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viernes, 7 de septiembre de 2012

Cleptómano XII



- Cómo te llamas?
Aquella pregunta chocó de frente con el entendimiento de Cleptómano y se hizo pedazos. No movió un músculo ni dejó de mirar la mesa. Uno de los matones de Barbamenta le golpeó con la mano tan abierta como de costumbre, tirándolo al suelo, silla incluida. Pero si le dolió, o siquiera llegó a sentir algo, no dio muestras de ello. Siguió mirando la veteada mesa enfrente suya, mientras el pirata gritaba maldiciones y preguntas aderezadas con un fresco olor a menta. Qué importaban ahora porqués y nombres? La única razón que le habría mantenido con vida se había esfumado.
- Última vez – repitió por milésima vez el capitán. Cuando se desesperaba, su acento sharmajadí se hacía evidente – Cómo cojones te llamas, maldición!?
La cicatriz era lo único que sentía. Un dolor lacerante que seguía la curva del ojo izquierdo y llegaba hasta la nariz. Sangró durante mucho, mucho tiempo. Más del que Cleptómano tenía el valor de recordar. Ni siquiera sabía hacía cuánto había sido. Pudieran ser meses, años, horas, segundos. Lo único que tenía seguro en la memoria era el olor de perros mojados y sus excrementos. Tenía un vago recuerdo de comer. Y no podría jurarlo, a veces le limpiaban la jaula.
Aparte de eso, no había nada más. Pasaba los días en una extraña duermevela vacía, sin sueños ni recuerdos. Pero con interrogatorios. Barbamenta estaba empeñado en saberlo todo acerca de su polizón. Habría obtenido el mismo resultado si le hubiera preguntado a una pared. Claro que la pared no habría tratado tan bien a los nudillos que impactaban contra el interrogado.
Un hombre alto como armario y ancho como dos, encendió unas velas; comenzaba a anochecer. El olor de la cera derretida le evocó una imagen de su infancia. Era muy lejana y borrosa, como si hubiese pertenecido a un viejo sueño. Pero ahí estaba, y no se iba. Un hombre corpulento, barbado y con coleta, reclinado ante un escritorio desordenado, le mandaba, sin girarse a mirarlo, irse a la cama. Era extraño: recordar a su padre escribiendo y no trabajando metales. La única persona que lo reconocía. Su mentor y cuidador. Gracias a él, había aprendido a leer, a escribir y a hacer cálculos. Jugaba con él cuando tenía tiempo. Le había hecho sentir una persona de verdad, y no un recuerdo olvidado.
Pero ahora estaba muerto. Y su madre. Y su infancia. Y pronto lo estaría él. Ahora de momento, volvía a estar en el suelo, siendo izado lentamente por el armario calvo. Los ojos verdes del pirata se le clavaban como cuchillas al rojo, aunque no los sintió. Cleptómano estaba perdido en la nada.
Otra imagen apareció delante de él. Estaba paseando por un pueblo. Su pueblo, supuso. Al pasar, la gente lo miraba, extrañado. No sabía cuánto tiempo llevaban viviendo allí, aunque aventuraba que el suficiente para que sus vecinos lo reconociesen. Muchos no escondían su cara de asombro al comprobar que el herrero tenía un hijo del que no sabían nada. El Cleptómano-niño no lo entendía, claro. Como tampoco daba entendido sus problemas al jugar con los otros niños – sin embargo, cuando lo empezó a comprender, fijó su atención en otros menesteres, como el amaestrar ratas, para salir lo menos posible- Al llegar a casa (supuso que era su casa), su padre vio su cara de confusión y le dijo, arrodillándose para ponerse a su altura, algo similar a:
- Hijo mío, no dejes que esas miradas te afecten. No tienen ni idea. No saben lo que vales. Si haces caso a tu viejo padre, cumplirás tu destino. Un enorme destino. Glorioso – Sus ojos brillaban de orgullo – Nunca lo olvides.
No había entendido sus palabras en aquel instante. Pero en el lecho de muerte, también le había dicho: “Desearía que tuvieras una vida mejor que la que te pude dar. Ojalá vivas mejor de aquí en adelante”. O algo por estilo. Quizá lo que su padre quiso decir era que su destino era el de ser rico. Vivir en una casa enorme, con mayordomos y sin una sola preocupación salvo la de recolectar impuestos a aldeanos locales. Qué si no implicaba “glorioso destino” mezclado con “vivir mejor”? Él podía conseguir el oro. A pesar de su torpeza, tenía la cara ideal para ello. Pero ahí estaba, en un barco hecho de fresno, con un pirata que olía maravillosamente bien, siendo maltratado por un armario con extremidades y durmiendo rodeado de excrementos. Su padre no lo habría aprobado. Tampoco habría aprobado el latrocinio, pero al menos se había mantenido vivo con sus míseros ingresos. Qué importaba su cara? Su cara no lo había hecho inmortal. Si por algo seguía respirando era por las palabras de su padre. El “glorioso destino” le había hecho, no sólo tratar de conseguir dinero de la única forma que sabía, si no vivir, ahora se daba cuenta. Eso era lo que su padre, en última instancia, querría de él. Vivir y poder cumplir su destino. Y no viviría de seguir así.
Barbamenta se levantó, indicando a su ayudante que ya podía devolverlo a su encarcelamiento. Pero Cleptómano levanto los ojos y abrió la boca por fin:
- Cleptómano – dijo con voz seca – me llamo Cleptómano.
El pirata soltó una risotada.
- Te he preguntado por el nombre real, no por tu mote, Clepsidra.
- Twuinghfadel Ferminstorfeghrwyn fon Tuistergarderder Brescund – mintió Cleptómano, sujetándole la mirada su captor. Y éste, poniendo los ojos en blanco contestó.
- Supongo que te conformarás con Clepto, no?
Cleptómano asintió.

