cabañas del servicio - Unna guarrnición de sóldadoss árrmadoss se dédica a esso. Nuesstrross boskhes sson péligrrossoss, perro loss árboless máss.
- En mi pais no eksisten khimeneas - comentaba una vez en el Gran Salón, donde en la boda tratarían de encajar a todos los invitados - Si ténemoss frríoss, bébemoss, peléamoss o fóllamos, pero nunkha encédemoss fuekho.
- En mi pais - decía ahora - vósotrross serríaiss considerradoss íneptoss parra la luchia y desstérradoss parra ssiemprre en el (de verdad esos sonidos podían articularse?), de dionde khamás ssaldrríaiss vivioss. Perro suponkho khe parra esste lukharr está bien. Désskhanssad.
Como de la nada, se comenzaron a oír pisadas metálicas. Y por la puerta aparecieron los Guardias Púrpuras, defensores del castillo, la frente de los cuales iba Gared, su Capitán., un hombre tan alto como delgado, tez morena y fuerte acento sureño.
- Perrfecto, máss vikhtimass. - comentó Ximnart. Gared le dedicó una mirada muy dura.
- Oye, isleño loco -le dijo el capitán de rudas maneras - te hemos contratado para que entrenes a los reclutas y señores que puedan pagar, no para que los hagas matar entre sí. Sigue así y me encargaré de ti personalmente.
- Mi método ess khe ssólo el fuerrte sobrrevivie. Perro ssi no oss khusta mi forrma de entrrenarr, serrá un placerr vólverr a encarrgarrme de vos, khapitán.- dijo el maestro de armas con desafiante elegancia.
El odio inundó la cara de ser Gared, e indignado, pero sin perder su regio porte, se dio la vuelta y se fue, casi llevándose a la pequeña Shía.
Antes si quiera de salir del patio, incluso antes de que la doncella se levantase, un Guardia Amarillo le corotó el paso al Capitán Púrpura.
- Ser, el Guardián me envía a deciros que un intruso ha intentado colarse dentro del Bastión, pero creemos haberlo hecho huir…
- Pues si huyó con el rabo entre las piernas, asunto zanjado! Déjame en paz! - Apartó al soldado de un empellón y siguió su camino a apuradas y largas zancadas.
Era normal esa reacción en el Capitán. Al llegar Ximnart, hace varios años, ambos eran uña y carne; bebían y se entrenaban en un ambiente de camaradería muy cálida, casi como grandes amigos. Pero una noche en la que el hidromiel corrió en demasía, una mujer de amplias caderas y generosos pechos se cruzó entre ellos. Hubo ebrias y malas palabras, fieras peleas de borrachos y una humillación hacia el Capitán, que perdió la refriega, la chica y los calzones. Hay quien dice que el guerrero extranjero peleó armado con una patata.
Shía se quedó a ver los ejercicios de la soldadesca, que luego devinieron en duelos y una batalla campal que se alargó hasta bien entrado el mediodía. La doncella se dio cuenta, y alarmada, subió corriendo a la sala de costura. Alguien se había comido su pan y su queso, por lo que se tuvo que poner a trabajar hambrienta.
- Shía, te traigo algo para comer.- Se sobresaltó. Estaba tan concentrada que no había oído entrar a Nana - También le dije a Tinas que no subiese. Me dijo que mañana vendría a verlo. Te falta mucho?
- Sí, bastante. Los detalles que tengo en mente son bastante complicados, peor lo tendré a tiempo. Gracias por todo - devoró el pescado y dejó el pan con chorizo por si le entraba hambre más adelante.
- Cuando acabes sube a dormir. Te lo mereces. -le dedicó una sonrisa muy cálida y se marchó. Shía se la devolvió y continuó trabajando. No subió en toda la noche.
Se despertó sobresaltada y desorientada. Miró en rededor y al ver a Tinas y Nana observando el vestido, se tranquilizó. Se debió haber quedado dormida en la silla al acabar. O eso creía, pues no recordaba rematarlo.
- Es precioso -susurraba el mozo de cuadras - Y lo hizo ella solita?
- Lleva todos estos días trabajando en él -contestó Nana en voz baja - Si la fuera dentro de otros dos días, comenzaría a temer por su salud.
- Ya puede lady Marye una gran recompensa.
- Entonces espero que mi señora te oiga- respondió Shía en tono normal, incorporándose y desperezándose - Gracias por los halagos - Sonrió, peor un bostezo se cruzó en su camino.
- Ven aquí, Shía! - Tinas y ella se abrazaron - Has hecho el mejor trabajo que te he visto - La doncella estaba bien roja - Bueno, me voy. Los invitados comienzan a llegar por miles, y somos muy pocos en las caballerizas - Antes de salir, miró hacia atrás - Y si tu señora, note da un buen premio, yo me encargo de ella - Guiñó un ojo y se fue.
- Yo voy a avisar a nuestra señora - dijo Nana - Espera aquí y tómate esas gachas. Te las he subido por si al necesitabas. Ya veo que sí - Y se fue también.
Medio cuenco después, lady Marye de las Islas Colmillo desprendía elogios, alabanzas y cumplidos a una velocidad endiablada y con un entusiasmo innegable. Inmediatamente se lo probó. Le iba perfecto. Enseguida se puso una capa por encima y con sus doncella, salió medio oculta hacia la capilla donde se celebraría el casamiento. Era tradición que la novia llegase antes que nadie y esperase a todos sus invitados y a su prometido.
A medida que las sombras se movían, la capilla se iba llenando poco a poco, comenzando por el Sacerdote de la Colina, hasta la gente de extracción humilde, como Liquen o Chasquidos, el copero real, pasando por todos los invitados, señores grandes, pequeños, banderizos y caballeros errantes junto con sus familias y acompañantes, masculinos o femeninos. Y cuando el último invitado ocupó su asiento, la puerta grande de la capilla se abrió, dejando pasar a ser Gared y ser Thau, que iban flanqueando, con sus resplandecientes armaduras y gran porte, a lord Daf Casquivana, huérfano desde los quince años, se había ganado el cariño y respeto de sus vasallos y amigos de su padre a base de demostrar gran juicio a la hora de gobernar y excelentes habilidades en el arte del combate. Ahora entraba, con regio porte, embutido en un jubón azul celeste, como sus ojos y su capa, con el blasón de su casa. El resto de la indumentaria era blanca como la primera nieve, lo que destacaba su negro pelo rizo.
Llego serio y regio al altar, pero al ver a su futura esposa, una mirada de ternura afloró en su rostro. El casamiento dio comienzo. Después del intercambio de capas, símbolo de unión entre sus linajes, su señor al fin estaba casado, después de tantos años de búsqueda. Shía y Nana se abrazaron, entre sollozos, y los novios salieron bajo una lluvia de arroz, vítores y palmadas.
En un pestañeo fugaz, toda la capilla se había trasladado al comedor. Menos el servicio, claro, con excepción de Shía, a la que se le había concedido el honor de sentarse a la izquierda de su señora. A su izquierda tenía a Chasquidos, el siempre chistoso copero real. Era hombre de pequeña estatura y pelo largo. Su mote le venía porque se pasaba el día chasqueando ritmos incoherentes; con los dedos, con la lengua si los dedos estaban ocupados o, inexplicablemente, con los pies si todo estaba ocupado haciendo a saber qué. Shía no quería saber qué chasquearía si todo estuviese ocupado
En los días anteriores, le habría parecido imposible que todos los invitados cupiesen, pero al parecer, todos estaban sentados, sin estrecheces y sin malos roces. La comida fue transcurriendo y la bebida era regada con algunos comentarios de Chasquidos.
- Mi señor, ser Danielle - dijo refiriéndose a Danielle Corazón, una mujer pelirroja que había escogido el camino de las armas - está en la mesa de honor, hablando con ser Gared. Espero que el menú no incluya patatas.
- Ves a aquél? - le dijo a Shía señalando descaradamente a un hombre de nariz ganchuda y pelo lacio- Es lord Merry Otoño. Fue un gran señor, pero ha caído en tanta desgracia por los juegos de azar que se dice que sus tierras son de la longitud de sus uñas. Aunque observándoles bien, yo creo que sus tierras están debajo de las uñas - Desde la mesa, éstas parecían verdes.
Hubo más chistes con cada plato y cada vaso, referidas por ejemplo, a la desaparición de lady Melisa (“hay quien dice que fue por el olor de su marido, otros que nunca existió, que fue una invención del hombre para acallar murmuraciones”), o sobre Raymond Clonqui (“su feudo es tan pequeño que si quiere plantar algo, tiene que mudarse”)
Estando el banquete bien avanzado, su señora se giró y le susurró a Shía que pronto sería el encamamiento, así que ya no la necesitaría, y que seguro había alguien que la necesitaba, acompañado todo con un guiño. La doncella comprendió enseguida, y cuando lord Daf estaba en pleno discurso de agradecimiento, se escabulló sin que nadie la viera
Tardó un buen rato en llegar. Tuvo que esquivar las tiendas del servicio de los otros señores y y grupos de Guardias borrachos. Pero llegó a la muralla, a donde Thau había vuelto después de la ceremonia. Las grandes comidas no le gustaban.
- Oh, eres tú - dijo Thau, incorporándose desde su cama, sin tiempo a sorprenderse - No deberías estar aquí. Ayer avistamos a un ladrón entre Gran Ness y Alta Cecilia - Ser Thau pasaba tanto tiempo vigilando que había acabado por ponerle nombres a los árboles. - Podría estar por… - Un beso lo calló.
- Chist - Se quitó el vestido - Ahora sólo me preocupa el ocupar tu cama - Lo tumbó de un empujón, y en cuanto se lanzó sobre él a quitarle los calzones, de la nada apareció un Guardia Amarillo.
- Ser Guardián, necesitamos su… - en cuanto se dio cuenta de la situación, el soldado se dio la vuelta, permitiendo a los amantes ocultar sus vergüenzas -ayuda. Alguien se ha introducido en el Bastión. Los Púrpuras reclaman colaboración.
- Está bien, ayudad al Capitán Gared hasta que vaya yo. Y ni una palabra de esto soldado, o te arrastraré al fango conmigo - amenazó con toda la seriedad que le daba el tener que sujetarse los calzones con una mano para taparse. El soldado se fue corriendo y Thau comenzó a vestirse con celeridad - Me necesitan, Shía. No desesperes, volveré ahora - Antes que la chica pudiese articular palabra, el Guardián se fue.
Ella no podía quedarse así, con muchas ganas y desnuda, así que se vistió y fue detrás de su amante. Se iba a enterar ese ladrón de quién era ella. Nadie la dejaba a medias!
Deambuló durante largo rato. Todas las guarniciones, del Bastión o de otros señores, estaban movilizados, buscando al supuesto intruso. Ella dirigió al cuarto de su señora. Había oro y joyas de las Islas. Por ahí había que empezar.
Llegó casi hasta su destino, peor en una esquina, encontró a un hombre jadeando. Éste la debió ver y levantó la cabeza. Shía se horrorizó casi instantáneamente. Debajo de la desgarrada cara del pinche anodino asomaba un duro rostro lleno de cicatrices y barba espesa. Aunque de esta guisa, lo reconoció. El Carnicero del Este. Ya completamente dominada por el pánico, comenzó a correr, perseguida por el asesino.
Corrió, subiendo y bajando escaleras, doblando esquinas y pasillos, con las lágrimas nublándole la vista y el homicida siempre cerca. Pero de repente, a sus espaldas, un chirrido, un golpe y un hombre caído se oyeron casi simultáneamente. Se paró en seco, y atemorizada, se volvió. Fue una estampa curiosa la que contempló: un hombre, con la cara más corriente jamás visto por un hombre o mujer y una túnica muy ligera, miraba con desconcierto al Carnicero, que del golpe, se había quedado inconsciente.
- Quién eres tú? - le preguntó Shía a medio camino entre el miedo y la curiosidad. Y el desconocido, agarrando bien un saco uniforme, respondió.
- Soy un ladrón, niña. Peor no sé quién es él. Así que si no te importa, me voy. No quiero que me atrapen.
