Nada, ni siquiera el incendio de la Fragua de Sombras, había parado el Torneo de Vilañeja. Cuando el humo comenzó a asomar por el Norte y el Este, el Comité de Contención, duramente formado para casos como éstos, se puso en marcha después de 217 años de inactividad. Construyeron barricadas, y usaron técnicas aprendidas años atrás para evitar incendios, lo que demoró un tiempo la destrucción del pueblo y permitió continuar con normalidad los juegos. Cuando el fuego amenazó con reducir a cenizas el terreno, un tiempo más tarde, toda la aldea se unió para detener el avance de las llamas, sin alterar ni las hazañas de los participantes ni el disfrute de los nobles.
Ahora, tres días habían pasado desde que apareció el humo, uno desde que los calderos del pueblo se pusieran en movimiento y cinco desde que Cleptómano escapara a nado de su cautiverio a la sombra del Padre, reducido a cenizas ya. El ladrón había seguido el curso del Vera, afluente del Río de Plata. Se decía que Vera, uno de los Nueve Dioses, había perdido allí la virginidad al enamorarse de un árbol. Qué clase de mente enferma había escrito esa historia no lo sabía, pero más increíble le resultaba que a las doncellas no se les permitiese acercarse a los árboles de la Fragua por si llegaban a su matrimonio impuras. No obstante, en cuanto la corriente amainó un poco, salió del río. Mantenerse a flote era demasiado cansado.
Corrió hacia lo que le pareció el Sur, alejándose de la deflagración que había provocado. En cuanto le pareció estar a salvo, se sentó a dormir. Despertó con las primeras luces y un calor muy extraño. Se levantó de un salto y se puso a correr en una dirección equivocada. En realidad, le daba un poco igual la dirección, sólo quería no acabar como su padre, el herrero. Así estuvo corriendo toda la mañana. Y toda la tarde. Y los cuatro días siguientes, deteniéndose para descansar de vez en cuando e intentar comer una especie de bayas que salían a la misma velocidad que entraban y una especie de agua estancada que sólo aceleraba el proceso. Sin saber muy bien cómo, llegó al Puente Árbol, encima del Río de Plata, desde donde pudo cruzar a las inmediaciones de una Vilañeja ya completamente a salvo de ser reducida a combustible para hoguera.
El pueblo era famoso por que dos veces al año (el año que menos veces se convoca) se celebran un Torneo, compuesto por una serie de juegos, combates, justas y otros deportes nobles, cuyo objetivo es apagar la sed guerrera de los más altos estamentos a favor de la gloria, el prestigio, la cerveza y la conquista de bellas damas.
“Al fin un pequeño golpe de suerte” se dijo Cleptómano. Habría comida y bebida que se le quedarían en el estómago, y quizá podría hacerse con algo de dinero. Así pues, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se acercó a la aldea.
No era muy grande, pero con tantos vendedores ambulantes que vendían su mercancía en carros, banderas con blasones de todos los colores y tanta gente, era un gran caos. Así pues, Cleptómano se confundió con la muchedumbre, actuando de la mejor manera posible. Caminó un poco, parándose a mirar un puesto de pergaminos y otro de joyas, ambos con mucha atención, como si quisiera comprar algo. Hasta que llegó a un carro lleno de manzanas, peras y otras muchas frutas que le daban un hermoso aspecto multicolor. Hasta mangos había, fruto que no probaba desde que en su niñez se la había robado a un noble del bolsillo. Se acercó, como quién no quería la cosa, y se puso hablar cordialmente con el mercader, alabando la mercancía con palabras corteses. Al darse el hombre la vuelta, Cleptómano aprovechó, se escondió debajo de la túnica algunos trozos de fruta y escapó corriendo. Pero sólo durante unos 10 o 12 pasos, hasta que se dio de bruces con un Capa Roja. Del golpe, todas las frutas que había escondido se le cayeron. El ladrón iba a ofrecer alguna excusa tartamudeante, pero de un guantazo lleno de ira, el Guardia dejó inconsciente a Cleptómano.
El ruido de utensilios de cocina hizo que se incorporase. Olía a guiso de pescado, y se oía una olla burbujear, mientras un caldo era removido. Cleptómano comenzó a asustarse. Era una pequeña casita, de madera. No tenía habitaciones individuales. El rincón donde estaba la cama hacía esquina con un pasillo que se extendía a su izquierda, desde donde llegaba el olor, y también una cancioncilla dulcemente tarareada. Se miró a sí mismo, y vio que estaba desnudo. Enseguida se volvió a tapar con las sábanas. Se preguntó si no habría muerto en el bosque, o si todo había sido un sueño y hubiera estado en la casa de la vieja señora Lyne todo este tiempo, pero una anciana figura asomó a los pies de la cama y le cortó el pensamiento.
- Ah! Ya veo que has despertado - dijo la vieja mujer. Tenía una voz muy agradable, el pelo lacio y un vestido sucio, gris, muy humilde - Toma te he hecho este guiso -Le vertió algo en un cuenco.
Cleptómano se incorporó, y cogió con reticencia el cuenco - Tranquilo, no está envenado -le sonrió. Las arrugas de su rostros se marcaron mucho más. - No tienes que tener miedo -estaba tan hambriento, que eso le bastó para comenzar a comer. No paró hasta acabar con toda la olla, y el queso que le había dado para luego.
- Veo que tenías hambre! A saber cuánto tiempo has estado sin comer! - exclamó con una dulzura que sosegó el espíritu del ladrón. Sus ojos comenzaron a cerrarse - Eso es, duerme ahora, Cleptómano - Estaba tan cansado, que no reparó en que la anciana lo había nombrado.
Volvió a despertarse. La luz inundaba toda la casa. Debía ser mediodía, pero de qué día, eso no lo llegaba a adivinar. Se desperezó con lentitud y cogió un montón de ropa que había doblado en una mesita. Debían de ser para él, pues eran ropas de hombre: una camisa de lino negra, pantalones de cuero negros, mitones negros, chaleco y zapatos de cuero blando negros. Tanta negrura le parecía excesiva, pero no se quejó. Simplemente se los puso y comenzó a andar por la casa. Comió y bebió un poco de una mesa puesta muy humildemente, desvencijada y medio mohosa. Cuando estaba apunto de levantarse, la puerta se abrió, y entró la viejecita.
- Veo que ya estás bien -le dijo, muy alegre. Puso enfrente del pequeño hogar una cesta con hortalizas, y se sentó enfrente a Cleptómano. - Cuando te encontré después de la paliza que te dio el Guardia, creí que ibas morir. Y mientras te cuidaba, nada indicaba lo contrario. Tuve que darte leche con un embudo. - A su boca asomó una sonrisa maternal. Cleptómano abrió la boca, pero fue cortado inmediatamente por la señora - No me des las gracias, hijo. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Necesitabas ayuda y te la brindé. Y quizá ahora puedas devolverme el favor, verdad, Cleptómano? - El punto de malicia que había adquirido su voz pasó desapercibido ante la sorpresa y el horror del ladrón. No sólo sabía su nombre, si no que se acordaba de él después de haber estado fuera de casa! Qué clase de sortilegio era ese? Sin saber muy bien cómo reaccionar, cogió un cuchillo, y se levantó, dispuesto a amenazar a la señora, pero al hacerlo, volvió a su sitio y dejó el utensilio en su lugar, no sabría decir qué.
- Debajo de estas canas hay mucho más de lo que parece - ahora la voz parecía salida de una especie de pesadilla alucinatoria. La luz comenzaba a apagarse, mientras una sombra crecía, envolviendo a la anciana. Qué clase de comida le había dado mientras dormía!? - Toma asiento, Cleptómano - Le hizo caso, por supuesto. No se desorinaba por que la anciana no se ordenaba - O debería llamarte…
- No, Cleptómano está bien - dijo con gesto hosco. Para qué usar nombre cuando nadie se acordaba de uno? Hacia muchos años que nadie lo llamaba Cleptómano, y muchos más por su verdadero nombre. Aquello no estaba bien, no podía estarlo. Estaba demasiado inquieto. La mirada de aquella mujer le penetraba, le obligándole a permanecer sentado. Se sentía impotente, frustrado y más iracundo que nunca. Pero no hizo ademán de levantare. Sólo mantuvo su mirada de furia y rencor.
-Como gustes. Si, sé muchas cosas sobre ti. Hay muchos rumores sobre ti, aunque no lo creas. Pero para el pueblo no eres más que un monstruo sin cara que lleva a sus hijos a la cama. Yo sé un poquito más de ti, chico. Incluso alguna cosa que no sabes de ti mismo. Oh, vamos quita esa cara! No te haré nada. Sólo alquilaré tus servicios. Eres un ladrón, no? Pues escucha. Tengo mucho que ofrecerte.
Y Cleptómano escuchó. Y a medida que la horrible y áspera voz de la anciana deslizaba palabras por su oreja, él sabía que no le quedaba más remedio que obedecerla.
Ser Wayward Lansloth siempre llegaba en el momento más oportuno. Esta vez llegó con los primeros humos del Norte. Un miembro del Comité les prohibió continuar hasta haber contenido el fuego, pidiéndoles, muy amablemente, si podía coger un carro prestado para usarlo de barricada. Y el caballero tuvo que ceder, teniendo que llevar los cofres dentro del carruaje donde viajaban su esposa e hijos, bastante pequeño, por cierto. Encima, había llegado una semana antes de lo debido, pues en los juegos en los que se había anotado no comenzaban hasta siete después de su llegada, lo que provocó las iras de su esposa durante ese tiempo, mientras tenían que ver como otros caballeros cortaban moscas al vuelo, ensartaban quesos lanzados desde el otro extremo del campo o cabalgaban por un circuito de fuego.
A medida que su señora le lanzaba maldiciones que le resbalaban como cera fundida, Wayward se preguntaba qué gloria esperaban conseguir esos mozalbetes lanzando tajos al aire, a ver si ensartaban alguna mosca, o se debatían contra un estafermo. Él había estado en la vanguardia de las más grande batallas, como la Batalla de los 100 Acres o la Conquista de Sangretierra, siempre luchando por el Rey. Tenía muchas medallas, condecoraciones, y hasta una espada hecha por Phinthias, el mejor herrero que jamás haya existido en el Cruce. Cada cicatriz y cada herida las llevaba con orgullo. Cómo pretendían, pues, esos jóvenes conseguir nada, peleando como estaban contra moscas y quesos? Al menos él estaba inscrito en los combates libres, el tiro con arco y las justas. Eso sí merecía la pena.
De lo que ser Lansloth no era consciente era de la increíblemente deforme imagen que tenía de sí mismo. Él estaba de vacaciones en el Mordisco con sus padres, siendo todavía un mozo imberbe, cuando un heraldo lo reclutó para la vanguardia de la Batalla de los 100 Acres. Y lo único que había hecho era espolear a su caballo, con los ojos cerrados mientras agitaba su espada. La hazaña más espectacular que había llevado a cabo en ese combate fue cortarle la crin a su caballo con tanto movimiento. En Sangretierra, se había limitado a ocultarse en una pequeña sima y esperar a que alguien pasase, amigo o enemigo, para rebanarle alguna parte de su cuerpo. Pero, evidentemente, nadie sabía esto. Ser Wayward Lansloth era el mejor narrador de todo el país, como sólo lo puede ser aquél que se cree sus propias historias. De hecho, el que había parado el avance de las llamas había sido él, al transportar heroicamente el carro para hacer una barrera. Y pobre del infeliz que osara contradecirlo! Se enfrentaría a la cólera de cientos de admiradores y seguidores que creían en sus hazañas como un Sacerdote las Sagradas Escrituras del Dogma.
Y así pasaron los días, entre discusiones, encuentros, historias y recuerdos. Hasta que al fin, le tocó participar. Combate libre: seis personas en un círculo. El último que quede en pie dentro del círculo gana y pasa a la siguiente ronda, con otros seis, a su vez ganadores de otros combates simultáneos, y así hasta que solo queda uno, al que coronan como Rey del Combate. Con tal objetivo en mente, ser Lansloth se enfundó en su armadura chapada en plata, se ciño su espada, con un casco se tapó el rostro y las incipientes canas, y allá fue, a batirse con sus adversarios.
Horas más tarde, regresó a su tienda, con un ojo hinchado, la nariz, antes recta, bastante torcida y el prominente mentón bañado en sangre. Pero victorioso. Fue el precio a pagar por repetir la estrategia de los 100 Acres. Después de unas curas aplicadas por un Sacerdote dedicado a Khlapios, dios de la curación, salió a celebrarlo. De camino a la taberna, se enteró de que habían dejado tumbado a un ladronzuelo. “Esta juventud está descarriada”, pensó para si el caballero, “ya no existen los valores por los que luché. Una guerra necesitaban para saber qué es la vida! Así saldrían tan honorables, rectos y arrojados como yo.” Este pensamiento lo verbalizaría en la taberna durante lo que duró toda la celebración (hasta el amanecer, más o menos), seguida siempre de asentimientos y aprobaciones. A continuación, relataba alguna gran batalla, su público se maravillaba, un camarero traía otra ronda, y así hasta el final.
Al día siguiente, con un resaca que le hacía estallar la cabeza, consiguió salir victorioso del segundo círculo, con la diferencia de que esta vez no hubo celebración, sólo cama y su mujer, siempre maldiciendo cuando estaba en la tienda. Cuando no… bueno, ser Wayward ni quería ni le importaba saberlo. En los días sucesivos, conquistó el tercer y cuarto círculo, pero fue derrotado en el quinto. A alguien, y muy probablemente adrede, se le había caído una pieza de su armadura, con la que había tropezado y se había dado de bruces contra un adversario, que de un empellón, lo sacó del círculo, descalificándolo. Toda la taberna veía la mala pata, la injusticia de que en el reglamento las piezas sueltas de armadura no estén reguladas y concordaron en que, de estar en un mundo justo y no existir tan mala baba y envidia entre contrincantes, de estar todo regulado como debiera, aparte de otros muchos puntos que fueron discutidos, ser Lansloth se habría alzado con el título, y no ese jovenzuelo, lord Daft Casquivana (de verdad alguien con tan ridículo nombre podía haber ganado?), que no había vivido ninguna guerra ni nada. Además, los presentes también llegaron a la conclusión de que los combates libres y una guerra eran cosas bien distintas y que por tanto, su caballero seguía valiendo más que nadie, siendo el más honorable, valeroso… En realidad, los argumentos los daba todos Wayward, mientras el público asentía. Y así fue toda la noche, hasta el amanecer, que coronaron al hombre como verdadero ganador del torneo.
Dos días más tarde, comenzó el torneo de arquería. Sólo había que clavar la flecha en el centro de la diana, nada que no pudiese, pues miles de personas había muerto bajo la certera furia de sus flechas. Un árbitro muerto y un espectador tuerto más tarde lo convencieron de que su vista estaba más cansada que en su juventud y se retiró. No obstante, aquello noche también fue coronado vencedor en la taberna, pues, como resultaba evidente, si su vista estuviera bien, habría sido el claro vencedor.
Al fin, después de todo, había llegado su momento. Para lo que había nacido. Las justas. La última, más espectacular y favorita entre el público. En todos sus años, jamás había perdido una justa. Este año había pocos participantes, por lo que serían ocho en la primera vuelta, luego cuatro, luego dos, y de ahí, surgirían el Gran Campeón, que se llevaría, la fama, la gloria y a la Reina de la Belleza. Por fin este año, lady Laguna había asistido a un Torneo, por lo que era su oportunidad. Estaba decidido a ganarse el favor de esa dama y poder librarse, aunque solo fuera por unas fugaces horas por la noche, de su gritona esposa. Nadie se había atrevido a decirle que Brenne Laguna estaba ya bien servida, y que lo rechazaría, pues la ilusión y convencimiento que desprendía al hablar de ello los hacía recular.
Como era de esperar, ser Lansloth, con arrojo y los ojos bien cerrados, había quedado vencedor en la primera vuelta. Y en la segunda, contra todo pronóstico. Mas aún quedaba la última, la que decidiría al vencedor. Lord Begelord Fastes era su adversario, hombre despiadado, lleno de cicatrices y embutido en una amenazadora armadura negra adornada con espinas metálicas. Ambos contendientes se saludaron, fueron a sus puestos y ensillaron caballos. Al son de las trompetas, Lansloth tragó saliva y se precipitó hacia delante, lo que le dio la victoria en el lance, pues la lanza de su enemigo le rozó la parte superior del cráneo, haciéndole descubrir un hueco por donde metió, de casualidad, su arma, rompiéndosela en el pecho. En el segundo lance, no hubo tanta suerte: viendo que iba a repetir la estrategia, lord Fastes desvió la lanza con su escudo mientras acometía a su rival por el costado. Nunca antes un caballero había visitado el suelo con tanta velocidad. Quedaba pues, un último lance. El definitivo. En cuando sonaron por tercera vez las trompetas, ser Wayward se lanzó en atropellada carrera por su oponente ciego de determinación e ira. Poca gente lo había dejado quedar tan mal como aquella vez. Sin embargo, tanto apresuró a su caballo, que éste tropezó (los animales se parecen a sus dueños, dicen) justo en el momento en el que Begelord movía todo su cuerpo para impulsar la lanza y asestar un golpe con toda su fuerza. Al estar su objetivo cayendo, perdió el equilibrio, yéndose a golpear con la lanza de su adversario. Ambos acabaron encontrando el suelo. Y puesto que ambas lanzas estaban partidas, y los jueces no supieron quién había derribado a quién, pues la escena había sido demasiado rápida confuso para ellos, dictaminaron empate. Este año, habría dos Grandes Campeones y dos Reinas de la belleza.
Lleno de ira homicida, lord Fastes era capaz de aceptar tal resultado. Su espíritu combativo le decía que tenía que haber un ganador. Dos era inaceptable. Ninguna batalla acababa con dos vencedores. A grandes trancos, se situó enfrente de ser Lansloth, y le dijo, a viva voz:
- Esto no puede quedar así - su aliento era espantoso. Dio media vuelta y se dirigió al público - Exijo un paso de armas! - Y ser Wayward se dijo a sí mismo: Estoy bien jodido.
El paso de armas era el recurso del desempate, del desquite, de hacer pagar una afrenta. El desafiante tendría que defender una fortaleza, real o no, del desafiado, ambos con un máximo de cuatro hombres a sus órdenes. Cada año, se redactaban nuevas reglas, se quitaban algunas viejas, y el escenario cambiaba. Pero la esencia era la misma. Por tanto, los participantes (cuatro siervos de la cada Fastes para el desafiante, cuatro veteranos muy veteranos, para el desafiado) fueron informados de las nuevas reglas: podrían rendirse levantando al visera del casco (primera concesión a la piedad en treinta años), la única forma de ganar sería matando a todo el equipo contrario y reclamar el tesoro del centro de la fortaleza para el equipo y además, los invasores tendrían que llevar una armadura de cuero proporcionado por los jueces. Con estas prerrogativas, estaba perfectamente justificado el pensamiento pesimista de ser Lansloth.
El equipo defensor tomó posiciones en la fortaleza, que más bien era un fuerte de madera, rectangular, con una pequeña cabaña donde se escondía el tesoro, una copa de oro puro, con incrustaciones de diamantes, rubíes y esmeraldas. Se decía de ella que había forjada en los albores de la civilización, y que quién bebiera hidromiel de su interior, adquiriría aliento de dragón. Otros decían que inmortalidad. La mayor parte, que la cogorza era bestial. De cualquier manera, nadie había probado aquella cosa, pues su dueños sólo la tenían como reliquia en un estante, cogiendo polvo, hasta que decidieron donarla para el Torneo presente. Begelord apostó un arquero en la precaria pasarela que bordeaba la parte superior del muro de madera; el resto, y él mismo, defenderían el interior del fuerte.
