Sed bienvenidos

Sentaos si queréis. O permaneced de pie. Pero si queréis oír historias, mejor será que paguéis

domingo, 3 de febrero de 2013

Cleptómano XVI


           Después de un largo rato indeciso, escogió el conjunto que menos le disgustaba. “Estúpidos atrasados crucíes…”, pensó para sí. Odiaba tener que ponerse esa ropa tan anticuada. Las calzas le daban frío, el lino se sentía raro en la piel y la lana le picaba. Miles de años de historia para esto? En la mitad, los armindol habían conquistado medio mundo! Y gracias a que ellos habían llegado al Cruce. No quería ni pensar el esfuerzo que sería infiltrarse en la sociedad si ellos no hubieran intervenido en la historia.
Contempló el resultado y bufó. Ladeó el sombrero y maldijo la pluma rosa. Indignado, salió del vestidor a reunirse con sus compañeros.
- Eh, Fresno! Por qué no nos cantas “Las Bodas de Würlack”? – se burló su compañera. Para ella era fácil. Sólo tenía que ser una pequeña condesa de un condado perdido de la mano de Rau. Él era el trovador de la velada.
-  Muy graciosa, Marg… Muy graciosa… A ti me gustaría ver yo disfrazada como la farándula! Esto es indigno!
- Déjalo ya, Fresno – le recriminó Roble, su otro compañero – Si te han dado ese papel, es porque eres el único que sabe cantar. Tu papel es el más importante, y eres el único que sabe el plan al completo. No te basta con eso, que tienes que ser siempre el centro de atención?
- Diablos! Yo… quiero decir… - balbució – Claro que estoy honrado de ser el eje principal… pero… mi categoría…
- Deja de joder, Fresno! – le gritó Marg – Madura de una puta vez.
- Cuida ese lenguaje, Marg – le reprendió Roble – Esta misión es muy importante. Os quiero centrados, estamos? Podríamos cambiar radicalmente la situación de Armindol en el Cruce.
- Si – asintieron a la vez.
- Bien. La alfombra aguarda.
Salieron del edificio de piedra que les hacía de base de operaciones y subieron al anacrónico vehículo. Lo llamaban alfombra porque su diseñador le dio la forma rectangular de… bueno, de una alfombra. Incluso era de base ondulada, para dar más sensación de realismo, aunque aquellos picos y depresiones estaban estratégicamente colocados para ser asientos anatómicamente perfectos para que hasta 6 personas estuvieran cómodas en la alfombra. No tenía cristal ni ninguna otra cosa. Sólo era esa base ondulada. Claro que solo servía para desplazamientos cortos a no más de unos pocos cientos de metros de altura. Allí en el Cruce, tenía el doble propósito de aumentar la reputación de magos ante los trogloditas,  tal y como los llamaba Fresno.
Roble se sentó a la cabeza, y usó su pulsera para transmitirle las coordenadas a la alfombra. El rectángulo se elevó y se dirigió raudo a su destino, el brazo oeste del Mordisco, también el más grande. Justo donde se unía con el país, estaba el castillo de lord Ungold, abierto simpatizante de los armindol. Había invitado a todo aquél que merecía la pena invitar, y algunos a los que no, pero cuya relevancia política era crucial, todo según las órdenes de los misteriosos magos. “Bueno, de nuestro servicio de inteligencia, más bien”, matizó para sí Fresno. Ellos se encargarían de que todo fuera sobre ruedas.
Llegaron enseguida a la pared norte del castillo, una imponente construcción de piedra con adornos muy ostentosos de mármol, jade, rubíes y otras piedras igual de llamativas. Ganarse el favor armindol tenía sus recompensas también, monetarias principalmente. Sin embargo, el buen gusto nunca, nunca se les pegaba. Tenían la insaciable necesidad de demostrar su poder adquisitivo de la manera más vistosa posible. Paletos.
El saludo del propio lord Ungold lo sacó de su ensimismamiento.
            - Bienvenidos, amigos míos! Pasad y refrescaos! Lord Gumffried Ungold a vuestro…
- Déjate de ceremonias, crucí – Le cortó Roble – Muéstranos el terreno. Tenemos solamente quince minutos.
- Claro… como gustéis – accedió el lord un tanto confuso. Los armindol siempre eran buenos y educados con él, porqué ahora no?
Les mostró cada palmo del nada pequeño castillo, a toda prisa. No había tiempo que perder. Las cocinas, el comedor, el vestíbulo, el salón, cada habitación, los baños… hasta el corral de las gallinas. Y aún sobraron tres minutos.
Se distribuyeron cada uno en su puesto: Marg cogió un carruaje prestado del castillo y dando un rodeo, llegó a un camino del este para encontrarse con algunos otros nobles. Roble se fue a las cocinas a servir de camarero. Y Fresno se fue a la sala de invitados, a coger un laúd para prepararse. Con las fichas puestas en su sitio, la fiesta podía empezar.

Apenas se escuchaba la música entre tanto barullo. Los “pásame esto” o “alcánzame aquello” ahogaban los esmerados acordes que Fresno se afanaba por sacar del viejo laúd. Llamarlo viejo era un eufemismo, tenía más años que los cojones de Rau. Tres horas y diecisiete platos después, pudo retirarse, afónico y hambriento.
Lo llevaron a las cocinas, donde comió las sobras de todos los platos, y algunas nuevas que iban llegando. El postre y final de la comida apareció con las primeras estrellas. Fresno estaba nervioso. Su papel estaba a punto de comenzar.
En realidad, era el único que tenía un papel; Marg y Fresno estaban como apoyo, y ver un poco qué pescaban. Él era el importante. Aprovecharía el amor por las artes de lady Edmer para darle un concierto privado… y dejarla seca. Simularían un asesinato por unos saqueadores y la principal oposición a la presencia de tropas armindolienses (de verdad los crucíes los llamaban así? Qué nombre más horrible!). Gracias a eso, podrían pasar sin sospechas al Norte. Quizá hasta salvar la civilización.
Se obligó a borrar esa sonrisa de triunfo. Aún no había nada claro. Respiró hondo y fue al encuentro de su objetivo.
- Lady Edmer – saludó Fresno con una reverencia exagerada – Robin Docecuerdas a vuestro servicio.
- Con vos quería yo hablar! – Se entusiasmó – Una delicia de interpretación nos disteis. Tenéis la voz más dulce y los dedos más hábiles del Cruce y parte de las Islas.
- Me sobreestimáis, mi señora. No merecería ni estar en este banquete, de no ser porque soy amigo personal del señor del castillo – arrastrase cual lombriz se le daba de fábula.
- Oh, tonterías! Sois demasiado indulgente con vos mismo. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a nadie tan bueno.
- Ahora sois vos la que es indulgente, mi señora.
- Tonterías! Si algo me caracteriza, es la sinceridad.
- Y vuestra belleza sin parangón, sin duda – “Siempre y cuando el culo de un mandril sea considerado bello”, pensó para sí.
- Ya veo que también es ducho en el arte de la adulación – Se sonrojó
- Soy ducho en muchas artes, mi señora – respondió con sonrisa pícara. Le devolvió la sonrisa. Esa troglodita ya estaba en el ajo.
- Podría pediros un favor, Robin?
- Lo que gustéis, mi señora – Otra reverencia.
- Dentro de un mes, doy yo mi propia fiesta, y no tengo músicos. Podría tocarme algo en privado, de ese repertorio que no ha podido interpretar hoy? Para ver si es adecuado…
- Faltaría más, mi señora. Acompáñeme a mi cuarto.
Ya podía saborear las mieles de la victoria! Por el camino, Edmer no paraba de hablar, en parte para justificarse el ir a un cuarto sola con desconocido. Crucíes y su sentido de la honra; nunca los entendería.
Entraron en el cuarto, un cuchitril donde apenas cabían 4 personas de pie. Le ofreció la única silla – taburete más bien – y él se sentó en la cama – tabla con sábanas, más bien. Lentamente, templó el laúd. Al terminar, rasgueó un acorde de prueba. Satisfecho, comenzó a entonar “Tres pájaros en una rama”, canción picante donde las hubiere. A mitad de la canción, cuando ella ya estaba extasiada con la música, aprovechó que tenía libre la mano izquierda, para meter la mano ene l bolsillo y lanzar una pequeña daga a su oyente. Lo que a continuación pasó lo dejó paralizado.
Como un relámpago, lady Edmer cogió al vuelo la daga, la tiró al suelo, saltó hacia Fresno y lo tumbó en la tabla de dormir, inmovilizándolo, todo en lo que dura un suspiro.
Estuvieron un buen rato forcejeando. La muy puta tenía una fuerza de mil demonios. De repente, escuchó un crujido. La puerta se vino abajo y tres crucíes más entraron. Un golpe seco en la cabeza lo dejó todo oscuro.
- Creíais que los únicos con espías erais vosotros, eh? – dijo uno de los recién llegados, el más bajo.
- A quién le hablas? – preguntó, en un tono más gutural, el alto de ellos.
- Al espía –contestó el primero.
- Pero si no te oye… – observó, muy agudamente, el segundo.
- Ya lo sé!
- Entonces, por qué…?
- Oh, déjalo! Sólo cárgatelo al hombro. Tengo grandes planes para el – comentó el primero, con una sonrisa maléfica.
- Cómo cuáles? - Intervino el tercero, que estaba ansioso por participar.
- Ya lo verás… Ya lo verás… - Insinuó. Se hizo un gran silencio mientras salían de la habitación a los pasillos
- Y cuándo los veremos? – Preguntó el segundo – No me dejes en vilo!
- Cuando lleguemos! Hasta entonces te aguantas! – Reprendió el primero.
Con paso indignado el primero, y más triste el segundo, salieron del castillo hacia el bosque. El tercero y la chica cerraban el paso, atentos a cualquier incidencia.