Dicho y hecho, se esfumó antes de que la doncella pudiera si quiera pensar en la mera posibilidad de considerar haber gritado. Y en cuanto el ladrón ya debía estar a medio camino de Zarpapiedra, a juzgar por la celeridad con la que se había esfumado, llegó ser Gared al frente de sus Guardias.
- Shía! Qué haces aquí? Y cómo coño has derribado al Carnicero?
- No fui yo. Alguien abrió la puerta y él chocó. Cómo es que lo dejásteis entrar!? - Se había puesto histérica en cuanto recobró el sentido del tiempo y la realidad - El hijoputa casi me mata!
- Llevaba una máscara tan perfecta que creemos, es cosa de magia - dijo con aire marcial mientras sus hombres ataban al criminal - De no ser porque se le desgarró en algún momento, jamás habríamos sospechado de nuestro nuevo pinche. Puedes decirnos quién abrió la puerta?
- Pues… - iba a decirlo, quería decirlo, pero…- pues… - no, no podía ser… - pues… - Dioses, era imposible! Si lo acababa de presenciar! Pero.. - no… no lo recuerdo.
Cleptómano corría como si todo el infierno lo persiguiera. Otra vez estaba en la boca del lobo. Y ésta era inmensamente grande. Al menos, ahora tenía botín. Después de Puente Plata, necesitaba el dinero urgente. O cualquier otra cosa. Sabía que Colina Férrea era complicado, pero tenía que hacerlo. Unas monedas, comida, ropa, algo, o no llegaría con vida ni a Zarpapiedra.
Así que a ello fue. El primer día, se perdió por el bosque y tardó casi todo el día en encontrar la puerta. Se fue a descansar y ayer había intentado colarse, pero esos Guardias de negro y amarillo, tan horteras, lo habían descubierto y puso pies en polvorosa. Hoy a la mañana, mientras pensaba en maneras de entrar, vio pasar un gran multitud de carros y señores, así que le fue muy fácil ocultarse y pasar ante las mismas narices del mismo Capitán, ese Guardia que al parecer le ponía nombre a los árboles como él se los ponía a las ratas de su sótano cuando era pequeño y no le compraban una mascota. Al entrar, se enteró de que había boda, circunstancia que aprovechó en su favor. Consiguió comida, abalorios, joyas , algún arma… a la vez que perdió la noción del tiempo y el espacio. Era un lugar condenadamente grande. Comenzó a ir al azar al tiempo que oía un gran movimiento en el castillo. Se asustó pensando que iban a por él y corrió, buscando la salida. Fue entonces cuando abrió la puerta y dejó inconsciente al Carnicero. Lo había reconocido y se había apenado, ya no podría hacerse pasar por él. Pero al ver que había testigos, huyó. Confiaba en que los Guardias llegasen cuando la chica olvidase su rostro, si no, estaba perdido. Mas ahora, a la vista de que el ajetreo y los Guardias diminuían, se relajó, pues ya no debían buscarlo.
Calmado, buscó la salida del castillo, y de ahí, unas horas después, la de un muro que no parecía acabar nunca. Encontró una pequeñísima puerta que daba hacia el sur y salió por ella sin que nadie se diese cuenta, con su botín intacto.
Sed bienvenidos
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viernes, 25 de noviembre de 2011
lunes, 7 de noviembre de 2011
Cleptómano IV
Lord Jeffry Bik se hallaba reunido con el capitán púrpura de su castillo además de con varios banderizos suyos. Eran señores menores, tanto que algunos tenían blasón de milagro. Es más, a Lord Bik apenas se le conocía más allá de sus tierras, y no precisamente por su riqueza o coraje: su linaje llevaba más de 800 años en guerra con el castillo de Sand, al otro lado del río, todo por una herencia mal repartida. El señor del río, Bik de pura cepa, padre de dos hijos mellizos, murió sin aclarar la herencia. Al principio, sus descendientes habían combatido con palabras y cortesías, pero con el paso de los años, los cambiaron por espadas, escudos y armaduras, siempre por un trozo de tierra al este de Sand o un bosque al norte de Fortaleza Bik. Una rama, su rama, casi había acabado con la otra, pero la única superviviente escapó a tiempo y se desposó con un Sand del Delta Negro, continuando la guerra 300 años más. Pero ésta pronto acabaría. Dentro de unos días, cuando diera la orden. O quizá antes, si lo provocaban mucho.
- Cállate, Erbyll! Tu caballería es inútil aquí - dijo uno de los señores menores, tan menor que necesitaba un cojín para estar a la altura del resto.
- Oh, déjame en paz, Cuatropalmos - Respondió el aludido - Todos sabemos que en cuanto la batalla empiece, correrás bajo las faldas de tu señora esposa.
La mirada de odio del pequeño señor parecía querer asfixiar lenta y cruelmente a Lord Erbyll, pero Jeffry se interpuso entre ambos.
- De seguir así, los Sand nos destruirán. Unidos, el plan funcionará. Y el Puente de Plata junto con todas sus tierras será al fin de su legítimo dueño.
- Lord Bik, el esplendor de vuestra casa hace tiempo que se apagó - replicó un hombre calvo y con bigote, el señor de Trespinos - En serio creeis que esta locura dará resultado?
- Lo hará, mi señor - intervino el Guardia púrpura, grande, ancho y de rostro bovino - Hemos estudiado planos del Castillo, y hombres leales están infiltrados dentro esperando nuestra señal. El final es definitivo esta vez.
El señor de la Fortaleza asintió. 800 años de refriegas, escaramuzas y batallas de todo tipo (habían llegado a unirse a bandos contrarios en guerras anteriores), tocarían a su fin.. Ordenó silencio, pues sus banderizos comenzaban a discutir sobre su idea y se pusieron a repasar el plan.
En medio de una objeción de Erbyll, tal como era su costumbre, un olor nauseabundo los asaltó por sorpresa. Unos arrugaron la nariz, la mayoría tuvieron arcadas y el refinado y elegante ser Gerry vomitó hasta su primera leche. Al abrirse la puerta, un Guardia traía consigo la fuente del olor: un hombre menudo, de rostro corriente y ropa lleno de estiércol.
- Lo hemos encontrado en la cocina, comiendo -. El capa púrpura era guapo y rubio, el clásico caballero de las canciones. O lo sería de tener algo de cerebro - Dice que sólo venía a robaros, mi señor. Pero encontramos este pergamino.
- Mi señor, yo…- quiso decir el hombre, pero una bofetada bien dada por su captor lo tumbó en el suelo. Y no volvió a abrir la boca.
- Con que Sand, eh? - dijo mientras leía la misiva. Su satisfacción era evidente - Una sorpresa que acabará con nosotros… que rinda la Fortaleza… entregar tierras… perdón blablabla. - hizo una pelota con la carta y la tiró por la ventana- Basura. Mis banderizos y amigos leales, ha llegado la hora. Capitán, dad las órdenes. Señores, reunid a vuestros vasallos. Y tú - dijo mirando hacia el capa púrpura - Llévate a ese hombre a las mazmorras. Cuando ganemos, ya nos encargaremos de él. - El Guardia asintió, cogió por el hombro al prisionero y se fue con celeridad - Bien. Ha llegado la hora.
Y así fue como Cleptómano acabó con sus huesos en un mazmorra luego de provocar una guerra.
Estando Lord Bik cavilando sobre el fin de la guerra y reunido con sus partidarios, un joven vasallo de Lord Jörg Dand, Dumnas se encaminaba a lomos de una pequeña mula al otro lado del río, hacia la Fortaleza. Su señor, el legítimo dueño del Puente y sus tierras le había encomendado hacer de emisario entre ambas edificaciones, y él estaba encantado de servir a su señor.
Su labor estaba clara: llevar la carta firmada y sellada por su señor a Lord Bik. Sin duda, éste se rendiría, o como mucho, escribiría varias misivas, haciendo correr ríos de tinta hasta que Lord Sand se enfadase y usando su plan secreto contra ese intento de usurpador. Y es que todo el mundo sabía que el padre de los mellizos era un Sand, claro, y que los Bik pertenecen a otra rama, claro. 800 años ciegos, pero ahora por fin los pondrían en su sitio. Pero tendría que cumplir con su misión.
Y cuando estaba a escasa distancia de las murallas de la Fortaleza, el mundo se sumió en sombras.
Cleptómano estaba tratando de quitarse el olor a estiércol de la ropa. Habría podido comprarse otra, pero el carro en el que viajaba se había ido sin él cuando se había alejado para mear en una parada de su transporte. No obstante, al volver, el la mierda y su botín habían desaparecido sobre las ruedas que lo transportaban, así que caminó hasta encontrar el Río de Plata y su puente.
Mientras se bañaba, escuchó un repiqueteo de pezuñas sobre el puente, y vio a un joven cruzando, contento. Corrió a esconderse en unos matorrales cercanos a la puerta, en una curva del camino: nadie vería el asalto. Necesitaba dinero, por poco que fuera. Quería pasar al otro lado, pero para ello tendría que pagar, y por duplicado. Los señores de las edificaciones a ambos lados del río exigían sus impuestos. Los muy imbéciles peleaban por cada palmo de tierra, aunque fuera insignificante; su absurda lucha era conocida en todo el continente y en la mayor parte de los otros. Cualquiera les decía que se enfrentaban por culpa de un error del mayordomo: al no hablar éste la lengua común, no supo cómo decir que el testamento estaba debajo del colchón del fundador de la casa, que ni era Sand ni Bik, sino que era un Marealta. Ahora el testamento estaría podrido, y las heridas, igual de abiertas.
En cuanto el joven se puso a su altura, rápido como un rayo, lo dejó inconsciente con un golpe seco con la empuñadura de su daga y lo arrastró hasta la maleza. No halló moneda alguna, pero si una carta. Se la guardó, creyendo que sería útil.
Desesperado `por conseguir dinero, decidió a entrar en Fortaleza Bik, toda hecha en losa azul. Sigilosamente, rodeó los juros y los saltó fácilmente, pues la losa había dejado huecos bien estables. Dentro, encontró una puerta abierta, pasó y se encontró de bruces con una cocina solitaria. No comía desde hacía un par de días, cuando armó toda esa gresca en Jardín de Dioses. Así que decidió ponerse manos a la obra.
Llevaba ya una buena comilona cuando un golpe lo dejó bien sentado y quieto; una buena hostia de un Guardia púrpura. Se levantó, como puedo, pero el soldado lo inmovilizó y empezó registrar de arriba abajo. Encontró la carta y diligentemente, lo llevó ante su señor. Y de aquella entrevista, acabó en la cárcel.
Ahora estaba encerrado en una oscura mazmorra, con poco más que una antorcha para la noche y un ventanuco por el que entraba escasa luz. Y en su conciencia resonaba la cantinela: “Voy a provocar una sangrienta y cruel guerra”. No es que le importara mucho, pero no le hacía mucha gracia morir como víctima de una guerra absurda. Así que mejor intentar pararlo de alguna manera.
- Eh! Eh! EH! ALGUACIL! - gritó con toda sus fuerzas. El alguacil apareció, encorvado, macilento y gruñendo. Pero la cara de sorpresa al ver a un hombre desnudo que, habría jurado, jamás había pisado las mazmorras fue más que evidente.
- Mozo, qué haces ahí? - preguntó con desganada confusión.
- El hombre al que habíais encerrado aquí a escapado. Era un brujo - Siempre funcionaba. Siempre.
- Pero qué cojones!? Ahora mismo te llevo ante mi señor - Le abrió la puerta, le dio una túnica y fueron a ver a Lord Bik, que estaba ultimando detalles de su plan.
- Mi señor, traigo aquí a un mozo que requiere de vuestro oído.
- Ahora no, estaba muy ocupado - lo dijo sin levantar si quiera la vista del mapa.
- Mi señor - dijo Cleptómano - El hombre al que hace un momento encerrasteis en las mazmorras era un brujo. Con malas artes os ha engañado y me ha puesto a mi en su lugar.
- Que tonterías decís? - Seguía sin levantar la vista.
- Pues miradme si no me me creeis. - Alzó la cabeza y su cara cambió de confusión a entendimiento y furia.