- Estos dados están trucados!
La emoción del juego, sus apuestas y trampas había disminuido considerablemente desde que Barbamenta le había regalado su nuevo rostro. Después de contarle cuatro historias sobre su infancia, haciendo especial hincapié en su afición por la cría de ratas y sus entresijos más desconocidos, el pirata lo había dejado ir a sus anchas y relacionarse con la tripulación. Aunque el ahora ex-ladrón mantenía las distancias. La distancia que daba el palo mayor de la embarcación, en concreto. La suerte nunca había sonreído a Cleptómano, pero él le forzaba la sonrisa a fuerza de trampas y trucos. Y un poco de olvido, claro. Todo se había complicado de mala manera. Más teniendo en cuenta que estaba en su espacio cerrado, sin muchos lugares para esconderse.
- Ya estoy harto de sus jueguecitos! Cogedlo!!! – Frel y sus enormes gritos fueron como la señal de escapada para Cleptómano.
La tripulación de La Goleta de Fresno era, a su juicio, tan rencorosa como limpia. Al igual que no permitían que una cagada de gaviota manchase la cubierta, tampoco toleraban una sola falta en los juegos. Eran más intransigentes con eso que los norteños con sus madres. Exageradamente más, a juicio del ladrón. Qué importaban unos cientos de trampas a cada partida echada?
En casos cómo aquél, siempre recurría al palo mayor. Tal que ahora mismo. Los navegantes de Barbamenta eran letales en distancias cortas, habilidosos en el saqueo y demás, pero escalando… escalando Cleptómano era el rey. De hecho, la plataforma del vigía estaba notablemente más baja que en otras embarcaciones. Por ello, podía llegar hasta el punto más alto del mástil, a salvo de que cualquier ataque, mientras sus asesinos compañeros gritaban impotentes en cubierta, frases tales como:
- Ya bajarás, hijo de chacal!
- Por tus dioses y los míos, que cuando bajes te rebanaré el trasero y te lo haré comer!
- Te abriré ese cráneo de mono que tienes, te quitaré los sesos, los marinaré y me los comeré esta noche a la luz de la luna!
Y otros piropos piratas similares.
El golpeteo de madera contra madera anunció la llegada del capitán.
- Qué os he dicho sobre Clepto! Dejad que baje ahora mismo!
Se había olvidado. Ahora era parte de la tripulación. Luego de unas lunas viajando con ellos y viviendo en la jaula, Barbamenta llegó a la conclusión de que sería mucho más útil como grumete que como prisionero. Así, se le había hecho jurar cumplir todas las normas de higiene y comportamiento del barco, muy estrictas: baños programados, limpiezas a fondo dos o tres veces al día (y pobre del que se dejase una mota de polvo!), lavarse las manos cuando servía en las cocinas, alimentación equilibrada, asear bien a los animales robados (que luego eran vendidos), no traer cadáveres a bordo… y muchas más.
            Nada más bajar, el capitán cogió a su subordinado por un brazo y se encaró a la tripulación.
            - Desde el momento en que juró cumplir nuestras normas, es uno de los nuestros! – rugió Barbamenta ante un público visiblemente aterrorizado – Y qué os he dicho de tratar a los nuestros?
            Un tenso silencio respondió su pregunta
            - No os oigo – dijo con un helado tono de voz, para luego gritar a pleno pulmón – QUÉ OS HE DICHO!?
            - No somos compañeros, somos familia! No levantaremos jamás la mano contra la familia! Protegeremos a la familia!
            - Así me gusta. Venga, dejad de holgazanear y poneos con vuestras tareas. Yo tengo que hablar con éste.
            Para sus adentros, Cleptómano sonrió. Era el nuevo, el protegido del jefe. No le podría pasar nada.
            Llegaron al ordenado y pulcro camarote del capitán. Se quitó peluca ribeteada de verde junto con el chaleco y la camisa y se puso un gambesón. Ahora parecía más sharmajadí que nunca: alto, ancho, moreno y de ojos verdes. Quién lo viera diría que era vendedor de camellos más que cruel y limpio pirata.
            Hizo sentarse a Cleptómano. Lo miró durante un rato. Luego hinchó el pecho. Expiró largamente, con los ojos cerrados. Y le metió el mayor directo a la mandíbula que había recibido jamás.
            - Pero tú eres imbécil o qué!?
            El ladrón se levantó como pudo, sujetándose la mandíbula con una mano.
            - Mira, no puedo cuidar de ti- explicó Barbamenta mientras le daba la espalda – Ni tampoco quiero. Ahora eres uno más de esta familia. Y a la familia no se la engaña. NI se le hacen trampas. – continuó mientras tomaba asiento – Si quieres seguir aquí y que no te demos de comer a los tiburones, más vale que te comportes. Lo he dejado bien claro? – Lanzó una helada mirada a su interlocutor. Éste asintió como guiado por una fuerza superior – Me alegro. Ahora, sal de mi vista!
            Y Cleptómano salió de su vista tan rápido que pareció teleportarse. También dejó de hacer trampas con sus primos de adopción. Era mejor eso que pasarse lo poco que le quedase de su vida en el estómago de un tiburón.

- Detenedlo! Que no escape el hideputa!
Los gritos llenaron de vida las calles empedradas. A la débil luz de las antorchas, Cleptómano corría como sólo él sabía hacerlo. Hizo un par de quiebros y algún que otro giro inesperado, pero sus perseguidores no dejaron en su empeño de atraparlo y desollarlo, tal y como habían amenazado hacía un rato.
Había aprendido a no hacer trampas en mar. En tierra, eso era otro cantar.
Ya era uno más de la tripulación. Bromeaba con Sej. Perdía toda partida de lo que fuera contra Frel, Jinn y Hrun el Multicolor. Aprendía todo sobre balística de Eümer del Puente. Y del maestro Jermais Galathor prevención e higiene. De Barbamenta no aprendía nada, porque ni le dirigía la palabra. Como al resto de la tripulación, vamos. Su última interacción, aparte de órdenes gritadas, fue el puñetazo de su camerino. Pero al menos empezaba a sentirse parte de algo. Por primera vez en su vida, tenía amigos. Quizá a eso se refería su padre.
Sin embargo, unas horas atrás, habían desembarcado en Mesch, una de las pocas islas que comerciaban con piratas.
“Y la única con gente tan persistente”, pensó para si Cleptómano, apunto de echar todas sus tripas por la boca. Luego cayó en la cuenta de que la causa de estar tanto tiempo corriendo era su nuevo rostro. Maldijo a sus atléticos malhechores y aceleró incluso más el paso. O se escabullía de alguna manera, o moriría corriendo.
En el siguiente quiebro, que casi lo manda a besar el suelo, encontró una cesta de mimbre con un buen tamaño. Excelente para usar sus años de experiencia. Por arte de magia, Cleptómano desapareció de la vista de las torres móviles que le daban caza
Vale que en el barco, había tenido que escapar de mala manera, pero sus compañeros se cansaban enseguida. Éstos parecían sabuesos que no paraban hasta que la sangre de su presa le corriese por la mandíbula. Y todo por unas míseras monedas ganadas honradamente con dados honradamente trucados y cartas honradamente marcadas. Qué susceptible era la gente por dinero! Ahora más que nunca se daba cuenta. Antes, con su cara, era imposible que lo pillaran, por lo que estas escenas se veían reducidas a un mero trámite. No como en este instante. En este preciso instante, levantaban la tapa del cesto.
-Sorpresa! – exclamó Cleptómano. Unos brazos gigantes lo sacaron, lo zarandearon por el aire y lo dejaron allí suspendido. –Mirad, sé que no hemos empezado con buen pie, pero hey! Os devuelvo el dinero y listo, no? Total, son sólo unas moneditas – Y ahora sí que besó el suelo. Después de recorrer un par de metros.
- El dinero nos da igual, estúpido – dijo el único que tenía pelo, y probablemente, el único que podía hablar sin monosílabos – Nos has dejado por idiotas. Y eso es algo que no somos. Por lo que estamos ofendidos – razonó en voz alta – No es así, chicos?
- Sí! – clamaron dos. Otro, el que lo había sacado de su escondite, se limitó a asentir y gruñir.
- Bien. Bien. Bien – repitió el parlanchín. – Bien. Ahora, nos acompañarás a la playa. Allí decidiremos qué hacer contigo. Grunnar, llévalo. No queremos que se le cansen los pies. – Genial, encima, era un tipo ocurrente. La poca vida que le quedara se haría eterna.
No tardaron mucho en llegar a la playa. Claro que en una isla cuya costa está compuesta casi en exclusividad por arena y palmeras, no es difícil. El gigantón lo sostuvo mientras el resto encendían como buenamente podían, una hoguera. Lo cual era elevar mucho de categoría esas brasillas.
- Bien. Bien. Bien – Cleptómano puso los ojos en blanco al oír la muletilla. De volver a escucharla, ya se moriría él solito. – No hemos encontrado mejor manera de hacerte pagar por tus crímenes que prendiéndote fuego. Será… poético. No es así, chicos?
Dos síes y un gruñido siguieron a la pregunta. En la cabeza de Cleptómano sólo había espacio para preguntarse dónde puñetas estaba la poesía en aquello. Ni siquiera rimaba.
- Grunnar, procede a achicharrarlo!
- Eh! – Gritó el ladrón – Eh! No tengo derecho a un juicio o algo? Un combate a muerte? Una última partida? Una última voluntad? Algo? – Nada de lo dicho hizo que el lento paso del gigante se detuviera. Así pues, procedió a usar su ingenio. – De verdad crees que con esas brasas me quemarás vivo? No creo que note mucho más que la agradable calidez de los pechos de tu madre.
Funcionó mejor de lo esperada. El tipo cayó muerto delante de él. Le habrían quitado su rostro, pero sus palabras que convertirían en flechas. Además, provocan que el mundo se pusiera del revés. Y ver negro. Muy negro.
Despertó con el mundo puesto en su sitio. Abrió poco los ojos, que mostraron solo imágenes borrosas. Poco a poco, se clarificaron, hasta que todo cobró forma y sentido. Menos su intento de castigo. De verdad había convertido una fanfarronería en una saeta. Lo veía difícil. No obstante, su mente se obstinaba en recordar lo contrario.
- Vaya, al fin despierto – Cleptómano se sobresaltó. Mandó las ligeras sábanas hacia el techo y a su  cuerpo al suelo. De tantas veces que fue besado, el suelo creería que eran amantes o algo. – Tranquilo, soy yo – añadió, conciliador, Barbamenta.
- No estaba yo en una playa apunto de ser incinerado?
- No lo habrían conseguido. Alguna quemadura fea, pero nada más.
- Entonces, para qué intervenir. Los habría despachado, como siempre.
- Con qué con tu rostro imposible de recordar, o con tus flechas de palabras? – Aquello hirió a Cleptómano hondo.
- Cómo sabes tú…?
- No dejabas de repetirlo en sueños.
- Qué ocurrió?
- Bueno, Svjen, Hrun y Centollo te vieron pasar corriendo, y luego a esos tío. Fueron a avisar a todo al que encontraron y siguieron su rastro a la playa. Gallys disparó una flecha, que le dio en el cuello a ese tipo con pelo. Y Centollo disparó varias piedras, con la mala suerte de acertarte a ti en plena cabeza. Acto seguido, le dio a tu gigante, y se la rompió. El resto, fueron pan comido. Tuviste suerte, Clepto. Esa piedra se desvió por el viento, si no, te habría matado
- Siempre un tipo con suerte – comentó, mirando a la nada. Luego volvió a mirar a su capitán – Pero dime… porqué volvieron a por mi? No me debían nada. Podrían haberme dejado a mi suerte, y sería un problema menos.
- Porque – contestó Barbamenta, con mirada y tono de reproche – tú ahora eres uno de mi tripulación. No lo olvides. La compañía de Barbamenta nos protegemos unos a otros, sin importar el qué. Nos cuidamos mutamente. Harías bien en recordarlo para la próxima – Y con brusquedad, se largó.
Aquello lo dejó pensando durante un rato largo. “Nos protegemos unos a otros. Nos cuidamos mutuamente”. Si aquello no era tener una familia, no sabía qué era.