Algo le estaba hablando, pero no sabía ni qué ni en qué idioma. Abrió los ojos, muy despacio, Formas borrosas se dirigían hacia él. Trató de alejar, pero estaba atado. Entonces, todo comenzó a definirse. Un tipo bajito, de ojos azules y pelirrojo, lo amenazaba. Que si tus compañeros están muertos, que si no tienes escapatoria, revélanos tus planes y seremos benévolos… La misma mierda de siempre. Ya había estado en situaciones así, y ni todas las huestes de Rau habían impedido que escapase. Esta vez no sería distinto.
Más atrás, estaba el marimacho que se hacía pasar por lady Edmer, la que, sospechaba, estaba segura en su hogar, oponiéndose felizmente a los ejércitos armindol haciendo todo lo que políticamente estaba en su mano. A su izquierda, otro tipo delgado, algo más alto que el primero y con los huesos contables a simple vista. Al fondo de todo, pegado a la puerta, un tercero mascaba algo mientras una babilla translúcida le bajaba por la papada. Era calvo y le sacaba una cabeza a la puerta. Y dos cuerpos.
Quiso hacer una rápida inspección del cuarto, pero en cuanto desvió un poco la mirada, recibió un porrazo al grito de “mírame”. Bueno, si eso quería… aunque no había mucho que mirar. En una breve mirada ya estaba todo visto. Se lo hizo saber. Y recibió otro porrazo
- Te crees muy gracioso, eh, capullo? Sigue así y no durarás mucho. Habla! – exclamó, lleno de ira, recibiendo otro porrazo.
Magnífico, un tipo impaciente. Enseguida se hartaría. Sólo había que esperar. Y provocarlo sutilmente.
- De qué quieres que hable? Del tiempo? De las costumbres reproductivas del bonobo? – Y otro porrazo. Y otro. Y otro. Y otro de regalo. Resoplando, el hombrecillo dijo
- Lo siento, me he pasado un poco… No debería pegar a un débil mental como tú. Porque como no entiendes lo que te pido…
- Si, gracias, había entendido porqué me insultabas. Pero es que te has equivocado. Yo soy humorista, no espía – Porrazo va.
-A mí no me torees, amindoliense de mierda! Sabemos que tú eres el cerebro de la operación! Habla y de verdad que todo quedará aquí. Te protegeremos de tu gobierno, te daremos cobijo. Cállate y sólo te daremos la muerte. – Estaba tan cerca de su cara que le podía oler el aliento. Olía a sardinas con cebolla.
- Eres el tipo más ingenioso que me ha amenazado nunca. Y me han amenazado escritores de obras subversivas - Porrazo viene – No te gustan las artes, eh? – Puñetazo. La variedad siempre es bienvenida.
- Bueno – dijo algo más calmado – Parece que no quieres hablar. Veremos si el hambre y la sed te sueltan la lengua. Börg! – llamó a la mole apoyada en la puerta – Vigílalo.
- Sí, Grandal – contestó con una voz tan pesada como él.
Rau le sonreía al fin. Una oportunidad pintiparada para escapar.
Con pasos lentos y oscilantes, Börg cogió una silla y se sentó enfrente de él. El mueble crujió bajo su peso. Se puso a mirarlo fijamente, sin pestañear si quiera
- Tanto me tienes que mirar? – preguntó Fresno.
- Me han pedido que te vigilara. Así evito que te escapes – dijo en tono de convicción absoluta.
- Ah – Puso los ojos en blanco. Esto iba a ser un suplicio. Ahora si miró a su alrededor. Era una cabaña pequeña. Una casa unifamiliar reconvertida en cámara de torturas. De las cuatro paredes del cuarto colgaban múltiples instrumentos de hierro con bordes punzantes, ninguno muy esperanzador. Había tenido suerte, su aspecto frágil había hecho que lo subestimaran. De abajo llegaban risas. Debían de estar bebiendo o algo. Mejor, más fácil para salir.
- No os han dicho nunca que sois geniales decorando, Börg? – ironizó
- No. Muchas gracias – contestó el gigante con una sonrisa de complacencia.
- De nada hombre. Las buenas casas merecen buenos cumplidos – Ese grandullón estaba radiante de felicidad. Qué simple era. – Por cierto, que no me he presentado. Me llamo Fresno.
- Cómo el árbol?
- Exactamente igual que el árbol.
- Jo – Parecía decepcionado. Luego se calló un momento, para pensar – Yo pensaba que teníais nombre chulos, como Horacio o Virgilio o Teogástrico.
- Oh… eso… Si, fue una moda de la época de mis abuelos. Me parece increíble que aquí nos conozcáis por esos nombres.
- Je – Y fue todo lo que salió de la enorme boca de Börg. Se hizo un ominoso silencio, roto por risas  lejanas.
Al cabo de un rato de mirar la suelo, Fresno dijo:
- Bueno, ha sido un placer charlar contigo Börg. Eres un buen tipo – Börg sonrió – Pero ha llegado la hora de irme – Chocó su talón con la pata de la silla y un proyectil salió disparado al cuello de la mole. Murió sentado. Increíble que la gravedad no lo tumbara.
Se liberó con un pequeño y poco potente láser de muñeca. Con mucho cuidado, abrió la puerta y puntillas se dirigió a las escaleras de su izquierda. Las bajó sin ninguna prisa, procurando no hacer ruido, cosa que consiguió. La puerta de la cocina, de donde salían las risas, estaba cerrada. Agradeció a Rau todos sus golpes de suerte. Hasta que llegó a la puerta principal. Cerrada. Maldijo cada apéndice y miembro de Rau. Volvió arriba, otra vez sin prisas. Entró en los otros dos cuartos. Uno tenía el techo en ángulo y una ventana en él. Se abrió sin problemas. Pidió perdón a Rau por olvidar el dicho popular y salió.  Otro ágil salto y aterrizó en tierra. Ya estaba. Libre. Tocaba correr.

Corría zigzagueando entre la espesura de los bosques. A cada pestañeo, un roble cuatro veces más ancho que él aparecía delante, y tenía que desviarse. Varias veces hubo de detenerse para orientarse. Al este, siempre al este, hacia Gran Fauce. Allí estaría a salvo y podría informar de su delicada situación. Todo se resolvería en el este. Peor para ello no lo podía coger. Los crucíes se orientan mejor en los bosques que nadie, y son capaces de seguir rastros ínfimos. Su única esperanza era ser más rápido. Miró un segundo atrás, creyendo escuchar algo a sus espaldas. Al volver la vista hacia adelante, un inesperado obstáculo salió a su paso. Sin tiempo a virar, chocó de bruces, yéndose a desnucar contra una raíz cercana. Y no se levantó.

Cleptómano estaba tendido en el suelo, con las manos en su frente, quejándose de dolor. A quién coño se le ocurre ir corriendo por el bosque sin mirar hacia adelante? Trató de levantarse apoyando las manos en el suelo. Veía doble y todo le daba vueltas. Ese tipo tenía la cabeza más dura del Cruce y parte del extranjero. Cuando el mundo dejó de intentar tirarlo, se acercó a su agresor, para increparlo, tal y como sus años de experiencia le habían enseñado a hacerlo. Pero no se movía. Apenas respiraba, de hecho. Entró en pánico, claro. Nunca en su vida había matado nada. Si se había su niñez entrenando ratas!
- Eh! Está ahí! – Casi el explota la cabeza con ese grito. No sonaba como aquellos Capas que lo perseguían desde hacía un momento. Pero tampoco sonaba amigable – Eh! El tipo de la chaqueta negra! Deja en paz al fugitivo!
Tres personas se le acercaron: una bajita con el pelo rojo bien enredado, uno más alto y pelo corto y un marimacho que le apuntaba con un arco. Cleptómano se separó del supuesto cadáver, manos en alto, temblando.
- Yo no le he hecho nada, se lo juro! – explicó – Unos Capas me perseguían y choqué con este hombre, que no miraba hacia adelante y…
- Te persiguen los Capas? – inquirió el bajito – Mierda! Henne, baja el arco y cárgatelo a la espalda. Aún no está muerto, parece. Podemos aprovecharlo – Volviéndose a Cleptómano, que sigilosamente hacía mutis por el foro, dijo – Tú, no te escapes! – Le ordenó. Orden que se cumplió en el momento – Khart, coge el arco. Asegúrate de que nos sigue hasta la cabaña. Hemos de darnos prisa. Los Capas podrían aparecer pronto.
No aparecieron, a pesar de que Cleptómano no paró de rezar para que así fuera y tener una oportunidad de escapar. Suponía que ese era el mal menor. Un rato después, llegaron a una cabaña con encanto en medio del bosque. Sentaron a Cleptómano detrás de una mesa en la cocina. Delante le pusieron una jarra de hidromiel, fruta, cordero asado y fiambres.
- Come – dijo (ordenó) el bajito – Henne te vigilará para que no hagas nada raro. Hemos de hablar contigo cuando acabemos con éste.
Cleptómano comió con un nudo en la garganta. Un nudo enorme.
Muchas horas y gritos inhumanos más tarde, Khart y Grandal bajaron a la cocina… y no había nadie. Ningún rastro de violencia por ninguna parte. Simplemente, habían comido y se habían ido. Grandal iba a estallar de furia cuando se la puerta exterior se abrió.
- Grandal? Khart? Soy yo – se anunció Henne, que llevaba a Cleptómano delante de si, apuntándolo con su arco. – Se puso pálido y mareado con tanto grito, y lo saqué a fuera a que… echase fuera todo su malestar.
- Está bien,  está bien – dijo casi en un susurro el bajito líder. – Que se siente en la cocina. Quiero hablar con él.
Cleptómano se dejó conducir. Si tuviera algo que vomitar, vomitaría ahora. Pero su estómago estaba tan encogido que ahí ni cabía nada para expulsar. Trató, sin conseguirlo, calmarse. Estaba temblando cuando se sentó, tanto, que la silla chirriaba.
- Deja de temblar. No te haremos nada – le aseguró Grandal con una sonrisa bastante sincera. -  La Resistencia ha de darte las gracias por este día.
- Ah, sí? – Preguntó el ladrón incrédulo.
- Pues si, créelo. Ese tipo al que placaste – señaló hacia el piso de arriba – queriendo o no era una pieza muy importante en el plan de dominación armindol.
La cara de Cleptómano era una sopa de sudor y confusión. Esto provocó sospechas a Grandal. Detrás de él, los otros pusieron más a mano sus armas, por si acaso.
- No serás un partidario armindol, no? – Inquirió con gran desconfianza.
- Qué? No! – “Muy poco creíble, Clepto”, se dijo a sí mismo. “Y eso que es verdad. Esfuérzate o te linchan!” – Joder, si me perseguían los Capas! – gritó con desesperación.
- Podría ser un estratagema para que nos confiáramos – recriminó Khart con dureza. Con toda la dureza que puede imprimir una voz de pito – Así pillaron a la división del Valle. – Los otros dos asintieron con firmeza hacia él, y luego tres miradas se clavaron en un de nuevo tembloroso Cleptómano.
- Oh, por favor! – Hasta las palabras le temblaban – He sido compañero de Jensen Manosrápidas! No podéis hablar en serio!
- Entonces, eres un ladrón? – dedujo muy agudamente Henne. Y Cleptómano sintió que lo iban a desmembrar – Vienes a robarnos, es eso?
- NO! – chilló como un gorrino – intentaba robar algo de comida cuando cayeron sobre mí esos Capas. Por el amor de los Nueve, yo no os deseo mal alguno!
- No pronuncies el nombre de esos dioses apócrifos en estas paredes! – tronó Grandal, con su rostro a dos palmos de su interlocutor. Luego bruscamente se alejó, visiblemente calmado – Creo que vas a ser un civil ignorante, al final. Nadie clama con tanta sinceridad a los Nueve en presencia de la Resistencia. Bajad las armas, chicos – ordenó acompañado de un gesto conciliador.
Cleptómano sintió que los testículos empezaban a volver a su sitio. Eso le dio la valentía suficiente para preguntar:
- Porqué los Nueve son apócrifos? No son nuestra religión? – Los tres se volvieron hacia él, asombrados. Miradas de reojo y un suspiro de aceptación que salía de Khart.
- Te daré una acelerada lección de historia, como sea que te llames. Después te dejaremos, o bien unirte a nosotros, o irte sin consecuencias. Tú decides.
>> Al principio, Cruce se llamaba Khervushkarr, cuyo significado se ha perdido, pues es un idioma más antiguo que el propio Norte. Pero es su verdadero nombre, y así debería de ser, no ese Cruce, que a saber por qué nos lo pusieron.
>> En fin, que me desvío. En ese principio, aquí sólo había dos cosas: granjeros y guerreros. Magníficos ambos. Y así estuvimos durante miles de años, cultivando y luchando contra clanes rivales o invasores, tanto del Norte como de otros lares. Sin embargo, el imperio Armindol, temiendo una evolución por nuestra parte, decidió entrar en escena. De aquella, ellos ya eran los dueños de medio mundo. Y no porque sean magos, como habrás oído. No. Ellos tienen una tecnología fuera de los límites de toda nuestra imaginación.
- Tecmología? – Preguntó el ladrón.
- No. Tecnología – corrigió Grandal. Era buen líder, pero mal historiador – Los arcos y los arados, por ejemplo, son tecnología. Herramientas adecuadas para hacer trabajos. Las suyas son avanzadas. Cuesta imaginárselo, pero no necesitan fuego o fuerza animal. Funcionan solas. El cómo es un misterio.
- No lo entiendo – Su cara se había convertido en un interrogación.
- Ni nosotros – admitió Khart con su aguda voz rompecristales – Pero así es. Tenían miedo de que nosotros, con el tiempo, adquiriésemos ese nivel y los sometiésemos. Por intervinieron. Introdujeron la lectura y la escritura, para luego hacer saber que existían libros sobre religión e historias populares que nadie había oído jamás. Deformaron nuestra cultura y nuestro saber. Muchos se opusieron. Hubo batallas, pero ganaron, claro. Nombraron nobles y los casaron con armindol para tenerlos controlados. Poco a poco, hicieron esta sociedad estamentaria. Pusieron un rey títere, con una guardia fiel a ellos. Falsearon guerras para hacerse ver como los buenos. La Batalla de los Cien Acres no fue sino una pantomima, pero funcionó. Vaya sin funcionó. De repente, todas las mentiras comenzaron a arraigar. Menos algunos. Pero muchos de ellos fueron exterminados en el Sangretierra. Otra pantomima. Nos hicieron quedar como los malos. Los malos son ellos. Nos han oprimido durante cientos de años. Pero lo peor han sido los últimos sesenta. Y nosotros estamos dispuestos a ponerle fin de una vez por todas. Queremos que vuelva Khervushkarr.
- Queréis volver a la antigüedad? Por qué? – E inmediatamente, Cleptómano se dio cuenta de que había sido una mala idea.
- Qué por qué? – gritó Grandal, mientras caminaba a grandes zancadas de un lado a otro, moviendo furioso las manos. – Porque esa es nuestra cultura, no ésta! Ésta es la suya! Ni siquiera! Ésta es falsa! Que la usen para uno de sus libros de ficción! Nosotros queremos recuperar nuestra identidad!
- Pero… - vaciló, peor lo soltó. Desde su cicatriz, empezaba a envalentonarse cosa mala – A pesar de que esto no es nuestro, es un avance. Los armindol no han dado una dirección, y es buena. No sería mejor seguirla? No podemos ir al pasado, ni vivir de él. Sólo podemos seguir adelante. No deberíamos hacerles ver que su intento de reprimirnos ha sido un error? Que gracias a ello nos pusieron en camino hacia el futuro que tanto temen?
Tres miradas de odio y rabia lo taladraron, atravesaron, quemaron y convirtieron en cenizas lo poco que quedaba de su cadáver. Había dicho justo lo que no querían oír.
- Que por qué? – Grandal sonaba como una tormenta en plena mar. Los otros dos apretaban los puños sobre sus armas para no romper la cabaña -  Pues porque esto no es lo que somos! Es que no has escuchado! Gente como tú es la que hace que los armindol estén todavía en el poder!
- Pero… pero… - trató de razonar Cleptómano, en balde.
- Por culpa de gente como tú – siguió con el mismo volumen – seguimos avasallados y sin poder hacer nada! Es por gente como tú que Börg ha muerto! –La voz se le quebró, pero muy sutilmente. Sus compañeros lo notaron, no Cleptómano. Con la ira de ese momento, empujó al ladrón y lo tumbó en el suelo – Largo de aquí. Antes de que te asesine. Que sería mejor. Uno menos que impediría nuestra victoria! Pero no seré yo el predique con el ejemplo de que somos unos inmisericordes sin cerebro. Largo! Tenemos un prisionero al que sacar información! – La mayor parte de todo esto no lo escuchó, porque Cleptómano ya estaba varios metros fuera de la casa. Paró un momento para relajarse. Tardó dos días. Luego cambió de rumbo y se puso en dirección al Valle.
Volviendo a la cabaña, los tres se desquitaron con Fresno. Fue demasiado. Fresno murió y se quedaron sin saber el plan armindol. Sin embargo, lo importante era que lo habían evitado. Enviaron un cuervo con un mensaje a  la central de la Resistencia y emprendieron el viaje a sus casas.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Celptómano XV