El pensamiento de Lansloth no había cambiado. Y no le faltaba razón. Nunca había dirigido un ataque. Tampoco una defensa, pero un ataque era peor. Necesitaría elaborar un plan, capacidad que no poseía. Al menos, no moriría sólo. Una distancia de 20 o 30 cuerpos los separaban de la puerta del fuerte. Sin embargo, había una roca a unos 10 cuerpos de la fortaleza, punto muy bueno para disparar. Así, nada más oír la señal de comienzo, corrieron como si el enemigo estuviera detrás de ellos. Llegaron a la roca con uno menos, pero un atacante, el único que llevaba un arco, fue capaz de derribar al defensor de una certera flecha entre ceja y ceja. Un alivio, pero poco más.
Sacaron los espadas y allá fueron. Otro sirviente ocupó el puesto de su compañero muerto, pero en el momento en el que empujaron para intentar abrir el portón, perdió el equilibrio y se rompió el cuello en la caída. Otro alivio, peor quedaban otro dos. Los maderos cedieron enseguida, eran madera muy antigua, sequísima, era sólo cuestión de tiempo. Nada más entrar, el último sirviente que quedaba vivo se arrojó hacia ellos, pero una rápida estocada del colega de la izquierda del caballero acabó pronto con su acometida. Y ambos compañeros de equipo se lanzaron a por la gloria de acabar con el jefe y vengar al amigo caído. Mal hecho, según pudo ver Wayward desde su rezagada posición. En dos centelleantes movimientos de espada, sus amigos estaban en el suelo, muertos. Temblando, alzó la espada y se encaró a su enemigo. Las estocadas se sucedían sin cesar, pero Lansloth bien pudo apreciar que sólo estaba jugando con él. Cantaron las espadas por todo el recinto, y cuando Fastes ya estuvo harto de juegos estúpidos, alzó su arma para descargar el golpe final contra su enemigo. Sin embargo, ser Wayward, con los ojos cerrados, fue capaz de interponer su acero en la trayectoria del de su enemigo, perdiendo el equilibrio por la fuerza que su adversario ejercía. Cayó pues hacia atrás, encima de la cabaña donde se guardaba el tesoro. Rompió una pared en el proceso, lo que descubrió, a los atónitos ojos de ambos combatientes, que no había ningún tesoro allí guardado.
Cleptómano corrió como sólo había corrido perseguido por el fuego. Aquellos dos imbéciles estaban demasiado enfrascados en su juego de honor como para percatarse que había entrado por la puerta rota, entrada en la cabaña y cogido el cáliz, sin esconderse. No le habría resultado más complicado entrar en una taberna y pedir una pinta.
Y ahora, con el tesoro en sus manos, corría. Oh, claro que corría. La anciana se lo había dejado muy claro. O llevaba el tesoro, o dejaba de llevar sus pelotas colgando. Si no quería acabar de alguna manera peor. Y viendo la mirada de la señora, sabía que era capaz de hacer cosas mucho peores que castraciones. Así pues, sin dilación, se dirigió a casa de la vieja mujer.
Por el camino, empezó a escuchar un tumulto en creciente alzamiento. Estarían empezando a buscar la copa. O se daba prisa, o lo matarían dos veces. Y ninguna de las dos muertes sería agradable.
Atravesó el pueblo como un relámpago. Ya casi no le quedaba aire, peor tenía que hacerlo. Y lo hizo. Abrió la puerta tan atropelladamente que casi se cae. Y allí estaba la mujer, sentada, tomando a saber qué brebaje.
- Enséñame eso, Cleptómano - dijo entre imperativa y ansiosa. El ladrón se acostumbraba a que lo llamasen, y con reticencia, le enseñó su botín. Ella se lo arrancó de las manos - Oh, si! Al fin es mío! El Cáliz del Primer Hombre! - el tono de pesadilla volvió a sus labios, sonando triunfante y codicioso. Cleptómano pensó que la había cagado, pero bien.
- Tranquilo, amigo mío - le sonrió. El ladrón cada vez tenía más miedo - Toma, tu recompensa - Y de un baúl al lado del hogar sacó una daga de plata y mango con incrustaciones de obsidiana, un saco del tamañote un puño lleno de monedas, un saco lleno de comida y un colgante con una extraña forma serpenteante. Ha simple vista, no sabía qué era. Miró los tesoros con suspicacia - No te alarmes, no van a desaparecer. Los… colecciono. Eso te debería bastar. Y ahora, tómalos, o no, pero lárgate de aquí si no quieres morir. Esos dos tipos, ser Lansloth y lord Fastes, vienen hacia aquí, con un buen séquito. No te gustaría ver lo que pasará.
Más asustado que nunca, cogió todo el botín que le ofrecían, y de un salto superhumano, saltó por la ventana trasera, al tiempo que la muchedumbre furiosa derribaba la ventana. La anciana en seguida se puso enfrente de la multitud, y nadie se percató del fugitivo.
- Tú, bruja! - dijo ser Wayward Lansloth - Tenemos una disputa que ganar. Y sabemos qué fuiste tú, eras la única que no estaba en el Torneo. Devuélvenos el trofeo y no pasará nada.
- Sois vosotros lo que debierais temerme - su voz horrorizó a todos los concurrentes - Vuestro es poco más que una mierda de perro en mis zapatos. Y sin embargo, por esa mierda os matáis los unos a los otros. Esa mierda os ciega. Por esa mierda, habéis olvidado viejas costumbres que más os valdría no olvidar. Dad un paso más, y sabréis por qué - Amenazó. Todos dieron, al unísono, un paso hacia atrás. Lord Fastes se orinó del susto. Sin embargo, ser Wayward, por primera vez en su vida, se armó de valor. Pero, como él mismo, llegó en el momento más inoportuno. Dio un paso adelante. Y otro. Y cruzó el umbral de la casa de la anciana.
- A mi no me das miedo, vieja bruj… -Y a juzgar por los gritos, aquéllas fueron las últimas palabras de ser Wayward Lansloth.
A pesar de todo el equipaje que ahora llevaba, Cleptómano estaba a varias millas de distancia de Vilañeja. Y pese a la distancia, oyó los inhumanos gritos que surgían en dirección de la casa de la anciana. Y pese a todo: el cansancio, el peso de más, el hambre, lo irregular del terreno… pese todo, corrió. Y corrió. Hasta que, en medio de un extenso prado, cayó rendido.
Sed bienvenidos
Sentaos si queréis. O permaneced de pie. Pero si queréis oír historias, mejor será que paguéis
domingo, 29 de enero de 2012
viernes, 23 de diciembre de 2011
Jon, el bardo que no sabía cantar... pero follaba igual
Érase una vez, en las lejanas tierras de mi imaginación, existía una pequeña posada apartada del camino principal, en lo alto de una colina. Se llamaba “El Orgulloso Castaño”, en honor al imponente árbol que se alzaba detrás del edificio. Éste lo regentaba un feliz y porcino posadero, de piel rosada, oronda figura y abundante vello rubio, aunque de cráneo completamente desabrigado.
Todos los días, él y su porcina mujer, de piel rosácea, pelo pajizo y nariz siempre alzada, se levantaban al amanecer, limpiaban la posada y atendían a los hospedados, así como a cualquier trotamundos que necesitase comer o aprovisionarse. De este modo lo había hecho su padre, el padre de su padre, el padre del padre de su padre, el padre del padre del padre de su padre… y siguiendo así hasta los tiempos de abundancia del rey Amyr V, que levantó el reino a base de tabernas y prostituyas. Haciendo real uso de ellas, por supuesto.
Transcurrían los días entre paz y rutina. Hasta que llegó él. Siempre era un hecho agradable el que un bardo se hospedase en la posada, las canciones gustaban a la clientela y aumentaban las ventas. Pero esta vez no. Este cantor, si es que tal palabra con él podía usarse, se dedicaba a aporrear las gastadas cuerdas de un podrido laúd mientras su voz sonaba como un pájaro siendo estrangulado por un alambre de espinas. En casos como éste, las coces funcionaban muy bien, sin embargo, al público femenino parecía encantarle; todos los días, el hombre, que respondía al nombre de Jon, ofrecía su espectáculo mientras un corrillo de mujeres en edad de mereces, y su mujer, se deleitaban con el canto. Y si el porcino posadero le insinuaba a su porcina esposa algo sobre echarlo a patadas, ésta enseguida montaba en cólera y le arreaba con alguna pata de cerdo cercana. Tocaba pues, callar y aguantar los ruidos que el bardo hacía, tanto en la sala común como en su cuarto. Increíblemente, cada mañana, una hermosa manceba salía de su habitación, despeinada y entre risitas. El posadero no alcanzaba a comprender como tan horrendo atentado a la dignidad musical tenía tan alto éxito con las féminas. Jon no era más que un hombre fornido, de ojos oscuros, pelo rizo y perilla prominente y peluda, nada con lo que su grasienta figura pudiese competir. Y eso lo irritaba mucho.
Una noche, el bardo, luego de deformar hasta la pesadilla hermosas y picantes canciones, se recogió más temprano de lo usual. El posadero estaba extrañado, pero una conversación con un cliente le hizo olvidarse de ellos. Y así siguió la noche, entre conversaciones de (pocos) borrachos y algún comprador. En una ocasión, mientras despachaba a un viajero que quería pasar allí la noche, se comenzaron a escuchar los típicos gritos que siempre salían del cuarto de Jon. Luego de indicarle su cuarto al viajante, el cual poseía la cara más normal que jamás había pasado por la puerta de su posada, bajó a la despensa, en vista de que su mujer no rondaba por allí, y cogió una horca. Ya estaba harto. El pagar su habitación no compensaba el daño psicológico ni el sangrado de sus orejas.
A grandes zancadas, llegó hasta la puerta, y de una patada, la abrió. Lo que vio le hizo mostrar una gama de colores del blanco más fantasmal al rojo más iracundo. Su mujer, esa lechoncita a la que había dedicado los mejores años de su vida, estaba revolcándose con ese inmundo tonadillero. Ciego de venganza, se abalanzó hacia la boquiabierta pareja, horca en ristre, pero el bardo, con la precisión que da la experiencia, se apartó de un ágil y desnudo salto, provocando que la horca se clavase en el cabecero de la cama, para luego envolver, con un hábil juego de manos, al posadero con las sábanas. Hizo entonces un ovillo con su ropa, le plantó un beso en los morros a la porcina adúltera y, entre las amortiguadas maldiciones del cornudo, saltó por la ventana, saltó por la ventana, corriendo después hasta perderse en la espesura de un bosque cercano.
No sé que fue luego de la pareja, pero algunos huéspedes juran que algunas noches, de una habitación, se escuchan gruñidos. Como de cerdos.
Todos los días, él y su porcina mujer, de piel rosácea, pelo pajizo y nariz siempre alzada, se levantaban al amanecer, limpiaban la posada y atendían a los hospedados, así como a cualquier trotamundos que necesitase comer o aprovisionarse. De este modo lo había hecho su padre, el padre de su padre, el padre del padre de su padre, el padre del padre del padre de su padre… y siguiendo así hasta los tiempos de abundancia del rey Amyr V, que levantó el reino a base de tabernas y prostituyas. Haciendo real uso de ellas, por supuesto.
Transcurrían los días entre paz y rutina. Hasta que llegó él. Siempre era un hecho agradable el que un bardo se hospedase en la posada, las canciones gustaban a la clientela y aumentaban las ventas. Pero esta vez no. Este cantor, si es que tal palabra con él podía usarse, se dedicaba a aporrear las gastadas cuerdas de un podrido laúd mientras su voz sonaba como un pájaro siendo estrangulado por un alambre de espinas. En casos como éste, las coces funcionaban muy bien, sin embargo, al público femenino parecía encantarle; todos los días, el hombre, que respondía al nombre de Jon, ofrecía su espectáculo mientras un corrillo de mujeres en edad de mereces, y su mujer, se deleitaban con el canto. Y si el porcino posadero le insinuaba a su porcina esposa algo sobre echarlo a patadas, ésta enseguida montaba en cólera y le arreaba con alguna pata de cerdo cercana. Tocaba pues, callar y aguantar los ruidos que el bardo hacía, tanto en la sala común como en su cuarto. Increíblemente, cada mañana, una hermosa manceba salía de su habitación, despeinada y entre risitas. El posadero no alcanzaba a comprender como tan horrendo atentado a la dignidad musical tenía tan alto éxito con las féminas. Jon no era más que un hombre fornido, de ojos oscuros, pelo rizo y perilla prominente y peluda, nada con lo que su grasienta figura pudiese competir. Y eso lo irritaba mucho.
Una noche, el bardo, luego de deformar hasta la pesadilla hermosas y picantes canciones, se recogió más temprano de lo usual. El posadero estaba extrañado, pero una conversación con un cliente le hizo olvidarse de ellos. Y así siguió la noche, entre conversaciones de (pocos) borrachos y algún comprador. En una ocasión, mientras despachaba a un viajero que quería pasar allí la noche, se comenzaron a escuchar los típicos gritos que siempre salían del cuarto de Jon. Luego de indicarle su cuarto al viajante, el cual poseía la cara más normal que jamás había pasado por la puerta de su posada, bajó a la despensa, en vista de que su mujer no rondaba por allí, y cogió una horca. Ya estaba harto. El pagar su habitación no compensaba el daño psicológico ni el sangrado de sus orejas.
A grandes zancadas, llegó hasta la puerta, y de una patada, la abrió. Lo que vio le hizo mostrar una gama de colores del blanco más fantasmal al rojo más iracundo. Su mujer, esa lechoncita a la que había dedicado los mejores años de su vida, estaba revolcándose con ese inmundo tonadillero. Ciego de venganza, se abalanzó hacia la boquiabierta pareja, horca en ristre, pero el bardo, con la precisión que da la experiencia, se apartó de un ágil y desnudo salto, provocando que la horca se clavase en el cabecero de la cama, para luego envolver, con un hábil juego de manos, al posadero con las sábanas. Hizo entonces un ovillo con su ropa, le plantó un beso en los morros a la porcina adúltera y, entre las amortiguadas maldiciones del cornudo, saltó por la ventana, saltó por la ventana, corriendo después hasta perderse en la espesura de un bosque cercano.
No sé que fue luego de la pareja, pero algunos huéspedes juran que algunas noches, de una habitación, se escuchan gruñidos. Como de cerdos.
domingo, 11 de diciembre de 2011
Cleptómano VI
En cualquier época, en cualquier lugar, existe un sitio ligado a la imaginación, a la leyenda. Un lugar donde duendes y hadas campan a sus anchas en lo más profundo de la oscuridad, evadiendo la mirada humana. Un lugar donde los trolls cazan hombres y los lobos atacan a viajeros desprevenidos que tratan de calentar sus maltrechos cuerpos en alguna pequeña hoguera. Un lugar siempre en la boca del pueblo, siempre misterioso, pero siempre visitado, siempre transitado y nunca explorado del todo. De esos que cada quién que sale tiene una historia distinta. Ese lugar era la Fragua de Sombras.
Éste era un bosque que se extendía miles de leguas, millones según algunos. Se extendía de costa este a costa oeste, devorando toda ciudad que encontraba a su paso. Algunas estaban directamente construídas en los árboles, ya fueran álamos, abetos o robles. Y todos eran enormes y vigorosos. Ni Zarpiedra, ciudad labrada en la misma roca que emergía del suelo, se libraba de estar rodeada de bosque. De hecho, Colina Férrea, el asentamiento que marcaba el límite sureste, debería haber sido arrollado, pero la Fragua se detenía unas pocas millas antes del Mar de Pinos, como si fueran demasiado buenos como para mezclarse con tal chusma. Al norte, la marea verde chocaba contra la Cordillera dy hielo, picos eternamente nevados, que separaban la civilización de la barbarie norteña.
Hacia el sur, varios ríos, asentamientos, pequeños bosques y la mano humana habían detenido seriamente su avance.
En el mismo centro de la Fragua, de donde parten todos los senderos que recorren el bosque, siempre en penumbra por la frondosidad de los árboles (de ahí su nombre, aunque algunas personas civilizadas, en un alarde de originalidad, lo llamaban Bosque Último), se alza, por encima de todos los demás, el Padre, milenario sauce de trescientas varas de altura, fuente de leyendas. Según la más conocida, el sauce era el origen real del bosque. Su semilla fue plantada en los albores del Despertar, cuando el Dogma de los Nueve Dioses llegó al continente. El rey Sander, religioso y guerrero, viajó al norte, tratando, durante muchos años, de convertir al Dogma a los salvajes a base de empalamientos, decapitaciones y batallas. Fracasó, y herido, regresó a su hogar. Sin embargo, al cruzar las montañas, una tormenta los cogió de sorpresa. Días más tarde, en medio de una inacabable llanura, luego de deambular, tratando de seguir vivo, plató la semilla del Padre, la cual dicen que se le fue entregada al salvar las almas corruptas de un pueblo con su particular método. Unos años más tarde, fue canonizado por su piadosos actos.
Debajo de las ramas del sauce, hablaban dos voces contrarias.
- Gaïne, déjalo ya. No va a venir - sentado sobre una raíz, un joven apuesto, de perilla y pelo largo, le hablaba cansado a su compañera.
- Como vuelvas a abrir esa boca tuya, te juro que te meto al Padre por el culo - Bandolera al servicio del pueblo, Gaïne Vainilla, antigua lady Vainilla, era una mujer de armas tomar. Su más que evidente belleza no provocaba sino contrariedad al contemplar su rudo y violento carácter - Vendrá. Por los Dioses que lo harán, o les rebano el pescuezo uno a uno. - Sus ojos oscuros y su boca, hechos más para sonreír que para soltar maldiciones, adoptaron un gesto muy duro.
- Llevas diciendo eso durante horas. Cuanto antes entres en razón, antes volveremos a casa- Hablaba su fiel compañero Jon el Vago, una especie de bardo siempre dispuesto a cantar. A pesar de su horrible voz, siempre conseguía como pago hacer gritar a alguna dama. En conciertos privados, sobre todo - Además, nuestra humilde banda jamás daría llevado a cabo tal hazaña, y lo sabes - De repente, la forajida se giró. Tenía fuego en la mirada.
Eso es porque sólo hemos dado golpes sin importancia!- Estaba indignada, harta e iracunda - Nadie puede demostrar su valóa asaltando la comitiva de mierda de lord Presten! - Algo pareció crujir, pero ninguno dio muestra de oírlo.
- Oh, venga! Otra vez con esa mierda!? - Jon estaba impaciente y cansado, se levantó de un salto y pegó su frente a la de su compañera. Un ruido se hizo patente, pero seguían sin prestarle atención - Si no hacemos ningún golpe mejor, es porque no aspiramos a más! - Se calmó un poco, apartándose de su amiga. Se giró, creyendo escuchar algo, pero no le dio importancia - Mira… tus intenciones son de lo mejor de estas tierras. Pero no somos una gran banda. Tienes que ser realista y…
- Eres tú el ciego, Jon! Podemos hacerlo! Sólo déjame mostrarte - No pudo acabar la frase. Un ruído de rama quebrada fue seguido por una figura humana que cayó unos pasos detrás del bardo.
- Qué cojones!? - gritó Jon confuso.
- Deja de asustarte. Vayamos a ver - repuso Gaïne. Esto ya era el colmo. Su contacto se estaba retrasando y encima, de la nada, aparecía ese tipo. Que de cerca, por cierto, tenía la cara más normal y corriente que nunca había visto.
- Estará muerto? - El bardo puso una mueca entre asqueado y asustado.