- Ese maldito Jörg me ha insultado! No sólo pretende que renuncie a mi legítimo derecho de posesión, si no que encima me engaña y me hace quedar en ridículo! Ser Gerry, haced el favor de coger a unos cuantos de vuestros hombres y de los míos y plantarle el desafió en la cara a Lord Sand. Quieor que no le de tiempo a reaccionar!
- Disculpad señor - Cleptómano fingió humildad y sometimiento - Pero yo conozco la brujo, puedo evitar sus malas artes. Yo llevaré el mensaje.
- Tenéis razón, joven - Garabateó unas líneas en un pergamino - Llevad esto al Castillo. Y no volváis sin una respuesta. Y si en una hora no habéis vuelto, que los Dioses lo protejan.
Con esta amenaza, partió Cleptómano solo, a lomos de un caballo y con los testículos en la garganta, deseando que todo saliera bien.
Pasó sin problemas por ambas aduanas; en la otra orilla del río le habían dicho que esperaban un emisario. Lo condujeron hasta Sand, un hombre adusto y cuadriculado, mal encarado y de pelo ralo.
- Dónde está mi vasallo? - Fue lo primero que dijo. Directo, sin cortesías.
- No lo sé - Cleptómano intentó parecer lo más digno posible - Sólo que me han mandado a mí para llevar esta oferta - Le tendió el pergamino.
- Pardiez, menuda ofensa!- dijo al leer la carta. Nadie hubiera dicho que estuviera molesta, ni siquiera que hubiera exclamado. - Consejero, reunid a todos mis hombres y apostadlos en nuestro lado del Puente. Esto es la guerra abierta. Y vos, mensajero… prendedlo.
Sin darse cuenta, el ladrón estaba atado, caminando al ritmo de los tirones que un soldado púrpura le propinaba. Lo dejaron de pie en la puerta del Castillo, viendo cómo desfilaban las tropas de Lord Sand. El idiota ni siquiera había reflexionado, debía tener unas ganas increíbles de morir. Aunque igual su plan daba resultado. O igual sólo eran bravatas y todo quedaba en nada. Sólo sabía que él había intentado de buena voluntad hacer de intermediario y había fracasado. Habría guerra, y probablemente muriera.
Acabado el desfile, Lord Sand, flanqueado por vario Guardias lo llevó a rastras. Cabe decir que Lord Sand estuvo junto a él todo el tiempo que duró le desfile de tropas, por lo que no podía escapar. Así que se dejó llevar hasta el puente.
Todos los hombres de ambos bandos estaban desplegados. “Vaya, Lord Bik no es tonto”, pensó. Había desplegado sus tropas en un tiempo récord. Claro que ya las tenía listas de antemano, se recordó.
El primero en hablar fue Sand.
- Qué habéis hecho con mi vasallo? Y porqué me mandáis a este hombre en su lugar?
- Dejad de hacer demagogia. Vos me mandasteis primero al brujo. Y a ese hombre no lo conozco de nada. - Cleptómano no podía creer la mala suerte que tenía - Así que supongo que será el brujo.
- Yo no os mandé ningún brujo, pero sea como decís. Juráis entonces no haber visto jamás a este hombre.
- Por todos los Dioses que existen no lo había visto - Ambos señores le lanzaron una mirada interrogativa, pero siguieron hablando -Entonces, admitís vuestras fechorías y os inclináis ante vuestro señor legítimo - Aquello fue más de lo que Jörg pudo soportar. Su cara, que al principio revelaba no creer a su enemigo, ahora estaba llena de rabia por la afrenta.
- Vos? No, mi señor, yo soy vuestro señor legítimo. Arrodillaos ante mí.
- Jamás! - El rostro de Jeffry era de un rojo intenso - Os lo digo por última vez. Rendíos, o usaré mi as en la manga.
- No os tengo miedo, yo también tengo uno. Haced lo que os plazca pues. Pero tened en cuenta que no me inclino ante nadie, y menos ante un usurpador como vos.
Entonces, lord Sand levanto la mano derecha junto con los dedos índice y anular estirados, mientras que Bik hizo un gesto similar: brazo en alto, pero con el pulgar y el índice. Los bajaron a la vez, de espaldas un del otro, pero enfrente de su ejército, a la voz de “Adelante!”. Sonaron dos cuernos, con notas disonantes. Luego silencio. Ambos señores se miraban con tensión contenida. Cleptómano estaba desesperado, enseguida se desataría la batalla y moriría pisado por un caballo.
De repente, un sonido estremecedor comenzó a oírse, primero en una orilla, muy tenue. Luego en la otra, igual. Progresivamente, fueron aumentando. Y anonadados, vieron un espectáculo inesperado: ambos castillos avocaban al derrumbe. Con la boca abierta, todos los hombres ahí presentes contemplaron, impotentes, como las fortificaciones que iban a defender con su vida, tal como hicieran sus antepasados desde hacía 800 años, se caían piedra a piedra, con un inmenso estrépito. La inmensa polvareda que levantó permitió a Cleptómano quitarse sus ataduras (años de práctica) y correr entre la confusión. Con que esa la estrategia, eh? Mandar vasallos leales al castillo contrario para debilitar las bases y en cuanto se diese la orden, dejar pasar a soldados infiltrados para que derribasen los pilares. Al final, todo había salido mejor de lo que esperaba.
Cuando estuvo a una distancia prudencial, esperó a que se levantara la polvareda y vio una montaña de armas en el suelo, algunos caballeros y soldados rezagadas yéndose y los dos señores gritando que volviesen con ellos y acabasen con el enemigo. Entre risas, y con una brisilla acariciándole sus partes blandas, pues sólo tenía una sencilla túnica, Cleptómano dio media vuelta y siguió su camino.
- Cállate, Erbyll! Tu caballería es inútil aquí - dijo uno de los señores menores, tan menor que necesitaba un cojín para estar a la altura del resto.
- Oh, déjame en paz, Cuatropalmos - Respondió el aludido - Todos sabemos que en cuanto la batalla empiece, correrás bajo las faldas de tu señora esposa.
La mirada de odio del pequeño señor parecía querer asfixiar lenta y cruelmente a Lord Erbyll, pero Jeffry se interpuso entre ambos.
- De seguir así, los Sand nos destruirán. Unidos, el plan funcionará. Y el Puente de Plata junto con todas sus tierras será al fin de su legítimo dueño.
- Lord Bik, el esplendor de vuestra casa hace tiempo que se apagó - replicó un hombre calvo y con bigote, el señor de Trespinos - En serio creeis que esta locura dará resultado?
- Lo hará, mi señor - intervino el Guardia púrpura, grande, ancho y de rostro bovino - Hemos estudiado planos del Castillo, y hombres leales están infiltrados dentro esperando nuestra señal. El final es definitivo esta vez.
El señor de la Fortaleza asintió. 800 años de refriegas, escaramuzas y batallas de todo tipo (habían llegado a unirse a bandos contrarios en guerras anteriores), tocarían a su fin.. Ordenó silencio, pues sus banderizos comenzaban a discutir sobre su idea y se pusieron a repasar el plan.
En medio de una objeción de Erbyll, tal como era su costumbre, un olor nauseabundo los asaltó por sorpresa. Unos arrugaron la nariz, la mayoría tuvieron arcadas y el refinado y elegante ser Gerry vomitó hasta su primera leche. Al abrirse la puerta, un Guardia traía consigo la fuente del olor: un hombre menudo, de rostro corriente y ropa lleno de estiércol.
- Lo hemos encontrado en la cocina, comiendo -. El capa púrpura era guapo y rubio, el clásico caballero de las canciones. O lo sería de tener algo de cerebro - Dice que sólo venía a robaros, mi señor. Pero encontramos este pergamino.
- Mi señor, yo…- quiso decir el hombre, pero una bofetada bien dada por su captor lo tumbó en el suelo. Y no volvió a abrir la boca.
- Con que Sand, eh? - dijo mientras leía la misiva. Su satisfacción era evidente - Una sorpresa que acabará con nosotros… que rinda la Fortaleza… entregar tierras… perdón blablabla. - hizo una pelota con la carta y la tiró por la ventana- Basura. Mis banderizos y amigos leales, ha llegado la hora. Capitán, dad las órdenes. Señores, reunid a vuestros vasallos. Y tú - dijo mirando hacia el capa púrpura - Llévate a ese hombre a las mazmorras. Cuando ganemos, ya nos encargaremos de él. - El Guardia asintió, cogió por el hombro al prisionero y se fue con celeridad - Bien. Ha llegado la hora.
Y así fue como Cleptómano acabó con sus huesos en un mazmorra luego de provocar una guerra.
Estando Lord Bik cavilando sobre el fin de la guerra y reunido con sus partidarios, un joven vasallo de Lord Jörg Dand, Dumnas se encaminaba a lomos de una pequeña mula al otro lado del río, hacia la Fortaleza. Su señor, el legítimo dueño del Puente y sus tierras le había encomendado hacer de emisario entre ambas edificaciones, y él estaba encantado de servir a su señor.
Su labor estaba clara: llevar la carta firmada y sellada por su señor a Lord Bik. Sin duda, éste se rendiría, o como mucho, escribiría varias misivas, haciendo correr ríos de tinta hasta que Lord Sand se enfadase y usando su plan secreto contra ese intento de usurpador. Y es que todo el mundo sabía que el padre de los mellizos era un Sand, claro, y que los Bik pertenecen a otra rama, claro. 800 años ciegos, pero ahora por fin los pondrían en su sitio. Pero tendría que cumplir con su misión.
Y cuando estaba a escasa distancia de las murallas de la Fortaleza, el mundo se sumió en sombras.
Cleptómano estaba tratando de quitarse el olor a estiércol de la ropa. Habría podido comprarse otra, pero el carro en el que viajaba se había ido sin él cuando se había alejado para mear en una parada de su transporte. No obstante, al volver, el la mierda y su botín habían desaparecido sobre las ruedas que lo transportaban, así que caminó hasta encontrar el Río de Plata y su puente.
Mientras se bañaba, escuchó un repiqueteo de pezuñas sobre el puente, y vio a un joven cruzando, contento. Corrió a esconderse en unos matorrales cercanos a la puerta, en una curva del camino: nadie vería el asalto. Necesitaba dinero, por poco que fuera. Quería pasar al otro lado, pero para ello tendría que pagar, y por duplicado. Los señores de las edificaciones a ambos lados del río exigían sus impuestos. Los muy imbéciles peleaban por cada palmo de tierra, aunque fuera insignificante; su absurda lucha era conocida en todo el continente y en la mayor parte de los otros. Cualquiera les decía que se enfrentaban por culpa de un error del mayordomo: al no hablar éste la lengua común, no supo cómo decir que el testamento estaba debajo del colchón del fundador de la casa, que ni era Sand ni Bik, sino que era un Marealta. Ahora el testamento estaría podrido, y las heridas, igual de abiertas.
En cuanto el joven se puso a su altura, rápido como un rayo, lo dejó inconsciente con un golpe seco con la empuñadura de su daga y lo arrastró hasta la maleza. No halló moneda alguna, pero si una carta. Se la guardó, creyendo que sería útil.
Desesperado `por conseguir dinero, decidió a entrar en Fortaleza Bik, toda hecha en losa azul. Sigilosamente, rodeó los juros y los saltó fácilmente, pues la losa había dejado huecos bien estables. Dentro, encontró una puerta abierta, pasó y se encontró de bruces con una cocina solitaria. No comía desde hacía un par de días, cuando armó toda esa gresca en Jardín de Dioses. Así que decidió ponerse manos a la obra.
Llevaba ya una buena comilona cuando un golpe lo dejó bien sentado y quieto; una buena hostia de un Guardia púrpura. Se levantó, como puedo, pero el soldado lo inmovilizó y empezó registrar de arriba abajo. Encontró la carta y diligentemente, lo llevó ante su señor. Y de aquella entrevista, acabó en la cárcel.
Ahora estaba encerrado en una oscura mazmorra, con poco más que una antorcha para la noche y un ventanuco por el que entraba escasa luz. Y en su conciencia resonaba la cantinela: “Voy a provocar una sangrienta y cruel guerra”. No es que le importara mucho, pero no le hacía mucha gracia morir como víctima de una guerra absurda. Así que mejor intentar pararlo de alguna manera.