                   Luego de muchos meses a la deriva, Cleptómano llegó sano y salvo al Cruce. Por el camino, se encontró con tortugas parlantes, genios malignos, tormentas y vendedores de seguros, pero eso os lo cuento otro día.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Cleptómano XIV


        Poco a poco iba saliendo el sol y las sombras se veían reducidas a meros jirones. Torres de metal y piedra se recortaban entre cielo, bosque y montaña. Todas las líneas y aristas se definieron a medida que amanecía. Una inmensa fortaleza, casi tan grande como la misma isla, dominaba el paisaje. Tan grande era que se divisaba a cientos de leguas mar adentro. Se hallaba en una comunión casi perfecta con su entorno: las murallas se elevaban allá dónde la montañas subían y no coartaban al bosque, que crecía dentro y fuera de ellas, adornadas con musgo y plantas trepadoras. La fortaleza hacía lo propio con la decoración arbórea, sin embargo, cada torre era alta como la más alta montaña, salvo la torre central, que lo era incluso más. Decían que desde ella, en días despejados, podían verse los altos edificios de Cienrrios, e incluso Gran Fauce. Exageraciones, por supuesto, tal como comprobó Riënna unos días después de comenzar su cautiverio. Al principio, pudo recorrer toda la fortaleza con la libertad de un pájaro. Se perdía a menudo. La torre principal comunicaba con varios pabellones más, 7 u 8 a su juicio, cada uno con su particular decoración y distribución. Había uno que daba a una cala usada como puerto.
Mas ahora estaba atrapada en la torre más alta de todas, gracias a las triquiñuelas de ese prestidigitador de pacotilla que se hacía llamar hechicero. Con suaves palabras la trajo a su guarida, y con palabras más fuertes, acabó por encerrarla en lo alto de todo. Al menos las vistas eran preciosas y la comida no escaseaba.
Cuánto tiempo había pasado? Años? Décadas? Todo una vida, a su juicio. Bien que le empezaba a escasear: hilaba los pensamientos… no los hilaba. Vagaba entre una cosa y otra sin darse cuenta de dónde estaba o cómo había llegado allí. Los recuerdos comenzaban a distorsionarse. Cuándo había conocido al mago? En Armindol. No, no, ella nunca había estado allí. Bueno, sí, una vez, con sus padres, en su niñez. No, sólo con su padre. Y no era tan niña. Tanto da, se había quedado patidifusa ante las maravillas del continente: Antorchas que no se apagaban nunca, carruajes sin caballos, arcos que herían sin flechas… hasta en su habitación tenía un espejo que proyectaba imágenes en movimiento. No sabía cuál era el conjuro que lo activaba, pero cuándo su captor la encendía, se pasaba horas embobada, viendo a otras gentes moverse y hablar, allí, en pequeño… Qué maravilla la magia!
Se tumbó en la mullida cama, boca arriba. El techo de su lecho consistía en un caleidoscopio de colores bailarines, que no paraban de moverse. Ahora que estaba encarcelada en la más alta torre, poco más podía hacer, salvo comer y dormir. Ojalá volviera pronto y le encendiera su espejo! Tardaría días. No sabía qué hacía o a dónde iba, pero desaparecía una temporada regularmente, y ella era el único ser viviente de la fortaleza. Mientras era libre lo había comprobado, no había nadie más. La comida seguía llegando, y en los cajones, había todos los días ropa limpia. El agua estaba caliente siempre. La habitación variaba su temperatura según la estación. Luego de dilatadas cavilaciones, había llegado a la conclusión de que el mago era algo más poderoso de lo que parecía.
Mas tampoco debiera de serlo mucho. Había necesitado toda la fuerza de sus palabras para que lo acompañara a aquélla isla perdida y solitaria. Le dijo que era su sol, su princesa, le hacía regalos. Mas ella lo rechazaba, era demasiado viejo. Sus padres, en cambio, tenían otros planes. Los armindolienses tienen gran poder. Por ser duques de una tierra baldía en el centro del Cruce, la habían vendido a… cómo se llamaba? Uno de esos nombres extraños, seguro! Aricoménides o Heuloportis o incluso Carímides. Tanto da. Se quedó dormida.
Al despertar, el olor de pollo frito con patatas y huevos revueltos. Lo bueno de esa dieta era que iba poco al baño. Cosa nada despreciable: aunque la magia de Seliópodo no dejase de funcionar, una nunca sabía hasta que punto un mago ha reparado en los detalles. Ellos chasquean un dedo y tienen fuego para asar sardinas, así que resulta normal que se olviden de poner agua ilimitada y bien limpia.
Comió con avidez. Después, fue a su balcón. Hacía un sol radiante, sin una sola nube, pero la costa del Cruce no se veía. Ni siquiera Cienrríos. A lo mejor era porque estaban en dirección contraria. No recordaba muy bien en qué dirección estaba nada. Tampoco estaba segura del tiempo que hacía cuando llegó. Solía recordarlo con sol, pero quizá lloviera. La ayudó a instalarse el la más alta torre y la paseó por la fortaleza. Ella intentaba evitarlo siempre que podía: frecuentaba los pabellones que él no, y ponía como excusa tales aventuras para llegar tarde a la cena. No le importaba, siempre se quedaba con ella, viéndola comer e intento iniciar alguna charla insulsa. Mucho tiempo estuvieron con esa rutina. Hasta él la intentó iniciar en la magia, pero a ella reimportaban bien poco la termodinámica o el aerodinamismo. Si esos eran los rudimentos para llamar al viento, prefería quedarse en tierra.
Volvió a entrar y paseó sin rumbo durante un rato. Creyó ver una mosca. Cómo conseguían llegar tan alto, siendo tan pequeñas? Los animales tenían su propia magia, sin duda. Continuó esa línea de pensamiento en el baño. Siendo mosca, para qué iba a ir a una torre tan alta. No lo necesitaba. Se contentaría con volar de aquí para allá, comiendo y zumbando bajo el cielo azul. Una vez, Dariómiges le dijo que las moscas sólo vivían un día. Qué vida tan corta como para desperdiciar de aquel modo! Mejor aprovechar y saborear frescas manzanas. No como ella, que ni mosca había podido ser! Sólo una pequeña e inocente niña. Y ni eso le quedaba ya. Un poco más, y ni sus recuerdos.
Sin pensarlo mucho realmente, se quitó la ropa nada más salir del baño y a medio camino del armario, se sentó en el suelo, mirando hacia una esquina en el techo. No había nada especial, sólo era una esquina, una confluencia entre paredes y techo. Pero, por una indescriptible cadena de pensamientos, que pasaban desde un rábano hasta el foso encantado de Lord Cenizagrís, le recordó a su amigo, Lusos “Relámpago” Epsein. Era muy rápido y una vez le regaló un peluche al que trataba como a un hijo. Lo pasaban muy bien brincando en el patio de su padre. Luego llegó el viejo, con su barba, sus ojos cansados y su afán de herederos y no lo volvió a ver. Mientras se preguntaba que había sido de él, otro pensamiento iba cobrando fuerzas detrás de ése. Tenía que vestirse. Acabó el recorrido hacia el armario, y cogió una blusa y una falda rosas (Qué remedio! No había otro!). Más que nada para tapar su cuerpo. No le gustaba verse desnuda.
Una música la rescató de su ensimismamiento con los colores. Era curiosa, no había nada que la tocase, pero sonaba. Siempre, a la misma hora. Tal era su poder que no necesitaba músicos, del aire surgían bellos acordes y armoniosas voces. Y eso que a veces parecía no ser más que otro prestigiador de ésos que estaban al pie del castillo de Gran Fauce. Como aquélla al encender el juego; el juego de manos que usó para ocultar la cerilla fue evidente. O la vez que quiso encamarla. La durmió con una droga. Cuando abrió los ojos estaba paralizada. Cerró los ojos, para no ver, y viajó con su mente, lejos, muy lejos. Se sintió sucia cuando el bajó. La cosa se repitió, pero sin drogas. Un tiempo más tarde, le gritó no sé cuantas cosas sobre los ovarios y demás supersticiones y allí la encerró. De vez en cuando, aún se pasaba, pero era cada vez menos a menudo y durante menos tiempo. A veces pensaba si no tendría a otras en otras torres. Se enfurecía, se sentía dolida, y rompía con todo. Al día siguiente, todo volvía estar en orden y se consolaba pensando que, aunque hubiera otras, ella era especial. Estaba en la más alta torre, al fin y al cabo. Prisionera, pero grande.
Volvió a salir al balcón. Comenzaba a enfriar. Acordarse de eso de aquella forma la dejaba siempre triste. Seca, la llamada Geomecódes. No entendía del todo, pero comenzaba a entender. Ni la sangre de la luna ni la cigüeña vendrían. Todo acabaría pronto si se tirase del balcón. Pero aquél viejo la quería, en el fondo. Si no, no la tendría en la torre, tan bien cuidada. En efecto, era forma peculiar de querer, pero cada uno tiene la suya. Igual que el gallardo Royice mataba dragones por su amada o el bufón Esberil la hacía sonreír. Cuentos que le contaba Lusos. Qué habría sido de Lusos? Le había regalado un peluche. Qué sería de aquél peluche? Pelosuave lo llamaba. O quizá Señor Suave? Dormía con él y lo hacía comer. No estaba en su equipaje cuando se fue a vivir a la isla con el viejo. Se tumbó en la cama y se adormiló entre sollozos y recuerdos de su juego de té con el jugaba a princesas.
Despertó. Sintió la humedad de la almohada en plena cara. Se preguntó dónde estaba y porqué su ayudante de cámara no estaba a sus pies poniéndola al corriente de todo lo que tendría que hacer en esa mañana. Poco a poco fue situándose. Qué dulces momentos previos al recuerdo! Cuándo sus padre no habían hecho esa fiesta para la nobleza, a dónde habían acudido todos los nobles y grandes caballeros. Recordaba a ser Lansloth contando historias con fingida humildad, y haber visto al mísmisimo rey del Cruce a pocos pasos de ella… o quizá había sido su secretario? No recordaba. Pero si recordaba la primera vez que el viejo Céfrides se fijo en ella. Porque había sido en esa fiesta, no? O en otra mucho más posterior? No era capaz de estar segura. Recordaba las palabras hacia ella, las charlas con sus padres, los regalos… y la isla, siempre la isla. Cómo quisiera ser una mosca!
La puerta se abrió detrás de ella. Al girarse pudo ver como una especie de tenazas, de esas como las que usaban los criados para echar troncos al fuego, le dejaban la comida, algo que el mago llamaba “pasta“, y comenzaba a cerrar la puerta. Riënna, rápida como el rayo, se abalanzó tan impetuosamente que consiguió agarrar la puerta antes de cerrarse completamente. Comenzó a tirar hacia ella. Quería escapar, ver a sus padres, a Lusos, a su osito, ser una mosca… le sonaba que la gente decía “un pájaro”, pero jamás había visto un pájaro por allí, así que tan libres no podrían ser. Un fuerte tirón la despertó de la ensoñación y haciendo acopio de fuerzas, ganó el terreno perdido. Un destello rojizo surgió por detrás de la puerta. Sin dejar de tirar, se asomó. Una horrible cara, sin expresión alguna, estaba al otro. Del susto, las fuerzas la abandonaron. Soltó la puerta. Volvía a estar encerrada.