- Aún respira. Coge las espadas - La chica le dio un guantazo a Cleptómano con una mano más propia de dama que de bandida - Despierta, payaso!
El ladrón abrió los ojos con dificultad. Se intentó incorporar, pero la visión de dos espadas apuntándole lo volvió a tumbar.
-Quién eres y qué hacías espiándonos - la voz de la exdoncella eras más imperativa que interrogativa. Jon estaba unos pasos atrás, por si había que salir corriendo.
- Soy Lord Marengo, el Desaparecido - dijo, intentado reunir toda la calma que podía un hombre amenazado. - Creí que erais Guardias, así que me escondí…
- Mientes - replicó Jon, casi más asustado que él - Lord Marengo murió hace años. Yo lo maté - repuso con cierta chulería.
Su compañera le dedicó una bien burlona mirada.
- Dirás que fue Vientonegro. Tú estabas detrás de un helecho, tratando de pasar desapercibido. Y de tapar el olor, supongo - dijo Gaïne, sonriendo de medio lado, sin apartar la vista de Cleptómano.
- Si. Pero… mi canción distrajo a uno de los mercenarios que lo acompañaban, con lo que pudo matarlo y llegar a su objetivo - dijo haciéndose el interesante - Cualquiera sabría ver mi mérito.
La bandolera puso los ojos en blanco haciendo una mueca, pero Cleptómano se incorporó todo lo que le permitía el estar bajo amenaza e hizo un pequeño comentario.
- Pues sinceramente, no veo el mérito en soltar un grito al pincharse con una zarza al cagar.
El rostro de Jon se encendió. En dos zancadas se puso a la altura del ladrón, apartó de un empujón a su compañera y bramó.
- No toleraré insultos y desprecios de un sucio espía! - Gaïne parecía divertida - Dame las cuerdas, Vainilla, voy a atar a este cerdo y hacerle confesar - La forajida trajo las cuerdas, pero le negbó el palcer a su compañero.
- Con esos brazos de niña, se escaparía en cuanto en cuanto soplase una brisilla. Y tampoco confesaría. Más bien te pediría el té - Y con una risilla, se puso manos a la obra. Jon se apartó enfurruñado. Ató al ladrón con facilidad, é no opuso resistencia.
Lo dejó a un lado y se fue a hablar con Jon. Cleptómano no oía lo que decían, pero si un ruído de pisadas de caballo que se iban acercando. A la mujer se le iluminó el rostro.
- Lo ves! Te dije que vendrían!
A lo lejos se comenzaba a ver una comitiva de una veintena de hombres, que bien podían ser mujeres, pues estaban embutidos en unas enormes armaduras chapadas en oro, con capas doradas colgadas. La Guardia Real. Los Capas de Oro. Cleptómano no daba crédito a sus ojos. Y delante de todo, montado en un hermoso caballo blanco, estábale Capitán, y uno de los mejores guerreros del contiéndete, ser Labos Almeinar. Le delataban el emblema de su casa, incrustado en rubíes en la coraza, una llama en forma de calavera y el hecho de no llevar casco. Tenía ojos claros y cara de niño. Pero la espada que llevaba colgada d ela cintura le quitaba el aspecto dulce.
Con seriedad y arrogancia, se acercó trotando a los dos bandoleros.
- Sois vos aquellos con los que haré el trato? - inquirió sin miramientos.
- El pueblo no miente, no os andáis con rodeos - contestó Gaïne con desparpajo. Al guerrero no pareció sentarlo bien.- Eefectivamente, nosotros concertamos la cita; Gaíne Vainilla y Jon el Bardo.
- Vainilla? Qué hace una dama de tan alta alcurnia con rufianes como éstos? - dijo mientras descabalgaba. La forajida iba a contestar, pero antes de abrir la boca, ser Almeinar siguió hablando - Y vos no sois ese bardo que sólo usa su espada en el lecho? - La cara de Jon, reflejo de un orgullo herido, lo miraba fijamente. Dudaba si partirle la cara al caballero o no -Más vale que vuestro miembro no sea como vuestros brazos o en ningún campo hallareis la gloria. Al menos, espero que cantéis alguna tonada. Pero igual os tenemos que pagar con acero - No había duda. Le partía la cara. Pero Gaïne lo detuvo.
- Ser, ya veo que tenéis noticias de mi compañero - el caballero sonrió - Pero es un hombre fiel y honorable. Podría decir lo mismo de vos?
- Milady, sé que un caballero que se presta a derrocar a su rey no parecer de extrema confianza. Pero después ce diez años de servicio, tengo suficientes razones. Y vos
- Cinco años de ayuda al pueblo la avalan - contestó hosco el bardo - Podemos empezar?
- Quién es ese? - preguntó refiriéndose a Cleptómano. Entró en un estado de pánico casi instantáneo. Estaba a punto de fugarse gracias a sus años de práctica, pero ahora que la atención recaía en él, tendría que estarse quieto y hablar poco.
- Sólo nos ha contestado con mentiras - repuso Gaïne - dijo ser un muerto.
- Bien, si es un muerto, puede sernos útil. Los muertos no hablan. Ni pueden volver a morir - El ladrón estaba visiblemente extrañado con estas palabras. Y muerto de miedo - Primero, aclaremos nuestro tema.
Y comenzaron a hablar durante horas. Necesitaban que les abrieran las puertas. No, irían por las alcantarillas. Sólo esos hombres podéis reunir?. Serán más que suficientes. Así durante horas, pullas y el orgullo de Jon herido una y otra vez. Hasta que, repentinamente, d ela maleza surgieron hombres armados.
- Alto ahí traidores!
De los árboles asomaban guerreros con ballestas y de las profundidades, de la Fragua no paraban de salir Guardias de Oro. Cleptómano estaba en un nivel de pánico nunca conocido. Jon tenía ganas de esconderse debajo de las faldas de alguna cortesana. Gaïne no sabía qué hacer: si huir o matar a ser Labos por traidor. Y éste y sus caballeros parecían dispuestos a enfrentarse a los recién llegados. De repente, Gaïne se decidió
- Hijo de puta traidos! - gritó, desenfundando su estoque - Nos has traicionado! - Se abalanzó sobre el guerrero, lleno de rabia. Pero una voz la paró en seco.
- Alto, lady Vainilla! - Aquello la enfadó aún más. Bufando, se giró buscando a quién le había mencionado los viejos tiempos. Encontró a una mujer entrada en años, de rostro afilado y ojos de serpiente. Lucía una armadura carmesí y capa dorada - Ser Almeinar no sabía nada. Lo hemos dejado hacer para probar su felonía.
El grupo estaba completamente desconcertado. La guarnición estaba rindiendo armas a los recién llegados. Jon buscaba a su amiga buscando decisión, pero ella estaba demasiado consternada. Quién era esa mujer? Cómo era que la conocía? Y porqué había tendido la trampa a ser Almeinar? Cleptómano seguía tratando de dominar sus esfínteres.
- Vamos! - grito la mujer a uno de sus subordinados - Cogedlos y atadlos a un árbol, uno junto al otro - En un abrir y cerrar de ojos, estaban junto a Cleptómano, atados y bien atados.
- Bueno, creo que os debo una explicación - comenzó a decir la mujer - Yo soy ser Godina Castelar, miembro de la Guardia Real y encargada por el mismísimo rey de encontrar a lady Vainilla -la miró con aires de superioridad - No te escondes tan bien como crees. Vienes de una familia de linaje antiguo y poderoso. La gente enseguida te vende si cree que será recompensada por algún Vainilla. La cosa se facilita cuando tu compañero deja un rastro de bastardos y bombos tan evidente. - A Jon se le caía la cara de vergüenza - Y en cuanto a ti - dijo mirando al caballero - No deberías hablar de derrocar a un rey con tus subordinados. Nunca sabes quién te puede delatar- Miró hacia un Guardia y éste dio media vuelta. Labos lo reconoció en seguida, pero apretó los labios y calló - Ahora creo que tu puesto me pertenece . Imbécil - le dedicó todo su desprecio en una mirada. Ser Godina se fue hacia su guarnición a dar órdenes para hacer un campamento. Estaba oscureciendo y no querían viajar de noche.
Mientras, Cleptómano poco a poco fue recuperando cordura en vista de que nadie quería matarlo. El resto discutían.
- Cómo el caballero más valeroso y capaz de todo el continente es víctima de una embocada como ésta? - lo azuzó Gaïne.
- Al parecer, entre la piedras del castillo real no sólo hay argamasa. También hay orejas. Y serpientes - lo dijo apretando los dientes - Cómo es que una dama como vos deambula con tales compañías?
- La nobleza está podrida, Y mi padre, el que más. Así que en vez de chupar del pueblo llano, decidí sangrar a los cerdos.
- En eso coincidimos, milady -Gaïne le lanzó una mirada interrogativa - En efecto, aliándome con vos quise destronar a un rey que ahora es un cerdo. Pero se ve que los cerdos se tiene mucho cariño entre ellos.
- No me gustaría entrometerme en los zoológicos asuntos de la nobleza - ironizó el bardo - pero nuestro desconocido compañero ha huído. Y los otros dos giraron enseguida la cabeza para ver el vacío que Cleptómano había dejado.
Cleptómano bendecía sus años de experiencia. Al recuperar la serenidad, se había conseguido librar. Tardarían en darse cuenta de su huída. Y de aquella, ya se habrían olvidado de su cara. Lo peor había sido llegar a esa situación. De haber fingido ser un viajero en lugar de esconderse al ver a esos dos, nada de esto habría pasado. Pero esto era lo que había, y tocaba correr. Mas no por mucho tiempo. Un Guardia lo detuvo.
- Eh! Alto! - Apuntó Cleptómano con su alabarda - Cómo es que vienes de esa dirección? - el ladrón estaba pálido - Con que no sabes, eh? - Los dientes pútridos se percibía a través de la visera - Pues casi que te llevo de vuelta al campamento.
Pero una flecha le atravesó el visor y sólo pudo gritar. De un ágil salto, un muchacho bajito y pelo largo, bajó de un árbol, se acercó corriendo y de un hábil juego de manos, degolló al Guardia.
- Ponte la armadura, seas quien seas - dijo mientras desnudaba al centinela - Hemos de salvar a los otros.
- Pero… pero… - masculló Cleptómano.
- Tranquilo, soy de la banda de Gaïne - dijo con una sonrisa mientras ayudaba a vestirse a Cleptómano - Me olí algo mal y vine por mi cuenta. Pero nunca creí que se pudriría tanto. Y estate quieto! Tienes que liberar a la guarnición.
Sin saber muy bien cómo, Cleptómano estaba dirigiéndose hacia el pequeño corralito donde la guarnición estaba presa, a unos pocos pasos de donde estaban atados la tríada de conspiradores, muy cerca del Padre.
- Eh! - comenzó a decir el disfrazado bajo la mirada de los tres cautivos - Ser Castelar dice que te toca a ti ser centinela. Yo te relevo.
- Tan pronto? No puede ser…
- Dice que como vaya y no estés en tu puesto ahora mismo, compartirás el destino con los prisioneros - Y debía de ser un destino horrible, porque abrió los ojos como bandejas y fue a cubrir su puesto a largas y decididas zancadas. Uno menos. Entró al corralito y comenzó a decir lo que Reol, el arquero, le había dicho que dijese.
- Soy amigo vuestro. Si queréis salir de aquí con vida, hacedme caso. Os voy a liberar y saldréis de uno en uno. Antes de salir, esperaréis a una señal, un silbido. Luego escapáis hacia la maleza. Os reuniréis con un compañero, Reol. Él os indicará qué hacer- Y como se espera de aquellos que cumplen órdenes, siguieron al pie de la letra sus indicaciones.
Cuando ya la mitad habían salido, el campamento comenzó a entrar en bullicio. De seguir así, se darían cuenta de su treta. Cleptómano se puso nervioso. Pero los prisioneros también se dieron cuenta de la situación, y actuando inesperadamente rápido e ingeniosamente, el bardo comenzó a cantar. Si lo que oía era cierto, las doncellas que conquistaban debían de estar sordas como piedras. Él lo único que escuchaba era un gato gritando siendo destripado por una daga oxidada tratando de hacer la melodía de “Siete doncellas en mi cama”. Pero funcionó, y mientras los Guardias le metían una paliza, el resto pudieron huir. Ahora quedaban los otros tres. Bueno, los otros dos y lo que quedara de Jon.
Cleptómano fue corriendo a ver a ser Godina.
- Ser! Ser! - dijo fingiendo estar sin aliento. La Capitana le dedicó una mirada gélida - Un Guardia ha abandonado su puesto y la guarnición de ser Almeinar ha huído!
- Imposible! - rugió. Cogió violentamente al ladrón de una mano y lo arrastró con ella con una fuerza increíble para tratarse de una mujer tan aparentemente delgada. Llegaron en el mismo momento en el que Reol liberaba a Jon, tratando de cogerlo a hombros. A pesar ya de noche y estar iluminados por una débil antorcha, la mujer fue capaz de quitarle el yelmo, agarrarlo bien por la espalda y ponerle su espada al cuello.
- Cómo os mováis de ahí, mato a este tipo! - amenazó ser Godina.
- Nos dará igual que lo hagas - contestó Almeinar con indiferencia - No lo conocemos de nada - el resto asintieron.
Esto sorprendió a Godina. Cleptómano notó que aflojaba la presa, así que se revolvió como pudo y se liberó de su captora. Ésta quiso volver a atraparle y se lanzó a por él. Como no tenía, y aunque lo tuviera, no sabría como usarlo, se apartó ágilmente, rodó por el suelo, cogió una antorcha cercana y se la lanzó a Castelar. Pero falló.
Su agresora lo alcanzó, lo tumbó al suelo y justo al levantar la espada para dar la estocada mortal, notó algo de calor al cuello. El Padre había prendido. Y el fuego avanzaba rápidamente. En unos segundos, la confusión reinó en todo el campamento.
Todos corrían, sin rumbo ni destino. Alguien chocó contra ser Castelar, derribándola, momento que aprovechó Cleptómano para escapar. Sus maldiciones se oían por encima de todo el griterío.
El fuego avanzaba muy deprisa. Cleptómano se iba deshaciendo de la pesada armadura a medida que corría. Sólo así podría escapar. En su camino, se encontró a varios Guardias que corrían más que él, con armadura y todo, a Labos al frente de una impecablemente bien organizada guarnición que intentaban contener el fuego como podían y a Gaïne, Jon y Reol tratando de huír como podían.
Ya sin armadura, con una simple camisa y unas calzas, Cleptómano encontró un río. Sin vacilar, se zambulló. Le daba igual todas las conspiraciones que hubiese en ese momento. Ni siquiera le importaba si toda esa gente vivía o moría. Sólo pensaba en huír. Y a ser posible, encontrar algo de ropa.
Así pues, se dejó llevar por la corriente que lo pondría a salvo de su propio fuego, ese que ahora mismo, destruía la Fragua de Sombras.
Éste era un bosque que se extendía miles de leguas, millones según algunos. Se extendía de costa este a costa oeste, devorando toda ciudad que encontraba a su paso. Algunas estaban directamente construídas en los árboles, ya fueran álamos, abetos o robles. Y todos eran enormes y vigorosos. Ni Zarpiedra, ciudad labrada en la misma roca que emergía del suelo, se libraba de estar rodeada de bosque. De hecho, Colina Férrea, el asentamiento que marcaba el límite sureste, debería haber sido arrollado, pero la Fragua se detenía unas pocas millas antes del Mar de Pinos, como si fueran demasiado buenos como para mezclarse con tal chusma. Al norte, la marea verde chocaba contra la Cordillera dy hielo, picos eternamente nevados, que separaban la civilización de la barbarie norteña.
Hacia el sur, varios ríos, asentamientos, pequeños bosques y la mano humana habían detenido seriamente su avance.
En el mismo centro de la Fragua, de donde parten todos los senderos que recorren el bosque, siempre en penumbra por la frondosidad de los árboles (de ahí su nombre, aunque algunas personas civilizadas, en un alarde de originalidad, lo llamaban Bosque Último), se alza, por encima de todos los demás, el Padre, milenario sauce de trescientas varas de altura, fuente de leyendas. Según la más conocida, el sauce era el origen real del bosque. Su semilla fue plantada en los albores del Despertar, cuando el Dogma de los Nueve Dioses llegó al continente. El rey Sander, religioso y guerrero, viajó al norte, tratando, durante muchos años, de convertir al Dogma a los salvajes a base de empalamientos, decapitaciones y batallas. Fracasó, y herido, regresó a su hogar. Sin embargo, al cruzar las montañas, una tormenta los cogió de sorpresa. Días más tarde, en medio de una inacabable llanura, luego de deambular, tratando de seguir vivo, plató la semilla del Padre, la cual dicen que se le fue entregada al salvar las almas corruptas de un pueblo con su particular método. Unos años más tarde, fue canonizado por su piadosos actos.
Debajo de las ramas del sauce, hablaban dos voces contrarias.
- Gaïne, déjalo ya. No va a venir - sentado sobre una raíz, un joven apuesto, de perilla y pelo largo, le hablaba cansado a su compañera.
- Como vuelvas a abrir esa boca tuya, te juro que te meto al Padre por el culo - Bandolera al servicio del pueblo, Gaïne Vainilla, antigua lady Vainilla, era una mujer de armas tomar. Su más que evidente belleza no provocaba sino contrariedad al contemplar su rudo y violento carácter - Vendrá. Por los Dioses que lo harán, o les rebano el pescuezo uno a uno. - Sus ojos oscuros y su boca, hechos más para sonreír que para soltar maldiciones, adoptaron un gesto muy duro.
- Llevas diciendo eso durante horas. Cuanto antes entres en razón, antes volveremos a casa- Hablaba su fiel compañero Jon el Vago, una especie de bardo siempre dispuesto a cantar. A pesar de su horrible voz, siempre conseguía como pago hacer gritar a alguna dama. En conciertos privados, sobre todo - Además, nuestra humilde banda jamás daría llevado a cabo tal hazaña, y lo sabes - De repente, la forajida se giró. Tenía fuego en la mirada.
Eso es porque sólo hemos dado golpes sin importancia!- Estaba indignada, harta e iracunda - Nadie puede demostrar su valóa asaltando la comitiva de mierda de lord Presten! - Algo pareció crujir, pero ninguno dio muestra de oírlo.
- Oh, venga! Otra vez con esa mierda!? - Jon estaba impaciente y cansado, se levantó de un salto y pegó su frente a la de su compañera. Un ruido se hizo patente, pero seguían sin prestarle atención - Si no hacemos ningún golpe mejor, es porque no aspiramos a más! - Se calmó un poco, apartándose de su amiga. Se giró, creyendo escuchar algo, pero no le dio importancia - Mira… tus intenciones son de lo mejor de estas tierras. Pero no somos una gran banda. Tienes que ser realista y…
- Eres tú el ciego, Jon! Podemos hacerlo! Sólo déjame mostrarte - No pudo acabar la frase. Un ruído de rama quebrada fue seguido por una figura humana que cayó unos pasos detrás del bardo.
- Qué cojones!? - gritó Jon confuso.
- Deja de asustarte. Vayamos a ver - repuso Gaïne. Esto ya era el colmo. Su contacto se estaba retrasando y encima, de la nada, aparecía ese tipo. Que de cerca, por cierto, tenía la cara más normal y corriente que nunca había visto.
- Estará muerto? - El bardo puso una mueca entre asqueado y asustado.
- Aún respira. Coge las espadas - La chica le dio un guantazo a Cleptómano con una mano más propia de dama que de bandida - Despierta, payaso!