- Eh! Eh! EH! ALGUACIL! - gritó con toda sus fuerzas. El alguacil apareció, encorvado, macilento y gruñendo. Pero la cara de sorpresa al ver a un hombre desnudo que, habría jurado, jamás había pisado las mazmorras fue más que evidente.
- Mozo, qué haces ahí? - preguntó con desganada confusión.
- El hombre al que habíais encerrado aquí a escapado. Era un brujo - Siempre funcionaba. Siempre.
- Pero qué cojones!? Ahora mismo te llevo ante mi señor - Le abrió la puerta, le dio una túnica y fueron a ver a Lord Bik, que estaba ultimando detalles de su plan.
- Mi señor, traigo aquí a un mozo que requiere de vuestro oído.
- Ahora no, estaba muy ocupado - lo dijo sin levantar si quiera la vista del mapa.
- Mi señor - dijo Cleptómano - El hombre al que hace un momento encerrasteis en las mazmorras era un brujo. Con malas artes os ha engañado y me ha puesto a mi en su lugar.
- Que tonterías decís? - Seguía sin levantar la vista.
- Pues miradme si no me me creeis. - Alzó la cabeza y su cara cambió de confusión a entendimiento y furia.
- Ese maldito Jörg me ha insultado! No sólo pretende que renuncie a mi legítimo derecho de posesión, si no que encima me engaña y me hace quedar en ridículo! Ser Gerry, haced el favor de coger a unos cuantos de vuestros hombres y de los míos y plantarle el desafió en la cara a Lord Sand. Quieor que no le de tiempo a reaccionar!
- Disculpad señor - Cleptómano fingió humildad y sometimiento - Pero yo conozco la brujo, puedo evitar sus malas artes. Yo llevaré el mensaje.
- Tenéis razón, joven - Garabateó unas líneas en un pergamino - Llevad esto al Castillo. Y no volváis sin una respuesta. Y si en una hora no habéis vuelto, que los Dioses lo protejan.
Con esta amenaza, partió Cleptómano solo, a lomos de un caballo y con los testículos en la garganta, deseando que todo saliera bien.
Pasó sin problemas por ambas aduanas; en la otra orilla del río le habían dicho que esperaban un emisario. Lo condujeron hasta Sand, un hombre adusto y cuadriculado, mal encarado y de pelo ralo.
- Dónde está mi vasallo? - Fue lo primero que dijo. Directo, sin cortesías.
- No lo sé - Cleptómano intentó parecer lo más digno posible - Sólo que me han mandado a mí para llevar esta oferta - Le tendió el pergamino.
- Pardiez, menuda ofensa!- dijo al leer la carta. Nadie hubiera dicho que estuviera molesta, ni siquiera que hubiera exclamado. - Consejero, reunid a todos mis hombres y apostadlos en nuestro lado del Puente. Esto es la guerra abierta. Y vos, mensajero… prendedlo.
Sin darse cuenta, el ladrón estaba atado, caminando al ritmo de los tirones que un soldado púrpura le propinaba. Lo dejaron de pie en la puerta del Castillo, viendo cómo desfilaban las tropas de Lord Sand. El idiota ni siquiera había reflexionado, debía tener unas ganas increíbles de morir. Aunque igual su plan daba resultado. O igual sólo eran bravatas y todo quedaba en nada. Sólo sabía que él había intentado de buena voluntad hacer de intermediario y había fracasado. Habría guerra, y probablemente muriera.
Acabado el desfile, Lord Sand, flanqueado por vario Guardias lo llevó a rastras. Cabe decir que Lord Sand estuvo junto a él todo el tiempo que duró le desfile de tropas, por lo que no podía escapar. Así que se dejó llevar hasta el puente.
Todos los hombres de ambos bandos estaban desplegados. “Vaya, Lord Bik no es tonto”, pensó. Había desplegado sus tropas en un tiempo récord. Claro que ya las tenía listas de antemano, se recordó.
El primero en hablar fue Sand.
- Qué habéis hecho con mi vasallo? Y porqué me mandáis a este hombre en su lugar?
- Dejad de hacer demagogia. Vos me mandasteis primero al brujo. Y a ese hombre no lo conozco de nada. - Cleptómano no podía creer la mala suerte que tenía - Así que supongo que será el brujo.
- Yo no os mandé ningún brujo, pero sea como decís. Juráis entonces no haber visto jamás a este hombre.
- Por todos los Dioses que existen no lo había visto - Ambos señores le lanzaron una mirada interrogativa, pero siguieron hablando -Entonces, admitís vuestras fechorías y os inclináis ante vuestro señor legítimo - Aquello fue más de lo que Jörg pudo soportar. Su cara, que al principio revelaba no creer a su enemigo, ahora estaba llena de rabia por la afrenta.
- Vos? No, mi señor, yo soy vuestro señor legítimo. Arrodillaos ante mí.
- Jamás! - El rostro de Jeffry era de un rojo intenso - Os lo digo por última vez. Rendíos, o usaré mi as en la manga.
- No os tengo miedo, yo también tengo uno. Haced lo que os plazca pues. Pero tened en cuenta que no me inclino ante nadie, y menos ante un usurpador como vos.
Entonces, lord Sand levanto la mano derecha junto con los dedos índice y anular estirados, mientras que Bik hizo un gesto similar: brazo en alto, pero con el pulgar y el índice. Los bajaron a la vez, de espaldas un del otro, pero enfrente de su ejército, a la voz de “Adelante!”. Sonaron dos cuernos, con notas disonantes. Luego silencio. Ambos señores se miraban con tensión contenida. Cleptómano estaba desesperado, enseguida se desataría la batalla y moriría pisado por un caballo.
De repente, un sonido estremecedor comenzó a oírse, primero en una orilla, muy tenue. Luego en la otra, igual. Progresivamente, fueron aumentando. Y anonadados, vieron un espectáculo inesperado: ambos castillos avocaban al derrumbe. Con la boca abierta, todos los hombres ahí presentes contemplaron, impotentes, como las fortificaciones que iban a defender con su vida, tal como hicieran sus antepasados desde hacía 800 años, se caían piedra a piedra, con un inmenso estrépito. La inmensa polvareda que levantó permitió a Cleptómano quitarse sus ataduras (años de práctica) y correr entre la confusión. Con que esa la estrategia, eh? Mandar vasallos leales al castillo contrario para debilitar las bases y en cuanto se diese la orden, dejar pasar a soldados infiltrados para que derribasen los pilares. Al final, todo había salido mejor de lo que esperaba.
Cuando estuvo a una distancia prudencial, esperó a que se levantara la polvareda y vio una montaña de armas en el suelo, algunos caballeros y soldados rezagadas yéndose y los dos señores gritando que volviesen con ellos y acabasen con el enemigo. Entre risas, y con una brisilla acariciándole sus partes blandas, pues sólo tenía una sencilla túnica, Cleptómano dio media vuelta y siguió su camino.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Cleptómano III
Melodías desafinadas, golpes en la mesa arrítmicos y letras sin entonar tapaban las pocas conversaciones que se tenían en la taberna, delante de una cerveza, hidromiel o vino caliente. Cleptómano, de espaldas al bullicio y las palabras, mientras comía y bebía, trataba de cazar algo interesante. El jolgorio hacía imprudentes a ladrones y asesinos, y él, como parte de los primeros lo sabía, por eso afinaba el oído, tal que ahora, cuando cada uno atendía a lo suyo y nadie a él. Cuando su jarra estaba mediada y su plato lleno de huesos, captó algo que despertó su curiosidad.
- …me estás tomando el pelo - consiguió oír a una voz cascada.
- No, este golpe será increíble - escuchó contestar a una voz aguda - En las mimas narices de esos capas púrpuras.
- Yo no pienso arriesgar el pellejo - escupió al suelo de una manera sonora, o lo habría sido de no ser por la fiesta de alrededor - Ni todo el oro de Montañagrís haría que me jugase mi ojo sano.
- Disculpa, olvidé que estabas hecho en oro.
- Si estuviera hecho de oro me habría despellejado, vendido y comprado un castillo al norte del Valle.
- Pues le imploro su perdón, Ser Lorry del Valle - el tono de sarcasmo hizo que pareciera imbécil. - Pero si quieres ser un poco más rico gracias a la siempre “leal” guardia irás mañana a medianoche a los jardines de - Un gordo se puso a gritar y sólo logró discernir “oeste” de entre los bramidos del orondo cantor. La ira y la rabia ocuparon su rostro. Cómo iba a encontrar unos “jardines al oeste” si en esa ciudad había más jardines que palacios a lo largo del Río de las Almenas? Esa noche tendría que moverse y localizarlo. Un golpe al Palacio de los Jardines, el palacio con más oro de la región, no era nada despreciable. Si se organizaba bien. Peor lo descubriría mañana.
Al acabar la comida, maldijo entre dientes: el oro de los guardias se le había agotado antes que la virginidad de una doncella en un burdel de baja estofa. Y eso que sólo había cogido un caballo para llegar a Jardín de Dioses (la ciudad) y comprado ropa (túnica, jubón, calzones y calzado). Volvió a maldecir, se levantó, cogió la jarra y dándose la vuelta repentinamente, se la rompió al enorme, tanto en anchura como altura, cantante. La sangre le empapó el pelo, le corrió por las mejillas y el cuello, pero sólo lo hizo encogerse sobre el increíble volumen de su panza. Se incorporó y su cara cambió de una expresión de brutal confusión a una brutal a secas.
- Tú, piojo castrado!- bramó - Acaso tienes la menor idea de lo que has hecho, cruce de ramera y mula!?
- Si, acallar vuestros horribles cantos de apareamiento - respondió Cleptómano impasible, obviando el hecho de que las mulas eran estériles. Unas risillas surgieron del fondo de la taberna. Una furiosa mirada las acallaron enseguida.
- Veo que tienes agallas, hombrecillo - Parecía hasta complacido - Pero hombres mejores que tú han intentado callarme. Acaso no sabes porqué me llaman la Vaca?
- Por el tamaño de tus ubres? - Los ojos de la Vaca (que clase de ridículo mote era ese? Y lo peor, porqué se sentía orgulloso de él?) se encendieron, cogió una mesa y la tiró hacia el ladrón, pero Cleptómano la esquivó ágilmente, con lo que impactó a unos Guardias, un capa roja y sus patrulleros de sobrevesta con el escudo ensangrentado de la Guardia. De repente, todos en el bar desenfundaron armas y comenzaron una batalla campal en plena taberna antes los atónitos ojos del posadero: unos con los Guardias, buscando su favor al acabar la contiendo, otros con la Vaca y una pequeña facción, contra nadie en particular, simplemente, montando el caos. Y con todos ocupados, Cleptómano se escabulló por la puerta.
Ya fuera, observó el sol. Aun estaba demasiado alto, así que decidió ir a algún callejón a echar un buen sueño; era de naturaleza somnolienta, pero su profesión le obligaba a no dormir mucho, con lo que tenía que aprovechar lo más mínimo. Y ya que allí todavía no había cometido delito alguna, podría darse el gustazo. Se dirigió al oeste para estar cerca de su objetivo, y en una callejuela detrás de lo que semejaba una carnicería por el olor se paró a cumplir su propósito. Se tumbó en el suelo, se arrebujó en su túnica y al instante, cayó en un profundo sueño.
Unos extraños golpes lo devolvieron a la realidad. El sol estaba casi bajo del todo, la ciudad estaba casi en penumbras. Una figura fiera y adusta, de cierto aspecto metálico y una capa de color indeterminado se erguía junto a él.
- Qué haces aquí? En esta ciudad no se puede dormir en la calle - dijo con seguridad.
- Y eso por qué? Tengo mucho sueño y poco oro
- Porque, desecho inmundo, dormir cerca de una establecimiento te convierte casi al instante en ladrón - Cleptómano apretó los dientes: era un Guardia verde, patrullero de ciudad. Lo más idiota de toda la Guardia, brutos que mantenían el orden a base de espadazos.
- Pero, acaso no sabéis quién soy? - Lo dijo con cierto acento costeño y con mucha convicción. El Guardia puso la misma cara que las vacas usaban para mirar a los caminantes que pasan por su lado. - Dioses, qué gente más inútil hay ahora en la Guardia! En mis tiempos eran la élite, no unos brutos borrachos y unicejos!