Cenó sin ganas. No estaba siendo un buen día. Al menos, de día ya quedaba poco. Dormiría y mañana sería otro día. Quizá volviera el mago y le encendiera la tele o jugase con ella al ajedrez o algo. Quizá cambiase de opinión y podría volver a ser libre por el castillo. Una mosca recorriendo cada palmo del palacio. Como aquella vez que encontró una sala de juegos en uno de los pabellones. Carros sin caballo y caballos de juguete, castillos en miniatura y divertimientos que funcionaban solos. Incluso alguno emitía sonidos sin tener boca. Ser un mago tan ingenioso y poderoso tenía que ser magnífico.
Salió de nuevo al balcón. Hacía frío. Las estrellas casi habían salido y la luna se veía sin problemas. Más que nunca, quería esa música incorpórea que el mago sabía hacer sonar. Sentía gran nostalgia y algo de miedo por ese demonio de brazos de hierro que le traía la comida. Suponía que era inofensivo, un ser invocado del mismo infierno para servir a Geomincas, pero no era tranquilizador precisamente. Claro que ella tampoco había sabido darle alegrías. Su risa, otrora contagiosa, sólo hacía reír al eco. Estaba seca, y no podía hacer nada al respecto. Quizá su mago había ido a un remedio. Volverían los cumplidos, los regalos, la mosca, como al principio. Quizá le diese su oso. Echaba de menos a su oso. Ingenua que era ella! Ese prestidigitador de pacotilla estaría por ahí, con sus libros de palabras mágicas. “Blefarostomía”. “Res Pública”.  “Compilaciones”. Que le den a él y a todas sus palabras inútiles!
Entró furiosa. El único ser humano en la fortaleza jamás le había hecho caso. Que le jodan! Empezó a patear el mobiliario, a tirarlo, a romperlo. Manos y pies sangraban a chorro, pero no dolía. No más que el abandono, la desesperación, la soledad, el cortarle las raíces sin ninguna razón. Estaba agotada cuando acabó. El suelo y ella estaban llenas de astillas. Se durmió sin más.
Al despertar y mirar a su alrededor, estaba tumbada en un colchón comodísimo, con el desayuno y la comida en una mesilla al alcance de su mano y el mobiliario en perfecto estado. Todo era de metal.
Picó un poco del pan tostado y zumo caliente de lo que habría sido su desayuno y alguna almóndiga (o así las llamaba Herípiades). Lo dejó casi todo. Se fue al baño a ducharse, y cuando volvió a salir, los platos ya no estaban. El demonio se los habría llevado. Ya no le incomodaba el hecho de convivir con un demonio. Es más, nuevas dudas afloraban en ella: qué comería? De dónde vendría? Dormiría? Cómo sería su vida? Seguro que era mejor que la suya. Él al manos podría ir a su dimensión oscura y pasear entre los engendros y horrores infinitos que le deparaba su, suponía, querido hogar. Ella sólo podía soñar con moscas y espejos que hablaban.
Un susurro, un murmullo, algo humano se oyó, lejos, bien lejos. Riënna dio un brinco. Al fin! Su mago, su captor, su poderoso hechicero estaba de vuelta! Alguien con quién halar, con quién jugar! Le pondría la tele. Y quizá esta vez volvería a dormir con ella y todo se arreglaría para siempre. Sería otra vez pájaro… no, mosca, que llegan a todas partes! Rápidamente se vistió y se sentó, expectante, al borde su cama. El corazón le retumbaba por todo el cuerpo. Le brillaban los ojos. Jamás había estado tan emocionada en su vida. Se levantó y empezó a caminar de un lado para otro. Ya estaba mayor, pero tampoco podía tardar tanto en subir unas escaleras, no? Era mago, podía levitar, por los Nueve! Luego se arrepintió de la exclamación. No le gustaban los dioses. A ningún armindoliense le gustaban, o al menos, a los que conocía. A ella le habían dicho siempre que ellos habían traído la civilización, los dioses, la auténtica vida. Sus salvadores. Era cuanto menos contradictorio. No le había dicho  su tío algo de que no tenían libros o no que sé? Su padre le había dicho que pensar esas cosas era blasfemia y que su tío sería torturado en la otra vida por todas las cosas que decía, así que procuraba siempre ser respetuosa, ya que devota del todo nunca había sido. Y menos dentro de la isla.
Ruido de pisadas. Inconfundible! El material de las suelas de sus zapatos hacía un ruido diferenciable de todo aquél que pudiera haber escuchado alguna vez. Enfrente de su puerta, paró. En esos expectantes segundos, se echó hacia delante, emocionada. Adiós soledad! Comenzó a girar el pomo. Crujieron las bisagras. Su figura salió de la penumbra, cruzó el umbral y ella, corriendo, lo abrazó con pasión y alegría.
No había cambiado nada. El pelo blanco seguía rizado y alborotado. La barba le llegaba hasta el vientre y su blancor le resaltaba los ojos verdes, sabios. Vestía una chaqueta de largas mangas que le tapaba los pies, cubiertos con un calzado hecho de dura piel negra. Un extraño pantalón de tela dura y varias capas de camisas de distinta forma daban un aspecto desaliñado, nada parecido al poderoso mago que era. Hoy había algo que no llevaba puesto. Era esa sonrisa afable que siempre ponía.
- Hola! - dijo sin soltarlo, con una sonrisa de oreja a oreja - Qué has hecho? Me he sentido muy sola! - Comentó ya un poco más distanciada.
- Aparta, zorra - la empujó sin siquiera mirarla. Riénna cayó al suelo, con fundida.
- Pero… pero… - balbuceó.
- He dicho que te calles, imbécil!! - Gritó. Usando su cetro metálico, que llevaba escondido bajo su manto, le lanzó una cómoda del nuevo mobiliario. Impactó a dos metros de su cabeza. Cayó a dos metros a su izquierda. Comenzó a llorar.
- Deja de llorar y levántate! - Riënna no se movió - Si crees que no mataré, estás muy equivocada! Levántate o ese armario te destrozará ese cuerpecillo tuyo! - Esta vez, sin cesar de llorar, la chica se levantó. Avanzó, sollozando, hasta él - Siéntate - No se movió - Siéntate maldita puta! - Le dio una bofetada. Se sentó.
- Bien, Yerma - dijo pausadamente, mientras se levantaba - Como no te has molestado, en estos 20 años en aprenderte mi nombre, yo tampoco me aprenderé el tuyo - un hipido de Riënna. El brujo la miró con desprecio y le dio la espalda.
>> Veinte años… como pasa el tiempo, eh? Y tú igual que cuando llegaste. Sigues siendo la chica asustada,  la cabeza a pájaros y la simpleza del yo-yó. No, no me preguntes que es un mi-mí, como haces siempre, bárbara inculta. Ni te has molestada en saber de mi cultura. Sólo querías a ese chico al que cada día le cambias el nombre, al oso andrajoso que tú misma tiraste por el balcón y tu hogar, del que te has olvidado. Ni tu nombre sabes ya, Bárbara. Quise tener un hijo contigo. O una hija, ya me daba igual. Pero resulta que estás más seca que la Desolación! Por ello, Estrella, he tomado una decisión.
Había dejado de llorar. Tenía los ojos secos. Cómo llorar ante tal discurso?  No entendía qué tenían en su contra. Acaso no había sido buena? No seguía la misma que cuándo entró? Cuando todo era hermoso…
- Hay otra - ella dio un respingo - Si, no te sorprendas. Por qué crees acaso que te subí aquí? Porque te quiero? Ja! No eres más que una estúpida ilusa, Beatriz. Es verdad que te tengo cariño. Por eso estás aquí. El embarazo de Hassien fue duro, por eso venía aquí, para envainarla. Sólo fuiste un objeto, Jasmine!
Estaba muda. Qué era todo aquello? Una prueba. Si eso, una prueba. Pero ella la superaría. Llevaba allí desde siempre, y siempre estaría allí. Con él. Se puso de pie, sonriente, dispuesto a besarlo, tal que antes
- Ni te muevas, hija de mil putas! - amenazó mientras con el brazo derecho desenfundaba su cetro a la velocidad del rayo. Frenó en seco - Ni te muevas. Bien, así me gusta. En resumen, mi bondad se ha acabado ya. Podrías haber sido la mayor y más hermosa princesa Armindo, aunque sólo fueras una inculta bárbara. Nuestros hijos heredarían mis títulos seríamos poderosos. Has perdido ese honor para siempre, estúpida. Adiós - Apretó los dedos.
Ella saltó. No supo por qué, pero saltó. Miles de plumas volaron por la habitación. Y antes de que acabaran de caer, se encerró en el baño, con su puerta dy hierro.
- Sal de ahí, cacho zorra! - gritó mientras con sus rayos hacía temblar la puerta - No lo hagas más difícil, mujer!
Entre estallido y estallido, podía escuchar sus sollozos. Acuclillada en el suelo, con la cabeza entre las piernas, rezaba como nunca había rezado y trataba de comprender porqué el único hombre de su vida la trataba de matar. Nada tenía sentido. Ella era buena. No deseaba a otro hombre si no a él. Le tenía en suma devoción. Porqué, porqué ahora? Era por querer volver a casa? Por querer ver a Rucko? Por su osito? Eso no significaba nada! Era un terrible malentendido! Tenía que aclararlo cuanto antes o acabaría muerto y él sin saber la verdad, disgustado por haber contado tantas mentiras. Y así se arreglaría, volvería ser una mosca y todos serían felices… La puerta cayó, haciendo un estruendo de mil tormentas.
- Y ahora, zorr… - no pudo acabar. Salió del baño disparada, derribando a su captor. Ello la hizo tropezar, y rodó hasta cerca de dónde antes se hallaba la cama. Llena de polvo comenzó a sollozar.
- No, no lo hagas… sé porqué me has mentido y te perdono. Yo sólo quería ver a Uros, y tener mi osito y… y…
- Oh, vamos, cállate - balbució mientras se ponía en pie.
- No… déjame terminar… yo sólo quería… no quería que tú… sólo te quise a ti… pero quería ir… a visitar.. - Un rayo mágico le rozó el hombro. Dio un grito de dolor. Escocía y sangraba.
- Tus padres están muertos, so zorra - Disparó de nuevo, pero fallando a propósito. Ella se incorporó un poco. Él se puso al lado de la ventana, cerca de la salida. - Ya está bien de mierdas - Apunto el cetro con firmeza. Ella cerró los ojos. Oyó algo de estática en el aire. Pasos. El chirrido de unos goznes. Un golpe hueco. Un grito que poco a poco se apagaba. Y una voz nunca escuchada gritar: “Oh, mierda! Oh mierda!”
Abrió los ojos. La voz pertenecía a un chico bajito, más o menos de su edad, con el pelo largo. Estaba asomado al alféizar. Parecía nervioso. Se bajó y salió rápidamente. Ni siquiera había reparado en ella. Se entristeció un poco, le gustaba que las visitas le hablasen, sobre todo ya que se había acabado el alboroto. Se puso de pie vacilante y fue hasta la ventana. Se asomó a la ventana. Y comprendió. Se acabó ser una princesa en una torre. Ahora era una mosca y podría ir a dónde quisiera. Cruzó el umbral. El extraño no estaba. Bueno, si la vida era buena, se volverían a ver y se lo agradecería. Tenía asuntos pendientes.