El ladrón abrió los ojos con dificultad. Se intentó incorporar, pero la visión de dos espadas apuntándole lo volvió a tumbar.
-Quién eres y qué hacías espiándonos - la voz de la exdoncella eras más imperativa que interrogativa. Jon estaba unos pasos atrás, por si había que salir corriendo.
- Soy Lord Marengo, el Desaparecido - dijo, intentado reunir toda la calma que podía un hombre amenazado. - Creí que erais Guardias, así que me escondí…
- Mientes - replicó Jon, casi más asustado que él - Lord Marengo murió hace años. Yo lo maté - repuso con cierta chulería.
Su compañera le dedicó una bien burlona mirada.
- Dirás que fue Vientonegro. Tú estabas detrás de un helecho, tratando de pasar desapercibido. Y de tapar el olor, supongo - dijo Gaïne, sonriendo de medio lado, sin apartar la vista de Cleptómano.
- Si. Pero… mi canción distrajo a uno de los mercenarios que lo acompañaban, con lo que pudo matarlo y llegar a su objetivo - dijo haciéndose el interesante - Cualquiera sabría ver mi mérito.
La bandolera puso los ojos en blanco haciendo una mueca, pero Cleptómano se incorporó todo lo que le permitía el estar bajo amenaza e hizo un pequeño comentario.
- Pues sinceramente, no veo el mérito en soltar un grito al pincharse con una zarza al cagar.
El rostro de Jon se encendió. En dos zancadas se puso a la altura del ladrón, apartó de un empujón a su compañera y bramó.
- No toleraré insultos y desprecios de un sucio espía! - Gaïne parecía divertida - Dame las cuerdas, Vainilla, voy a atar a este cerdo y hacerle confesar - La forajida trajo las cuerdas, pero le negbó el palcer a su compañero.
- Con esos brazos de niña, se escaparía en cuanto en cuanto soplase una brisilla. Y tampoco confesaría. Más bien te pediría el té - Y con una risilla, se puso manos a la obra. Jon se apartó enfurruñado. Ató al ladrón con facilidad, é no opuso resistencia.
Lo dejó a un lado y se fue a hablar con Jon. Cleptómano no oía lo que decían, pero si un ruído de pisadas de caballo que se iban acercando. A la mujer se le iluminó el rostro.
- Lo ves! Te dije que vendrían!
A lo lejos se comenzaba a ver una comitiva de una veintena de hombres, que bien podían ser mujeres, pues estaban embutidos en unas enormes armaduras chapadas en oro, con capas doradas colgadas. La Guardia Real. Los Capas de Oro. Cleptómano no daba crédito a sus ojos. Y delante de todo, montado en un hermoso caballo blanco, estábale Capitán, y uno de los mejores guerreros del contiéndete, ser Labos Almeinar. Le delataban el emblema de su casa, incrustado en rubíes en la coraza, una llama en forma de calavera y el hecho de no llevar casco. Tenía ojos claros y cara de niño. Pero la espada que llevaba colgada d ela cintura le quitaba el aspecto dulce.
Con seriedad y arrogancia, se acercó trotando a los dos bandoleros.
- Sois vos aquellos con los que haré el trato? - inquirió sin miramientos.
- El pueblo no miente, no os andáis con rodeos - contestó Gaïne con desparpajo. Al guerrero no pareció sentarlo bien.- Eefectivamente, nosotros concertamos la cita; Gaíne Vainilla y Jon el Bardo.
- Vainilla? Qué hace una dama de tan alta alcurnia con rufianes como éstos? - dijo mientras descabalgaba. La forajida iba a contestar, pero antes de abrir la boca, ser Almeinar siguió hablando - Y vos no sois ese bardo que sólo usa su espada en el lecho? - La cara de Jon, reflejo de un orgullo herido, lo miraba fijamente. Dudaba si partirle la cara al caballero o no -Más vale que vuestro miembro no sea como vuestros brazos o en ningún campo hallareis la gloria. Al menos, espero que cantéis alguna tonada. Pero igual os tenemos que pagar con acero - No había duda. Le partía la cara. Pero Gaïne lo detuvo.
- Ser, ya veo que tenéis noticias de mi compañero - el caballero sonrió - Pero es un hombre fiel y honorable. Podría decir lo mismo de vos?
- Milady, sé que un caballero que se presta a derrocar a su rey no parecer de extrema confianza. Pero después ce diez años de servicio, tengo suficientes razones. Y vos
- Cinco años de ayuda al pueblo la avalan - contestó hosco el bardo - Podemos empezar?
- Quién es ese? - preguntó refiriéndose a Cleptómano. Entró en un estado de pánico casi instantáneo. Estaba a punto de fugarse gracias a sus años de práctica, pero ahora que la atención recaía en él, tendría que estarse quieto y hablar poco.
- Sólo nos ha contestado con mentiras - repuso Gaïne - dijo ser un muerto.
- Bien, si es un muerto, puede sernos útil. Los muertos no hablan. Ni pueden volver a morir - El ladrón estaba visiblemente extrañado con estas palabras. Y muerto de miedo - Primero, aclaremos nuestro tema.
Y comenzaron a hablar durante horas. Necesitaban que les abrieran las puertas. No, irían por las alcantarillas. Sólo esos hombres podéis reunir?. Serán más que suficientes. Así durante horas, pullas y el orgullo de Jon herido una y otra vez. Hasta que, repentinamente, d ela maleza surgieron hombres armados.
- Alto ahí traidores!
De los árboles asomaban guerreros con ballestas y de las profundidades, de la Fragua no paraban de salir Guardias de Oro. Cleptómano estaba en un nivel de pánico nunca conocido. Jon tenía ganas de esconderse debajo de las faldas de alguna cortesana. Gaïne no sabía qué hacer: si huir o matar a ser Labos por traidor. Y éste y sus caballeros parecían dispuestos a enfrentarse a los recién llegados. De repente, Gaïne se decidió
- Hijo de puta traidos! - gritó, desenfundando su estoque - Nos has traicionado! - Se abalanzó sobre el guerrero, lleno de rabia. Pero una voz la paró en seco.
- Alto, lady Vainilla! - Aquello la enfadó aún más. Bufando, se giró buscando a quién le había mencionado los viejos tiempos. Encontró a una mujer entrada en años, de rostro afilado y ojos de serpiente. Lucía una armadura carmesí y capa dorada - Ser Almeinar no sabía nada. Lo hemos dejado hacer para probar su felonía.
El grupo estaba completamente desconcertado. La guarnición estaba rindiendo armas a los recién llegados. Jon buscaba a su amiga buscando decisión, pero ella estaba demasiado consternada. Quién era esa mujer? Cómo era que la conocía? Y porqué había tendido la trampa a ser Almeinar? Cleptómano seguía tratando de dominar sus esfínteres.
- Vamos! - grito la mujer a uno de sus subordinados - Cogedlos y atadlos a un árbol, uno junto al otro - En un abrir y cerrar de ojos, estaban junto a Cleptómano, atados y bien atados.
- Bueno, creo que os debo una explicación - comenzó a decir la mujer - Yo soy ser Godina Castelar, miembro de la Guardia Real y encargada por el mismísimo rey de encontrar a lady Vainilla -la miró con aires de superioridad - No te escondes tan bien como crees. Vienes de una familia de linaje antiguo y poderoso. La gente enseguida te vende si cree que será recompensada por algún Vainilla. La cosa se facilita cuando tu compañero deja un rastro de bastardos y bombos tan evidente. - A Jon se le caía la cara de vergüenza - Y en cuanto a ti - dijo mirando al caballero - No deberías hablar de derrocar a un rey con tus subordinados. Nunca sabes quién te puede delatar- Miró hacia un Guardia y éste dio media vuelta. Labos lo reconoció en seguida, pero apretó los labios y calló - Ahora creo que tu puesto me pertenece . Imbécil - le dedicó todo su desprecio en una mirada. Ser Godina se fue hacia su guarnición a dar órdenes para hacer un campamento. Estaba oscureciendo y no querían viajar de noche.
Mientras, Cleptómano poco a poco fue recuperando cordura en vista de que nadie quería matarlo. El resto discutían.
- Cómo el caballero más valeroso y capaz de todo el continente es víctima de una embocada como ésta? - lo azuzó Gaïne.
- Al parecer, entre la piedras del castillo real no sólo hay argamasa. También hay orejas. Y serpientes - lo dijo apretando los dientes - Cómo es que una dama como vos deambula con tales compañías?
- La nobleza está podrida, Y mi padre, el que más. Así que en vez de chupar del pueblo llano, decidí sangrar a los cerdos.
- En eso coincidimos, milady -Gaïne le lanzó una mirada interrogativa - En efecto, aliándome con vos quise destronar a un rey que ahora es un cerdo. Pero se ve que los cerdos se tiene mucho cariño entre ellos.
- No me gustaría entrometerme en los zoológicos asuntos de la nobleza - ironizó el bardo - pero nuestro desconocido compañero ha huído. Y los otros dos giraron enseguida la cabeza para ver el vacío que Cleptómano había dejado.
Cleptómano bendecía sus años de experiencia. Al recuperar la serenidad, se había conseguido librar. Tardarían en darse cuenta de su huída. Y de aquella, ya se habrían olvidado de su cara. Lo peor había sido llegar a esa situación. De haber fingido ser un viajero en lugar de esconderse al ver a esos dos, nada de esto habría pasado. Pero esto era lo que había, y tocaba correr. Mas no por mucho tiempo. Un Guardia lo detuvo.
- Eh! Alto! - Apuntó Cleptómano con su alabarda - Cómo es que vienes de esa dirección? - el ladrón estaba pálido - Con que no sabes, eh? - Los dientes pútridos se percibía a través de la visera - Pues casi que te llevo de vuelta al campamento.
Pero una flecha le atravesó el visor y sólo pudo gritar. De un ágil salto, un muchacho bajito y pelo largo, bajó de un árbol, se acercó corriendo y de un hábil juego de manos, degolló al Guardia.
- Ponte la armadura, seas quien seas - dijo mientras desnudaba al centinela - Hemos de salvar a los otros.
- Pero… pero… - masculló Cleptómano.
- Tranquilo, soy de la banda de Gaïne - dijo con una sonrisa mientras ayudaba a vestirse a Cleptómano - Me olí algo mal y vine por mi cuenta. Pero nunca creí que se pudriría tanto. Y estate quieto! Tienes que liberar a la guarnición.
Sin saber muy bien cómo, Cleptómano estaba dirigiéndose hacia el pequeño corralito donde la guarnición estaba presa, a unos pocos pasos de donde estaban atados la tríada de conspiradores, muy cerca del Padre.
- Eh! - comenzó a decir el disfrazado bajo la mirada de los tres cautivos - Ser Castelar dice que te toca a ti ser centinela. Yo te relevo.
- Tan pronto? No puede ser…
- Dice que como vaya y no estés en tu puesto ahora mismo, compartirás el destino con los prisioneros - Y debía de ser un destino horrible, porque abrió los ojos como bandejas y fue a cubrir su puesto a largas y decididas zancadas. Uno menos. Entró al corralito y comenzó a decir lo que Reol, el arquero, le había dicho que dijese.
- Soy amigo vuestro. Si queréis salir de aquí con vida, hacedme caso. Os voy a liberar y saldréis de uno en uno. Antes de salir, esperaréis a una señal, un silbido. Luego escapáis hacia la maleza. Os reuniréis con un compañero, Reol. Él os indicará qué hacer- Y como se espera de aquellos que cumplen órdenes, siguieron al pie de la letra sus indicaciones.
Cuando ya la mitad habían salido, el campamento comenzó a entrar en bullicio. De seguir así, se darían cuenta de su treta. Cleptómano se puso nervioso. Pero los prisioneros también se dieron cuenta de la situación, y actuando inesperadamente rápido e ingeniosamente, el bardo comenzó a cantar. Si lo que oía era cierto, las doncellas que conquistaban debían de estar sordas como piedras. Él lo único que escuchaba era un gato gritando siendo destripado por una daga oxidada tratando de hacer la melodía de “Siete doncellas en mi cama”. Pero funcionó, y mientras los Guardias le metían una paliza, el resto pudieron huir. Ahora quedaban los otros tres. Bueno, los otros dos y lo que quedara de Jon.
Cleptómano fue corriendo a ver a ser Godina.
- Ser! Ser! - dijo fingiendo estar sin aliento. La Capitana le dedicó una mirada gélida - Un Guardia ha abandonado su puesto y la guarnición de ser Almeinar ha huído!
- Imposible! - rugió. Cogió violentamente al ladrón de una mano y lo arrastró con ella con una fuerza increíble para tratarse de una mujer tan aparentemente delgada. Llegaron en el mismo momento en el que Reol liberaba a Jon, tratando de cogerlo a hombros. A pesar ya de noche y estar iluminados por una débil antorcha, la mujer fue capaz de quitarle el yelmo, agarrarlo bien por la espalda y ponerle su espada al cuello.
- Cómo os mováis de ahí, mato a este tipo! - amenazó ser Godina.
- Nos dará igual que lo hagas - contestó Almeinar con indiferencia - No lo conocemos de nada - el resto asintieron.
Esto sorprendió a Godina. Cleptómano notó que aflojaba la presa, así que se revolvió como pudo y se liberó de su captora. Ésta quiso volver a atraparle y se lanzó a por él. Como no tenía, y aunque lo tuviera, no sabría como usarlo, se apartó ágilmente, rodó por el suelo, cogió una antorcha cercana y se la lanzó a Castelar. Pero falló.
Su agresora lo alcanzó, lo tumbó al suelo y justo al levantar la espada para dar la estocada mortal, notó algo de calor al cuello. El Padre había prendido. Y el fuego avanzaba rápidamente. En unos segundos, la confusión reinó en todo el campamento.
Todos corrían, sin rumbo ni destino. Alguien chocó contra ser Castelar, derribándola, momento que aprovechó Cleptómano para escapar. Sus maldiciones se oían por encima de todo el griterío.
El fuego avanzaba muy deprisa. Cleptómano se iba deshaciendo de la pesada armadura a medida que corría. Sólo así podría escapar. En su camino, se encontró a varios Guardias que corrían más que él, con armadura y todo, a Labos al frente de una impecablemente bien organizada guarnición que intentaban contener el fuego como podían y a Gaïne, Jon y Reol tratando de huír como podían.
Ya sin armadura, con una simple camisa y unas calzas, Cleptómano encontró un río. Sin vacilar, se zambulló. Le daba igual todas las conspiraciones que hubiese en ese momento. Ni siquiera le importaba si toda esa gente vivía o moría. Sólo pensaba en huír. Y a ser posible, encontrar algo de ropa.
Así pues, se dejó llevar por la corriente que lo pondría a salvo de su propio fuego, ese que ahora mismo, destruía la Fragua de Sombras.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Cleptómano V
V
- Pero si en Zarpapiedra me costaba la mitad! - Shía estaba indignada. Tenía dos días y mucho que coser. Esas telas eran lo único que le faltaba para acabar el vestido de su señora. Pero ese inútil comerciante ambulante parecía no entender la urgencia de la situación.
- Si en Zarpapiedra le cobran menos, le sugiero que lo compre allí - replicó, con educada frialdad.
- Zarpapiedra está a cuatro días de aquí! Necesito esas telas ahora! - Si hubiera podido, sus ojos, más verdes que azules, se habrían vuelto rojos y el pelo rizo se le erizaría. Si hubiera podido, que no fue el caso. No obstante, su indignación era más que evidente.
- Jovencita - comenzó a decir su interlocutor, falto ya de paciencia - entiendo que su señora necesite el vestido. Al fin y al cabo, es su boda. También alcanzo a comprender que crea que mis telas son caras. Pero yo he de deambular por todo el continente, a falta de un trabajo mejor. Necesito dinero suficiente para mantenerme. Creo que la rebaja es más que aceptable, pero si tan mal le parece, puede aguardar al siguiente vendedor que pase por aquí. Aunque para eso, creo que le compensaría a ir a Zarpapiedra. - Una sonrisa sarcástica asomó por entre sus barbas pobladas.
- Está bien, está bien! - A regañadientes, Shía sacó las monedas, las intercambió por las telas doradas y se fue con indignación bien visible por el camino del Este, hacia Colina Férrea y su Bastión.
Colina Férrea era un claro elevado, un enorme claro elevado donde se asentaba una de las más majestuosas y espectaculares construcciones de la zona: El Bastión de Colina Férrea. A pesar de lo carente de imaginación del nombre (los antiguos nunca fueron muy creativos), llevaba miles de años guardando la Colina y sus minas de hierro (de algún lugar tenía que venir el nombre), dominando todo el Mar de Pinos, bosque por el que ahora Shía caminaba. Tal era su magnitud que sus torres se veían desde Puente Plata en un día despejado, y eso que estaba a siete días de allí. De todos modos, no es que fueran torres, en realidad, era una torre central, larga como un día sin pan, y varias mucho más pequeñas, que salían a distintas altura de la central. Y bajando por la enorme torre, se hallan varios pisos circulares, una encima de otro y progresivamente más estrechos, cada uno con cuatro estandartes al norte, sur este y oeste, al igual que las puertas en el último y más ancho piso. Los estandartes reflejaban un montaña azul en un mar azul celeste, símbolo del linaje que durante miles de años, había reinado en la Colina y el Mar de Pinos: los Casquivana. Y como dentro de dos días, el actual lord Casquivana se iba a casar con lady Marye de las Islas Colmillo (en realidad era una sola isla de esa forma y varios pedruscos alrededor que los optimistas isleños ascendían de categoría), estableciendo así una poderosísima alianza y reafirmando el poder de los Casquivana una vez más, también había decoraciones de fiesta por las paredes y las murallas. Con todo este panorama, Shía tendría que darse prisa si no quería que su señora fuera desnuda a su boda.
Recorrió el sendero casi a ciegas. Ella y su amiga Nana eran naturales de Zarpapiedra, pero Lord Berg Casquivana, el anterior señor, las había cogido bajo su protección cuando eran muy pequeñas. Les enseñó a leer y escribir (más bien los maestros contratados) y ahora el actual señor, Lord Daft Casquivana las había puesto al servicio de su prometida. Ambas chicas le estaban muy agradecidas; el trabajo no era muy duro y Lady Marye era muy agradable, tanto que se habían hecho amigas casi. Y el sueldo tampoco estaba mal.
El final de todas estas divagaciones coincidió con el del sendero, donde la Puerta Prima se alzaba imponente frente y sobre ella; tenía 14 varas de alta, incrustada en una muralla de 17 varas, la cual rodeaba unas dos fanegas de superficie. Vigilando todo esto se hallaban los Guardias Amarillos, un cuerpo especial dedicado únicamente a patrullar tan magnífica construcción y evitar que nadie atravesase la puerta de metal pulido.
Una cabeza de pelo lacio, cara ovalada y ojos pequeños asomó desde lo más alto. Ese era Thau, Capitán de los Capas Amarillas, Guardián de la Puerta Prima y su amante. En secreto, claro, pues los Guardias hacían juramento de castidad. Aunque, como en este ejemplo, no era muy respetado, debía de guardarse silencio, pues de descubrirse, su querido Capitán perdería algo que a ella le encantaba. Y no precisamente su cara.
- Quién va?- Gritó desde lo alto, con un cono que ampliaba su voz. El sol se reflejaba en su armadura chapada en ónice, negra como su pelo.
- Soy yo, ser- contestó usando un cono atado con una cadena a la muralla. -Shía, la doncella.