miércoles, 27 de junio de 2012

Cleptómano XI


Diario de a bordo; Tercera luna llena. Año 712 IA
                Partimos ayer noche, para levantar las menos sospechas posibles. Un barco como éste empieza a ser llamativo después de dos días estando simplemente atracado. Una breve parada es suficiente para que los hombres descarguen sus necesidades y deshacerse de material comprometedor. Por el momento, todo correcto, sin sobresaltos. A uno de los chicos le faltó su ración de comida. Haré que mi segundo investigue quién es el tragaldabas y le de un castigo.
                El pirata leyó por cuarta vez en el día sus notas. Algo raro pasaba en el barco, y estaba dispuesto ha averiguar qué. Y para ello, repasaría sus notas las veces que hiciera falta. En ellas, lo había anotado todo, así que, de haber cualquier suceso extraño, estaría allí. Era cuestión de tiempo.

Diario de a bordo; Quinto cuarto menguante. Año 712 IA
                Rumbo al archipiélago Tortuga. Allí, si bien no seremos bien recibidos, al menos podremos abastecernos como los dioses mandan. Si en los próximos días encontramos algún barco, sería bueno atracarlo. Si es más tarde, mejor olvidarlo, la tripulación no estaría en buenas condiciones.
                El incidente de la comida se ha vuelto a repetir. Traté de ser lo más condescendiente posible al hablar con la tripulación. Quizá alguno estuviera enfermo. Seguían callados. Tuve que ponerles más turnos de limpieza. Conocen las normas perfectamente, aunque intenté ser lo más blando posible. Espero que el trabajo les suelte la lengua.
                Tenía que concentrarse para leer las anotaciones completas. Una furia como pocas veces había sentido le invadía, provocada a medias por la impotencia y la ignorancia. Sólo una vez había sufrido una situación parecida y no había acabado bien. Desde entonces, estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que no se repitiera. Y lo había conseguido. Hasta ahora.

Diario de a bordo; Segunda luna nueva. Año 712 IA
                Estamos a dos días de la Isla Tresdedos, la mejor del archipiélago para que mis marineros se desfoguen. También necesitaremos comida para nuestro polizonte. Un pinche jura por uno de esos extraños dioses tarsos que ha visto a un hombre robar su ración de comida. Inmediatamente, pusimos patas arriba todo el galeón. Buscamos hasta entre los cojones de los perros. Ni rastro. El pinche tampoco parece recordar sus rasgos.
                Ciego de rabia, lanzó un cuchillo con inusitada furia contra una pared, clavándose en medio del mar Bravío. Lanzó un puñetazo a la mesa de trabajo, de madera noble, con la mala fortuna de romper una pata. Todo lo que en ella cayó al suelo. Pateó el revoltijo de pergamino y madera al tiempo que maldecía. Como tigre enjaulado, fue de un lado a otro, gruñendo y jurando que no lo volverían a atrapar, que no volvería a dormir hasta atrapar a ese hijo de puta, a la vez que golpeaba y apalizaba cualquier objeto de su trayectoria. No tuvo piedad con ninguno, ni con el baúl con sus pertenencias. De repente, se paró. Observó todo el desastre. Se cagó en la madre que lo había parido y se puso a recoger. Horas más tarde, al anochecer, luego de limpiar de tinta su diario, volvió a la faena.

Diario de a bordo. Sexto cuarto creciente. Año 712 IA
                Llevo 8 días contando día a día, 3 veces por día a la tripulación. Un cocinero ha desaparecido, pero el número sigue siendo el mismo. El polizón, quienquiera que sea, se camufla con la tripulación. A la hora de contar la menos. Y más marineros, incluso mi segundo, me dicen haber visto al polizón, pero nadie recuerda sus rasgos. A partir de ahora, los contaré uno a uno, mirándoles bien. No se escapará a mi ojo. No desapareció la comida durante el atraque en Tresdedos, así que deduzco que se buscó la vida en la isla. Pero el capullo no nos ha abandonado.
                Pero su medida fracasó. Sí que era verdad que un cocinero había desaparecido. Volvieron a buscar en toda la Goleta de Fresno, pero ni rastro. Su ojo, ése que había descubierto ladrones y asesinos, al que nunca se la escapaba nada, se le escurría un vulgar polizonte hijo de perra como la arena entre los dedos. Trató de serenarse. Estaba reuniendo toda la evidencia que había conseguido. No quedaba mucho para acabarla. Primero la leería por completa. A continuación… que maría el barco si hacía falta, si con eso ese bastardo se calcinaba en su interior.