- Ya me estás hinchando las pelotas, escoria!
- Calla y escucha, bruto descerebrado! No recuerdas a Lord Marengo, el Desaparecido - La cara del Guardia dejaba ver que sabía que había metido la pata - Pues desaparecí para que me dejasen de molestar . Toda esa basura de herencias y conspiraciones por mi inmensa fortuna me tenían cansado, así que decidí desaparecer. Y aquí estoy, sin que nadie me reconozca. Hasta que llegaste tú a tocarme las narices. Así que más te vale dejarme en paz si no quieres que envía un mensaje a mi hijo y se te juzgue por desacato. Aún tengo influencia, por si no lo sabes.
- Pero… vos… yo… creí que erais mayor…
- Y? No es el Sacerdote Mayor más viejo que el mismo rey y parece que subiera al poder ayer? - Al menos, eso se decía - Sal de mi vista antes de que me enfade y te haga perder algo más que el puesto. - Y con la mayor celeridad, el Guardia se fue. Le encantaban este tipo de Guardias, tan acostumbrados a cumplir órdenes que jamás se paraban a pensar. Y menos mal, si no se habría dado cuenta de que Lord Marengo tenía 106 años y sus restos descansaban en una playa al Sur de allí.
Se había librado, pero tendría que andarse con mucho cuidado, a los capas verdes no les gustaban los mendigos. Sin embargo a él sí: sabiendo tratarlos, siempre se obtenía información muy valiosa. Con esa idea, entró en un jardín, llamado de los Tulipanes, pero apodado por la plebe “de los Mendigos”, debido a que allí se concentraban los pedigüeños de la ciudad al anochecer. Y eso lo sabía todo el mundo, aunque nadie jamás movía un dedo para impedirlo, quién sabía por qué.
Al rato de entrar, encontró a un desdentado y barbudo mendigo. Se acercó a él y habló.
- Necesito información.
- Oh, sí, igual que todos. Pero sólo unos pocos pagan el precio - Las eses silbaban entre los huecos de sus dientes.
- Pedid y se os dará. Quiero información sobre el golpe al Palacio de los Jardines.
- Tenéis dientes para mi?
- Temo que no.
- Entonces tendréis que quitarme las pulgas. Y no hay negociación posible - Y la sonrisa que puso no sabría si definirla de victoria o de placer.
- Está bien - Accedió, poniendo los ojos en blanco. Mientras rebuscaba entre los mechones blanco del mendigo, éste comenzó a hablar.
- Mañana, en el Jardín de los Robles, un poco más al norte de aquí, Jeris Manosrápidas recibe a medianoche a cualquiera que quiera participar en su robo. Dicen que tiene un amigo Guardia de capa púrpura que les abrirá las puertas. Es todo cuanto puedo decirte, muchacho.
Veintisiete pulgas después, Cleptómano se puso a dormir en la rama de un árbol, maquinando lo que haría al día siguiente.
Pasó la mañana y la tarde comiendo, bebiendo y montando gresca para poder irse sin pagar. Era increíble la facilidad con la que la gente te encendía en aquel lugar. Llegada la noche, se fue corriendo al lugar indicado. Una veintena de personas lo recibieron. Eran un grupo de los más singular: desde hombres con grandes barbas y anchos hombros a jóvenes con pelusa y granos. Incluso una mujer, regordeta y con algo de bigote, estaba allí.
Con las campanadas de medianoche, apareció Jeris Manosrápidas, un hombre bajito, delgado, de facciones afiladas y pelo rubio.
- Vaya, sois más de los que esperaba - dijo con voz melosa y pausada, con cierta satisfacción. Luego se puso serio. - Pero no os confiéis, será duro. Acercaos, decidme vuestros nombres y luego os diré mi plan.
Uno a uno, fueron diciendo sus nombres. Cleptómano, como no, dio un nombre falso, Delrog.
- Ahora que estamos presentados, os explico: mi colega en el Palacio abrirá las puertas a unos cuantos de nosotros, disfrazados de mercaderes. Sin embargo, en cuanto entréis, tenéis que armarla. Gritos, golpes, peleas, lo que se os ocurra, pero que vengan los Guardias, cuantos más mejor. Entraremos por la Puerta Alta, con lo que tendrán que dejar las torres sin vigilancia. Entonces entramos el resto, en grupos de dos. No será muy difícil, alguien del servicio nos tenderá una cuerda en cada torre. Entramos, cogemos todo lo que encontremos en la puerta que tendremos enfrente y salimos pitando por las mismas cuerdas. Un silbato con sonido de águila será la señal para que nuestro señuelo escape corriendo. Nos reuniremos en 3 días aquí mismo. Bien, todo claro? - Cruzaron miradas de afirmación. Cleptómano no confiaba en la Guardia, pero ese golpe… no lo iba a dejar escapar. Asintió - Mañana, dos horas antes de las campanadas, en la callejuela al sur del Palacio. Lo tendré todo listo.
Al día siguiente, luego de pasar el rato con más gresca y más comida (qué bien se lo pasaba con esos tíos!) llegó al sitio indicado. A él le había tocado la torre del Fuego junto con la mujer del bigote, Amarís. Ésta, al verlo llegar, puso una cara de extrañamiento.
- Tú no estabas ayer con nosotros - Aseveró sin mucha confianza -.
- Sí, soy Delrog. Me he maquillado para que no me reconocieran - La expresión de la mujer cambió a comprensión absoluta.
- Muy sabio por tu parte. Oigo ruidos en dirección a la Puerta Alta. Deben de entrado.
Como corroborando sus palabras, una cuerda bajó de la ventana. Amarís subió primero, seguida de Cleptómano. Llegaron, entraron, abrieron la puerta y… cerrada. Sin previo aviso, unos alarido subieron por las escaleras acompañados por unas pisadas metálicas. En los rostros de ambos ladrones afloró el pánico más absoluto. Así que Cleptómano, actúan rápido, cogió carrerilla y de un empujón, rompió la puerta. Era madera podrida, y lo único que guardaba era una trampilla. El ladrón se dirigió corriendo a ella, la abrió y se metió en ella mientras unos capas púrpuras cogían a su compañera por la camisa y le cortaban el pescuezo. En plena apoteosis del pánico, corrió por la pasarela que conectaba la torre de vigilancia con el castillo. Los habían engañado. Y la avaricia lo había arrastrado hasta esa trampa mortal.
Los Guardias estaban justo a sus espaldas, y una puerta de acero se interponía entre la torre del Fuego y él. Desenfundó su daga y sin pensárselo apenas, saltó al vacío mientras los Guardias corrían en pos de él. No lo atraparon y él cayó. Consiguió clavar la daga en un enorme estandarte azul con el dibujo de una torre negra (no sabía que quién podría ser, pero tenía que ser importante) y deslizarse. Aterrizó con una fuerte golpe de trasero en cuanto la tela se acabó, estaba dentro de un pequeño patio, con la única salida abierta. Se frotó su dolorido culo y corrió adentro. Comenzó a subir escaleras y recorrer pasillos hasta que llegó a un rellano con dos puertas enfrentadas. De la su izquierda salía un ruido de roce de sábanas y gemidos de mujer. Ya había tenido con Lady Laguna, así escogió la otra puerta: montones de oro y alguna piedra preciosa estaban al alcance de su mano. Babeando y con la vista empañada de lágrimas felices, empezó a meter todo lo que podía en el saco que le habían dado anoche. Cuando empezaba a tener problemas de espacio, unas sombras aparecieron a su espaldas. Capas púrpuras.
- Creíamos haber atrapado a todos los ratoncitos de la torre Magna. Nos equivocamos - Sonrió con satisfacción el de la izquierda.
Para su adentros, Cleptómano maldijo una y mil veces. Cómo se las había apañado para llegar a la torre Magna? Las torre de la gente importante, la más vigilada, la que iba a robar Jeris… que probablemente estaría muerte, igual que él si no pensaba rápido. Cogió un enorme pedrusco brillante y lo arrojó contra el Guardia derecho. El lanzamiento los pilló desprevenidos, así que reaccionaron agachándose, como vulgares críos jugando. Y él aprovechó el descuido para saltar por encima de ellos y correr. Hacia arriba, justo donde no tendría salida. Se sorprendió al encontrar una puerta entrecerrada, se metió por ella y encontró a lo que parecía un Sacerdote encamado con una cortesana de abundantes carnes. <<Acaso estoy en el palacio de La Polla Caliente!?>> exclamó para sus adentros a la vez que el Sacerdote llamaba por los Guardias. Vio una venta y sin dudar, se lanzó por ella. Ambos capas púrpuras se quedaron atónitos. Se asomaron y nada vieron. Salieron corriendo a buscarlo. Entre tanto, Cleptómano se había agarrado a la cornisa y subido al tejado. Y allí estaba, subido a un tejado del que no podría bajar… hasta que descubrió un estad andarte igual al anterior. <<Bueno, no me queda otra. No, en realidad, morirme de hambre>>.
Saltó sin vacilar, pero cuando llegó al final, se encontró que acababa a una distancia considerable del suelo. Cayó en pleno grito, aferrado a su bolsa de oro y con los ojos cerrados.
Abrió los ojos y se movía. Un olor nauseabundo le bajó hasta la garganta. Casi vomitó, pero se contuvo. Reflexionó cómo había ido a parar a un carro lleno hasta los topes de estiércol. Recordó haber caído y… ahora sólo tenía dolor, mucho dolor. Y la bolsa de dinero. No creía que a los 3 días alguien volviera al Jardín de los Robles, así que se estiró, se relajó y se dejó llevar por la mierda.
- …me estás tomando el pelo - consiguió oír a una voz cascada.
- No, este golpe será increíble - escuchó contestar a una voz aguda - En las mimas narices de esos capas púrpuras.
- Yo no pienso arriesgar el pellejo - escupió al suelo de una manera sonora, o lo habría sido de no ser por la fiesta de alrededor - Ni todo el oro de Montañagrís haría que me jugase mi ojo sano.
- Disculpa, olvidé que estabas hecho en oro.
- Si estuviera hecho de oro me habría despellejado, vendido y comprado un castillo al norte del Valle.
- Pues le imploro su perdón, Ser Lorry del Valle - el tono de sarcasmo hizo que pareciera imbécil. - Pero si quieres ser un poco más rico gracias a la siempre “leal” guardia irás mañana a medianoche a los jardines de - Un gordo se puso a gritar y sólo logró discernir “oeste” de entre los bramidos del orondo cantor. La ira y la rabia ocuparon su rostro. Cómo iba a encontrar unos “jardines al oeste” si en esa ciudad había más jardines que palacios a lo largo del Río de las Almenas? Esa noche tendría que moverse y localizarlo. Un golpe al Palacio de los Jardines, el palacio con más oro de la región, no era nada despreciable. Si se organizaba bien. Peor lo descubriría mañana.
Al acabar la comida, maldijo entre dientes: el oro de los guardias se le había agotado antes que la virginidad de una doncella en un burdel de baja estofa. Y eso que sólo había cogido un caballo para llegar a Jardín de Dioses (la ciudad) y comprado ropa (túnica, jubón, calzones y calzado). Volvió a maldecir, se levantó, cogió la jarra y dándose la vuelta repentinamente, se la rompió al enorme, tanto en anchura como altura, cantante. La sangre le empapó el pelo, le corrió por las mejillas y el cuello, pero sólo lo hizo encogerse sobre el increíble volumen de su panza. Se incorporó y su cara cambió de una expresión de brutal confusión a una brutal a secas.
- Tú, piojo castrado!- bramó - Acaso tienes la menor idea de lo que has hecho, cruce de ramera y mula!?
- Si, acallar vuestros horribles cantos de apareamiento - respondió Cleptómano impasible, obviando el hecho de que las mulas eran estériles. Unas risillas surgieron del fondo de la taberna. Una furiosa mirada las acallaron enseguida.
- Veo que tienes agallas, hombrecillo - Parecía hasta complacido - Pero hombres mejores que tú han intentado callarme. Acaso no sabes porqué me llaman la Vaca?