- Recibido. Abrid! - Como respuesta, comenzó a oírse un increíble estrépito, y poco a poco la puerta se fue abriendo. Shía miró hacia arriba. Creyó a ser Thau le guiñaba un ojo. Se lo devolvió y entró. Rosas de todos los colores, tulipanes, sicomoros e iris blancos la recibieron, adornando un jardín extenso y a veces parecían devorar las pequeñas casas del servicio.
Por un sendero de piedra pulida y perfectamente colocada llegaba Liquen. Como ocurría con muchos del servicio, al entrar a trabajar al Bastión sus compañeros le ponían un mote. A veces, su nombre se diluía y sólo quedaba su apodo. Evidentemente, Liquen estaba en ese grupo, un tipo de estatura media, ojos hundidos, pelo muy gordo y delgado. Iba sentado en el cabestrante de un carro largo, tirado por un yegua. Un hacha estaba apoyada a su lado.
- Epa!- Saludó con entusiasmo - Cómo te va, moza?
- Hola! - respondió la doncella alegremente. Le encantaba hablar - Pues acabo de conseguir la tela que me faltaba para rematar el vestido. Ahora podré acabarlo. Y tú?
- Me alegro de oír eso. Yo voy al bosque a por madera. Hay que acabar algunos muebles y alimentar el fuego - dijo como si fuera una tarea cotidiana.
- Pero… tú solo? No necesitáis mucha madera? - La incredulidad le hacía levantar una ceja y arrugar la nariz.
- Pero claro! Son sólo seis troncos de nada!
-Ah… pues buen trabajo machote - dijo respondiendo a su bravuconada, mientras comenzaba a caminar.
- Lo será! - replicó con entusiasmo el leñador.
Y así siguió su camino. Fue hasta la puerta que daba al sur. Pasando por las caballerizas, que no estaban muy lejos de su destino. Allí estaba Tinas, el mozo de cuadras, chico alto, amplia barba para su juventud y cuerpo atlético. Le encantaba hablar con él, a pesar de ser un tanto gruñón. Y le solía tomar el pelo a menudo. Pero aún así, le agradaba, y punto.
- Hola Tinas! - Fue corriendo a darle un abrazo en cuanto lo vio. Pero éste te apartó enseguida, con la suficiente habilidad para no derramar el cubo que llevaba.
- Quita niña! No tengo tiempo para tanta tontería! - contestó con tono brusco, alejándose a paso acelerado, cubo en mano. Shía lo siguió como pudo.
- Pero yo sólo quería enseñarte esta tela que…- dijo haciendo pucheritos.
- Mira, tengo que abrevas estos caballos, conseguir habilitar la hostia de establos para los invitados que vendrán dentro de dos días, y por si fuera poco, conseguir comida suficiente para esa cantidad de bestias. Así que no tengo tiempo para gilipolleces.
- Pues que te jodan! - Su cara de niña buena estaba roja. Si ella sólo quería hablar, era una injusticia. Siempre igual, pasando de ella. Ni que fuera tanta cosa como para no poder atenderla! Comenzó a marcharse refunfuñando maldiciones.
- Bueno, perdona - Tinas pareció recapacitar a juzgar por su voz sumisa - Es que estoy estresado. No me pagan lo suficiente para tanto trabajo - Esbozó una sonrisa. Shía comenzó a recuperar su color original - Anda, ven aquí - Dejó el cubo en el suelo y estiró los brazos. La doncella bufó, pero luego sonrió y aceptó el abrazo.
- No me vuelvas a hablar nunca así, eh?
- Vaaaaale. Y ahora, por favor, vete. Me hace falta el tiempo. Mañana subo a ver ese hermoso vestido, eh?- Sonrieron juntos.
- Está bien. Hasta mañana! . Y siguió su camino hasta llegar a la puerta. Dentro, subió con celeridad las escaleras hasta llegar a la sala de costura. Allí estaba buena parte del vestido, de un brillante color oro.
Se sentó enfrente del telar y comenzó a hacer la falda. Estaría llena de volantes, eso lo tenía muy claro. Y detalles en abalorios dorados, para que se viesen. La tela que había conseguido era también de color dorado, asombrosamente parecido a la otra mitad, una especie de jubón de manga corte y escote puntiagudo.
Continuó su obra durante muchas más horas, hasta que no hubo más luz que la de su vela. La base estaba hecha. Mañana la acabaría. Subió a su habitación, sin comer nada, y vio que Nana ya estaba en un profundo sueño. Tomó ejemplo y se puso a dormir.
Una dulce melodía la despertó. Cantaba una canción de caballería y amores acabados. Era Nana. Ella estaba más unida a su señora que Shía, pues sabía más canciones, cocinar, lavar, conversar… aptitudes que lady Marye apreciaba mucho. Y además era muy guapa. Un liso pelo negro le caía en cascada por la espalda. Dos ojos marrones le adornaban la cara de facciones pequeñas y suaves. Aparte, era la mejor amiga que tenía en todo Bastión y en su mundo conocido.
- Qué hora es? - preguntó Shía, con voz pastosa y somnolienta.
- Hace dos horas que ha amanecido. Lady Marye ha requerido tu presencia para saber cómo avanzaba el vestido - le contestó Nana mientras se peinaba - Le dije que estabas trabajando en él. También quiere que vayas a las cocinas.
- Gracias - dijo mientras se desperezaba - Y para qué me quiere en la cocina? La que entiende eres tú
- Ya, pero me necesita para organizar el banquete y a los invitados, tarea que resulta casi imposible. - Paró de peinarse y se volvió a su amiga - Cree que tú podrías mirar si serán capaces de dar abasto y poner orden. - Se levanto y se encaminó a la puerta - En fin, me voy, a ver si podemos por fin sentarlos a todos. Recuerda informar a nuestra señora.
- Lo haré, lo haré, tranquila - Nana se fue y Shía se comenzó a vestir para el nuevo día.
Nada más estar lista, bajó a las cocinas, un piso subterráneo con unas chimeneas que asomaban como si fueran pequeñas casas. Así estaba ventilado y no alteraban la visión del jardín. Allí abajo bullía la actividad. Sólo consiguió que un pinche desocupado, al que jamás había visto, que tenía la cara más común y normal que había visto en su vida, sin absolutamente nada destacable.
- Eh, tú! Lady Marye me manda para saber cómo vais.
- Dile a tu señora que, según mis jefes, tenemos comida suficiente para cinco bodas como esta. Y que todo estará listo a tiempo. Además, como menú…
- Bueno, vale. Ay! - Un cocinero la había pisado - Ten cuidado! Mejor ve tú en persona y que ella apruebe el menú y todos los detalles que le quieras dar. Le gustará saberlo de alguien que trabajo aquí abajo - Se sintió aliviado de cargarle el muerto a otro. Así tendría más tiempo que gastar antes de ponerse con el vestido. Pero cuando iba a salir, se acordó de algo - Me puedo llevar algo de pan y queso?
- Como gustes, nadie lo echará en falta- dijo con indiferencia el anodino pinche. Así pues, Shía cogió la comida y se fue.
Todavía tenía mucho tiempo, por lo que decidió pasarse por el patio de armas, cerca de la puerta oeste. Le gustaba ver pelear entre sí a los caballeros y soldados, recordando viejas historias de héroes. Si es que en el fondo era un soñadora.
Llegó después de dejar su comida en la sala de costura y buscó un sitio desde donde dominara todo el patio. Dos jóvenes que debían haber llegado con los señores invitados más adelantados, pues nunca antes los había visto, hacían cantar sus romos aceros de entrenamiento mientras una voz extranjera escupía órdenes.
- Mal! Tenias que háberr blokheado porr árriba! Átakha, ahorra! No, no fintess, dejass tu dekhas tu défenssa al desscúbierrto! - les gritaba Ximnart, el maestro de espadas, a cada movimiento que hacían. Su voz rasgada, de tan extraño acento, indicaba que provenía de una isla del este, de nombre impronunciable. Tenía un pelo pajizo, perilla pequeña y una extraña forma de comparar nuestras costumbres con las de su hogar.
- En mi pais no hay leniadorress. - le decía una vez a Líquen una de las cabañas del servicio - Unna guarrnición de sóldadoss árrmadoss se dédica a esso. Nuesstrross boskhes sson péligrrossoss, perro loss árboless máss.
- En mi pais no eksisten khimeneas - comentaba una vez en el Gran Salón, donde en la boda tratarían de encajar a todos los invitados - Si ténemoss frríoss, bébemoss, peléamoss o fóllamos, pero nunkha encédemoss fuekho.
- En mi pais - decía ahora - vósotrross serríaiss considerradoss íneptoss parra la luchia y desstérradoss parra ssiemprre en el (de verdad esos sonidos podían articularse?), de dionde khamás ssaldrríaiss vivioss. Perro suponkho khe parra esste lukharr está bien. Désskhanssad.
Como de la nada, se comenzaron a oír pisadas metálicas. Y por la puerta aparecieron los Guardias Púrpuras, defensores del castillo, la frente de los cuales iba Gared, su Capitán., un hombre tan alto como delgado, tez morena y fuerte acento sureño.
- Perrfecto, máss vikhtimass. - comentó Ximnart. Gared le dedicó una mirada muy dura.
- Oye, isleño loco -le dijo el capitán de rudas maneras - te hemos contratado para que entrenes a los reclutas y señores que puedan pagar, no para que los hagas matar entre sí. Sigue así y me encargaré de ti personalmente.
- Mi método ess khe ssólo el fuerrte sobrrevivie. Perro ssi no oss khusta mi forrma de entrrenarr, serrá un placerr vólverr a encarrgarrme de vos, khapitán.- dijo el maestro de armas con desafiante elegancia.
El odio inundó la cara de ser Gared, e indignado, pero sin perder su regio porte, se dio la vuelta y se fue, casi llevándose a la pequeña Shía.
Antes si quiera de salir del patio, incluso antes de que la doncella se levantase, un Guardia Amarillo le corotó el paso al Capitán Púrpura.
- Ser, el Guardián me envía a deciros que un intruso ha intentado colarse dentro del Bastión, pero creemos haberlo hecho huir…
- Pues si huyó con el rabo entre las piernas, asunto zanjado! Déjame en paz! - Apartó al soldado de un empellón y siguió su camino a apuradas y largas zancadas.
Era normal esa reacción en el Capitán. Al llegar Ximnart, hace varios años, ambos eran uña y carne; bebían y se entrenaban en un ambiente de camaradería muy cálida, casi como grandes amigos. Pero una noche en la que el hidromiel corrió en demasía, una mujer de amplias caderas y generosos pechos se cruzó entre ellos. Hubo ebrias y malas palabras, fieras peleas de borrachos y una humillación hacia el Capitán, que perdió la refriega, la chica y los calzones. Hay quien dice que el guerrero extranjero peleó armado con una patata.
Shía se quedó a ver los ejercicios de la soldadesca, que luego devinieron en duelos y una batalla campal que se alargó hasta bien entrado el mediodía. La doncella se dio cuenta, y alarmada, subió corriendo a la sala de costura. Alguien se había comido su pan y su queso, por lo que se tuvo que poner a trabajar hambrienta.
- Shía, te traigo algo para comer.- Se sobresaltó. Estaba tan concentrada que no había oído entrar a Nana - También le dije a Tinas que no subiese. Me dijo que mañana vendría a verlo. Te falta mucho?
- Sí, bastante. Los detalles que tengo en mente son bastante complicados, peor lo tendré a tiempo. Gracias por todo - devoró el pescado y dejó el pan con chorizo por si le entraba hambre más adelante.
- Cuando acabes sube a dormir. Te lo mereces. -le dedicó una sonrisa muy cálida y se marchó. Shía se la devolvió y continuó trabajando. No subió en toda la noche.
Se despertó sobresaltada y desorientada. Miró en rededor y al ver a Tinas y Nana observando el vestido, se tranquilizó. Se debió haber quedado dormida en la silla al acabar. O eso creía, pues no recordaba rematarlo.
- Es precioso -susurraba el mozo de cuadras - Y lo hizo ella solita?
- Lleva todos estos días trabajando en él -contestó Nana en voz baja - Si la fuera dentro de otros dos días, comenzaría a temer por su salud.
- Ya puede lady Marye una gran recompensa.
- Entonces espero que mi señora te oiga- respondió Shía en tono normal, incorporándose y desperezándose - Gracias por los halagos - Sonrió, peor un bostezo se cruzó en su camino.
- Ven aquí, Shía! - Tinas y ella se abrazaron - Has hecho el mejor trabajo que te he visto - La doncella estaba bien roja - Bueno, me voy. Los invitados comienzan a llegar por miles, y somos muy pocos en las caballerizas - Antes de salir, miró hacia atrás - Y si tu señora, note da un buen premio, yo me encargo de ella - Guiñó un ojo y se fue.
- Yo voy a avisar a nuestra señora - dijo Nana - Espera aquí y tómate esas gachas. Te las he subido por si al necesitabas. Ya veo que sí - Y se fue también.
Medio cuenco después, lady Marye de las Islas Colmillo desprendía elogios, alabanzas y cumplidos a una velocidad endiablada y con un entusiasmo innegable. Inmediatamente se lo probó. Le iba perfecto. Enseguida se puso una capa por encima y con sus doncella, salió medio oculta hacia la capilla donde se celebraría el casamiento. Era tradición que la novia llegase antes que nadie y esperase a todos sus invitados y a su prometido.
A medida que las sombras se movían, la capilla se iba llenando poco a poco, comenzando por el Sacerdote de la Colina, hasta la gente de extracción humilde, como Liquen o Chasquidos, el copero real, pasando por todos los invitados, señores grandes, pequeños, banderizos y caballeros errantes junto con sus familias y acompañantes, masculinos o femeninos. Y cuando el último invitado ocupó su asiento, la puerta grande de la capilla se abrió, dejando pasar a ser Gared y ser Thau, que iban flanqueando, con sus resplandecientes armaduras y gran porte, a lord Daf Casquivana, huérfano desde los quince años, se había ganado el cariño y respeto de sus vasallos y amigos de su padre a base de demostrar gran juicio a la hora de gobernar y excelentes habilidades en el arte del combate. Ahora entraba, con regio porte, embutido en un jubón azul celeste, como sus ojos y su capa, con el blasón de su casa. El resto de la indumentaria era blanca como la primera nieve, lo que destacaba su negro pelo rizo.
Llego serio y regio al altar, pero al ver a su futura esposa, una mirada de ternura afloró en su rostro. El casamiento dio comienzo. Después del intercambio de capas, símbolo de unión entre sus linajes, su señor al fin estaba casado, después de tantos años de búsqueda. Shía y Nana se abrazaron, entre sollozos, y los novios salieron bajo una lluvia de arroz, vítores y palmadas.
En un pestañeo fugaz, toda la capilla se había trasladado al comedor. Menos el servicio, claro, con excepción de Shía, a la que se le había concedido el honor de sentarse a la izquierda de su señora. A su izquierda tenía a Chasquidos, el siempre chistoso copero real. Era hombre de pequeña estatura y pelo largo. Su mote le venía porque se pasaba el día chasqueando ritmos incoherentes; con los dedos, con la lengua si los dedos estaban ocupados o, inexplicablemente, con los pies si todo estaba ocupado haciendo a saber qué. Shía no quería saber qué chasquearía si todo estuviese ocupado
En los días anteriores, le habría parecido imposible que todos los invitados cupiesen, pero al parecer, todos estaban sentados, sin estrecheces y sin malos roces. La comida fue transcurriendo y la bebida era regada con algunos comentarios de Chasquidos.
- Mi señor, ser Danielle - dijo refiriéndose a Danielle Corazón, una mujer pelirroja que había escogido el camino de las armas - está en la mesa de honor, hablando con ser Gared. Espero que el menú no incluya patatas.
- Ves a aquél? - le dijo a Shía señalando descaradamente a un hombre de nariz ganchuda y pelo lacio- Es lord Merry Otoño. Fue un gran señor, pero ha caído en tanta desgracia por los juegos de azar que se dice que sus tierras son de la longitud de sus uñas. Aunque observándoles bien, yo creo que sus tierras están debajo de las uñas - Desde la mesa, éstas parecían verdes.
Hubo más chistes con cada plato y cada vaso, referidas por ejemplo, a la desaparición de lady Melisa (“hay quien dice que fue por el olor de su marido, otros que nunca existió, que fue una invención del hombre para acallar murmuraciones”), o sobre Raymond Clonqui (“su feudo es tan pequeño que si quiere plantar algo, tiene que mudarse”)
Estando el banquete bien avanzado, su señora se giró y le susurró a Shía que pronto sería el encamamiento, así que ya no la necesitaría, y que seguro había alguien que la necesitaba, acompañado todo con un guiño. La doncella comprendió enseguida, y cuando lord Daf estaba en pleno discurso de agradecimiento, se escabulló sin que nadie la viera
Tardó un buen rato en llegar. Tuvo que esquivar las tiendas del servicio de los otros señores y y grupos de Guardias borrachos. Pero llegó a la muralla, a donde Thau había vuelto después de la ceremonia. Las grandes comidas no le gustaban.
- Oh, eres tú - dijo Thau, incorporándose desde su cama, sin tiempo a sorprenderse - No deberías estar aquí. Ayer avistamos a un ladrón entre Gran Ness y Alta Cecilia - Ser Thau pasaba tanto tiempo vigilando que había acabado por ponerle nombres a los árboles. - Podría estar por… - Un beso lo calló.
- Chist - Se quitó el vestido - Ahora sólo me preocupa el ocupar tu cama - Lo tumbó de un empujón, y en cuanto se lanzó sobre él a quitarle los calzones, de la nada apareció un Guardia Amarillo.
- Ser Guardián, necesitamos su… - en cuanto se dio cuenta de la situación, el soldado se dio la vuelta, permitiendo a los amantes ocultar sus vergüenzas -ayuda. Alguien se ha introducido en el Bastión. Los Púrpuras reclaman colaboración.
- Está bien, ayudad al Capitán Gared hasta que vaya yo. Y ni una palabra de esto soldado, o te arrastraré al fango conmigo - amenazó con toda la seriedad que le daba el tener que sujetarse los calzones con una mano para taparse. El soldado se fue corriendo y Thau comenzó a vestirse con celeridad - Me necesitan, Shía. No desesperes, volveré ahora - Antes que la chica pudiese articular palabra, el Guardián se fue.
Ella no podía quedarse así, con muchas ganas y desnuda, así que se vistió y fue detrás de su amante. Se iba a enterar ese ladrón de quién era ella. Nadie la dejaba a medias!
Deambuló durante largo rato. Todas las guarniciones, del Bastión o de otros señores, estaban movilizados, buscando al supuesto intruso. Ella dirigió al cuarto de su señora. Había oro y joyas de las Islas. Por ahí había que empezar.
Llegó casi hasta su destino, peor en una esquina, encontró a un hombre jadeando. Éste la debió ver y levantó la cabeza. Shía se horrorizó casi instantáneamente. Debajo de la desgarrada cara del pinche anodino asomaba un duro rostro lleno de cicatrices y barba espesa. Aunque de esta guisa, lo reconoció. El Carnicero del Este. Ya completamente dominada por el pánico, comenzó a correr, perseguida por el asesino.
Corrió, subiendo y bajando escaleras, doblando esquinas y pasillos, con las lágrimas nublándole la vista y el homicida siempre cerca. Pero de repente, a sus espaldas, un chirrido, un golpe y un hombre caído se oyeron casi simultáneamente. Se paró en seco, y atemorizada, se volvió. Fue una estampa curiosa la que contempló: un hombre, con la cara más corriente jamás visto por un hombre o mujer y una túnica muy ligera, miraba con desconcierto al Carnicero, que del golpe, se había quedado inconsciente.
- Quién eres tú? - le preguntó Shía a medio camino entre el miedo y la curiosidad. Y el desconocido, agarrando bien un saco uniforme, respondió.