Diario de a bordo. Tercera luna llena. Año 712 IA
                La tripulación cree que es un fantasma, una maldición o un mago. Hay un poco de todo. Escupen al suelo con fórmulas mágicas, cuelgan musgo, arrojan sal sobre su hombro izquierdo y alguno no se cambia la ropa porque dice que lo protege de todo mal. De lo único que le protegerá es de la limpieza, porque mal, mal lo va a pasar mal como me siga con esa actitud. Sabe mis normas perfectamente. De nuestro polizonte no sabemos nada nuevo, salvo que le encanta saquear las cocinas sin ser visto.
                Las cocinas… una vaga idea comenzó a asomar en su cabeza. Se acomodó bien en su silla y se quitó la pata madera. Miró por la ventana de su derecha. Oscuridad. Y una brillante luna menguante. Caviló un rato más. Luego siguió leyendo.

Diario de a bordo. Séptima luna llena. Año 712 IA
                Considero mis normas sobre la higiene duras, pero justas. Y lo más importante: claras. Gracias a ellas, somos el barco con menos muertes por infecciones. Irónicamente, es muy posible que seamos la que más castigos impone. Por ello, nadie se extrañó cuando le corté el cuello a ese supersticioso rompe-reglas.
                Ni la piel de las patatas quedó sin registrar en la búsqueda de nuestro indeseable polizonte, pero no apareció. La gente dice que lo sigue viendo. Por mi parte, no he visto nada fuera de lo común. No es tonto. Sabe que si veo a alguien ajeno, se comerá sus propios intestinos a la cena.
                Sólo quedaba una entrada. Se acordaba bastante bien, pero la leería de todos modos. Siempre conviene recordar detalles, aunque sean pocos. Ese gusano… no. Esa mierda de gusano iba a saber quién era Barbamenta, y el porqué de ser tan temido en todo el mundo conocido.