- Por el tamaño de tus ubres? - Los ojos de la Vaca (que clase de ridículo mote era ese? Y lo peor, porqué se sentía orgulloso de él?) se encendieron, cogió una mesa y la tiró hacia el ladrón, pero Cleptómano la esquivó ágilmente, con lo que impactó a unos Guardias, un capa roja y sus patrulleros de sobrevesta con el escudo ensangrentado de la Guardia. De repente, todos en el bar desenfundaron armas y comenzaron una batalla campal en plena taberna antes los atónitos ojos del posadero: unos con los Guardias, buscando su favor al acabar la contiendo, otros con la Vaca y una pequeña facción, contra nadie en particular, simplemente, montando el caos. Y con todos ocupados, Cleptómano se escabulló por la puerta.
Ya fuera, observó el sol. Aun estaba demasiado alto, así que decidió ir a algún callejón a echar un buen sueño; era de naturaleza somnolienta, pero su profesión le obligaba a no dormir mucho, con lo que tenía que aprovechar lo más mínimo. Y ya que allí todavía no había cometido delito alguna, podría darse el gustazo. Se dirigió al oeste para estar cerca de su objetivo, y en una callejuela detrás de lo que semejaba una carnicería por el olor se paró a cumplir su propósito. Se tumbó en el suelo, se arrebujó en su túnica y al instante, cayó en un profundo sueño.
Unos extraños golpes lo devolvieron a la realidad. El sol estaba casi bajo del todo, la ciudad estaba casi en penumbras. Una figura fiera y adusta, de cierto aspecto metálico y una capa de color indeterminado se erguía junto a él.
- Qué haces aquí? En esta ciudad no se puede dormir en la calle - dijo con seguridad.
- Y eso por qué? Tengo mucho sueño y poco oro
- Porque, desecho inmundo, dormir cerca de una establecimiento te convierte casi al instante en ladrón - Cleptómano apretó los dientes: era un Guardia verde, patrullero de ciudad. Lo más idiota de toda la Guardia, brutos que mantenían el orden a base de espadazos.
- Pero, acaso no sabéis quién soy? - Lo dijo con cierto acento costeño y con mucha convicción. El Guardia puso la misma cara que las vacas usaban para mirar a los caminantes que pasan por su lado. - Dioses, qué gente más inútil hay ahora en la Guardia! En mis tiempos eran la élite, no unos brutos borrachos y unicejos!
- Ya me estás hinchando las pelotas, escoria!
- Calla y escucha, bruto descerebrado! No recuerdas a Lord Marengo, el Desaparecido - La cara del Guardia dejaba ver que sabía que había metido la pata - Pues desaparecí para que me dejasen de molestar . Toda esa basura de herencias y conspiraciones por mi inmensa fortuna me tenían cansado, así que decidí desaparecer. Y aquí estoy, sin que nadie me reconozca. Hasta que llegaste tú a tocarme las narices. Así que más te vale dejarme en paz si no quieres que envía un mensaje a mi hijo y se te juzgue por desacato. Aún tengo influencia, por si no lo sabes.
- Pero… vos… yo… creí que erais mayor…
- Y? No es el Sacerdote Mayor más viejo que el mismo rey y parece que subiera al poder ayer? - Al menos, eso se decía - Sal de mi vista antes de que me enfade y te haga perder algo más que el puesto. - Y con la mayor celeridad, el Guardia se fue. Le encantaban este tipo de Guardias, tan acostumbrados a cumplir órdenes que jamás se paraban a pensar. Y menos mal, si no se habría dado cuenta de que Lord Marengo tenía 106 años y sus restos descansaban en una playa al Sur de allí.
Se había librado, pero tendría que andarse con mucho cuidado, a los capas verdes no les gustaban los mendigos. Sin embargo a él sí: sabiendo tratarlos, siempre se obtenía información muy valiosa. Con esa idea, entró en un jardín, llamado de los Tulipanes, pero apodado por la plebe “de los Mendigos”, debido a que allí se concentraban los pedigüeños de la ciudad al anochecer. Y eso lo sabía todo el mundo, aunque nadie jamás movía un dedo para impedirlo, quién sabía por qué.
Al rato de entrar, encontró a un desdentado y barbudo mendigo. Se acercó a él y habló.
- Necesito información.
- Oh, sí, igual que todos. Pero sólo unos pocos pagan el precio - Las eses silbaban entre los huecos de sus dientes.
- Pedid y se os dará. Quiero información sobre el golpe al Palacio de los Jardines.
- Tenéis dientes para mi?
- Temo que no.
- Entonces tendréis que quitarme las pulgas. Y no hay negociación posible - Y la sonrisa que puso no sabría si definirla de victoria o de placer.
- Está bien - Accedió, poniendo los ojos en blanco. Mientras rebuscaba entre los mechones blanco del mendigo, éste comenzó a hablar.
- Mañana, en el Jardín de los Robles, un poco más al norte de aquí, Jeris Manosrápidas recibe a medianoche a cualquiera que quiera participar en su robo. Dicen que tiene un amigo Guardia de capa púrpura que les abrirá las puertas. Es todo cuanto puedo decirte, muchacho.
Veintisiete pulgas después, Cleptómano se puso a dormir en la rama de un árbol, maquinando lo que haría al día siguiente.
Pasó la mañana y la tarde comiendo, bebiendo y montando gresca para poder irse sin pagar. Era increíble la facilidad con la que la gente te encendía en aquel lugar. Llegada la noche, se fue corriendo al lugar indicado. Una veintena de personas lo recibieron. Eran un grupo de los más singular: desde hombres con grandes barbas y anchos hombros a jóvenes con pelusa y granos. Incluso una mujer, regordeta y con algo de bigote, estaba allí.
Con las campanadas de medianoche, apareció Jeris Manosrápidas, un hombre bajito, delgado, de facciones afiladas y pelo rubio.
- Vaya, sois más de los que esperaba - dijo con voz melosa y pausada, con cierta satisfacción. Luego se puso serio. - Pero no os confiéis, será duro. Acercaos, decidme vuestros nombres y luego os diré mi plan.
Uno a uno, fueron diciendo sus nombres. Cleptómano, como no, dio un nombre falso, Delrog.
- Ahora que estamos presentados, os explico: mi colega en el Palacio abrirá las puertas a unos cuantos de nosotros, disfrazados de mercaderes. Sin embargo, en cuanto entréis, tenéis que armarla. Gritos, golpes, peleas, lo que se os ocurra, pero que vengan los Guardias, cuantos más mejor. Entraremos por la Puerta Alta, con lo que tendrán que dejar las torres sin vigilancia. Entonces entramos el resto, en grupos de dos. No será muy difícil, alguien del servicio nos tenderá una cuerda en cada torre. Entramos, cogemos todo lo que encontremos en la puerta que tendremos enfrente y salimos pitando por las mismas cuerdas. Un silbato con sonido de águila será la señal para que nuestro señuelo escape corriendo. Nos reuniremos en 3 días aquí mismo. Bien, todo claro? - Cruzaron miradas de afirmación. Cleptómano no confiaba en la Guardia, pero ese golpe… no lo iba a dejar escapar. Asintió - Mañana, dos horas antes de las campanadas, en la callejuela al sur del Palacio. Lo tendré todo listo.
Al día siguiente, luego de pasar el rato con más gresca y más comida (qué bien se lo pasaba con esos tíos!) llegó al sitio indicado. A él le había tocado la torre del Fuego junto con la mujer del bigote, Amarís. Ésta, al verlo llegar, puso una cara de extrañamiento.
- Tú no estabas ayer con nosotros - Aseveró sin mucha confianza -.
- Sí, soy Delrog. Me he maquillado para que no me reconocieran - La expresión de la mujer cambió a comprensión absoluta.
- Muy sabio por tu parte. Oigo ruidos en dirección a la Puerta Alta. Deben de entrado.
Como corroborando sus palabras, una cuerda bajó de la ventana. Amarís subió primero, seguida de Cleptómano. Llegaron, entraron, abrieron la puerta y… cerrada. Sin previo aviso, unos alarido subieron por las escaleras acompañados por unas pisadas metálicas. En los rostros de ambos ladrones afloró el pánico más absoluto. Así que Cleptómano, actúan rápido, cogió carrerilla y de un empujón, rompió la puerta. Era madera podrida, y lo único que guardaba era una trampilla. El ladrón se dirigió corriendo a ella, la abrió y se metió en ella mientras unos capas púrpuras cogían a su compañera por la camisa y le cortaban el pescuezo. En plena apoteosis del pánico, corrió por la pasarela que conectaba la torre de vigilancia con el castillo. Los habían engañado. Y la avaricia lo había arrastrado hasta esa trampa mortal.
Los Guardias estaban justo a sus espaldas, y una puerta de acero se interponía entre la torre del Fuego y él. Desenfundó su daga y sin pensárselo apenas, saltó al vacío mientras los Guardias corrían en pos de él. No lo atraparon y él cayó. Consiguió clavar la daga en un enorme estandarte azul con el dibujo de una torre negra (no sabía que quién podría ser, pero tenía que ser importante) y deslizarse. Aterrizó con una fuerte golpe de trasero en cuanto la tela se acabó, estaba dentro de un pequeño patio, con la única salida abierta. Se frotó su dolorido culo y corrió adentro. Comenzó a subir escaleras y recorrer pasillos hasta que llegó a un rellano con dos puertas enfrentadas. De la su izquierda salía un ruido de roce de sábanas y gemidos de mujer. Ya había tenido con Lady Laguna, así escogió la otra puerta: montones de oro y alguna piedra preciosa estaban al alcance de su mano. Babeando y con la vista empañada de lágrimas felices, empezó a meter todo lo que podía en el saco que le habían dado anoche. Cuando empezaba a tener problemas de espacio, unas sombras aparecieron a su espaldas. Capas púrpuras.
- Creíamos haber atrapado a todos los ratoncitos de la torre Magna. Nos equivocamos - Sonrió con satisfacción el de la izquierda.
Para su adentros, Cleptómano maldijo una y mil veces. Cómo se las había apañado para llegar a la torre Magna? Las torre de la gente importante, la más vigilada, la que iba a robar Jeris… que probablemente estaría muerte, igual que él si no pensaba rápido. Cogió un enorme pedrusco brillante y lo arrojó contra el Guardia derecho. El lanzamiento los pilló desprevenidos, así que reaccionaron agachándose, como vulgares críos jugando. Y él aprovechó el descuido para saltar por encima de ellos y correr. Hacia arriba, justo donde no tendría salida. Se sorprendió al encontrar una puerta entrecerrada, se metió por ella y encontró a lo que parecía un Sacerdote encamado con una cortesana de abundantes carnes. <<Acaso estoy en el palacio de La Polla Caliente!?>> exclamó para sus adentros a la vez que el Sacerdote llamaba por los Guardias. Vio una venta y sin dudar, se lanzó por ella. Ambos capas púrpuras se quedaron atónitos. Se asomaron y nada vieron. Salieron corriendo a buscarlo. Entre tanto, Cleptómano se había agarrado a la cornisa y subido al tejado. Y allí estaba, subido a un tejado del que no podría bajar… hasta que descubrió un estad andarte igual al anterior. <<Bueno, no me queda otra. No, en realidad, morirme de hambre>>.
Saltó sin vacilar, pero cuando llegó al final, se encontró que acababa a una distancia considerable del suelo. Cayó en pleno grito, aferrado a su bolsa de oro y con los ojos cerrados.
Abrió los ojos y se movía. Un olor nauseabundo le bajó hasta la garganta. Casi vomitó, pero se contuvo. Reflexionó cómo había ido a parar a un carro lleno hasta los topes de estiércol. Recordó haber caído y… ahora sólo tenía dolor, mucho dolor. Y la bolsa de dinero. No creía que a los 3 días alguien volviera al Jardín de los Robles, así que se estiró, se relajó y se dejó llevar por la mierda.
martes, 1 de noviembre de 2011
Cleptómano II
Todo el castillo estaba conmocionado. El bullicio era ensordecedor. Los caballeros jóvenes se hacían los gallardos con las damas más hermosas, diciéndoles que se apartaran, que ellos las defenderían. Los hombres tranquilizaban a sus señoras, o corrían a esconderse de un peligro que desconocían. Alguien grita: “Intruso!” y todo el mundo se vuelve loco. La Guardia personal del señor del castillo corría de un lado a otro, ondeando sus capas púrpuras y tratando de poner calma. Sólo lady Laguna y una pequeña escolta de capas púrpuras y armadura chapada en ónice estaban tranquilos y conocían la verdad del suceso.