     Descendió las escaleras con cuidado. Eran empinadas y estrechas, en forma de caracol. Trescientos setenta y seis escalones, todavía se acordaba. Los contó la primera vez que subió allí. También la última vez que subió. Y como no podía ser de otra forma, la última vez que bajó los volvió a contar. No tenía mucho sentido, ya que el número se lo conocía. Eso daba igual, ahora era una mosca, por fin. Iría a dónde quisiera, vería a quién quisiera, haría lo que quisiera. Pero había una persona antes de irse a la que tenía que ver y preguntar. Oh! Pues era trescientas ochenta y cuatro…
A qué pabellón iría? Necesitarías días para encontrar, en caso de que no se movieran de allí. Recordaba vagamente una sala de armas en el pabellón dónde estaba. Decidió empezar por allí.
Perdió al noción del tiempo, pero la encontró. Ocupaba un ala entera y dos pisos. Tan grande como las cocinas. A continuación iría allí, sabía bien dónde estaban. Deambuló, despacio, por el salón. Ningún arma le llamaba especialmente la atención. Nunca había sido belicosa. Ni siquiera le gustaban los torneos. Varias veces había acudido a los de Vilañeja, pero ella había preferido irse a brincar por el pueblo, comer y jugar con su amigo… Wilwo. Luego llegó Hesiopodias y sus palabras y la soledad. Ahora él volaba como un pájaro. De esos que no sabían llegar a ninguna parte. Se decidió por un sable de plata que reflejaba su cara.
De camino a las cocinas, reflexionó sobre su rostro. No se había visto desde que subiera  a la torre. Llevaba el pelo alborotado, con color pajizo apagado. Sus ojos eran tristes, carentes de brillo, enrojecidos. Su boca había abandonado esa sonrisa sempiterna que tenía de niña.. Se estaba volviendo fofa. Todo eso por culpa de esperar a un prestidigitador de pacotilla que nunca había sido suyo. Se sorprendió de su pensamiento. Pero luego profundizó más en él. No, él sólo la quería para… eso. Y cuando empezó a descubrir que “eso” era justo lo que ella no podía hacer, la abandonó. Se buscó otra. Otra! Cuando ella se había dejado su juventud y felicidad, y a su osito, y a Brusco y su casa, y a sus padres… todo por pájaro! Un pájaro que quería comerse a una mosca, peor antes le quitaba las alas, que al ver que sin alas no hacía nada, se iba por otra mosca! Lloraba de ira cuando llegó  a las cocinas.
El demonio trabaja a destajo. Hacía esos ruidos metálicos que debían de ser su idioma, mientras su luz infernal parpadeaba. Sigilosa, se acerca por sus espaldas. Era pequeño, peor trabaja con rapidez y precisión. Con un grito salvaje, subió su arma. Sin acabarlo, la bajó con todas sus fuerzas. Hendió el cuerpo, duro como el acero. Chispas y sangre negra manaron a destajo. Como si fuera un hacha, siguió hendiendo el cuerpo, hasta partirlo a la mitad. La luz se apagó, los sonidos cesaron. Era una matadora de demonios, sin dudas. Comió algo y se durmió en una esquina. Demasiada excitación.
Despertó, muy desorientada. Había soñado con demonios y Aristemes volando hacia ella, peor no podía alcanzarla, porque era una mosca que volaba alto, alto, alto. Cuando todos sus recuerdos se agolparon y le permitieron recuperar la conciencia. Se levantó. Caminó durante lo que le parecieron días. Semanas inclusos. Recorrió Dos pabellones completamente, con al cabeza completamente vacía. En el tercer pabellón, unas risas la pusieron en alerta. Se dirigió hacia ellas. Brotaban de un patio. Tenía una fuente en medio, setos y floridos parterres. En cada una de las cuatro paredes había galerías, rodeadas de estanques. Era una hermosura antigua, decadente. Un niño y una niña más pequeña se perseguían. Como ella y Burchro. Sonrió. Él fue la única persona que fue buena con ella. Decidió ir a visitarlo cuando acabara con todo allí. Sería el único que la echaría de menos. Sus padres la habían vendido a ese barbudo imbécil.
Los niños, al verla, dejaron de correr. Vestían ricas ropas. Lucían excelentes peinados. El miedo se les salía de los ojos. Riënna se abalanzó sobre ellos. Corrieron, gritando. La más pequeña tropezó. No se volvería a poner en pie. Persiguió al niño de oído, siguiendo sus infernales gritos agudos. Lo alcanzó enseguida. Los gritos cesaron.
Continuó vagando, mirada perdida. La espada goteaba. Estaba completamente sucia. Una parte de su trabajo estaba cumplido, y eso le producía un rictus de satisfacción. El pájaro que pone sus huevos en nido ajeno merece caer. Los huevos merecen ser rotos. Y el nido, destruido.
- Niños! Estáis ahí? - preguntó una voz aguda, muy preocupada.
- Aquí, mamá! - contestó Riënna, fingiendo un tono infantiloide.
-Gracias al cielo! Ahora estoy con vosotros. No os mováis!
Unos segundos después, con un vestido verde y un velo rosado, apareció la madre. Cómo había dicho que se llamaba? Hamsuen? Algo así. Se detuvo en seco, con la mirada de aquél al que abofetean al doblar la esquina. Riënna rió.
- Q-q-quién e-eres t-tú? - Tartamudeó la dama.
- La moca cojonera que quemará el nido - Contestó mientras alzaba la espada.
La mujer abrió la boca de puro terror y comprensión. Corrió como sólo se corre para salvar la vida. Y Riënna salió detrás de ella. Por un parte, estaba furiosa. Aquélla era inferior a ella. Podría ser todo lo joven que quisiera. Todo lo morena, todo lo tersa que quisiera, pero a ella no la engañaba. Sólo quería destruirla y apartarla del mago. Casi lo consigue. No era más que una enredadera que quería medrar a costa de un árbol más grande. Podaría a esa zorra y ella se quedaría con su árbol, su pájaro.
Tropezó con la alfombra. Con esos zapatos, normal. No se podía ser una dama y tratar de escapar como una zorra. O se moría como una dama o se escapaba como una zorra. Trató de agarrarse a un telar, pero se rompió, cayendo de bruces. Riënna la alcanzó. Le propinó una patada en el vientre para que se diera la vuelta. Su cara estaba pintada de sangre y lágrimas.
- Qué quieres de mí? - trató de decir entre sollozos.
- Y tienes el descaro de preguntármelo, mala furcia! - le propinó una patada - Después de robarme a mi mago, mi compañía, mi felicidad, aún tienes narices de pregúntarmelo! Pues ya no tendrás narices nunca más! - Le rebanó la nariz con un cuidado tajo. La mujer aulló de dolor y se encogió. Riënna le lanzó una patada a la cara. Gritó más.
>> Bueno, sólo quería acabar con el nido que sedujo a mi viejo mago. Ahora, zorra, vete al infierno - Cuando iba matarla, ella reunió fuerzas y le mordió un tobillo. Gritó y cayó, soltando el arma. Más rápida, la mujer cogió la espada y se la clavó.
Sintió frío, mucho frío. Los recuerdos se le agolparon. Peor no los su niñez, ni lo de su osito ni los de Urthos. Los de la torre. Los pocos momentos que había pasado con Riostras. Hasta esos momentos. Se sintió apenada por no haberle dado lo que él quería. Pero había sido feliz, ahora se daba cuenta. Esperaba que el mago la perdonase. Ahora por fin podría convertirse en mosca e ir a dónde quisiera que el mago volase. Que se joda esa zorra, esa enredadera, ese nido. El mago era para ella sola, como antes. La soledad la mataría a ella. Su último recuerdo fue para el hombre que abrió la puerta. Le estaba profundamente agradecida. Sin él, ahora volvería a estar sola.




Cleptómano corría. Tenía que huir de allí a la voz de ya. Y “ya” había sido gritado hacía mucho tiempo. Había tirado por un alféizar al que suponía el amo de la torre! Vale que era un accidente, pero los siervos, los soldados e incluso su señora esposa, la que le había dado galletas al aparecer por el salón no solían entender el concepto de accidente. Sabía que existía una cala. La había visto desde la ventana de la taberna. Si iba todo el rato hacia el este la encontraría. Y en esa dirección fue y se encontró… el comedor más grande que jamás había visto. Pues nada, plan B. A correr como una gallina descabezada. Al final, era lo que mejor sabía. Al final la acabaría encontrado. Aquello era demasiado grande, podría sobrevivir al menos dos días antes de que lo encontraran. Oh, las cocinas! Mejor, un poco de comida le vendría bien. Lo había perdido todo en una tormenta. Había llegado nadando desde unas 14 millas. Y llevaba desde la mañana anterior vagando por el castillo. Había comido, dormido como un señor, tomado el té con la dama del castillo y sus adorables hijos y ahora se hallaba corriendo como si lo fueran a ahorcar. Así era la vida. Una brisa con olor a salitre le corrió por la nariz. Siguió su olfato durante mucho, mucho tiempo. Al salir del castillo ya era de noche. Era una cala. No la cala que vio antes, pero si una, con barcos aparejados y listos para salir. Cogió el que mejor se adaptaba a sus conocimientos nulos. Lo llenó con sus provisiones y otras que había en el resto de embarcaciones. Cortó los cabos con su cuchillo y allá fue, hacia el Este. Quería volver al Cruce.