Diario de a bordo. Segundo cuarto menguante. Año 712 IA
                Lo he visto! Estaba en cubierto, inclinado sobre la borda mirando a los peces cuando apareció. Al principio, creí que era un cocinero, por sus ropas. Pero al fijarme más, vi que no lo conocía. Entonces mi ira afloró y salté a por él. Mal hecho, poco puedo saltar con la pata de madera. Y el parche me quita profundidad de visión, por lo que besé el suelo, claro. Le di una oportunidad para escapar. Estoy furioso conmigo. Me levanté lo más aprisa que pude y lo perseguí. Desapareció sin dejar rastro. Hay algo que se me pasa, algo en las cocinas, pero no sé qué todavía.
                Hay algo que me escama. Estoy seguro de haber visto su rostro. Estaba atardeciendo, pero había bastante luz todavía. Lo vi de frente, lo que bastaría para que no me olvidase jamás de su rostro. Y sin embargo, nada. No consigo evocarlo, salvo un par de rasgos. Muy vagamente además.
                Dejó de leer y cerró los ojos. Trató de visualizar al engendro. Tenía ojos marrones... no castañ… no! Oscuros! Si, eso muy. Muy oscuros. Y una pequeña melena lisa. Más bien, muy rizada. Sí, sí! Su ojo no le podía fallar tanto. Sólo tenía con concentrarse. Cara ovalada, con el mentón salido y su nariz en forma de patata. No, más bien respingona. No, no, aguileña. O puede que… por todos los demonios del maldito infierno! Se le había olvidado! No podía ser! Volvió a golpear con furia la mesa. Esta vez, se partió en dos.
No podía ser. Si su ojo le había fallado, había fracasado. Una vez, un navegante al que había contratado, hace ya muchos años, lo había delatado. Eso era cuando su rizada melena era negra como el carbón, veteada de ciertas franjas esmeralda. Y al delatarlo, lo habían encerrado. Asuntos de dinero. Todo el mundo cree que si eres un pirata, tienes un tesoro en alguna isla llena de tortugas y cocoteros. Pero Barbamenta nunca fue un pirata típico, y lo poco que gastaba, se lo gastaba en él y su barco, por lo que nunca llevaba mucho oro. Y cuando tu bolsillo no puede pagar las deudas, las paga tu cuerpo. Así perdió un pie y el ojo. Al final, consiguió escapar con un par de cabezas de regalo. Se juró que con el otro ojo, no perdería de vista a nadie, para no volver a ser traicionado. Pero ahora el traidor era su único instrumento de confianza. Sin embargo, existía una posibilidad…
De repente, se le abrieron tanto los ojos que casi se le salen de las cuencas. Ya sabía dónde estaba ese bastardo. Lo de pasar inadvertido lo descubriría en cuanto lo encontrase. Era una cuestión sin importancia comparada con el hecho de estar semanas bajo sus narices, burlándose de él. Se levantó de la silla con tal brusquedad que cayó de bruces al suelo. Se había olvidado de ponerse la pata de palo. Con una mano apoyada a un aparador más o menos conservado, trató de ponerse en pie, mientras que con la otra se limpiaba la sangre que le manaba la nariz. A saltos, llegó hasta donde había tirado su pata y se la colocó. Ahora cojeando, se dirigió hacia la puerta. Vaciló. Bruscamente, dio media vuelta. Abrió un cajón al otro lado de la habitación. Al sacarlo, se partió, desparramando pelos negros y verdes. Barbamenta se agachó y comenzó a rebuscar hasta que encontró una peluca entera. La colocó bien prieta, y se dirigió con firme decisión a la puerta.
Al abrirla, se paró en seco: toda su tripulación, menos los del turno de limpieza, estaban allí. Recobró la compostura y dijo muy serio.
- Qué puñetas hacéis aquí? No tenéis nada mejor que hacer, cotillas de pacotilla?
- Perdone, mi capitán – se excusó por todos el segundo – Pero escuchamos tanto ruido y tantos gritos que creímos que… el fantasma le había poseído.
Sin siquiera darle tiempo a acabar del todo la frase, el capitán le golpeó con el dorso de la mano con tanta fuerza que le dejó la marca del anillo, una calavera atravesada por dos cimitarras sobre una media luna, al igual que su bandera.
- No quiero volver a oír hablar de ese fantasma, entendido? – Recorrió con su ojo a todos los que allí estaban. Cada vez que miraba a alguien, éste bajaba la cabeza y asentía – Bien. Coged las armas. Es un hombre. Un mago quizá. Pero sé dónde se esconde. Vamos!
Nadie, ni el timonel, se quedó en su puesto. Sin excepción, 116 personas, armadas y con ganas de revancha, seguían por toda la embarcación a su capitán, hasta las cocinas. Muchos se miraron interrogantes: allí ya habían estado, más veces de las que sabían contar. Atónitos, contemplaron cómo su capitán pateaba barriles. Pero no dijeron ninguna palabra (más les valía). Sorprendidos, vieron cómo su capitán levantaba una trampilla que pesaba alrededor de 7 arrobas con una sola mano. Entonces saltó con decisión y todos lo siguieron sin dudar, a pesar de que ninguno conocía el destino que les aguardaba detrás de esos maderos.
Chapoteando al caminar, Barbamenta se preguntaba cómo había sido tan imbécil. Esta bodega no se usaba desde que él había adquirido la Goleta de Fresno y se había olvidado que existía hasta ahora. El polizonte debió descubrirla de casualidad, buscando un buen escondite. Y vaya si lo encontró. No podía salir de allí salvo a la hora de la comida, cuando los barriles se retiraban. Demonios! Ese comemierda tendría lo que se merece!
Escuchó algo moverse justo delante de él. Se acercó cautelosamente, pero, tal que salido de la nada, el hombre saltó hacia su cara, apoyó un pie para impulsarse en su nariz, lo que disparó la hemorragia de nuevo, cayendo a sus espaldas rodando. Se levantó antes de que Barbamenta pudiera girarse del todo y corrió hacia la trampilla… frenando en seco para no acabar empalado en la horda de marineros furiosos que se moría por ver su sangre. Atrapado entre la espada y las espadas, no tuvo más remedio que asumir su derrota y arrodillarse. El mismo capitán lo ató y lo llevó por un pasillo de piratas furiosos hasta la cubierta. Allí, lo encadenó al pie del mástil central y lo despojó de todas sus ropas. El tuerto y cojo marinero se marchó, luego de darle una última mirada de desprecio, musitando un: “No lo matéis”.
Al amanecer, después del desayuno, concentró a todos sus hombres de nuevo alrededor del polizonte. Le habían metido una buena paliza, lo había oído, pero parecía como nuevo ahora mismo. Ni un solo moratón. Nadie diría que había sido torturado por un puñado de fuertes marineros si no fuera por un ojo morado y una mancha amarillenta en el brazo izquierdo. Le escupió a la cara. Luego se dirigió a sus hombres.
- Tal y cómo os dije! Ni mago, ni brujo, ni fantasma, ni leches! Sólo un polizonte muy escurridizo!
Hubo vítores para su capitán, abucheos para el polizonte y tomates voladores. Pero todo cesó de repente cuando una mano se levantó.
- Pero, si es así, cómo es que nunca lo hemos visto? – Inquirió el dueño de la mano. Otros asintieron con él. Milagrosamente, él y sus compañeros, conservaron la mano.
- Bueno, eso tiene una curiosa explicación, que a mi me costó creer. Pero es la única que puedo aventurar – Desenvainó la cimitarra y colocó el filo desafilado debajo de la barbilla del polizonte, obligándolo a mirar a su público. Su mirada no expresaba nada, aunque quizá la indiferencia ocultaba un miedo supremo – No os parece un rostro común, fácil de olvidar? – Todos asintieron. No caía duda, era el rostro más común que habían visto jamás – Mi madre, que Khartul la tenga en su gloria, me contaba historias de un desgraciado personajillo que se suicidó porque nadie recordaba su cara. Sospecho que este individuo tiene una magia similar. O estoy muy equivocado? – Acercó su rostro al del hombre. Éste lo miró de refilón, pero no dijo nada – Contesta! – ordenó mientras le arreaba tal revés que lo dejó tumbado en el suelo.
- Puede que no… - Balbuceó con tímida firmeza el hombre.
- “Puede que no” – Barbamenta soltó una fuerte risotada – Eres descarado, capullo. Dime, cómo te llamas? – Preguntó con tono imperioso mientas lo levantaba por el pelo de la nuca. No pesaba nada para él.
- Clept… Cleptómano – tartamudeó el ladrón debido al dolor.
- Cleptómaco… qué clase de nombre es ese para un polizonte? – inquirió, entre sorprendido y enfadado el capitán.
- Qué clase de mote es Barbamenta  para alguien que no tiene barba? Me lo llevo preguntando desde que sub… -La frase quedó ahogada por un grito de dolor, Barbamenta le había soltado un puñetazo en la boca del estómago con la mano de la cimitarra. Lo lanzó con fuerza al suelo, mientras que el hombrecillo se retorcía.
- No finjas que tienes cojones más grandes que este barco, hijo de puta. Si los tuvieras, no te habrías escondido tanto de mi – Se arrodilló junto a Cleptómano. Le obligó a ponerse a cuatro patas. Luego dijo – Mira, no sé qué haces aquí, pareces más un ladronzuelo de poca monta que un polizonte que arriesga su pellejo por un viaje gratis. Tampoco sé cómo haces eso de que te olvidemos. Por culpa de eso, nos has jodido pero bien. Sin embargo – sonrió cruelmente – Creo que sé cómo solucionarlo – Acercó el filo de la cimitarra a la cara de Cleptómano, mientras que con la otra sujetaba su cabeza, y… deslizó, suavemente, pero firme. Más sangre de la esperada manó de la herida y el ladrón, con los ojos cerrados, tuvo que reprimir un grito. Pero no pudo reprimir unas lágrimas. Lo comprendía. Le estaba quitando lo único que tenía en su mísera vida. Y no podía hacer nada.
Al levantarse, dejó caer al ladrón. Le escupió de nuevo mientras limpiaba la cimitarra sus ropas. Se dio la vuelta y se dirigió a sus subordinados.
- Que alguien encierre a este despojo a los calabozos – ordenó con sequedad.
- Pero, mi capitán, no tenemos calabozos -  se atrevió a decir el contramaestre.
- Vosotros creo que lo llamáis perreras – se giró, para encaminarse a su camarote – Ah! Y no limpiéis su jaula. Haremos una excepción con… cómo se llamaba? Cleptópaco.
Y mientras cerraba la puerta, dos peludos y altos piratas arrastraban a un catatónico y sangrante Cleptómano hacia su encierro.