- Soy un ladrón, niña. Peor no sé quién es él. Así que si no te importa, me voy. No quiero que me atrapen.
Dicho y hecho, se esfumó antes de que la doncella pudiera si quiera pensar en la mera posibilidad de considerar haber gritado. Y en cuanto el ladrón ya debía estar a medio camino de Zarpapiedra, a juzgar por la celeridad con la que se había esfumado, llegó ser Gared al frente de sus Guardias.
- Shía! Qué haces aquí? Y cómo coño has derribado al Carnicero?
- No fui yo. Alguien abrió la puerta y él chocó. Cómo es que lo dejásteis entrar!? - Se había puesto histérica en cuanto recobró el sentido del tiempo y la realidad - El hijoputa casi me mata!
- Llevaba una máscara tan perfecta que creemos, es cosa de magia - dijo con aire marcial mientras sus hombres ataban al criminal - De no ser porque se le desgarró en algún momento, jamás habríamos sospechado de nuestro nuevo pinche. Puedes decirnos quién abrió la puerta?
- Pues… - iba a decirlo, quería decirlo, pero…- pues… - no, no podía ser… - pues… - Dioses, era imposible! Si lo acababa de presenciar! Pero.. - no… no lo recuerdo.
Cleptómano corría como si todo el infierno lo persiguiera. Otra vez estaba en la boca del lobo. Y ésta era inmensamente grande. Al menos, ahora tenía botín. Después de Puente Plata, necesitaba el dinero urgente. O cualquier otra cosa. Sabía que Colina Férrea era complicado, pero tenía que hacerlo. Unas monedas, comida, ropa, algo, o no llegaría con vida ni a Zarpapiedra.
Así que a ello fue. El primer día, se perdió por el bosque y tardó casi todo el día en encontrar la puerta. Se fue a descansar y ayer había intentado colarse, pero esos Guardias de negro y amarillo, tan horteras, lo habían descubierto y puso pies en polvorosa. Hoy a la mañana, mientras pensaba en maneras de entrar, vio pasar un gran multitud de carros y señores, así que le fue muy fácil ocultarse y pasar ante las mismas narices del mismo Capitán, ese Guardia que al parecer le ponía nombre a los árboles como él se los ponía a las ratas de su sótano cuando era pequeño y no le compraban una mascota. Al entrar, se enteró de que había boda, circunstancia que aprovechó en su favor. Consiguió comida, abalorios, joyas , algún arma… a la vez que perdió la noción del tiempo y el espacio. Era un lugar condenadamente grande. Comenzó a ir al azar al tiempo que oía un gran movimiento en el castillo. Se asustó pensando que iban a por él y corrió, buscando la salida. Fue entonces cuando abrió la puerta y dejó inconsciente al Carnicero. Lo había reconocido y se había apenado, ya no podría hacerse pasar por él. Pero al ver que había testigos, huyó. Confiaba en que los Guardias llegasen cuando la chica olvidase su rostro, si no, estaba perdido. Mas ahora, a la vista de que el ajetreo y los Guardias diminuían, se relajó, pues ya no debían buscarlo.
Calmado, buscó la salida del castillo, y de ahí, unas horas después, la de un muro que no parecía acabar nunca. Encontró una pequeñísima puerta que daba hacia el sur y salió por ella sin que nadie se diese cuenta, con su botín intacto.
- Pero si en Zarpapiedra me costaba la mitad! - Shía estaba indignada. Tenía dos días y mucho que coser. Esas telas eran lo único que le faltaba para acabar el vestido de su señora. Pero ese inútil comerciante ambulante parecía no entender la urgencia de la situación.
- Si en Zarpapiedra le cobran menos, le sugiero que lo compre allí - replicó, con educada frialdad.
- Zarpapiedra está a cuatro días de aquí! Necesito esas telas ahora! - Si hubiera podido, sus ojos, más verdes que azules, se habrían vuelto rojos y el pelo rizo se le erizaría. Si hubiera podido, que no fue el caso. No obstante, su indignación era más que evidente.
- Jovencita - comenzó a decir su interlocutor, falto ya de paciencia - entiendo que su señora necesite el vestido. Al fin y al cabo, es su boda. También alcanzo a comprender que crea que mis telas son caras. Pero yo he de deambular por todo el continente, a falta de un trabajo mejor. Necesito dinero suficiente para mantenerme. Creo que la rebaja es más que aceptable, pero si tan mal le parece, puede aguardar al siguiente vendedor que pase por aquí. Aunque para eso, creo que le compensaría a ir a Zarpapiedra. - Una sonrisa sarcástica asomó por entre sus barbas pobladas.
- Está bien, está bien! - A regañadientes, Shía sacó las monedas, las intercambió por las telas doradas y se fue con indignación bien visible por el camino del Este, hacia Colina Férrea y su Bastión.
Colina Férrea era un claro elevado, un enorme claro elevado donde se asentaba una de las más majestuosas y espectaculares construcciones de la zona: El Bastión de Colina Férrea. A pesar de lo carente de imaginación del nombre (los antiguos nunca fueron muy creativos), llevaba miles de años guardando la Colina y sus minas de hierro (de algún lugar tenía que venir el nombre), dominando todo el Mar de Pinos, bosque por el que ahora Shía caminaba. Tal era su magnitud que sus torres se veían desde Puente Plata en un día despejado, y eso que estaba a siete días de allí. De todos modos, no es que fueran torres, en realidad, era una torre central, larga como un día sin pan, y varias mucho más pequeñas, que salían a distintas altura de la central. Y bajando por la enorme torre, se hallan varios pisos circulares, una encima de otro y progresivamente más estrechos, cada uno con cuatro estandartes al norte, sur este y oeste, al igual que las puertas en el último y más ancho piso. Los estandartes reflejaban un montaña azul en un mar azul celeste, símbolo del linaje que durante miles de años, había reinado en la Colina y el Mar de Pinos: los Casquivana. Y como dentro de dos días, el actual lord Casquivana se iba a casar con lady Marye de las Islas Colmillo (en realidad era una sola isla de esa forma y varios pedruscos alrededor que los optimistas isleños ascendían de categoría), estableciendo así una poderosísima alianza y reafirmando el poder de los Casquivana una vez más, también había decoraciones de fiesta por las paredes y las murallas. Con todo este panorama, Shía tendría que darse prisa si no quería que su señora fuera desnuda a su boda.
Recorrió el sendero casi a ciegas. Ella y su amiga Nana eran naturales de Zarpapiedra, pero Lord Berg Casquivana, el anterior señor, las había cogido bajo su protección cuando eran muy pequeñas. Les enseñó a leer y escribir (más bien los maestros contratados) y ahora el actual señor, Lord Daft Casquivana las había puesto al servicio de su prometida. Ambas chicas le estaban muy agradecidas; el trabajo no era muy duro y Lady Marye era muy agradable, tanto que se habían hecho amigas casi. Y el sueldo tampoco estaba mal.
El final de todas estas divagaciones coincidió con el del sendero, donde la Puerta Prima se alzaba imponente frente y sobre ella; tenía 14 varas de alta, incrustada en una muralla de 17 varas, la cual rodeaba unas dos fanegas de superficie. Vigilando todo esto se hallaban los Guardias Amarillos, un cuerpo especial dedicado únicamente a patrullar tan magnífica construcción y evitar que nadie atravesase la puerta de metal pulido.
Una cabeza de pelo lacio, cara ovalada y ojos pequeños asomó desde lo más alto. Ese era Thau, Capitán de los Capas Amarillas, Guardián de la Puerta Prima y su amante. En secreto, claro, pues los Guardias hacían juramento de castidad. Aunque, como en este ejemplo, no era muy respetado, debía de guardarse silencio, pues de descubrirse, su querido Capitán perdería algo que a ella le encantaba. Y no precisamente su cara.
- Quién va?- Gritó desde lo alto, con un cono que ampliaba su voz. El sol se reflejaba en su armadura chapada en ónice, negra como su pelo.
- Soy yo, ser- contestó usando un cono atado con una cadena a la muralla. -Shía, la doncella.
- Recibido. Abrid! - Como respuesta, comenzó a oírse un increíble estrépito, y poco a poco la puerta se fue abriendo. Shía miró hacia arriba. Creyó a ser Thau le guiñaba un ojo. Se lo devolvió y entró. Rosas de todos los colores, tulipanes, sicomoros e iris blancos la recibieron, adornando un jardín extenso y a veces parecían devorar las pequeñas casas del servicio.
Por un sendero de piedra pulida y perfectamente colocada llegaba Liquen. Como ocurría con muchos del servicio, al entrar a trabajar al Bastión sus compañeros le ponían un mote. A veces, su nombre se diluía y sólo quedaba su apodo. Evidentemente, Liquen estaba en ese grupo, un tipo de estatura media, ojos hundidos, pelo muy gordo y delgado. Iba sentado en el cabestrante de un carro largo, tirado por un yegua. Un hacha estaba apoyada a su lado.
- Epa!- Saludó con entusiasmo - Cómo te va, moza?
- Hola! - respondió la doncella alegremente. Le encantaba hablar - Pues acabo de conseguir la tela que me faltaba para rematar el vestido. Ahora podré acabarlo. Y tú?
- Me alegro de oír eso. Yo voy al bosque a por madera. Hay que acabar algunos muebles y alimentar el fuego - dijo como si fuera una tarea cotidiana.
- Pero… tú solo? No necesitáis mucha madera? - La incredulidad le hacía levantar una ceja y arrugar la nariz.
- Pero claro! Son sólo seis troncos de nada!
-Ah… pues buen trabajo machote - dijo respondiendo a su bravuconada, mientras comenzaba a caminar.
- Lo será! - replicó con entusiasmo el leñador.
Y así siguió su camino. Fue hasta la puerta que daba al sur. Pasando por las caballerizas, que no estaban muy lejos de su destino. Allí estaba Tinas, el mozo de cuadras, chico alto, amplia barba para su juventud y cuerpo atlético. Le encantaba hablar con él, a pesar de ser un tanto gruñón. Y le solía tomar el pelo a menudo. Pero aún así, le agradaba, y punto.
- Hola Tinas! - Fue corriendo a darle un abrazo en cuanto lo vio. Pero éste te apartó enseguida, con la suficiente habilidad para no derramar el cubo que llevaba.
- Quita niña! No tengo tiempo para tanta tontería! - contestó con tono brusco, alejándose a paso acelerado, cubo en mano. Shía lo siguió como pudo.
- Pero yo sólo quería enseñarte esta tela que…- dijo haciendo pucheritos.
- Mira, tengo que abrevas estos caballos, conseguir habilitar la hostia de establos para los invitados que vendrán dentro de dos días, y por si fuera poco, conseguir comida suficiente para esa cantidad de bestias. Así que no tengo tiempo para gilipolleces.
- Pues que te jodan! - Su cara de niña buena estaba roja. Si ella sólo quería hablar, era una injusticia. Siempre igual, pasando de ella. Ni que fuera tanta cosa como para no poder atenderla! Comenzó a marcharse refunfuñando maldiciones.
- Bueno, perdona - Tinas pareció recapacitar a juzgar por su voz sumisa - Es que estoy estresado. No me pagan lo suficiente para tanto trabajo - Esbozó una sonrisa. Shía comenzó a recuperar su color original - Anda, ven aquí - Dejó el cubo en el suelo y estiró los brazos. La doncella bufó, pero luego sonrió y aceptó el abrazo.
- No me vuelvas a hablar nunca así, eh?
- Vaaaaale. Y ahora, por favor, vete. Me hace falta el tiempo. Mañana subo a ver ese hermoso vestido, eh?- Sonrieron juntos.
- Está bien. Hasta mañana! . Y siguió su camino hasta llegar a la puerta. Dentro, subió con celeridad las escaleras hasta llegar a la sala de costura. Allí estaba buena parte del vestido, de un brillante color oro.
Se sentó enfrente del telar y comenzó a hacer la falda. Estaría llena de volantes, eso lo tenía muy claro. Y detalles en abalorios dorados, para que se viesen. La tela que había conseguido era también de color dorado, asombrosamente parecido a la otra mitad, una especie de jubón de manga corte y escote puntiagudo.
Continuó su obra durante muchas más horas, hasta que no hubo más luz que la de su vela. La base estaba hecha. Mañana la acabaría. Subió a su habitación, sin comer nada, y vio que Nana ya estaba en un profundo sueño. Tomó ejemplo y se puso a dormir.
Una dulce melodía la despertó. Cantaba una canción de caballería y amores acabados. Era Nana. Ella estaba más unida a su señora que Shía, pues sabía más canciones, cocinar, lavar, conversar… aptitudes que lady Marye apreciaba mucho. Y además era muy guapa. Un liso pelo negro le caía en cascada por la espalda. Dos ojos marrones le adornaban la cara de facciones pequeñas y suaves. Aparte, era la mejor amiga que tenía en todo Bastión y en su mundo conocido.
- Qué hora es? - preguntó Shía, con voz pastosa y somnolienta.
- Hace dos horas que ha amanecido. Lady Marye ha requerido tu presencia para saber cómo avanzaba el vestido - le contestó Nana mientras se peinaba - Le dije que estabas trabajando en él. También quiere que vayas a las cocinas.
- Gracias - dijo mientras se desperezaba - Y para qué me quiere en la cocina? La que entiende eres tú
- Ya, pero me necesita para organizar el banquete y a los invitados, tarea que resulta casi imposible. - Paró de peinarse y se volvió a su amiga - Cree que tú podrías mirar si serán capaces de dar abasto y poner orden. - Se levanto y se encaminó a la puerta - En fin, me voy, a ver si podemos por fin sentarlos a todos. Recuerda informar a nuestra señora.
- Lo haré, lo haré, tranquila - Nana se fue y Shía se comenzó a vestir para el nuevo día.
Nada más estar lista, bajó a las cocinas, un piso subterráneo con unas chimeneas que asomaban como si fueran pequeñas casas. Así estaba ventilado y no alteraban la visión del jardín. Allí abajo bullía la actividad. Sólo consiguió que un pinche desocupado, al que jamás había visto, que tenía la cara más común y normal que había visto en su vida, sin absolutamente nada destacable.
- Eh, tú! Lady Marye me manda para saber cómo vais.
- Dile a tu señora que, según mis jefes, tenemos comida suficiente para cinco bodas como esta. Y que todo estará listo a tiempo. Además, como menú…
- Bueno, vale. Ay! - Un cocinero la había pisado - Ten cuidado! Mejor ve tú en persona y que ella apruebe el menú y todos los detalles que le quieras dar. Le gustará saberlo de alguien que trabajo aquí abajo - Se sintió aliviado de cargarle el muerto a otro. Así tendría más tiempo que gastar antes de ponerse con el vestido. Pero cuando iba a salir, se acordó de algo - Me puedo llevar algo de pan y queso?
- Como gustes, nadie lo echará en falta- dijo con indiferencia el anodino pinche. Así pues, Shía cogió la comida y se fue.
Todavía tenía mucho tiempo, por lo que decidió pasarse por el patio de armas, cerca de la puerta oeste. Le gustaba ver pelear entre sí a los caballeros y soldados, recordando viejas historias de héroes. Si es que en el fondo era un soñadora.
Llegó después de dejar su comida en la sala de costura y buscó un sitio desde donde dominara todo el patio. Dos jóvenes que debían haber llegado con los señores invitados más adelantados, pues nunca antes los había visto, hacían cantar sus romos aceros de entrenamiento mientras una voz extranjera escupía órdenes.
- Mal! Tenias que háberr blokheado porr árriba! Átakha, ahorra! No, no fintess, dejass tu dekhas tu défenssa al desscúbierrto! - les gritaba Ximnart, el maestro de espadas, a cada movimiento que hacían. Su voz rasgada, de tan extraño acento, indicaba que provenía de una isla del este, de nombre impronunciable. Tenía un pelo pajizo, perilla pequeña y una extraña forma de comparar nuestras costumbres con las de su hogar.
- En mi pais no hay leniadorress. - le decía una vez a Líquen una de las cabañas del servicio - Unna guarrnición de sóldadoss árrmadoss se dédica a esso. Nuesstrross boskhes sson péligrrossoss, perro loss árboless máss.
- En mi pais no eksisten khimeneas - comentaba una vez en el Gran Salón, donde en la boda tratarían de encajar a todos los invitados - Si ténemoss frríoss, bébemoss, peléamoss o fóllamos, pero nunkha encédemoss fuekho.
- En mi pais - decía ahora - vósotrross serríaiss considerradoss íneptoss parra la luchia y desstérradoss parra ssiemprre en el (de verdad esos sonidos podían articularse?), de dionde khamás ssaldrríaiss vivioss. Perro suponkho khe parra esste lukharr está bien. Désskhanssad.
Como de la nada, se comenzaron a oír pisadas metálicas. Y por la puerta aparecieron los Guardias Púrpuras, defensores del castillo, la frente de los cuales iba Gared, su Capitán., un hombre tan alto como delgado, tez morena y fuerte acento sureño.
- Perrfecto, máss vikhtimass. - comentó Ximnart. Gared le dedicó una mirada muy dura.
- Oye, isleño loco -le dijo el capitán de rudas maneras - te hemos contratado para que entrenes a los reclutas y señores que puedan pagar, no para que los hagas matar entre sí. Sigue así y me encargaré de ti personalmente.
- Mi método ess khe ssólo el fuerrte sobrrevivie. Perro ssi no oss khusta mi forrma de entrrenarr, serrá un placerr vólverr a encarrgarrme de vos, khapitán.- dijo el maestro de armas con desafiante elegancia.
El odio inundó la cara de ser Gared, e indignado, pero sin perder su regio porte, se dio la vuelta y se fue, casi llevándose a la pequeña Shía.
Antes si quiera de salir del patio, incluso antes de que la doncella se levantase, un Guardia Amarillo le corotó el paso al Capitán Púrpura.
- Ser, el Guardián me envía a deciros que un intruso ha intentado colarse dentro del Bastión, pero creemos haberlo hecho huir…
- Pues si huyó con el rabo entre las piernas, asunto zanjado! Déjame en paz! - Apartó al soldado de un empellón y siguió su camino a apuradas y largas zancadas.
Era normal esa reacción en el Capitán. Al llegar Ximnart, hace varios años, ambos eran uña y carne; bebían y se entrenaban en un ambiente de camaradería muy cálida, casi como grandes amigos. Pero una noche en la que el hidromiel corrió en demasía, una mujer de amplias caderas y generosos pechos se cruzó entre ellos. Hubo ebrias y malas palabras, fieras peleas de borrachos y una humillación hacia el Capitán, que perdió la refriega, la chica y los calzones. Hay quien dice que el guerrero extranjero peleó armado con una patata.
Shía se quedó a ver los ejercicios de la soldadesca, que luego devinieron en duelos y una batalla campal que se alargó hasta bien entrado el mediodía. La doncella se dio cuenta, y alarmada, subió corriendo a la sala de costura. Alguien se había comido su pan y su queso, por lo que se tuvo que poner a trabajar hambrienta.
- Shía, te traigo algo para comer.- Se sobresaltó. Estaba tan concentrada que no había oído entrar a Nana - También le dije a Tinas que no subiese. Me dijo que mañana vendría a verlo. Te falta mucho?
- Sí, bastante. Los detalles que tengo en mente son bastante complicados, peor lo tendré a tiempo. Gracias por todo - devoró el pescado y dejó el pan con chorizo por si le entraba hambre más adelante.
- Cuando acabes sube a dormir. Te lo mereces. -le dedicó una sonrisa muy cálida y se marchó. Shía se la devolvió y continuó trabajando. No subió en toda la noche.