Dedicado a Sander por darme la idea hace tanto que ni me acuerdo y al lagarto que siempre escucha mis locuras

lunes, 5 de noviembre de 2012

Cleptómano XIII


          “Nos protegemos unos a otros”, pensó; “nos cuidamos mutuamente”. Y una polla! Gritó Cleptómano al tiempo que tiraba con furia al mar una piedra. Hasta hace unas horas, eran cocos, pero luego se dio cuenta de que necesitaría su jugo para vivir. En aquella isla no había agua potable. Pero si cantidad de cocoteros. Y bichos. Y la increíble e impotente rabia de Cleptómano, que inundaba la playa, el bosque y reverberaba en las montañas que partían la isla por la mitad.
            Un rato más tarde, afónico ya, trató de hacer fuego; la noche comenzaba a aparecer, fría y húmeda. Pero en seguida acabó frustrado y tirando los palos al agua con gritos roncos y lágrimas de rabia.
            Qué huevos tenía Barbamenta! Toda esa mierda de la tripulación, de darle un hogar, un sitio al que pertenecer… para dejarlo sólo en una isla. Una isla a la que habían llegado equivocados, pues su tesoro no estaba enterrado en ésta. Malditos piratas. No podían usar un banco o un prestamista slakish como todo el jodido mundo? Y qué clase de monstruo era el pirata sharmajadí para dejarlo abandonado así, a suerte. A cuenta de qué? Por haber sido un polizón? Ahora que por fin estaba volviendo a ser una persona, y no el fantasma sin rostro de toda su vida… por su rostro bajaron lágrimas de dolor. La cicatriz le escocía.
En medio de la playa, a la intemperie, Cleptómano se acurrucó y lloró como nunca antes.
Se despertó frío y con la nariz goteado. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Estaba sólo, en una isla desierta, abandonado por los únicos que, brevemente, lo habían considerado una persona. Eso, de repente, lo llevó a pensar en su padre y sus palabras. Luego de unos momentos con la mirada perdida, se puso en pie y dispuesto a currar. Tenía cara y un destino de cumplir.
Así pues, se puso manos a la obra: el primer día, después de muchos intentos frustrados, sólo consiguió un par de paredes para protegerse del frío, unas brasas que apenas le calentaban los pies y un hambre canina.
En los días venideros, fue perfeccionando el refugio y el calor. Aprendió a pescar con lanza, después de muchos intentos con sus propias manos y un par de ocasiones en las que casi muere ahogado. Diferenció los insectos vomitivos de los que se podían tragar sin arcadas. Hasta consiguió predecir las lluvias, cosa no muy complicada, teniendo en cuenta que las nubes negras de tormenta se veían cuando estaban a muchas leguas de distancia. Era de lo poco bueno que tenía estar perdido en medio del océano.
Fueron pasando las lunas, hasta que perdió la cuenta. Desde la playa hasta las montañas, todo era suyo. Podía sobrevivir. La resaca a veces le traía sorpresas: madera de deriva, alguna seda, tela de velas, barriles con conservas (aunque sólo fuera una vez)… Se las apañaba bien. Hasta de vez en cuando comía marisco, considerado todo un manjar digno de la más alta mesa allá en el Valle, no entendía bien por qué, apenas tenía carne y saciaba poco. Le faltarían especias, supuso.
Hubo un día en el que encontró una tortuga, grande como todo su abdomen. Para él, no era si no un suculento trozo de carne. Con un palo afilado, le aplastó la cabeza. Un jugo manó de ese agujero, ensuciándole las manos. Mientras llevada el inerte caparazón a la hoguera para asarlo, pues se dijo que el caparazón sería una excelente olla, se chupó ese líquido, y no le desagradó. Se dijo que tenía más hambre de la esperada. Cuando pasó un buen rato, partió el caparazón con una piedra. No dejó nada de carne. Fue la primera comida que lo sació de veras.
            Perdió la cuenta de todas las lunas que pasó en la isla. Era como si llevase allí una eternidad. Conocía cada rincón desde la playa a la montaña. Nada le sorprendía ya. Sabía que 35 pasos al oeste de su cabaña encontraría una madriguera de liebres, a 78 al sur, una colonia de hormigas, y por la noche, de la formación rocosa que dominada el cielo de la isla, se oía un extraño sonido, como si alguien cantase. Se imaginó que sería el viento al pasar por alguna cueva o grieta. Allí no vivía nadie.
            Cierto día, uno como otro cualquiera, decía que estaba hasta las narices de la humedad, el fuego y la mala comida. Echaba de menos eso de robar. No era mucho mejor, pero prefería estar a gusto de vez en cuando que nunca. Así que se armó de decisión y comenzó a construirse una balsa. Bueno, quiso intentarlo. No tenía nada para talar árboles. Trató de derribar algunos a empujones, pero lo más que consiguió fue un enorme moratón en el hombro derecho. Sin darse por vencido, cazó un par de liebres y se dispuso a hacer un cuchillo con sus huesos. Saldría de esa isla, aunque fuera lentamente. Y volvería al Valle, a averiguar ciertas cosas sobre su padre y un destino que lo había impulsado a seguir adelante, pero del que no tenía ni la más remota idea. Con su cara nueva le sería más sencillo. Quizá, gracias a Barbamenta, pudiera llevar una vida normal, con una chica, una casa fija, animales… a lo mejor era ese su destino, poder ser normal. Para él, sería algo glorioso, algo grande, algo único. Porque es así como te pillan las profecías, de la manera más enrevesada, pam! Y se han cumplido. En medio de esta vorágine cayó en la cuenta de que era mejor afilar piedras.
            Muchos cortes y magulladuras después, tenía por fin un pequeño machete listo para cortar árboles. Probó en un cocotero cercano y… la piedra partió a la mitad. Cogió unas cuantas piedras más que había en las inmediaciones, y volvió a empezar…
            Cada tenía que irse más lejos en busca de piedras que tallar. Apenas tenía sensibilidad en las manos, pero daba igual. Tenía ya un árbol partido, y mitad de otro. Si conseguía una piedra lo suficientemente dura, acabaría en seguida. Muchas horas caminando cercano a la montaña, encontró varias que se prestaban a su idea.  Varios días más tarde, tenía un buen machete para cortar (muy lentamente) troncos y algo así como una navaja para trabajar la madera. Al fin saldría de aquella apestosa isla!
            Puso todo su empeño en tener la balsa hecha lo antes posible. Cuatro troncos atados con helechos y corteza formaban la base, a la que poco a poco iba añadiendo más tronco trabajados para ser planos y hacer una plataforma que lo mantuviera alejado unos palmos del suelo. Se esforzó también en hacer un mástil, por si conseguía alguna tela llegada con el mar, y una cabaña pequeña para guarecerse la lluvia. Por suerte, aquél rincón del mundo era poco dado a embravecerse con la tormenta, si no, las pasaría canutas. Aparte, comenzó a secar pescado e insectos para usarlos como comida, así como una ingente cantidad de cocos para poder beber. El viaje duraría poco, ya que por esa zona abundaban las islas, pero era mejor ir bien provisto.
            Mientras estaba calafateando, por llamar de alguna manera a su labor, escuchó un leve agitar de ramas justo a su espalda. Se giró, y de la nada, un pequeño mono amarillo con manchas negras y larga cola le saltó a la cara. Sin parar de gritar, trató de quitárselo en encima, pero el cabrón lo tenía bien sujeto por la nuca, y la cola enrollada en su vientre casi le hacía demasiado daño. Trató de rodar sobre si mismo para sacárselo, pero nada, cada vez se asía con más fuerza. Casi ronco, y con lágrimas de dolor, le propinó un puñetazo en el abdomen. Y surtió efecto. A duras penas, Cleptómano consiguió levantarse. Cuando alzó la cabeza, vio al horrible mono. No le llegaban más allá de la rodilla, pero esa cola podría ahorcarlo en seguida. Retrocedió unos pasos mientras el ser le enseñaba los dientes en señal desafiante. El ladrón no sabía muy qué hacer. Supuso que si actuaba con precaución, el animal se iría. Y ahí se quedó, de pie, viendo como aquel mal bicho le enseñaba cada pieza dental. Hasta que se cansó. En un abrir y cerrar de ojos, le había dado la espalda, poniendo especial interés en que Cleptómano viese bien su marronáceo trasero simiesco. Un ramalazo de odio cruzó la mirada del náufrago. Sin pensarlo, se abalanzó sobre el mono. Pero haciendo gala de su condición animal, ese mal bicho enganchó su cola a un árbol y se escabulló entre ellos a tal velocidad que el pobre se dio de bruces contra su barca. Creyó oír, encima de su cabeza, como el mono le sacaba la lengua. Ya no tenía la menor duda. Odiaba a ese puto mono.
            Sin embargo, al levantar la cabeza, se fijó en que su machete faltaba. Y levantándola un poco más, veo en que el mono la tenía en sus manitas. Como dándose cuenta de sus intenciones, sonrió y se escapó de rama en rama. Cleptómano, jurando que destriparía ese mono y luego se comería sus tripas cocidas, comenzó a perseguirlo. Claro que es muy difícil perseguir a un animal completamente adaptada para ir por las copas de árboles. Y más, cuando éste tiene un tercer apéndice de la extensión de 6 brazos, uno detrás de otro. Llegando al límite de sus fuerzas. Cleptómano lo siguió hasta la montaña. Cuando llegó a sus faldas, el cabrón ya llevaba mucho subido. “Así que de ahí saliste, eh, capullo?” Se dijo a si mismo. “Pues ahora te vas enterar”. Pero no había nada para poder agarrarse. Aquella pared era casi completamente lisa. Cómo puñetas haría ese mono para subir? Una investigación más minuciosa de la pared le hizo fijarse, a su derecha, en unas pequeñas grietas, casi imperceptibles, en las que encajaban pies y manos. Estaban hechas casi a propósito para que alguien pudiera subir por ellas. Fue un detalle que se le escapó por completo. En su mente sólo estaba el jodido simio.
            Se hizo noche plena cuando acabó de subir. La luna estaba en su cénit y el cielo despejado permitía ver razonablemente bien. Por el rabillo del ojo percibió un rápido movimiento, seguido de una gran cola. Y sin pensarlo, se abalanzó a por su presa. En ese momento, resbaló y casi se despeña, pero consiguió agarrase a un saliente a tiempo. Maldijo entre dientes a todas las deidades que pasaron por su mente y continuó con un poco más de cuidado, pero sin detenerse.
            Llegó, sin darse cuenta, a la abertura de una cueva. “Así que por aquí viniste” murmuró entre dientes. Con un rictus de locura, entró sin pensarlo. Unos metros hacia delante, se encontró antorchas y la cola del simio. La suerte le sonría al fin! Ni se paró a pensar qué hacían allí unas antorchas bien puestas e iluminadas.
            Corrió y corrió sin ver por dónde iba. Poco le importaba. Ese jodido monstruo le devolvería el machete o hundiría la isla a hostias si era necesario. Peor el jodido monstruo era rápido de narices y lo más que alcanzaba a ver era el final de su cola. Durante un momento, creyó sentir una ligera brisa, pero enseguida se quitó ese pensamiento de la cabeza. Hasta que la brisa se hizo viento y la roca dio paso a las estrellas. Estaba en lo alto de las montañas! Qué puñetas estaba pasando ahí? Iba a cuestionarse ciertas cosas, pero volvió a ver al susodicho mono, y se puso a correr ladera abajo, por unas escaleras talladas perfectamente en piedra. Pero Cleptómano seguía a su rollo y ni cuenta se dio.
            Comenzó a descender cada vez más aprisa, dando alcance al bichejo, pisándole casi la cola… hasta que la pisó. El mono, dolido, como por acto reflejo, enrolló la cola al tobillo de su perseguidor y tiró, derribándolo. Y Cleptómano descendió todo el último trayecto rodando. El mundo no dejó de dar vueltas durante mucho tiempo.
            La parada fue brusca. Aún tumbado sobre hierba, el cielo no paraba de moverse. Trató de cambiar de postura, pero su cuerpo se negaba a moverse. Dolía a horrores. Cada hueso y músculo parecía quererle decir a su dueño que existía, y donde estaba. Menos los ojos; ellos preferían irse apagando poco a poco. Una cabeza de simio asomó antes de desmayarse. Y algo parecido a un humano.
El despertar fue duro. Abrió los ojos y sólo vio oscuridad. Pero al menos su cuerpo parecía no doler. Incluso respondía a su voluntad en cierto grado. Trató de ponerse en pie. Y lo consiguió. Su lecho estaba a la altura del suelo, de madera. Y no era que no viese, si no que era de noche, sus ojos se empezaban a acostumbrar. A tientas, encontró su ropa, encima de un pequeño taburete. Se puso sus jirones y con las manos por delante, trató de buscar la salida. En lugar de ellos, enfrente de él apareció lo que pareció una figura humana. Del susto, se cayó de espaldas.
            - S’hanza zu holo ma suku – La inflexión de aquel hombre teñido de negro parecía inquerir algo.
            - Pero qué coño!? – Exclamó sorprendido el náufrago. Y con razón. Nunca en su vida había visto a un señor cuyo color de piel fuese el de la noche misma y cubierto con un taparrabos que no dejaba mucho a la imaginación.
            - Oh, mis disculpas caballero – dijo el hombre, con un grave acento crucí – No tenía conocimiento de que hablarais la lengua del Cruce. Ruego, absolváis de culpa por hablar en un idioma bárbaro y desconocido para vos – E hizo una reverencia.
            - N… no te preocupes… e…es só… solo que… - tartamudeó de sorpresa Cleptómano.
            - Comprendo vuesa sorpresa, mas no habéis de alarmaros. Estáis a salvo. Descansad, lo necesitareis. Pronto vuesas dudas serán atendidas – Haciendo otra reverencia, salió de la cabaña. Mudo de asombro, con los ojos ya casi fuera de sus órbitas, Cleptómano volvió a su lecho, creyendo que no volvería a conciliar el sueño. Pero lo hizo.
            Abrió los ojos a plena luz del día. El tipo de la otra vez estaba allí, de espaldas, ocupado en sus quehaceres. En su hombro, el mono. El puto mono de cola infinita. Con furia en la cara, se levantó repentinamente y se puso a gritar a la vez que se acercaba a grandes zancadas. El hombre enseguida se levanto e interpuso su cuerpo entre Cleptómano y su presa, dándole tiempo al animal a largarse por la venta. El ladrón no dejaba de patalear y manotear al aire mientras maldecía a grito pelado. El hombre oscuro lo acabó derribando con una mano firme e imparable.
            - Lo siento, vuesamerced – dijo con tono contrito – Mas no permito esos alardes de violencia en mi propio techo. Y menos contra mi mascota.
            - Eso… -trató de contestar alucinado – ese odioso monstruo salido del culo del mismísimo Rhyelap, es una puta macota!? – Acto seguido, el dolor de una bofetada se instaló en su mejilla.
            -No permito que habléis así de Aganu. Es fiel y amoroso. Si estáis ofendido porque esa tosca roca que traía era vuestra, pido disculpas, mas non admitiré más descalificaciones hacia mi compañero. – Aseguró con mirada severa.
            - Lo… lo siento. – Adujo mientras se miraba los pies – Es que… me costó mucho tallarla. Es mi único medio para volver al hogar.
            - Si ese es el entuerto, desfarémolo lo antes posible, si sois paciente. Y ahora, salid a dar un garbeo. Luego me reuniré con vos. – Sin mediar palabra, siguió a sus quehaceres. Y sin mediar palabra, Cleptómano salió de la tienda.
             Aquella comunidad era distinta a cuantas había visto. Eran bárbaros, si, pero tenían ciertos toques civilizados que le hacían preguntarse a uno de dónde los habían sacado. Demasiado lejos de cualquier civilización como para tener detalles como el dinero, escala social o cordero asado. Podría parecer inútil el dinero en una comunidad tan pequeña, pero la presencia de ricas telas, regios caballos y armas ornamentadas delataba el papel que tenía en el estatus. Sin embargo, ese idioma bárbaro y el hecho de que tanto hombre como mujeres trabajasen en igualdad, así como el hecho de tener a los niños instruidos desde pequeños les daba un toque muy curioso. Bárbaros sin duda, pero civilizados a su modo.
            Un rato más tarde de haber extraído estas conclusiones, el hombre encontró a Cleptómano.
            - Buenos días, vuesamerced – Saludó en una reverencia.
            - Buenas días…
            - Gungar, si a vuesamerced le place.
            - Me place, me place – contestó sin saber muy bien qué decir. Su rostro cambió a horror cuando el mono se encaramó al hombro de tan servicial señor.
            - Deseáis algo para que vuesa estancia sea más confortable? – Se ofreció humildemente.
            - Podéis hacer algo con esa… cosa? Me pone del hígado! – Respondió conteniendo la ira.
            - Vuelvo a disculparme si en el pasado, su comportamiento fue malo, mas no podría separarme de M’rapasumi. Es más leal amigo. El cual, todo sea dicho – Y hablándole a su mascota, dijo – N/go, ramaná, suliman. – Acto seguido, bajó del hombro de su dueño para rápidamente mostrar a los pies de Cleptómano su machete – No lo necesitaréis más, pero creí conveniente este efímero detalle para una postrer reconciliación.
            - Es… un buen detalle – reconoció, conteniendo ahora la alegría – Pero mantened a ese… marsupilami a cierta distancia, al menos de momento. Me pone un tanto nervioso.
            - Así se hará, vuesamerced. Querríais acompañarme ahora? Es la hora de comer.  Estaréis famélico.
            - Bien es cierto. Vayamos pues.
            En el centro de la aldea, el banquete era compartido por todo el pueblo. Cada uno llevaba lo que podía, y todos comían de todos. Según le explicaron, eran demasiado pocos como para permitir que murieran de hambre, así que trataban de cuidarse lo más posible, a pesar de que el dinero fuese algo demasiado sagrado como para ser compartido.
            “Pues van listo como se cuiden igual que Barbamenta a mi”, pensó con amargura. Lo cual, le llevó a hacer cierta pregunta, al acabar el banquete.
            - Cómo es que no me habéis preguntado mi nombre?
            - Porque no lo necesitamos. Uno de los regalos que los armindolienses nos dieron fue el de la bondad y el sentido de la ayuda al prójimo, sin importar quién fuera
            - Armindol estuvo aquí – Preguntó no sin cierta perplejidad – Bueno, eso explicaría ciertas cosas… - tuvo que admitir. Su interlocutor asintió.
            - Hace años, muchos, Armindol vino a regalarnos su mayor valía: la civilización. Gracias a sus conocimientos de navegación, podemos comerciar con islas próximas. Nos dieron la agricultura, ganadería, e incluso el idioma, que se transmite entre los sanadores del pueblo, como un servidor.
            - Ya veo… pero me ayudaréis a salir de aquí?
            - Por supuesto, vuesa merced. Pero tendremos que poner a prueba su paciencia, mi buen señor.
            - No importa – respondió contento el ladrón.
            Pasaron 7 lunas, más o menos, cuando por fin Cleptómano puedo tocar la posibilidad real de largarse de esa isla. Una barca inmensa, suficiente para 5 como él, muy ancha en su centro, para albergar un mástil y una cabaña. Sin embargo, con un par de remos, se manejaba perfectamente gracias a un ingenioso sistema de cuerdas y más palas. Se veía que habían aprendido bien de los armindol. Dentro de la cabaña, habían puesto las provisiones que él había recolectado, así como comida suficiente para un mes y su machete, junto con algo de ropa. Emocionado, se giró hacia Gungar y le dio un abrazo.
            - Gracias! Gracias! Gracias, Gungar! Nunca olvidaré esto, de veras!
            - Todo es poco para ayudaros, vuesamerced, mas nos gustaría celebrar una pequeña fiesta, antes de que partáis. Por supuesto.
            Aquella noche, la isla se llenó de júbilo, luz y bailes. Cleptómano fue escuchado como a un dios bajado del cielo. Cantaron canciones, se emborracharon y algunos hasta triunfaron en muchos sentidos. 
            Al amanecer, entre caras tristes, Cleptómano partía hacia el horizonte.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Cleptómano XII