jueves, 17 de mayo de 2012

Cleptómano X


X
            Cienrríos. Allá, allá lejos, su figura se intuye desde la Cordillera del Sangretierra. Sí, lejos: a varias millas de la costa se alza la ciudad, grande como ninguna. Nadie sabe quién la construyó. Y lo más importante, cómo. Pero, desafiando toda lógica, ni se hundía, ni se inundaba, a pesar del entramado de canales que la surcaba, de norte a sur y de este a oeste. Se decía, o más bien, decían saber los sabios armindolienses, que fue construida hacía más de mil años, en la época que dominaba la magia, de ahí tales propiedades. Pocos creían tal afirmación, más bien la tomaban como excusa antela imposibilidad de que la civilización más poderosa y avanzada del mundo conocido no pudiera imitar aquella majestuosa construcción. El fondo del mar estaba repleto de piedras como testigo de sus infructuosos intentos.
            Lo que sí se sabía era que el germen de la ciudad, de una época imprecisa, fue de madera. Un círculo que contenía apenas 20 casas y un minúsculo puerto. Qué madera era aquélla que aguantaba las inclemencias del tiempo, no se sabía. Pero aguantaba. Con los años, fue creciendo. De 20, pasaron a 100, de 100, a 200. Y así hasta ser un inmenso círculo de 10.000 casas de madera. Y siguió creciendo. La madera se sustituyó por piedra, y la anchura, por la altura. En lo que fue el núcleo de crecimiento, comenzaron a surgir altas casas, en un principio, de unos 3 o 4 pisos, para luego tener 20 o 30. A su alrededor, los bloques iban reduciendo su tamaño, poco a poco, hasta llegar a los puertos y sus pequeñas casas de trabajadores, que conservaban la tradición de la madera.
            Mas toda esta maravilla fue destruida en el momento que alguno de sus habitantes, cuya identidad los armindolienses guardan en secreto, tuvo la genial idea de poner un pie de el Cruce. En un principio, los crucíes, fueron amables con ellos, pero Armindol en seguida se enteró y lo consideró como una invasión a su territorio. Territorio que aún no era suyo del todo, aunque lo sería con el tiempo. Así pues, el Imperio convocó a sus tropas. Bueno, a los crucíes que estaban de su lado. Los supuestos invasores cayeron en seguida, no eran una civilización guerrera. Y Armindol se quedó con Cienrríos. Poco a poco, se fue repoblando, aunque no llegó a la gloria de antaño. Sucia, descuidada y llena de extraños, ahora la ciudad no era más que una gran silueta recortándose sobre el mar.
            Por esas pasarelas de madera bamboleante que irradiaban por toda la circunferencia, cojeaba Brödik, haciendo crujir las maderas a su paso. La mercancía había sido entregada a tiempo. Ya le habían pagado ambas partes, así pues, su trabajo concluía. Nunca se manchaba las manos: alguien necesitaba ayuda con un negocio, él la prestaba. Jamás quería saber de qué trataba; aquéllos que lo iban a visitar ya iban informados de cómo tratarle. Luego, Brödik ponía los medios, cobraba, y nadie volvía a saber de él. Ni le importaba si salía bien o no, con cobrar iba más que contento. Ningún Guardia Verde, ni Rojo, ni Púrpura, ni Dorado sabía quién era él ni cómo operaba. Y así debía ser. Brödik fue, en su época, rebelde de convicción y soldado de necesidad; la progresiva y lenta conquista del Cruce por Armindol había dejado a los crucíes en una situación pésima. Sin embargo, lo que parecía una fulgurante carrera hacia la Guardia Dorada, quedó frustrada cuando le dieron con una flecha en la rodilla, obligándolo (lo obligaron) a dejar la carrera militar. Abandonado a su suerte en el barro, decidió revolverse contra Armindol y sus ganas de conquista. Gracia a su experiencia, sería un fantasma, nada complicado en una ciudad tan grande y tan aislada.
            Ahora, se encaminaba hacia una de sus residencias, ésta en el barrio medio. Alguien le había dicho que lo buscaban, por negocios. El único momento en el que no era un fantasma. Tenía que fiarse de la camaradería y lealtad de unos pocos que sabían de sus residencias y que no revelase su identidad. Estaría perdido si lo pillaban en casa, su cojera le impedía resistirse a una guarnición. Sumergido en estos pensamientos, caminaba Brödik entre los edificios, que poco a poco crecían e iban ganando en color, tonos rosados y celestes sustituían progresivamente a la madera. Tres puentes y varios quiebros después, llegó. Subió las estrechas escaleras metálicas hasta su piso. Vacío, como todos. Para qué, si sólo los usaba para sus reuniones. Se sentó en el suelo, mirando por una ventana hacia el este. El imponente Sangretierra se alzaba, cubierto de nubes. De esta guisa, esperó horas, repasando mentalmente anécdotas pasadas y contactos.
            Un largo rato después, oyó subir a alguien. Los pasos resonaban por todo el edificio. Eso le gustaba. Evitaba sorpresas inesperadas. Se dio cuenta, casi en pánico, o tan cerca del pánico cómo se puede sentir un fantasma exmilitar, que llevaba puesta la máscara; una de esas máscaras de alquimia, que parecen piel. Era lo poco que quedaba de la antigua magia, y sólo lo usaban ladrones, espías y aristócratas que querían pasar desapercibidos. Y él, pues mantener la inexistencia era un trabajo duro que necesitaba de mucho ingenio y artilugios varios. Se rasgó la máscara, dejando entrever sus rasgos, redondos, con poco pelo y comenzando a encanecerse. Justo cuando se la quitó, su cliente entraba por la puerta.
            - Vaya, parece que no soy el único al que le gustan las máscaras – El visitante llevaba una máscara, pero una auténtica, de aspecto adusto y detalles en oro y plata. El cuerpo era normal, un poco bajo quizás, con vestiduras negras llenas de barro y polvo, cubiertas por una túnica negra. Si hubiera sido más corpulento, habría dado miedo. Peor Brödik le sacaba una cabeza.  Y un cuerpo entero. Casi le daba risa. Hasta le parecía que el hombre se apocaba.
            - Y bien, qué quieres? – dijo en tono hostil – Mi tiempo es demasiado valioso para malgastarlo.
            - Vengo por ayuda – respondió el extraño con voz amortiguada y un poco temblorosa.
            - Todos venís por lo mismo – replicó bruscamente. Le dio la espalda y se puso a beber de un odre de vino que tenía en ese piso.
            - Me podrías dar un poco? – preguntó con voz suplicante – Llevo demasiado sin poder beber… - casi lloraba
            - Aquí sólo bebe quién se lo merece – repuso casi gruñendo el soldado. Después de dar un largo trago, añadió – Además, vendiendo esa máscara, podrías comprarte la mitad de las tabernas del barrio bajo.
            - Necesito esta máscara para el trabajo. Se la robé a…
            - Calla! – gritó el robusto crucí – No quiero saber nada tus asuntos. Cuanto menos sepamos el uno del otro, mejor. Ahora, dime de una puñetera vez lo que quieres, si no – cruzó la sala cojeando, se encaró hacia y le espetó – serás vigiliante perpetuo en las profundidades marinas.
            El visitante  bajó la cabeza y tragó saliva. Brödik se apartó bruscamente y cojeó hasta la ventana. La respiración del extraño fue pausándose hasta que consiguió decir:
            - Tengo un gran negocio pendiente con las Arcas del Tesoro – Brödik se giró bruscamente, con los ojos bien abiertos. No sabía si ese hombre estaba loco o él estaba soñando. Las Arcas; un edificio de color aguamarina, el más alto de toda la isla artificial… y con más dinero de todo el Cruce. Sólo las cámaras subterráneas de Gran Fauce podrían comparársele… y este hombrecillo se plantaba aquí, con la máscara más cara de la ciudad, pretendiendo querer, qué? Robarla? Lo miró otra vez. Parecía lo suficientemente desesperado como para hacerlo. Sólo los Nueve sabían cuánto tiempo llevaba sin comer o dormir. Aunque bien pensado, si salía bien, si él conseguía que saliera bien, supondría una gran golpe para la moral de Armindol… quizá hasta un paso más hacia su salida con el culo al aire de tierras que no les pertenecían. Sonrió.
            - Lo que me dices es una locura. Y adoro las locuras. Quédate aquí hasta mañana. Haré que te dejen en la puerta un saco con provisiones. Yo volveré a con las primeras luces, y hablaremos.
            No le hizo falta ver su cara para saber que se iluminaba con un hermoso color dorado. El color del oro, por supuesto. El cliente pasó, casi a saltos, a la habitación del fondo, mientras la tarde declinaba ya. Brödik salió del edificio y mezcló con la muchedumbre. Durmió en la primera posada que encontró.
            Antes de clarear si quiera, Brödik ya estaba de camino a su piso. Cogió el camino más enrevesado que pudo imaginar. Había que evitar a toda costa que nadie supiera dónde vivía. Nunca se sabe quién te ve por el rabillo del ojo.
            Tres guarniciones, varios borrachos y algún vendedor que iba a abrir su comercio se le cruzaron, a todos los esquivó con quiebros y los despistó con rodeos. Toda precaución era poca, a su modo de ver. Por ello, Por cada bloque andando, torcía a la derecha, luego otra vez, volvía hacia atrás, luego hacia arriba, hacia abajo, izquierda, derecha, abajo, otra vez arriba, un par de puentes y llegaba al bloque del que había salido. Si, toda precaución era poca.
            Comenzó a subir escaleras cuando el sol subía también por el cielo. Entró enérgicamente, para que su cliente lo oyera. Eran muros gruesos, nadie lo oía nunca. El resto de inquilinos ni sabían que estaba ocupada. El hombre salió a trompicones, sólo con pantalones, túnica y la máscara, que estaba acabando de bajar.
            - Bien, viniendo de camino, he estado pensando los detalles de tu negocio. Y será complicado. Lo cual no quiere decir que imposible. Pero eso implica grandes honorarios.
            - Tenía pensado pagarte cuando el… negocio saliese bien.
            - No – contestó secamente – Necesitaré un adelanto. Sin adelanto, no hay ayuda.
            - Qué otra opción tengo? – dijo luego de suspirar. Se encogió de hombros – De cuánto estamos hablando?
            - 1397 monedas – adujo con total seriedad. Al pequeño ladronzuelo se le cayó la mandíbula al suelo. Era un precio desorbitado. Bueno, también lo era la empresa. Lo justo es lo justo.
            - No podemos negociar? – preguntó, casi por inercia que por pura convicción.
            - No – volvió a contestar. Y con un tono que helaría las Mil Llamas del Infierno de Lymer – O lo tomas o lo dejas.
            - Puedo hacerlo dentro de unos días? – Eso pareció convencerlo. Entornó los ojos durante un momento. Luego los abrió y dijo.
            - Vale, pero hasta que los tengas, no me pongo. Y más te vale que nadie sepa que estás aquí, o entonces, ese dinero será para tu funeral! – amenazó con el dedo apuntando a la máscara de su interlocutor. Éste tragó saliva y asintió. Luego Brödik salió. Sin que nadie reparase en él, y con su peculiar itinerario, se puso frente al edificio de las Arcas.
            Todo parecía pequeño en comparación con el enorme edificio. Cientos de hombres lo habían levantado, pero tenía la altura de miles. Y en lo más alto, allí estaba la meta. Cinco días estuvo merodeando, tanto por la noche como por la mañana, sobornando a guardias y explorando el interior, siempre con diferentes máscaras de alquimia. Con todo eso, hizo unos pequeños planos, que llevaron otros dos días. Y todo un viaje entero del sol para pensar un plan. Ya había pasado suficiente tiempo. Ese chico tenía que tener el dinero si o si.
            Al día siguiente, con más rodeos de los habituales, y hasta con máscara, volvió al piso. Su cliente lo recibió con nuevas ropas: chaqueta marrón de cuero, pantalones anchos de lino, camiseta blanca, zapatos de cuero también… y la túnica y máscara típicas. Era un espectáculo un tanto ridículo, bochornoso incluso, pero tenía las monedas. Hasta la última.
            - Me gusta que mis clientes sean de buena palabra! – exclamó entre carcajadas, a lo que el enmascarado respondió con unas risitas tímidas – En cuatro días, cuando sólo quede la ronda nocturna, irás al puente norte y esperarás por tres personas, que sabrán el siguiente saludo – Una serie de intrincados movimientos de mano conformaban una seña que, en efecto, nadie podría imitar. Ni memorizar. Toda la mañana y buena parte de la tarde le llevó al visitante aprendérselo. – Ahora, que ya está todo listo, sólo te queda esperar. Podrás?
            - No será problema – le contestó a la espalda de Brödik. Pero de repente, se dio la vuelta y le dijo
            - No he visto tu cara. Me gusta saber a quién le brindo mis servicios – No era una petición. Era una orden directa. Así que el enmascarado se desenmascaró, dejando un rostro común y nada llamativo – Vale, chico. No sé por qué la llevas         , pero me vale. No olvidaré tu cara.
            - Eso dicen todos – repuso Cleptómano melancólico mientras Brödik salía.