En los ojos azules de Brenne Laguna, herencia paterna, se traslucía la determinación de quien conoce los hechos en profundidad: mientras comía con la dama del castillo y otras cortesanas, al otro lado del castillo, un estruendo terrible se oyó. Los Guardias alertaron, pero ella lo vio claro: él había entrado a robar.
Otra vez.
Había intentado azuzar contra él a los Guardias dorados, pero su rey se lo había denegado, y sólo puso en el caso a los Guardias rojos, los patrulleros.
Pero su osadía lo había llevado a cometer otro error, y ésta vez, con la escolta púrpura bajo sus órdenes, se arrepentiría de ambas veces.
Bajaron con celeridad a las mazmorras, adonde los Guardias lo llevaron en cuanto lo atraparon. Toda la región conocía su incidente, por lo que los Guardias estaban avisados de que esto podría ocurrir. Así, usaban a lady Laguna como testigo para juzgarle, si no, lo habrían matado en el acto y ella se quedaría sin venganza.
Y es que el bribón, no sabría decir si por casualidad o por motivos pecunarios, la había cogido en pleno adulterio con su mayordomo personal, un fornido y moreno hombre de las costas. Los había visto y se había ido, sin robar nada, o eso creía ella, por lo que se inclinaba por el poder del dinero. Si era así, aún no habría revelado su secreto, y podría callarlo. Así, asustaría también al pagador.
Llegaron enseguida a la celda. Brenne se quiso recrear en su cara de sufrimiento… pero no recordaba su cara. Bueno, había pasado dos días muy intensos, con muchas cosas en la cabeza: contratar protección, reforzar su casa, asegurarse de que nadie más sabía su secreto… No pasaba nada, en cuanto lo viera, lo recordaría. Seguro.
Mas al abrir la puerta, ese anhelo se quebró. El rostro que vio era de ojos pequeños, hirsuto, lleno de cicatrices y boca grande. No se parecía en nada al de su hombre… o quizá si. Era una sensación extraña.
- Mi señora, es él? - Inquirió uno de los guardias.
No supo qué contestar. Se quedó con la boca abierta, dudando entre hablar o no. Podría serlo, sí. Como también podría no serlo. Las miradas de confusión eran evidentes entre la escolta. Y cada vez más en su rostro.
- Es o no es?- Le preguntó acuciante otro Guardia, al parecer sin tanta paciencia como su colega.
Los nervios de Brenne la inundaron. Cómo podía fallarle su manera de aquella manera? Estaba conmocionada, casi presa del pánico. Era como si el rostro de su atacante te transformase en el ladrón que tenía enfrente a ella, como si la cara del ladrón y del prisionero se mezclasen, hasta el punto de pensar que había soñado su atraco. Era imposible que el rostro de un hombre estuviera a la vez en el del cautivo. Pero cómo podía estar el rostro de un hombre en el de otro? Acaso la magia de la cara era tan impresionante que le hacía tener todos los rostros y a la vez ninguno? Cómo era posible aquello? Se mandó calmarse, y se puso a pensar: “Nadie conoce su rostro, ni siquiera yo. O eso parece. Y estoy empezando a perder credibilidad entre la escolta. Debo ser firme”
- Si, es él. Me ha costado reconocerlo debido a que era de noche cuando entró. Matadlo.
- Pero mi señora, el proceso…
- Déjate de procesos! Él es culpable! Acaso no te sirve mi testimonio? Tendré que acusarte de desobedecer a una señora de tan antiguo linaje como el mío? En serio tan poco aprecio le tienes a tu vida cómo para desobedecerme?- Rugió lady Laguna.
- Cla-cla-claro que no, mi señora. Yo mismo acabaré con él. Rath, escolta a la lady Laguna a sus aposentos.
La cara del prisionero se hizo una oda al miedo y la desesperación ante el último vistazo de Brenne. Acompañada por el Guardia, subió las escaleras entre gritos de terror y tortura. Mientras, aunque no lo exteriorizaba, seguía preocupada por el hechizo que le impedía acordarse de su atacante. O que la confundía con ese prisionero más muerto que vivo. Ya no estaba segura de nada. Pero cuando todo volvió a la calma, se olvidó de tal asunto.
Mientras las tribulaciones de lady Laguna tocaban a su fin, a un día de camino hacia el Oeste, Cleptómano robaba ropa de una carretilla detenida a un lado del sendero. Era de arpillera. Picaba un montón, pero si se cambiaba, no le reconocerían.
Y es que su cara era muy particular. Una vez su padre, herrero en un pequeño pueblo del Valle, le había explicado que tenía la cara de todos y de ninguno. Una cara lisa, llama, sin anda que llamase la atención, pero que tenía algo que siempre estaba en todos los rostros, por eso siempre lo confundían, incluso su padre. O pasaba desapercibido. Cuando no jugaba con sus amigos durante unos días por tener que ayudar a su padre, tenía que recordarles quién era. O que ese chico nuevo no era él en absoluto. Aunque se había librado de muchas palizas gracias a aquello. Y de la cárcel. Incluso de la Guardia. Y eso que siempre se confundía: a veces eran pequeñas cosas, como lo de la fruta, pero otras algo enormemente funesto, como el incidente de la viuda: ella rica, solitaria, sin apenas guardias. Golpe fácil. Pero se confundió de casa. Los muros eran iguales y casi no había guardias, pero al legar a la habitación, luego de dar muchas vueltas y visitar muchos cuartos, se encontró a lady Laguna, importante dama de la corte con un mancebo guapo en pleno acto… y más le valió correr por su vida. Por culpa de eso, tenía a todos los patrulleros en sus talones, aún sin saber si quiera su rostro.
Oyó el roce ropas contra la maleza. Cogió la ropa y se fue rápido. Se cambió, ocultó sus ropas y emprendió un nuevo camino hacia sabían los Dioses dónde.
En los ojos azules de Brenne Laguna, herencia paterna, se traslucía la determinación de quien conoce los hechos en profundidad: mientras comía con la dama del castillo y otras cortesanas, al otro lado del castillo, un estruendo terrible se oyó. Los Guardias alertaron, pero ella lo vio claro: él había entrado a robar.
Otra vez.
Había intentado azuzar contra él a los Guardias dorados, pero su rey se lo había denegado, y sólo puso en el caso a los Guardias rojos, los patrulleros.
Pero su osadía lo había llevado a cometer otro error, y ésta vez, con la escolta púrpura bajo sus órdenes, se arrepentiría de ambas veces.
Bajaron con celeridad a las mazmorras, adonde los Guardias lo llevaron en cuanto lo atraparon. Toda la región conocía su incidente, por lo que los Guardias estaban avisados de que esto podría ocurrir. Así, usaban a lady Laguna como testigo para juzgarle, si no, lo habrían matado en el acto y ella se quedaría sin venganza.
Y es que el bribón, no sabría decir si por casualidad o por motivos pecunarios, la había cogido en pleno adulterio con su mayordomo personal, un fornido y moreno hombre de las costas. Los había visto y se había ido, sin robar nada, o eso creía ella, por lo que se inclinaba por el poder del dinero. Si era así, aún no habría revelado su secreto, y podría callarlo. Así, asustaría también al pagador.
Llegaron enseguida a la celda. Brenne se quiso recrear en su cara de sufrimiento… pero no recordaba su cara. Bueno, había pasado dos días muy intensos, con muchas cosas en la cabeza: contratar protección, reforzar su casa, asegurarse de que nadie más sabía su secreto… No pasaba nada, en cuanto lo viera, lo recordaría. Seguro.
Mas al abrir la puerta, ese anhelo se quebró. El rostro que vio era de ojos pequeños, hirsuto, lleno de cicatrices y boca grande. No se parecía en nada al de su hombre… o quizá si. Era una sensación extraña.
- Mi señora, es él? - Inquirió uno de los guardias.
No supo qué contestar. Se quedó con la boca abierta, dudando entre hablar o no. Podría serlo, sí. Como también podría no serlo. Las miradas de confusión eran evidentes entre la escolta. Y cada vez más en su rostro.
- Es o no es?- Le preguntó acuciante otro Guardia, al parecer sin tanta paciencia como su colega.
Los nervios de Brenne la inundaron. Cómo podía fallarle su manera de aquella manera? Estaba conmocionada, casi presa del pánico. Era como si el rostro de su atacante te transformase en el ladrón que tenía enfrente a ella, como si la cara del ladrón y del prisionero se mezclasen, hasta el punto de pensar que había soñado su atraco. Era imposible que el rostro de un hombre estuviera a la vez en el del cautivo. Pero cómo podía estar el rostro de un hombre en el de otro? Acaso la magia de la cara era tan impresionante que le hacía tener todos los rostros y a la vez ninguno? Cómo era posible aquello? Se mandó calmarse, y se puso a pensar: “Nadie conoce su rostro, ni siquiera yo. O eso parece. Y estoy empezando a perder credibilidad entre la escolta. Debo ser firme”
- Si, es él. Me ha costado reconocerlo debido a que era de noche cuando entró. Matadlo.
- Pero mi señora, el proceso…
- Déjate de procesos! Él es culpable! Acaso no te sirve mi testimonio? Tendré que acusarte de desobedecer a una señora de tan antiguo linaje como el mío? En serio tan poco aprecio le tienes a tu vida cómo para desobedecerme?- Rugió lady Laguna.
- Cla-cla-claro que no, mi señora. Yo mismo acabaré con él. Rath, escolta a la lady Laguna a sus aposentos.
La cara del prisionero se hizo una oda al miedo y la desesperación ante el último vistazo de Brenne. Acompañada por el Guardia, subió las escaleras entre gritos de terror y tortura. Mientras, aunque no lo exteriorizaba, seguía preocupada por el hechizo que le impedía acordarse de su atacante. O que la confundía con ese prisionero más muerto que vivo. Ya no estaba segura de nada. Pero cuando todo volvió a la calma, se olvidó de tal asunto.
Mientras las tribulaciones de lady Laguna tocaban a su fin, a un día de camino hacia el Oeste, Cleptómano robaba ropa de una carretilla detenida a un lado del sendero. Era de arpillera. Picaba un montón, pero si se cambiaba, no le reconocerían.
Y es que su cara era muy particular. Una vez su padre, herrero en un pequeño pueblo del Valle, le había explicado que tenía la cara de todos y de ninguno. Una cara lisa, llama, sin anda que llamase la atención, pero que tenía algo que siempre estaba en todos los rostros, por eso siempre lo confundían, incluso su padre. O pasaba desapercibido. Cuando no jugaba con sus amigos durante unos días por tener que ayudar a su padre, tenía que recordarles quién era. O que ese chico nuevo no era él en absoluto. Aunque se había librado de muchas palizas gracias a aquello. Y de la cárcel. Incluso de la Guardia. Y eso que siempre se confundía: a veces eran pequeñas cosas, como lo de la fruta, pero otras algo enormemente funesto, como el incidente de la viuda: ella rica, solitaria, sin apenas guardias. Golpe fácil. Pero se confundió de casa. Los muros eran iguales y casi no había guardias, pero al legar a la habitación, luego de dar muchas vueltas y visitar muchos cuartos, se encontró a lady Laguna, importante dama de la corte con un mancebo guapo en pleno acto… y más le valió correr por su vida. Por culpa de eso, tenía a todos los patrulleros en sus talones, aún sin saber si quiera su rostro.
Oyó el roce ropas contra la maleza. Cogió la ropa y se fue rápido. Se cambió, ocultó sus ropas y emprendió un nuevo camino hacia sabían los Dioses dónde.
Cleptómano I
Al abrir los ojos, sólo había oscuridad, cosa normal debido a que la ventana estaba cerrada.