- Cómo te llamas?
Aquella pregunta chocó de frente con el entendimiento de Cleptómano y se hizo pedazos. No movió un músculo ni dejó de mirar la mesa. Uno de los matones de Barbamenta le golpeó con la mano tan abierta como de costumbre, tirándolo al suelo, silla incluida. Pero si le dolió, o siquiera llegó a sentir algo, no dio muestras de ello. Siguió mirando la veteada mesa enfrente suya, mientras el pirata gritaba maldiciones y preguntas aderezadas con un fresco olor a menta. Qué importaban ahora porqués y nombres? La única razón que le habría mantenido con vida se había esfumado.
- Última vez – repitió por milésima vez el capitán. Cuando se desesperaba, su acento sharmajadí se hacía evidente – Cómo cojones te llamas, maldición!?
La cicatriz era lo único que sentía. Un dolor lacerante que seguía la curva del ojo izquierdo y llegaba hasta la nariz. Sangró durante mucho, mucho tiempo. Más del que Cleptómano tenía el valor de recordar. Ni siquiera sabía hacía cuánto había sido. Pudieran ser meses, años, horas, segundos. Lo único que tenía seguro en la memoria era el olor de perros mojados y sus excrementos. Tenía un vago recuerdo de comer. Y no podría jurarlo, a veces le limpiaban la jaula.
Aparte de eso, no había nada más. Pasaba los días en una extraña duermevela vacía, sin sueños ni recuerdos. Pero con interrogatorios. Barbamenta estaba empeñado en saberlo todo acerca de su polizón. Habría obtenido el mismo resultado si le hubiera preguntado a una pared. Claro que la pared no habría tratado tan bien a los nudillos que impactaban contra el interrogado.
Un hombre alto como armario y ancho como dos, encendió unas velas; comenzaba a anochecer. El olor de la cera derretida le evocó una imagen de su infancia. Era muy lejana y borrosa, como si hubiese pertenecido a un viejo sueño. Pero ahí estaba, y no se iba. Un hombre corpulento, barbado y con coleta, reclinado ante un escritorio desordenado, le mandaba, sin girarse a mirarlo, irse a la cama. Era extraño: recordar a su padre escribiendo y no trabajando metales. La única persona que lo reconocía. Su mentor y cuidador. Gracias a él, había aprendido a leer, a escribir y a hacer cálculos. Jugaba con él cuando tenía tiempo. Le había hecho sentir una persona de verdad, y no un recuerdo olvidado.
Pero ahora estaba muerto. Y su madre. Y su infancia. Y pronto lo estaría él. Ahora de momento, volvía a estar en el suelo, siendo izado lentamente por el armario calvo. Los ojos verdes del pirata se le clavaban como cuchillas al rojo, aunque no los sintió. Cleptómano estaba perdido en la nada.
Otra imagen apareció delante de él. Estaba paseando por un pueblo. Su pueblo, supuso. Al pasar, la gente lo miraba, extrañado. No sabía cuánto tiempo llevaban viviendo allí, aunque aventuraba que el suficiente para que sus vecinos lo reconociesen. Muchos no escondían su cara de asombro al comprobar que el herrero tenía un hijo del que no sabían nada. El Cleptómano-niño no lo entendía, claro. Como tampoco daba entendido sus problemas al jugar con los otros niños – sin embargo, cuando lo empezó a comprender, fijó su atención en otros menesteres, como el amaestrar ratas, para salir lo menos posible- Al llegar a casa (supuso que era su casa), su padre vio su cara de confusión y le dijo, arrodillándose para ponerse a su altura, algo similar a:
- Hijo mío, no dejes que esas miradas te afecten. No tienen ni idea. No saben lo que vales. Si haces caso a tu viejo padre, cumplirás tu destino. Un enorme destino. Glorioso – Sus ojos brillaban de orgullo – Nunca lo olvides.
No había entendido sus palabras en aquel instante. Pero en el lecho de muerte, también le había dicho: “Desearía que tuvieras una vida mejor que la que te pude dar. Ojalá vivas mejor de aquí en adelante”. O algo por estilo. Quizá lo que su padre quiso decir era que su destino era el de ser rico. Vivir en una casa enorme, con mayordomos y sin una sola preocupación salvo la de recolectar impuestos a aldeanos locales. Qué si no implicaba “glorioso destino” mezclado con “vivir mejor”? Él podía conseguir el oro. A pesar de su torpeza, tenía la cara ideal para ello. Pero ahí estaba, en un barco hecho de fresno, con un pirata que olía maravillosamente bien, siendo maltratado por un armario con extremidades y durmiendo rodeado de excrementos. Su padre no lo habría aprobado. Tampoco habría aprobado el latrocinio, pero al menos se había mantenido vivo con sus míseros ingresos. Qué importaba su cara? Su cara no lo había hecho inmortal. Si por algo seguía respirando era por las palabras de su padre. El “glorioso destino” le había hecho, no sólo tratar de conseguir dinero de la única forma que sabía, si no vivir, ahora se daba cuenta. Eso era lo que su padre, en última instancia, querría de él. Vivir y poder cumplir su destino. Y no viviría de seguir así.
Barbamenta se levantó, indicando a su ayudante que ya podía devolverlo a su encarcelamiento. Pero Cleptómano levanto los ojos y abrió la boca por fin:
- Cleptómano – dijo con voz seca – me llamo Cleptómano.
El pirata soltó una risotada.
- Te he preguntado por el nombre real, no por tu mote, Clepsidra.
- Twuinghfadel Ferminstorfeghrwyn fon Tuistergarderder Brescund – mintió Cleptómano, sujetándole la mirada su captor. Y éste, poniendo los ojos en blanco contestó.
- Supongo que te conformarás con Clepto, no?
Cleptómano asintió.