            - Os voy a matar a todos, hijos de perra! – gritaba llena de rabia alcohólica una voz gruesa.
            Todas las noches se oían voces cómo esa en los callejones del barrio bajo. Voces que usualmente morían al poco de empezar a sonar. A veces, eran los Guardias los que morían, pero no más que uno o dos pares de ellos. A la mañana siguiente, había 10 más en su lugar; la Guardia de Cienrríos es la mejor pagada de todo el Cruce, y por tanto, gran atracción para muertos de hambre. Sin embargo, en esta ocasión, casi una decena de antes hambrientos vagabundos yacían en el suelo. Refuerzos profesionales comenzaban a llegar al lugar de la refriega. Pero los Capas Verdes seguían cayendo y la voz, ebria de hidromiel y sangre, no callaba. La maza de Triturador caía con precisión y furia, partiendo todo aquello que se encontrase en su camino. Que, casualmente, eran los cráneos de los Guardias. Claro que a él le herían, pero estaba tan frenético, que no notaba los pinchazos de las lanzas de sus contrincantes.
            La luna ya había pasado hacía tiempo su cénit cuando la pelea acabó. Una alta figura, como dos hombres uno encima del otro, y gruesa como un toro, estaba en pie. Triturador estaba empapado en sangre, la mayoría no era suya. Tenía los ojos brillantes, la respiración entrecortada, una herida que se le había llevado parte de una oreja y una sonrisa desquiciada.
            - Bonito cuadro. Has sido tú el artista? – comentó una voz socarrona. Quién se atrevía a importunarle de ese modo? Se giró, con la idea de la muerte en la cara. Levantó su arma y… corrió a darle un abrazo a su visitante.
            - Brödik! – exclamó, exaltado – Pensé que eras un cazarrecompensas que venía a por mi cuello! Cuánto me alegro de verte!
            - Vale, vale, pero para – le estaba asfixiando. El gigante se dio cuenta y relajó el mortal abrazo. El fantasma cogió aire apoyado en su bastón. Casi nunca lo usaba, pero aquella era una ocasión especial – Qué ha ocurrido? – consiguió articular con dificultad.
            - Hacía tiempo que no tenía trabajo y ella necesitaba entretenerse – dijo orgulloso moviendo su maza. De repente, la ilusión asomó por su rostro – No es ese tu bastón de…
            - Exacto – asintió Brödik – El bastón de los trabajos importantes. Y te necesito en este.
            Triturador sonrió. Brödik se puso en marcha, cojeando con su bastón, con la masa de ira homicida siguiéndole los talones.        