Su sueño, después de mucho tiempo, fue profundo y tranquilo. Dio un par de vueltas, buscando dormir de nuevo, pero recordó su cometido.
Robar.
Se desperezó lentamente, y con cuidado, pues la madera era vieja y estaba podrida, caminó hasta la ventana. La abrió y contempló el árbol enfrente de su habitación, detrás de la posada. Se dio cuenta de que pronto lo llamarían para desayunar, así que puso en marcha. Cleptómano - o así lo llamaban desde que tenía edad suficiente para crear recuerdos- se vistió rápido, cogió su bolsa y metió en ella cualquier objeto de mínimo valor, tal como hiciera antes de irse a dormir aprovechando su condición de único huésped. Apenas le llegaría para comer, pero unas monedas fáciles siempre era bien recibidas. O bien robadas, según se mire.
- El desayuno está listo - dijo con voz monótona la mujer del posadero después de llamar tres veces. Cleptómano maldijo en voz alta. Y otra vez. Y otra. Se había delatado y ahora tendría que bajar a comer, o sospecharían y llamarían a la Guardia. Lo cual no era nada apetecible; ya lo seguía por un antiguo desliz. Si lo pillaban y demostraban su crimen, su final no sería nada agradable. Masculló una retahíla de maldiciones, cerró el saco, cogió sus enseres y bajó a desayunar.
Cuatro personas, sin contar la figura porcina del posadero y a su mujer, lo saludaron al bajar al comedor. Aparentó naturalidad, pero por dentro cocía algún plan para poder largarse sin pagar. En efecto, no tenía una triste moneda. Se sentó enfrente del desayuno: leche fría, queso y un huevo pasado por agua. Comió lentamente, mientras seguía maquinando la treta que lo sacaría de allí.
De repente derribaron la puerta. Eran seis miembros de la Guardia.
- Tenemos información de que el Carnicero del Este está alojado en esta posada. O nos lo entregáis ahora mismo o esta posada se convierte en cementerio!- Clamó con autoridad uno de ellos.
En cuanto sus testículos se le volvieron a situar entre sus muslos, Cleptómano se calmó. Se fijó en la patrulla: Alto y robusto, en el centro, erguido con seguridad, con una armadura chapada en plata bruñida, se hallaba el capitán patrullero. Su puesto se delataba por la capa roja que llevaba, así como el puño de la espada, con un rubí engastado. La cicatriz en su mejilla le deba más respeto si cabía. Flanqueándole, estaban los otros cinco, con escuetas cotas de malla, botas de cuero altas, grebas de cuero y veste con el emblema de la Guardia: un escudo triangular negro con la punta inferior ensangrentada de un peculiar color sable. Debido a sus atavíos, Cleptómano supo que no eran más que soldados rasos asignados al patrullero para esa jornada, puede que también la siguiente. Entonces se lo jugó todo a una carta.
- Yo soy el Carnicero! Me rindo! - Chilló con desesperación.
- Adoro los trabajos fáciles - Dijo el de capa roja, con una sonrisa en la cara. Se sorprendió de que resultase, pero recordó que nadie recordaba su cara… ni la del Carnicero. El de rojo se dio la vuelta - Tú, el bajito, ponle los grilletes, lo llevamos a la Justicia más cercana, y que ellos se encarguen.
El Guardia se acercó. Cleptómano, que nunca fue muy alto, le sacaba una cabeza entera. La fuerza de su captor y la firmeza con la que le puso las argollas le sorprendió
- No eres tan duro cuando no son jovencitas quienes tratan contigo, eh? - Le susurró el Guardia bajito. El aliento le apestaba a… no supo decidirse si queso azul o cadáver de una semana.
- Alto!- Gritó el posadero con toda su porcina figura - Este hombre me debe dinero! Y vosotros, por derribarme la puerta!
El de la capa roja miró a otro guardia, que portaba una maza y un saquito. Éste asintió, se adelantó, y lanzó unas monedas al posadero.
- Esto cubrirá los gastos de sobra - Contestó de mala gana el posadero.
La comitiva salió de la posada, en dirección norte, hacia la ciudad más cercana. Todos los petates los llevaba un solo Guardia, el suyo incluido. Ahora tocaba pensar en como librarse del embrollo increíble en el que se había metido. Siempre le pasaba igual, no se paraba a pensar las consecuencias de sus actos. Pero saldría de ésta, como de todas las demás, claro. Y entonces, floreció una idea.
- Necesito mear - dijo, secamente.
- Ya mearás cuando te suban a la horca, asesino - Y el guardia que dijo eso le escupió en la cara.
- Eso no era necesario - Le reprochó el Guardia de rojo. El otro bajó la cara, sumiso. - Tenemos mucho tiempo aún, dejémosle mear. Hasta los culpables merecen algo de piedad. Ayúdale - Le dijo al de la maza.
Echó un fugaz vistazo a donde habían dejado sus cosas y se dejó guiar por el Guardia. Llegaron a un árbol lejano y cuando su guía le bajó los pantalones, Cleptómano se liberó de sus ataduras (años de práctica) y de un rápido golpe de rodilla, lo dejó inconsciente. Una vez subidos los pantalones, le quitó al Guardia la bolsa de dinero, además de la cuerda y un puñal. La maza se la dejó, nunca se sintió cómodo con armas pesadas.
Comenzó a trepar por un árbol, y cuando consideró estar a la altura adecuada, se ató un extremo al cinturón, otro a la rama y se impulsó hacia adelante. Llegó a donde estaba los Guardias, se estiró como un mono y cogió su petate. Luego, el movimiento pendular lo llevó hacia atrás. Usó el puñal para librase antes de llegar al punto más alto y con el impulso, rodó hacia atrás. Se puso en pie y corrió. No sabía en qué dirección iba, sólo corrió esquivando todo obstáculo que hubiera delante de él. En cuanto se sintió a salvo, luego de un rato que se le antojó eterno, se sentó, contó las monedas y miró su petate.
Se había confundido. Otra vez. Sólo llevaba fruta. Los Guardias tenían su botín y su ropa. Maldijo la mañana con todas sus fuerzas, tiró dos piedras al río lleno de furia y, resignado, se puso a comer algo de su errado botín.
Su sueño, después de mucho tiempo, fue profundo y tranquilo. Dio un par de vueltas, buscando dormir de nuevo, pero recordó su cometido.
Robar.
Se desperezó lentamente, y con cuidado, pues la madera era vieja y estaba podrida, caminó hasta la ventana. La abrió y contempló el árbol enfrente de su habitación, detrás de la posada. Se dio cuenta de que pronto lo llamarían para desayunar, así que puso en marcha. Cleptómano - o así lo llamaban desde que tenía edad suficiente para crear recuerdos- se vistió rápido, cogió su bolsa y metió en ella cualquier objeto de mínimo valor, tal como hiciera antes de irse a dormir aprovechando su condición de único huésped. Apenas le llegaría para comer, pero unas monedas fáciles siempre era bien recibidas. O bien robadas, según se mire.
- El desayuno está listo - dijo con voz monótona la mujer del posadero después de llamar tres veces. Cleptómano maldijo en voz alta. Y otra vez. Y otra. Se había delatado y ahora tendría que bajar a comer, o sospecharían y llamarían a la Guardia. Lo cual no era nada apetecible; ya lo seguía por un antiguo desliz. Si lo pillaban y demostraban su crimen, su final no sería nada agradable. Masculló una retahíla de maldiciones, cerró el saco, cogió sus enseres y bajó a desayunar.
Cuatro personas, sin contar la figura porcina del posadero y a su mujer, lo saludaron al bajar al comedor. Aparentó naturalidad, pero por dentro cocía algún plan para poder largarse sin pagar. En efecto, no tenía una triste moneda. Se sentó enfrente del desayuno: leche fría, queso y un huevo pasado por agua. Comió lentamente, mientras seguía maquinando la treta que lo sacaría de allí.
De repente derribaron la puerta. Eran seis miembros de la Guardia.
- Tenemos información de que el Carnicero del Este está alojado en esta posada. O nos lo entregáis ahora mismo o esta posada se convierte en cementerio!- Clamó con autoridad uno de ellos.
En cuanto sus testículos se le volvieron a situar entre sus muslos, Cleptómano se calmó. Se fijó en la patrulla: Alto y robusto, en el centro, erguido con seguridad, con una armadura chapada en plata bruñida, se hallaba el capitán patrullero. Su puesto se delataba por la capa roja que llevaba, así como el puño de la espada, con un rubí engastado. La cicatriz en su mejilla le deba más respeto si cabía. Flanqueándole, estaban los otros cinco, con escuetas cotas de malla, botas de cuero altas, grebas de cuero y veste con el emblema de la Guardia: un escudo triangular negro con la punta inferior ensangrentada de un peculiar color sable. Debido a sus atavíos, Cleptómano supo que no eran más que soldados rasos asignados al patrullero para esa jornada, puede que también la siguiente. Entonces se lo jugó todo a una carta.
- Yo soy el Carnicero! Me rindo! - Chilló con desesperación.
- Adoro los trabajos fáciles - Dijo el de capa roja, con una sonrisa en la cara. Se sorprendió de que resultase, pero recordó que nadie recordaba su cara… ni la del Carnicero. El de rojo se dio la vuelta - Tú, el bajito, ponle los grilletes, lo llevamos a la Justicia más cercana, y que ellos se encarguen.
El Guardia se acercó. Cleptómano, que nunca fue muy alto, le sacaba una cabeza entera. La fuerza de su captor y la firmeza con la que le puso las argollas le sorprendió
- No eres tan duro cuando no son jovencitas quienes tratan contigo, eh? - Le susurró el Guardia bajito. El aliento le apestaba a… no supo decidirse si queso azul o cadáver de una semana.
- Alto!- Gritó el posadero con toda su porcina figura - Este hombre me debe dinero! Y vosotros, por derribarme la puerta!
El de la capa roja miró a otro guardia, que portaba una maza y un saquito. Éste asintió, se adelantó, y lanzó unas monedas al posadero.
- Esto cubrirá los gastos de sobra - Contestó de mala gana el posadero.
La comitiva salió de la posada, en dirección norte, hacia la ciudad más cercana. Todos los petates los llevaba un solo Guardia, el suyo incluido. Ahora tocaba pensar en como librarse del embrollo increíble en el que se había metido. Siempre le pasaba igual, no se paraba a pensar las consecuencias de sus actos. Pero saldría de ésta, como de todas las demás, claro. Y entonces, floreció una idea.
- Necesito mear - dijo, secamente.
- Ya mearás cuando te suban a la horca, asesino - Y el guardia que dijo eso le escupió en la cara.
- Eso no era necesario - Le reprochó el Guardia de rojo. El otro bajó la cara, sumiso. - Tenemos mucho tiempo aún, dejémosle mear. Hasta los culpables merecen algo de piedad. Ayúdale - Le dijo al de la maza.
Echó un fugaz vistazo a donde habían dejado sus cosas y se dejó guiar por el Guardia. Llegaron a un árbol lejano y cuando su guía le bajó los pantalones, Cleptómano se liberó de sus ataduras (años de práctica) y de un rápido golpe de rodilla, lo dejó inconsciente. Una vez subidos los pantalones, le quitó al Guardia la bolsa de dinero, además de la cuerda y un puñal. La maza se la dejó, nunca se sintió cómodo con armas pesadas.
Comenzó a trepar por un árbol, y cuando consideró estar a la altura adecuada, se ató un extremo al cinturón, otro a la rama y se impulsó hacia adelante. Llegó a donde estaba los Guardias, se estiró como un mono y cogió su petate. Luego, el movimiento pendular lo llevó hacia atrás. Usó el puñal para librase antes de llegar al punto más alto y con el impulso, rodó hacia atrás. Se puso en pie y corrió. No sabía en qué dirección iba, sólo corrió esquivando todo obstáculo que hubiera delante de él. En cuanto se sintió a salvo, luego de un rato que se le antojó eterno, se sentó, contó las monedas y miró su petate.
Se había confundido. Otra vez. Sólo llevaba fruta. Los Guardias tenían su botín y su ropa. Maldijo la mañana con todas sus fuerzas, tiró dos piedras al río lleno de furia y, resignado, se puso a comer algo de su errado botín.
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