- Estos dados están trucados!
La emoción del juego, sus apuestas y trampas había disminuido considerablemente desde que Barbamenta le había regalado su nuevo rostro. Después de contarle cuatro historias sobre su infancia, haciendo especial hincapié en su afición por la cría de ratas y sus entresijos más desconocidos, el pirata lo había dejado ir a sus anchas y relacionarse con la tripulación. Aunque el ahora ex-ladrón mantenía las distancias. La distancia que daba el palo mayor de la embarcación, en concreto. La suerte nunca había sonreído a Cleptómano, pero él le forzaba la sonrisa a fuerza de trampas y trucos. Y un poco de olvido, claro. Todo se había complicado de mala manera. Más teniendo en cuenta que estaba en su espacio cerrado, sin muchos lugares para esconderse.
- Ya estoy harto de sus jueguecitos! Cogedlo!!! – Frel y sus enormes gritos fueron como la señal de escapada para Cleptómano.
La tripulación de La Goleta de Fresno era, a su juicio, tan rencorosa como limpia. Al igual que no permitían que una cagada de gaviota manchase la cubierta, tampoco toleraban una sola falta en los juegos. Eran más intransigentes con eso que los norteños con sus madres. Exageradamente más, a juicio del ladrón. Qué importaban unos cientos de trampas a cada partida echada?
En casos cómo aquél, siempre recurría al palo mayor. Tal que ahora mismo. Los navegantes de Barbamenta eran letales en distancias cortas, habilidosos en el saqueo y demás, pero escalando… escalando Cleptómano era el rey. De hecho, la plataforma del vigía estaba notablemente más baja que en otras embarcaciones. Por ello, podía llegar hasta el punto más alto del mástil, a salvo de que cualquier ataque, mientras sus asesinos compañeros gritaban impotentes en cubierta, frases tales como:
- Ya bajarás, hijo de chacal!
- Por tus dioses y los míos, que cuando bajes te rebanaré el trasero y te lo haré comer!
- Te abriré ese cráneo de mono que tienes, te quitaré los sesos, los marinaré y me los comeré esta noche a la luz de la luna!
Y otros piropos piratas similares.
El golpeteo de madera contra madera anunció la llegada del capitán.
- Qué os he dicho sobre Clepto! Dejad que baje ahora mismo!
Se había olvidado. Ahora era parte de la tripulación. Luego de unas lunas viajando con ellos y viviendo en la jaula, Barbamenta llegó a la conclusión de que sería mucho más útil como grumete que como prisionero. Así, se le había hecho jurar cumplir todas las normas de higiene y comportamiento del barco, muy estrictas: baños programados, limpiezas a fondo dos o tres veces al día (y pobre del que se dejase una mota de polvo!), lavarse las manos cuando servía en las cocinas, alimentación equilibrada, asear bien a los animales robados (que luego eran vendidos), no traer cadáveres a bordo… y muchas más.
            Nada más bajar, el capitán cogió a su subordinado por un brazo y se encaró a la tripulación.
            - Desde el momento en que juró cumplir nuestras normas, es uno de los nuestros! – rugió Barbamenta ante un público visiblemente aterrorizado – Y qué os he dicho de tratar a los nuestros?
            Un tenso silencio respondió su pregunta
            - No os oigo – dijo con un helado tono de voz, para luego gritar a pleno pulmón – QUÉ OS HE DICHO!?
            - No somos compañeros, somos familia! No levantaremos jamás la mano contra la familia! Protegeremos a la familia!
            - Así me gusta. Venga, dejad de holgazanear y poneos con vuestras tareas. Yo tengo que hablar con éste.
            Para sus adentros, Cleptómano sonrió. Era el nuevo, el protegido del jefe. No le podría pasar nada.
            Llegaron al ordenado y pulcro camarote del capitán. Se quitó peluca ribeteada de verde junto con el chaleco y la camisa y se puso un gambesón. Ahora parecía más sharmajadí que nunca: alto, ancho, moreno y de ojos verdes. Quién lo viera diría que era vendedor de camellos más que cruel y limpio pirata.
            Hizo sentarse a Cleptómano. Lo miró durante un rato. Luego hinchó el pecho. Expiró largamente, con los ojos cerrados. Y le metió el mayor directo a la mandíbula que había recibido jamás.
            - Pero tú eres imbécil o qué!?
            El ladrón se levantó como pudo, sujetándose la mandíbula con una mano.
            - Mira, no puedo cuidar de ti- explicó Barbamenta mientras le daba la espalda – Ni tampoco quiero. Ahora eres uno más de esta familia. Y a la familia no se la engaña. NI se le hacen trampas. – continuó mientras tomaba asiento – Si quieres seguir aquí y que no te demos de comer a los tiburones, más vale que te comportes. Lo he dejado bien claro? – Lanzó una helada mirada a su interlocutor. Éste asintió como guiado por una fuerza superior – Me alegro. Ahora, sal de mi vista!
            Y Cleptómano salió de su vista tan rápido que pareció teleportarse. También dejó de hacer trampas con sus primos de adopción. Era mejor eso que pasarse lo poco que le quedase de su vida en el estómago de un tiburón.

- Detenedlo! Que no escape el hideputa!
Los gritos llenaron de vida las calles empedradas. A la débil luz de las antorchas, Cleptómano corría como sólo él sabía hacerlo. Hizo un par de quiebros y algún que otro giro inesperado, pero sus perseguidores no dejaron en su empeño de atraparlo y desollarlo, tal y como habían amenazado hacía un rato.
Había aprendido a no hacer trampas en mar. En tierra, eso era otro cantar.
Ya era uno más de la tripulación. Bromeaba con Sej. Perdía toda partida de lo que fuera contra Frel, Jinn y Hrun el Multicolor. Aprendía todo sobre balística de Eümer del Puente. Y del maestro Jermais Galathor prevención e higiene. De Barbamenta no aprendía nada, porque ni le dirigía la palabra. Como al resto de la tripulación, vamos. Su última interacción, aparte de órdenes gritadas, fue el puñetazo de su camerino. Pero al menos empezaba a sentirse parte de algo. Por primera vez en su vida, tenía amigos. Quizá a eso se refería su padre.
Sin embargo, unas horas atrás, habían desembarcado en Mesch, una de las pocas islas que comerciaban con piratas.
“Y la única con gente tan persistente”, pensó para si Cleptómano, apunto de echar todas sus tripas por la boca. Luego cayó en la cuenta de que la causa de estar tanto tiempo corriendo era su nuevo rostro. Maldijo a sus atléticos malhechores y aceleró incluso más el paso. O se escabullía de alguna manera, o moriría corriendo.
En el siguiente quiebro, que casi lo manda a besar el suelo, encontró una cesta de mimbre con un buen tamaño. Excelente para usar sus años de experiencia. Por arte de magia, Cleptómano desapareció de la vista de las torres móviles que le daban caza
Vale que en el barco, había tenido que escapar de mala manera, pero sus compañeros se cansaban enseguida. Éstos parecían sabuesos que no paraban hasta que la sangre de su presa le corriese por la mandíbula. Y todo por unas míseras monedas ganadas honradamente con dados honradamente trucados y cartas honradamente marcadas. Qué susceptible era la gente por dinero! Ahora más que nunca se daba cuenta. Antes, con su cara, era imposible que lo pillaran, por lo que estas escenas se veían reducidas a un mero trámite. No como en este instante. En este preciso instante, levantaban la tapa del cesto.
-Sorpresa! – exclamó Cleptómano. Unos brazos gigantes lo sacaron, lo zarandearon por el aire y lo dejaron allí suspendido. –Mirad, sé que no hemos empezado con buen pie, pero hey! Os devuelvo el dinero y listo, no? Total, son sólo unas moneditas – Y ahora sí que besó el suelo. Después de recorrer un par de metros.
- El dinero nos da igual, estúpido – dijo el único que tenía pelo, y probablemente, el único que podía hablar sin monosílabos – Nos has dejado por idiotas. Y eso es algo que no somos. Por lo que estamos ofendidos – razonó en voz alta – No es así, chicos?
- Sí! – clamaron dos. Otro, el que lo había sacado de su escondite, se limitó a asentir y gruñir.
- Bien. Bien. Bien – repitió el parlanchín. – Bien. Ahora, nos acompañarás a la playa. Allí decidiremos qué hacer contigo. Grunnar, llévalo. No queremos que se le cansen los pies. – Genial, encima, era un tipo ocurrente. La poca vida que le quedara se haría eterna.
No tardaron mucho en llegar a la playa. Claro que en una isla cuya costa está compuesta casi en exclusividad por arena y palmeras, no es difícil. El gigantón lo sostuvo mientras el resto encendían como buenamente podían, una hoguera. Lo cual era elevar mucho de categoría esas brasillas.
- Bien. Bien. Bien – Cleptómano puso los ojos en blanco al oír la muletilla. De volver a escucharla, ya se moriría él solito. – No hemos encontrado mejor manera de hacerte pagar por tus crímenes que prendiéndote fuego. Será… poético. No es así, chicos?
Dos síes y un gruñido siguieron a la pregunta. En la cabeza de Cleptómano sólo había espacio para preguntarse dónde puñetas estaba la poesía en aquello. Ni siquiera rimaba.
- Grunnar, procede a achicharrarlo!
- Eh! – Gritó el ladrón – Eh! No tengo derecho a un juicio o algo? Un combate a muerte? Una última partida? Una última voluntad? Algo? – Nada de lo dicho hizo que el lento paso del gigante se detuviera. Así pues, procedió a usar su ingenio. – De verdad crees que con esas brasas me quemarás vivo? No creo que note mucho más que la agradable calidez de los pechos de tu madre.
Funcionó mejor de lo esperada. El tipo cayó muerto delante de él. Le habrían quitado su rostro, pero sus palabras que convertirían en flechas. Además, provocan que el mundo se pusiera del revés. Y ver negro. Muy negro.
Despertó con el mundo puesto en su sitio. Abrió poco los ojos, que mostraron solo imágenes borrosas. Poco a poco, se clarificaron, hasta que todo cobró forma y sentido. Menos su intento de castigo. De verdad había convertido una fanfarronería en una saeta. Lo veía difícil. No obstante, su mente se obstinaba en recordar lo contrario.
- Vaya, al fin despierto – Cleptómano se sobresaltó. Mandó las ligeras sábanas hacia el techo y a su  cuerpo al suelo. De tantas veces que fue besado, el suelo creería que eran amantes o algo. – Tranquilo, soy yo – añadió, conciliador, Barbamenta.
- No estaba yo en una playa apunto de ser incinerado?
- No lo habrían conseguido. Alguna quemadura fea, pero nada más.
- Entonces, para qué intervenir. Los habría despachado, como siempre.
- Con qué con tu rostro imposible de recordar, o con tus flechas de palabras? – Aquello hirió a Cleptómano hondo.
- Cómo sabes tú…?
- No dejabas de repetirlo en sueños.
- Qué ocurrió?
- Bueno, Svjen, Hrun y Centollo te vieron pasar corriendo, y luego a esos tío. Fueron a avisar a todo al que encontraron y siguieron su rastro a la playa. Gallys disparó una flecha, que le dio en el cuello a ese tipo con pelo. Y Centollo disparó varias piedras, con la mala suerte de acertarte a ti en plena cabeza. Acto seguido, le dio a tu gigante, y se la rompió. El resto, fueron pan comido. Tuviste suerte, Clepto. Esa piedra se desvió por el viento, si no, te habría matado
- Siempre un tipo con suerte – comentó, mirando a la nada. Luego volvió a mirar a su capitán – Pero dime… porqué volvieron a por mi? No me debían nada. Podrían haberme dejado a mi suerte, y sería un problema menos.
- Porque – contestó Barbamenta, con mirada y tono de reproche – tú ahora eres uno de mi tripulación. No lo olvides. La compañía de Barbamenta nos protegemos unos a otros, sin importar el qué. Nos cuidamos mutamente. Harías bien en recordarlo para la próxima – Y con brusquedad, se largó.
Aquello lo dejó pensando durante un rato largo. “Nos protegemos unos a otros. Nos cuidamos mutuamente”. Si aquello no era tener una familia, no sabía qué era.