Se despertó sobresaltada y desorientada. Miró en rededor y al ver a Tinas y Nana observando el vestido, se tranquilizó. Se debió haber quedado dormida en la silla al acabar. O eso creía, pues no recordaba rematarlo.
- Es precioso -susurraba el mozo de cuadras - Y lo hizo ella solita?
- Lleva todos estos días trabajando en él -contestó Nana en voz baja - Si la fuera dentro de otros dos días, comenzaría a temer por su salud.
- Ya puede lady Marye una gran recompensa.
- Entonces espero que mi señora te oiga- respondió Shía en tono normal, incorporándose y desperezándose - Gracias por los halagos - Sonrió, peor un bostezo se cruzó en su camino.
- Ven aquí, Shía! - Tinas y ella se abrazaron - Has hecho el mejor trabajo que te he visto - La doncella estaba bien roja - Bueno, me voy. Los invitados comienzan a llegar por miles, y somos muy pocos en las caballerizas - Antes de salir, miró hacia atrás - Y si tu señora, note da un buen premio, yo me encargo de ella - Guiñó un ojo y se fue.
- Yo voy a avisar a nuestra señora - dijo Nana - Espera aquí y tómate esas gachas. Te las he subido por si al necesitabas. Ya veo que sí - Y se fue también.
Medio cuenco después, lady Marye de las Islas Colmillo desprendía elogios, alabanzas y cumplidos a una velocidad endiablada y con un entusiasmo innegable. Inmediatamente se lo probó. Le iba perfecto. Enseguida se puso una capa por encima y con sus doncella, salió medio oculta hacia la capilla donde se celebraría el casamiento. Era tradición que la novia llegase antes que nadie y esperase a todos sus invitados y a su prometido.
A medida que las sombras se movían, la capilla se iba llenando poco a poco, comenzando por el Sacerdote de la Colina, hasta la gente de extracción humilde, como Liquen o Chasquidos, el copero real, pasando por todos los invitados, señores grandes, pequeños, banderizos y caballeros errantes junto con sus familias y acompañantes, masculinos o femeninos. Y cuando el último invitado ocupó su asiento, la puerta grande de la capilla se abrió, dejando pasar a ser Gared y ser Thau, que iban flanqueando, con sus resplandecientes armaduras y gran porte, a lord Daf Casquivana, huérfano desde los quince años, se había ganado el cariño y respeto de sus vasallos y amigos de su padre a base de demostrar gran juicio a la hora de gobernar y excelentes habilidades en el arte del combate. Ahora entraba, con regio porte, embutido en un jubón azul celeste, como sus ojos y su capa, con el blasón de su casa. El resto de la indumentaria era blanca como la primera nieve, lo que destacaba su negro pelo rizo.
Llego serio y regio al altar, pero al ver a su futura esposa, una mirada de ternura afloró en su rostro. El casamiento dio comienzo. Después del intercambio de capas, símbolo de unión entre sus linajes, su señor al fin estaba casado, después de tantos años de búsqueda. Shía y Nana se abrazaron, entre sollozos, y los novios salieron bajo una lluvia de arroz, vítores y palmadas.
En un pestañeo fugaz, toda la capilla se había trasladado al comedor. Menos el servicio, claro, con excepción de Shía, a la que se le había concedido el honor de sentarse a la izquierda de su señora. A su izquierda tenía a Chasquidos, el siempre chistoso copero real. Era hombre de pequeña estatura y pelo largo. Su mote le venía porque se pasaba el día chasqueando ritmos incoherentes; con los dedos, con la lengua si los dedos estaban ocupados o, inexplicablemente, con los pies si todo estaba ocupado haciendo a saber qué. Shía no quería saber qué chasquearía si todo estuviese ocupado
En los días anteriores, le habría parecido imposible que todos los invitados cupiesen, pero al parecer, todos estaban sentados, sin estrecheces y sin malos roces. La comida fue transcurriendo y la bebida era regada con algunos comentarios de Chasquidos.
- Mi señor, ser Danielle - dijo refiriéndose a Danielle Corazón, una mujer pelirroja que había escogido el camino de las armas - está en la mesa de honor, hablando con ser Gared. Espero que el menú no incluya patatas.
- Ves a aquél? - le dijo a Shía señalando descaradamente a un hombre de nariz ganchuda y pelo lacio- Es lord Merry Otoño. Fue un gran señor, pero ha caído en tanta desgracia por los juegos de azar que se dice que sus tierras son de la longitud de sus uñas. Aunque observándoles bien, yo creo que sus tierras están debajo de las uñas - Desde la mesa, éstas parecían verdes.
Hubo más chistes con cada plato y cada vaso, referidas por ejemplo, a la desaparición de lady Melisa (“hay quien dice que fue por el olor de su marido, otros que nunca existió, que fue una invención del hombre para acallar murmuraciones”), o sobre Raymond Clonqui (“su feudo es tan pequeño que si quiere plantar algo, tiene que mudarse”)
Estando el banquete bien avanzado, su señora se giró y le susurró a Shía que pronto sería el encamamiento, así que ya no la necesitaría, y que seguro había alguien que la necesitaba, acompañado todo con un guiño. La doncella comprendió enseguida, y cuando lord Daf estaba en pleno discurso de agradecimiento, se escabulló sin que nadie la viera
Tardó un buen rato en llegar. Tuvo que esquivar las tiendas del servicio de los otros señores y y grupos de Guardias borrachos. Pero llegó a la muralla, a donde Thau había vuelto después de la ceremonia. Las grandes comidas no le gustaban.
- Oh, eres tú - dijo Thau, incorporándose desde su cama, sin tiempo a sorprenderse - No deberías estar aquí. Ayer avistamos a un ladrón entre Gran Ness y Alta Cecilia - Ser Thau pasaba tanto tiempo vigilando que había acabado por ponerle nombres a los árboles. - Podría estar por… - Un beso lo calló.
- Chist - Se quitó el vestido - Ahora sólo me preocupa el ocupar tu cama - Lo tumbó de un empujón, y en cuanto se lanzó sobre él a quitarle los calzones, de la nada apareció un Guardia Amarillo.
- Ser Guardián, necesitamos su… - en cuanto se dio cuenta de la situación, el soldado se dio la vuelta, permitiendo a los amantes ocultar sus vergüenzas -ayuda. Alguien se ha introducido en el Bastión. Los Púrpuras reclaman colaboración.
- Está bien, ayudad al Capitán Gared hasta que vaya yo. Y ni una palabra de esto soldado, o te arrastraré al fango conmigo - amenazó con toda la seriedad que le daba el tener que sujetarse los calzones con una mano para taparse. El soldado se fue corriendo y Thau comenzó a vestirse con celeridad - Me necesitan, Shía. No desesperes, volveré ahora - Antes que la chica pudiese articular palabra, el Guardián se fue.
Ella no podía quedarse así, con muchas ganas y desnuda, así que se vistió y fue detrás de su amante. Se iba a enterar ese ladrón de quién era ella. Nadie la dejaba a medias!
Deambuló durante largo rato. Todas las guarniciones, del Bastión o de otros señores, estaban movilizados, buscando al supuesto intruso. Ella dirigió al cuarto de su señora. Había oro y joyas de las Islas. Por ahí había que empezar.
Llegó casi hasta su destino, peor en una esquina, encontró a un hombre jadeando. Éste la debió ver y levantó la cabeza. Shía se horrorizó casi instantáneamente. Debajo de la desgarrada cara del pinche anodino asomaba un duro rostro lleno de cicatrices y barba espesa. Aunque de esta guisa, lo reconoció. El Carnicero del Este. Ya completamente dominada por el pánico, comenzó a correr, perseguida por el asesino.
Corrió, subiendo y bajando escaleras, doblando esquinas y pasillos, con las lágrimas nublándole la vista y el homicida siempre cerca. Pero de repente, a sus espaldas, un chirrido, un golpe y un hombre caído se oyeron casi simultáneamente. Se paró en seco, y atemorizada, se volvió. Fue una estampa curiosa la que contempló: un hombre, con la cara más corriente jamás visto por un hombre o mujer y una túnica muy ligera, miraba con desconcierto al Carnicero, que del golpe, se había quedado inconsciente.
- Quién eres tú? - le preguntó Shía a medio camino entre el miedo y la curiosidad. Y el desconocido, agarrando bien un saco uniforme, respondió.
- Soy un ladrón, niña. Peor no sé quién es él. Así que si no te importa, me voy. No quiero que me atrapen.
Dicho y hecho, se esfumó antes de que la doncella pudiera si quiera pensar en la mera posibilidad de considerar haber gritado. Y en cuanto el ladrón ya debía estar a medio camino de Zarpapiedra, a juzgar por la celeridad con la que se había esfumado, llegó ser Gared al frente de sus Guardias.
- Shía! Qué haces aquí? Y cómo coño has derribado al Carnicero?
- No fui yo. Alguien abrió la puerta y él chocó. Cómo es que lo dejásteis entrar!? - Se había puesto histérica en cuanto recobró el sentido del tiempo y la realidad - El hijoputa casi me mata!
- Llevaba una máscara tan perfecta que creemos, es cosa de magia - dijo con aire marcial mientras sus hombres ataban al criminal - De no ser porque se le desgarró en algún momento, jamás habríamos sospechado de nuestro nuevo pinche. Puedes decirnos quién abrió la puerta?
- Pues… - iba a decirlo, quería decirlo, pero…- pues… - no, no podía ser… - pues… - Dioses, era imposible! Si lo acababa de presenciar! Pero.. - no… no lo recuerdo.
Cleptómano corría como si todo el infierno lo persiguiera. Otra vez estaba en la boca del lobo. Y ésta era inmensamente grande. Al menos, ahora tenía botín. Después de Puente Plata, necesitaba el dinero urgente. O cualquier otra cosa. Sabía que Colina Férrea era complicado, pero tenía que hacerlo. Unas monedas, comida, ropa, algo, o no llegaría con vida ni a Zarpapiedra.
Así que a ello fue. El primer día, se perdió por el bosque y tardó casi todo el día en encontrar la puerta. Se fue a descansar y ayer había intentado colarse, pero esos Guardias de negro y amarillo, tan horteras, lo habían descubierto y puso pies en polvorosa. Hoy a la mañana, mientras pensaba en maneras de entrar, vio pasar un gran multitud de carros y señores, así que le fue muy fácil ocultarse y pasar ante las mismas narices del mismo Capitán, ese Guardia que al parecer le ponía nombre a los árboles como él se los ponía a las ratas de su sótano cuando era pequeño y no le compraban una mascota. Al entrar, se enteró de que había boda, circunstancia que aprovechó en su favor. Consiguió comida, abalorios, joyas , algún arma… a la vez que perdió la noción del tiempo y el espacio. Era un lugar condenadamente grande. Comenzó a ir al azar al tiempo que oía un gran movimiento en el castillo. Se asustó pensando que iban a por él y corrió, buscando la salida. Fue entonces cuando abrió la puerta y dejó inconsciente al Carnicero. Lo había reconocido y se había apenado, ya no podría hacerse pasar por él. Pero al ver que había testigos, huyó. Confiaba en que los Guardias llegasen cuando la chica olvidase su rostro, si no, estaba perdido. Mas ahora, a la vista de que el ajetreo y los Guardias diminuían, se relajó, pues ya no debían buscarlo.
Calmado, buscó la salida del castillo, y de ahí, unas horas después, la de un muro que no parecía acabar nunca. Encontró una pequeñísima puerta que daba hacia el sur y salió por ella sin que nadie se diese cuenta, con su botín intacto.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Cleptómano IV
Lord Jeffry Bik se hallaba reunido con el capitán púrpura de su castillo además de con varios banderizos suyos. Eran señores menores, tanto que algunos tenían blasón de milagro. Es más, a Lord Bik apenas se le conocía más allá de sus tierras, y no precisamente por su riqueza o coraje: su linaje llevaba más de 800 años en guerra con el castillo de Sand, al otro lado del río, todo por una herencia mal repartida. El señor del río, Bik de pura cepa, padre de dos hijos mellizos, murió sin aclarar la herencia. Al principio, sus descendientes habían combatido con palabras y cortesías, pero con el paso de los años, los cambiaron por espadas, escudos y armaduras, siempre por un trozo de tierra al este de Sand o un bosque al norte de Fortaleza Bik. Una rama, su rama, casi había acabado con la otra, pero la única superviviente escapó a tiempo y se desposó con un Sand del Delta Negro, continuando la guerra 300 años más. Pero ésta pronto acabaría. Dentro de unos días, cuando diera la orden. O quizá antes, si lo provocaban mucho.
- Cállate, Erbyll! Tu caballería es inútil aquí - dijo uno de los señores menores, tan menor que necesitaba un cojín para estar a la altura del resto.
- Oh, déjame en paz, Cuatropalmos - Respondió el aludido - Todos sabemos que en cuanto la batalla empiece, correrás bajo las faldas de tu señora esposa.
La mirada de odio del pequeño señor parecía querer asfixiar lenta y cruelmente a Lord Erbyll, pero Jeffry se interpuso entre ambos.
- De seguir así, los Sand nos destruirán. Unidos, el plan funcionará. Y el Puente de Plata junto con todas sus tierras será al fin de su legítimo dueño.
- Lord Bik, el esplendor de vuestra casa hace tiempo que se apagó - replicó un hombre calvo y con bigote, el señor de Trespinos - En serio creeis que esta locura dará resultado?
- Lo hará, mi señor - intervino el Guardia púrpura, grande, ancho y de rostro bovino - Hemos estudiado planos del Castillo, y hombres leales están infiltrados dentro esperando nuestra señal. El final es definitivo esta vez.
El señor de la Fortaleza asintió. 800 años de refriegas, escaramuzas y batallas de todo tipo (habían llegado a unirse a bandos contrarios en guerras anteriores), tocarían a su fin.. Ordenó silencio, pues sus banderizos comenzaban a discutir sobre su idea y se pusieron a repasar el plan.
En medio de una objeción de Erbyll, tal como era su costumbre, un olor nauseabundo los asaltó por sorpresa. Unos arrugaron la nariz, la mayoría tuvieron arcadas y el refinado y elegante ser Gerry vomitó hasta su primera leche. Al abrirse la puerta, un Guardia traía consigo la fuente del olor: un hombre menudo, de rostro corriente y ropa lleno de estiércol.
- Lo hemos encontrado en la cocina, comiendo -. El capa púrpura era guapo y rubio, el clásico caballero de las canciones. O lo sería de tener algo de cerebro - Dice que sólo venía a robaros, mi señor. Pero encontramos este pergamino.
- Mi señor, yo…- quiso decir el hombre, pero una bofetada bien dada por su captor lo tumbó en el suelo. Y no volvió a abrir la boca.
- Con que Sand, eh? - dijo mientras leía la misiva. Su satisfacción era evidente - Una sorpresa que acabará con nosotros… que rinda la Fortaleza… entregar tierras… perdón blablabla. - hizo una pelota con la carta y la tiró por la ventana- Basura. Mis banderizos y amigos leales, ha llegado la hora. Capitán, dad las órdenes. Señores, reunid a vuestros vasallos. Y tú - dijo mirando hacia el capa púrpura - Llévate a ese hombre a las mazmorras. Cuando ganemos, ya nos encargaremos de él. - El Guardia asintió, cogió por el hombro al prisionero y se fue con celeridad - Bien. Ha llegado la hora.
Y así fue como Cleptómano acabó con sus huesos en un mazmorra luego de provocar una guerra.
Estando Lord Bik cavilando sobre el fin de la guerra y reunido con sus partidarios, un joven vasallo de Lord Jörg Dand, Dumnas se encaminaba a lomos de una pequeña mula al otro lado del río, hacia la Fortaleza. Su señor, el legítimo dueño del Puente y sus tierras le había encomendado hacer de emisario entre ambas edificaciones, y él estaba encantado de servir a su señor.
Su labor estaba clara: llevar la carta firmada y sellada por su señor a Lord Bik. Sin duda, éste se rendiría, o como mucho, escribiría varias misivas, haciendo correr ríos de tinta hasta que Lord Sand se enfadase y usando su plan secreto contra ese intento de usurpador. Y es que todo el mundo sabía que el padre de los mellizos era un Sand, claro, y que los Bik pertenecen a otra rama, claro. 800 años ciegos, pero ahora por fin los pondrían en su sitio. Pero tendría que cumplir con su misión.
Y cuando estaba a escasa distancia de las murallas de la Fortaleza, el mundo se sumió en sombras.
Cleptómano estaba tratando de quitarse el olor a estiércol de la ropa. Habría podido comprarse otra, pero el carro en el que viajaba se había ido sin él cuando se había alejado para mear en una parada de su transporte. No obstante, al volver, el la mierda y su botín habían desaparecido sobre las ruedas que lo transportaban, así que caminó hasta encontrar el Río de Plata y su puente.
Mientras se bañaba, escuchó un repiqueteo de pezuñas sobre el puente, y vio a un joven cruzando, contento. Corrió a esconderse en unos matorrales cercanos a la puerta, en una curva del camino: nadie vería el asalto. Necesitaba dinero, por poco que fuera. Quería pasar al otro lado, pero para ello tendría que pagar, y por duplicado. Los señores de las edificaciones a ambos lados del río exigían sus impuestos. Los muy imbéciles peleaban por cada palmo de tierra, aunque fuera insignificante; su absurda lucha era conocida en todo el continente y en la mayor parte de los otros. Cualquiera les decía que se enfrentaban por culpa de un error del mayordomo: al no hablar éste la lengua común, no supo cómo decir que el testamento estaba debajo del colchón del fundador de la casa, que ni era Sand ni Bik, sino que era un Marealta. Ahora el testamento estaría podrido, y las heridas, igual de abiertas.
En cuanto el joven se puso a su altura, rápido como un rayo, lo dejó inconsciente con un golpe seco con la empuñadura de su daga y lo arrastró hasta la maleza. No halló moneda alguna, pero si una carta. Se la guardó, creyendo que sería útil.
Desesperado `por conseguir dinero, decidió a entrar en Fortaleza Bik, toda hecha en losa azul. Sigilosamente, rodeó los juros y los saltó fácilmente, pues la losa había dejado huecos bien estables. Dentro, encontró una puerta abierta, pasó y se encontró de bruces con una cocina solitaria. No comía desde hacía un par de días, cuando armó toda esa gresca en Jardín de Dioses. Así que decidió ponerse manos a la obra.
Llevaba ya una buena comilona cuando un golpe lo dejó bien sentado y quieto; una buena hostia de un Guardia púrpura. Se levantó, como puedo, pero el soldado lo inmovilizó y empezó registrar de arriba abajo. Encontró la carta y diligentemente, lo llevó ante su señor. Y de aquella entrevista, acabó en la cárcel.
Ahora estaba encerrado en una oscura mazmorra, con poco más que una antorcha para la noche y un ventanuco por el que entraba escasa luz. Y en su conciencia resonaba la cantinela: “Voy a provocar una sangrienta y cruel guerra”. No es que le importara mucho, pero no le hacía mucha gracia morir como víctima de una guerra absurda. Así que mejor intentar pararlo de alguna manera.
- Eh! Eh! EH! ALGUACIL! - gritó con toda sus fuerzas. El alguacil apareció, encorvado, macilento y gruñendo. Pero la cara de sorpresa al ver a un hombre desnudo que, habría jurado, jamás había pisado las mazmorras fue más que evidente.
- Mozo, qué haces ahí? - preguntó con desganada confusión.
- El hombre al que habíais encerrado aquí a escapado. Era un brujo - Siempre funcionaba. Siempre.
- Pero qué cojones!? Ahora mismo te llevo ante mi señor - Le abrió la puerta, le dio una túnica y fueron a ver a Lord Bik, que estaba ultimando detalles de su plan.
- Mi señor, traigo aquí a un mozo que requiere de vuestro oído.
- Ahora no, estaba muy ocupado - lo dijo sin levantar si quiera la vista del mapa.
- Mi señor - dijo Cleptómano - El hombre al que hace un momento encerrasteis en las mazmorras era un brujo. Con malas artes os ha engañado y me ha puesto a mi en su lugar.
- Que tonterías decís? - Seguía sin levantar la vista.
- Pues miradme si no me me creeis. - Alzó la cabeza y su cara cambió de confusión a entendimiento y furia.
- Ese maldito Jörg me ha insultado! No sólo pretende que renuncie a mi legítimo derecho de posesión, si no que encima me engaña y me hace quedar en ridículo! Ser Gerry, haced el favor de coger a unos cuantos de vuestros hombres y de los míos y plantarle el desafió en la cara a Lord Sand. Quieor que no le de tiempo a reaccionar!
- Disculpad señor - Cleptómano fingió humildad y sometimiento - Pero yo conozco la brujo, puedo evitar sus malas artes. Yo llevaré el mensaje.
- Tenéis razón, joven - Garabateó unas líneas en un pergamino - Llevad esto al Castillo. Y no volváis sin una respuesta. Y si en una hora no habéis vuelto, que los Dioses lo protejan.
Con esta amenaza, partió Cleptómano solo, a lomos de un caballo y con los testículos en la garganta, deseando que todo saliera bien.
Pasó sin problemas por ambas aduanas; en la otra orilla del río le habían dicho que esperaban un emisario. Lo condujeron hasta Sand, un hombre adusto y cuadriculado, mal encarado y de pelo ralo.
- Dónde está mi vasallo? - Fue lo primero que dijo. Directo, sin cortesías.
- No lo sé - Cleptómano intentó parecer lo más digno posible - Sólo que me han mandado a mí para llevar esta oferta - Le tendió el pergamino.
- Pardiez, menuda ofensa!- dijo al leer la carta. Nadie hubiera dicho que estuviera molesta, ni siquiera que hubiera exclamado. - Consejero, reunid a todos mis hombres y apostadlos en nuestro lado del Puente. Esto es la guerra abierta. Y vos, mensajero… prendedlo.
Sin darse cuenta, el ladrón estaba atado, caminando al ritmo de los tirones que un soldado púrpura le propinaba. Lo dejaron de pie en la puerta del Castillo, viendo cómo desfilaban las tropas de Lord Sand. El idiota ni siquiera había reflexionado, debía tener unas ganas increíbles de morir. Aunque igual su plan daba resultado. O igual sólo eran bravatas y todo quedaba en nada. Sólo sabía que él había intentado de buena voluntad hacer de intermediario y había fracasado. Habría guerra, y probablemente muriera.
Acabado el desfile, Lord Sand, flanqueado por vario Guardias lo llevó a rastras. Cabe decir que Lord Sand estuvo junto a él todo el tiempo que duró le desfile de tropas, por lo que no podía escapar. Así que se dejó llevar hasta el puente.
Todos los hombres de ambos bandos estaban desplegados. “Vaya, Lord Bik no es tonto”, pensó. Había desplegado sus tropas en un tiempo récord. Claro que ya las tenía listas de antemano, se recordó.
El primero en hablar fue Sand.
- Qué habéis hecho con mi vasallo? Y porqué me mandáis a este hombre en su lugar?
- Dejad de hacer demagogia. Vos me mandasteis primero al brujo. Y a ese hombre no lo conozco de nada. - Cleptómano no podía creer la mala suerte que tenía - Así que supongo que será el brujo.
- Yo no os mandé ningún brujo, pero sea como decís. Juráis entonces no haber visto jamás a este hombre.
- Por todos los Dioses que existen no lo había visto - Ambos señores le lanzaron una mirada interrogativa, pero siguieron hablando -Entonces, admitís vuestras fechorías y os inclináis ante vuestro señor legítimo - Aquello fue más de lo que Jörg pudo soportar. Su cara, que al principio revelaba no creer a su enemigo, ahora estaba llena de rabia por la afrenta.
- Vos? No, mi señor, yo soy vuestro señor legítimo. Arrodillaos ante mí.
- Jamás! - El rostro de Jeffry era de un rojo intenso - Os lo digo por última vez. Rendíos, o usaré mi as en la manga.
- No os tengo miedo, yo también tengo uno. Haced lo que os plazca pues. Pero tened en cuenta que no me inclino ante nadie, y menos ante un usurpador como vos.
Entonces, lord Sand levanto la mano derecha junto con los dedos índice y anular estirados, mientras que Bik hizo un gesto similar: brazo en alto, pero con el pulgar y el índice. Los bajaron a la vez, de espaldas un del otro, pero enfrente de su ejército, a la voz de “Adelante!”. Sonaron dos cuernos, con notas disonantes. Luego silencio. Ambos señores se miraban con tensión contenida. Cleptómano estaba desesperado, enseguida se desataría la batalla y moriría pisado por un caballo.
De repente, un sonido estremecedor comenzó a oírse, primero en una orilla, muy tenue. Luego en la otra, igual. Progresivamente, fueron aumentando. Y anonadados, vieron un espectáculo inesperado: ambos castillos avocaban al derrumbe. Con la boca abierta, todos los hombres ahí presentes contemplaron, impotentes, como las fortificaciones que iban a defender con su vida, tal como hicieran sus antepasados desde hacía 800 años, se caían piedra a piedra, con un inmenso estrépito. La inmensa polvareda que levantó permitió a Cleptómano quitarse sus ataduras (años de práctica) y correr entre la confusión. Con que esa la estrategia, eh? Mandar vasallos leales al castillo contrario para debilitar las bases y en cuanto se diese la orden, dejar pasar a soldados infiltrados para que derribasen los pilares. Al final, todo había salido mejor de lo que esperaba.
Cuando estuvo a una distancia prudencial, esperó a que se levantara la polvareda y vio una montaña de armas en el suelo, algunos caballeros y soldados rezagadas yéndose y los dos señores gritando que volviesen con ellos y acabasen con el enemigo. Entre risas, y con una brisilla acariciándole sus partes blandas, pues sólo tenía una sencilla túnica, Cleptómano dio media vuelta y siguió su camino.
- Cállate, Erbyll! Tu caballería es inútil aquí - dijo uno de los señores menores, tan menor que necesitaba un cojín para estar a la altura del resto.
- Oh, déjame en paz, Cuatropalmos - Respondió el aludido - Todos sabemos que en cuanto la batalla empiece, correrás bajo las faldas de tu señora esposa.
La mirada de odio del pequeño señor parecía querer asfixiar lenta y cruelmente a Lord Erbyll, pero Jeffry se interpuso entre ambos.
- De seguir así, los Sand nos destruirán. Unidos, el plan funcionará. Y el Puente de Plata junto con todas sus tierras será al fin de su legítimo dueño.
- Lord Bik, el esplendor de vuestra casa hace tiempo que se apagó - replicó un hombre calvo y con bigote, el señor de Trespinos - En serio creeis que esta locura dará resultado?
- Lo hará, mi señor - intervino el Guardia púrpura, grande, ancho y de rostro bovino - Hemos estudiado planos del Castillo, y hombres leales están infiltrados dentro esperando nuestra señal. El final es definitivo esta vez.
El señor de la Fortaleza asintió. 800 años de refriegas, escaramuzas y batallas de todo tipo (habían llegado a unirse a bandos contrarios en guerras anteriores), tocarían a su fin.. Ordenó silencio, pues sus banderizos comenzaban a discutir sobre su idea y se pusieron a repasar el plan.
En medio de una objeción de Erbyll, tal como era su costumbre, un olor nauseabundo los asaltó por sorpresa. Unos arrugaron la nariz, la mayoría tuvieron arcadas y el refinado y elegante ser Gerry vomitó hasta su primera leche. Al abrirse la puerta, un Guardia traía consigo la fuente del olor: un hombre menudo, de rostro corriente y ropa lleno de estiércol.
- Lo hemos encontrado en la cocina, comiendo -. El capa púrpura era guapo y rubio, el clásico caballero de las canciones. O lo sería de tener algo de cerebro - Dice que sólo venía a robaros, mi señor. Pero encontramos este pergamino.
- Mi señor, yo…- quiso decir el hombre, pero una bofetada bien dada por su captor lo tumbó en el suelo. Y no volvió a abrir la boca.
- Con que Sand, eh? - dijo mientras leía la misiva. Su satisfacción era evidente - Una sorpresa que acabará con nosotros… que rinda la Fortaleza… entregar tierras… perdón blablabla. - hizo una pelota con la carta y la tiró por la ventana- Basura. Mis banderizos y amigos leales, ha llegado la hora. Capitán, dad las órdenes. Señores, reunid a vuestros vasallos. Y tú - dijo mirando hacia el capa púrpura - Llévate a ese hombre a las mazmorras. Cuando ganemos, ya nos encargaremos de él. - El Guardia asintió, cogió por el hombro al prisionero y se fue con celeridad - Bien. Ha llegado la hora.
Y así fue como Cleptómano acabó con sus huesos en un mazmorra luego de provocar una guerra.
Estando Lord Bik cavilando sobre el fin de la guerra y reunido con sus partidarios, un joven vasallo de Lord Jörg Dand, Dumnas se encaminaba a lomos de una pequeña mula al otro lado del río, hacia la Fortaleza. Su señor, el legítimo dueño del Puente y sus tierras le había encomendado hacer de emisario entre ambas edificaciones, y él estaba encantado de servir a su señor.
Su labor estaba clara: llevar la carta firmada y sellada por su señor a Lord Bik. Sin duda, éste se rendiría, o como mucho, escribiría varias misivas, haciendo correr ríos de tinta hasta que Lord Sand se enfadase y usando su plan secreto contra ese intento de usurpador. Y es que todo el mundo sabía que el padre de los mellizos era un Sand, claro, y que los Bik pertenecen a otra rama, claro. 800 años ciegos, pero ahora por fin los pondrían en su sitio. Pero tendría que cumplir con su misión.
Y cuando estaba a escasa distancia de las murallas de la Fortaleza, el mundo se sumió en sombras.
Cleptómano estaba tratando de quitarse el olor a estiércol de la ropa. Habría podido comprarse otra, pero el carro en el que viajaba se había ido sin él cuando se había alejado para mear en una parada de su transporte. No obstante, al volver, el la mierda y su botín habían desaparecido sobre las ruedas que lo transportaban, así que caminó hasta encontrar el Río de Plata y su puente.
Mientras se bañaba, escuchó un repiqueteo de pezuñas sobre el puente, y vio a un joven cruzando, contento. Corrió a esconderse en unos matorrales cercanos a la puerta, en una curva del camino: nadie vería el asalto. Necesitaba dinero, por poco que fuera. Quería pasar al otro lado, pero para ello tendría que pagar, y por duplicado. Los señores de las edificaciones a ambos lados del río exigían sus impuestos. Los muy imbéciles peleaban por cada palmo de tierra, aunque fuera insignificante; su absurda lucha era conocida en todo el continente y en la mayor parte de los otros. Cualquiera les decía que se enfrentaban por culpa de un error del mayordomo: al no hablar éste la lengua común, no supo cómo decir que el testamento estaba debajo del colchón del fundador de la casa, que ni era Sand ni Bik, sino que era un Marealta. Ahora el testamento estaría podrido, y las heridas, igual de abiertas.
En cuanto el joven se puso a su altura, rápido como un rayo, lo dejó inconsciente con un golpe seco con la empuñadura de su daga y lo arrastró hasta la maleza. No halló moneda alguna, pero si una carta. Se la guardó, creyendo que sería útil.
Desesperado `por conseguir dinero, decidió a entrar en Fortaleza Bik, toda hecha en losa azul. Sigilosamente, rodeó los juros y los saltó fácilmente, pues la losa había dejado huecos bien estables. Dentro, encontró una puerta abierta, pasó y se encontró de bruces con una cocina solitaria. No comía desde hacía un par de días, cuando armó toda esa gresca en Jardín de Dioses. Así que decidió ponerse manos a la obra.
Llevaba ya una buena comilona cuando un golpe lo dejó bien sentado y quieto; una buena hostia de un Guardia púrpura. Se levantó, como puedo, pero el soldado lo inmovilizó y empezó registrar de arriba abajo. Encontró la carta y diligentemente, lo llevó ante su señor. Y de aquella entrevista, acabó en la cárcel.
Ahora estaba encerrado en una oscura mazmorra, con poco más que una antorcha para la noche y un ventanuco por el que entraba escasa luz. Y en su conciencia resonaba la cantinela: “Voy a provocar una sangrienta y cruel guerra”. No es que le importara mucho, pero no le hacía mucha gracia morir como víctima de una guerra absurda. Así que mejor intentar pararlo de alguna manera.
- Eh! Eh! EH! ALGUACIL! - gritó con toda sus fuerzas. El alguacil apareció, encorvado, macilento y gruñendo. Pero la cara de sorpresa al ver a un hombre desnudo que, habría jurado, jamás había pisado las mazmorras fue más que evidente.
- Mozo, qué haces ahí? - preguntó con desganada confusión.
- El hombre al que habíais encerrado aquí a escapado. Era un brujo - Siempre funcionaba. Siempre.
- Pero qué cojones!? Ahora mismo te llevo ante mi señor - Le abrió la puerta, le dio una túnica y fueron a ver a Lord Bik, que estaba ultimando detalles de su plan.
- Mi señor, traigo aquí a un mozo que requiere de vuestro oído.
- Ahora no, estaba muy ocupado - lo dijo sin levantar si quiera la vista del mapa.
- Mi señor - dijo Cleptómano - El hombre al que hace un momento encerrasteis en las mazmorras era un brujo. Con malas artes os ha engañado y me ha puesto a mi en su lugar.
- Que tonterías decís? - Seguía sin levantar la vista.
- Pues miradme si no me me creeis. - Alzó la cabeza y su cara cambió de confusión a entendimiento y furia.
- Ese maldito Jörg me ha insultado! No sólo pretende que renuncie a mi legítimo derecho de posesión, si no que encima me engaña y me hace quedar en ridículo! Ser Gerry, haced el favor de coger a unos cuantos de vuestros hombres y de los míos y plantarle el desafió en la cara a Lord Sand. Quieor que no le de tiempo a reaccionar!
- Disculpad señor - Cleptómano fingió humildad y sometimiento - Pero yo conozco la brujo, puedo evitar sus malas artes. Yo llevaré el mensaje.
- Tenéis razón, joven - Garabateó unas líneas en un pergamino - Llevad esto al Castillo. Y no volváis sin una respuesta. Y si en una hora no habéis vuelto, que los Dioses lo protejan.
Con esta amenaza, partió Cleptómano solo, a lomos de un caballo y con los testículos en la garganta, deseando que todo saliera bien.
Pasó sin problemas por ambas aduanas; en la otra orilla del río le habían dicho que esperaban un emisario. Lo condujeron hasta Sand, un hombre adusto y cuadriculado, mal encarado y de pelo ralo.
- Dónde está mi vasallo? - Fue lo primero que dijo. Directo, sin cortesías.
- No lo sé - Cleptómano intentó parecer lo más digno posible - Sólo que me han mandado a mí para llevar esta oferta - Le tendió el pergamino.
- Pardiez, menuda ofensa!- dijo al leer la carta. Nadie hubiera dicho que estuviera molesta, ni siquiera que hubiera exclamado. - Consejero, reunid a todos mis hombres y apostadlos en nuestro lado del Puente. Esto es la guerra abierta. Y vos, mensajero… prendedlo.
Sin darse cuenta, el ladrón estaba atado, caminando al ritmo de los tirones que un soldado púrpura le propinaba. Lo dejaron de pie en la puerta del Castillo, viendo cómo desfilaban las tropas de Lord Sand. El idiota ni siquiera había reflexionado, debía tener unas ganas increíbles de morir. Aunque igual su plan daba resultado. O igual sólo eran bravatas y todo quedaba en nada. Sólo sabía que él había intentado de buena voluntad hacer de intermediario y había fracasado. Habría guerra, y probablemente muriera.
Acabado el desfile, Lord Sand, flanqueado por vario Guardias lo llevó a rastras. Cabe decir que Lord Sand estuvo junto a él todo el tiempo que duró le desfile de tropas, por lo que no podía escapar. Así que se dejó llevar hasta el puente.
Todos los hombres de ambos bandos estaban desplegados. “Vaya, Lord Bik no es tonto”, pensó. Había desplegado sus tropas en un tiempo récord. Claro que ya las tenía listas de antemano, se recordó.
El primero en hablar fue Sand.
- Qué habéis hecho con mi vasallo? Y porqué me mandáis a este hombre en su lugar?
- Dejad de hacer demagogia. Vos me mandasteis primero al brujo. Y a ese hombre no lo conozco de nada. - Cleptómano no podía creer la mala suerte que tenía - Así que supongo que será el brujo.
- Yo no os mandé ningún brujo, pero sea como decís. Juráis entonces no haber visto jamás a este hombre.
- Por todos los Dioses que existen no lo había visto - Ambos señores le lanzaron una mirada interrogativa, pero siguieron hablando -Entonces, admitís vuestras fechorías y os inclináis ante vuestro señor legítimo - Aquello fue más de lo que Jörg pudo soportar. Su cara, que al principio revelaba no creer a su enemigo, ahora estaba llena de rabia por la afrenta.
- Vos? No, mi señor, yo soy vuestro señor legítimo. Arrodillaos ante mí.
- Jamás! - El rostro de Jeffry era de un rojo intenso - Os lo digo por última vez. Rendíos, o usaré mi as en la manga.
- No os tengo miedo, yo también tengo uno. Haced lo que os plazca pues. Pero tened en cuenta que no me inclino ante nadie, y menos ante un usurpador como vos.
Entonces, lord Sand levanto la mano derecha junto con los dedos índice y anular estirados, mientras que Bik hizo un gesto similar: brazo en alto, pero con el pulgar y el índice. Los bajaron a la vez, de espaldas un del otro, pero enfrente de su ejército, a la voz de “Adelante!”. Sonaron dos cuernos, con notas disonantes. Luego silencio. Ambos señores se miraban con tensión contenida. Cleptómano estaba desesperado, enseguida se desataría la batalla y moriría pisado por un caballo.
De repente, un sonido estremecedor comenzó a oírse, primero en una orilla, muy tenue. Luego en la otra, igual. Progresivamente, fueron aumentando. Y anonadados, vieron un espectáculo inesperado: ambos castillos avocaban al derrumbe. Con la boca abierta, todos los hombres ahí presentes contemplaron, impotentes, como las fortificaciones que iban a defender con su vida, tal como hicieran sus antepasados desde hacía 800 años, se caían piedra a piedra, con un inmenso estrépito. La inmensa polvareda que levantó permitió a Cleptómano quitarse sus ataduras (años de práctica) y correr entre la confusión. Con que esa la estrategia, eh? Mandar vasallos leales al castillo contrario para debilitar las bases y en cuanto se diese la orden, dejar pasar a soldados infiltrados para que derribasen los pilares. Al final, todo había salido mejor de lo que esperaba.
Cuando estuvo a una distancia prudencial, esperó a que se levantara la polvareda y vio una montaña de armas en el suelo, algunos caballeros y soldados rezagadas yéndose y los dos señores gritando que volviesen con ellos y acabasen con el enemigo. Entre risas, y con una brisilla acariciándole sus partes blandas, pues sólo tenía una sencilla túnica, Cleptómano dio media vuelta y siguió su camino.
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