            Aren era una sombra. Se movía entre el gentío, pasaba al lado de todos los habitantes de Cienrríos, y ninguno notaba su presencia. Y al llegar a sus respectivos hogares, se daban cuenta de que no llevaban ninguna de sus pertenencias. “Un olvido”, pensaban, sin darle importancia. Otros lloraban, pues sólo llevaban encima lo poco que tenían. Ninguno era consciente de la sombra que, por un momento, había pasado a su lado y les había quitado todo.
            Así era Aren: si el no se mostraba, nadie sabía que estaba allí. Podría entrar en el propio Castillo de Gran Fauce, o la inexpugnable mansión de ser Lorry del Valle, llevárselo todo delante de sus dueños y sólo sentirían una brisa. Y una gran confusión en cuanto descubrieran que una brisa ladrona los había desvalijado. Sin embargo, a él no le gustaba lucirse en empresas de tamaña envergadura; prefería vender su talento al mejor postor. Era más cómodo, más rápido y le permitía explorar su talento de maneras nunca imaginadas. Ahora mismo, acababa de la cama de una señorita; le habían pagado para saber si era virgen en verdad. Un encargo curioso, pero muy bien pagado. Y satisfactorio en grado sumo. Aparte, la sorpresa con la que se encontrarían contratante y objetivo dentro de un tiempo sería apoteósica. No pudo reprimir una carcajada.
            Caminaba despreocupado, con su alborotado cabello rojo al viento, cuando percibió que un encapuchado se iba a cruzar con él. Maravilloso. Una víctima más. Se ocultó y cuando estaba a la altura, extendió la mano, pero el caminate se apartó, al tiempo que le decía:
            - Aren, intenta robarme y te meto mi bastón de negocios por donde nunca recibes luz. Y dado que nunca te expones al sol, me dejarías ser muy creativo – amenazó Brödik al tiempo que giraba la cabeza para mirarlo directamente a los ojos.
            Aquello era mejor todavía! Brödik siempre le daba empleos divertidos y bien remunerados. Estaba dando saltos de alegría mientras reía a grandes voces, pero el fantasma pegó un certero bastonazo a la cabeza a la sombra, acallando de golpe todo el jolgorio.
            - Calla, no quieras que vengan los Guardias a por nosotros – dijo con voz gutural y cortante – Ahora camina conmigo. Tengo cosas que contarte.
            Muy obediente, Aren caminó al lado de su contratante. Estaba extasiado. Por su expresión, Brödik tenía un trabajo a su medida. Y él no se lo perdería por nada.

            Nadie nunca la alcanzaba. Corría y corría por los tejados, dando saltos imposibles, yendo a velocidades imposibles en una persona normal, y nadie nunca la atrapaba. Sialé era así. Ya lo hacía desde pequeña, y ahora, era una acróbata consumada. Ágil, flexible, y muy, pero que muy rápida. Se suponía que aquello estaba prohibido. A ella le parecía que nadie le podía prohibir vivir. Por eso disfrutaba dando saltos y escabulléndose en las mismas manos de los Guardias. Nunca estuvieron ni cerca de prenderla. Salvo una vez, pero ya había aprendido la lección. No volvería a pasar.
            En el momento su mente pretendía derivar hacia aquél desliz de juventud, vio algo que le llamó la atención: un pequeño dibujo en un saliente de un edificio. Nada más verlo, supo quién lo había hecho y lo que quería. Brödik la necesitaba una vez más. Y debía ser importante, él no se arriesgaba a tanto por una nimiedad. Así que lo borró y fue enseguida, en la línea más recta que pudo, a su encuentro.

            Se tumbó en el pequeño colchón que tenía en su piso clandestino. La rodilla le dolía como si la flecha le volviera a dar. Pero estaba satisfecho. Hacía ya mucho tiempo que los había dejado enfrente de las Arcas y explicado lo que tenían que hacer a cada uno. Una vez que el plan saliera bien, cobraría su parte y ya no sabrían nada más de él. Nadie. Nunca. Cerró los ojos e intentó dormir.
            Alto! Aquello eran pasos. Pasos acelerados, nerviosos, viniendo directamente hacia su escondrijo. Todo su cuerpo era tensión. Se apoyó en el bastón de los negocios para levantarse y caminó lentamente hasta cerca de la puerta. Esperó, sudando, a que el inesperado visitante se fuera. Mas no fue así. Lo pasos  se detuvieron justo enfrente de la puerta. Oyó al visitante tomar aire como buenamente pudo. Luego la puerta se abrió. No reconoció a su huésped. Llevaba unas ropas que le eran familiares, pero la cara… la cara era lo más común y corriente que había visto. Que nunca había visto, se corrigió. Mudo de asombró, se quedó quieto, mientras el chico hablaba.
            - Brödik,… ha…. Salido…. Todo… mal… - trató de decir el desconocido – Yo…
            - Pero de qué puñetas me hablas!? – gritó con furia. Se acercó a pasos agigantados al otro, con el bastón preparado y furia en los ojos – Mira, no sé cómo me has descubierto ni de qué me conoces, pero sal ahora mismo de aquí y no le cuentes a nadie lo que has visto o te juro que no habrá sitio en los infiernos donde sufras mñas que lo que te haré!
            La comprensión de repente apareció en el rostro del extraño. Eso no aplacó la furia del fantasma. El visitante trató de explicarse.
            - Yo…me conoces, soy el de la máscara – balbuceó Cleptómano con miedo – Me ayudaste a planear mi golpe…pero todo se torció… tenían…defensas… que nunca imaginarías… y…
            - Cállate! – y le lanzó un bastonazo que le hizo cruzar todo el rellano de la escalera, amplio de por si, chocando en la pared contraria – No te he visto jamás! No trates de engañarme! – gritaba mientras cojeaba hacia el caído adversario. N cuanto estuvo a su altura, levantó su arma para rematarlo, pero Cleptómano fue más rápido, pero al apartarse, tropezó y fue rodando escaleras abajo. Brödik maldijo su cojera. Le ralentizaba tanto que cuando llegó abajo, su presa se había levantado y comenzado a bajar. Quizá lo más exacto fuera decir que daba dos pasos y luego rodaba. Si el fantasma estuviera calmado, habría alabado la resistencia de su contrincante. Sin embargo, la situación no le permitía relajarse. Un tipo al que jamás había visto, llegando a su escondite secreto,  balbuceando cosas sobre su golpe fallido. O los habían pillado y confesado o…si eso debiera ser. Algún Capa de Oro, o alguno de esos nobles bien entrenados estaban por ahí y los cogieron. Ellos cantaron como pajaritos y enviaban a este… papanatas, a por él. Encima de traicionado, lo tomaban por tonto. Los ojos se le inyectaron en sangre. Primero mataría a ese imbécil. Luego mataría a sus colegas. Sin piedad. Y si había algún testigo, a él también lo mataría. Nadie comprometía la existencia del fantasma.
            Cuando por fin llegó al portón de la calle, Cleptómano a duras penas se ponía en pie. Estaba dolorido y mareado. Estado transitorio en cuanto se percató de lo cerca que venía su “colega”. Recuperó la compostura y echó a correr. Era cojo, no podría alcanzarle si iba lo suficientemente rápido. En qué momento se le ocurrió acudir a él? Nada más enterarse el tabernero de que necesitaba dinero, lo puso en contacto con el fantasma. Y ya que parecía cumplir sus expectativas, se decidió un golpe difícil. Por qué? Dioses! La tentación de poder llevar a cabo tal golpe era demasiado tentadora. Y sin riesgos! Sin riesgos? Sin riesgos sus cojones! Había escapado de milagro. El pelirrojo y la chica habían muerto al llegar a la cámara del oro, víctimas de una guarnición de caballeros armados hasta los dientes con… magia? No sabía. Pero eran las armas que usaban los armindolienses. Brödik nunca habría contado con ellos. Debería haberlo hecho, maldita sea! En la confusión, había escapado, dejando al grandullón de Triturador pelear. A estas alturas, ya estaría muerto. Con la emoción, fue a buscar ayuda a su benefactor… sin reparar en el pequeño detalle de la máscara rota. Sólo se dio cuenta de ello cuando tuvo su furiosa cara a un par de dedos, y para entonces ya era demasiado tarde. Ahora corría todo lo que daban sus piernas, dando quiebros y saltos por todos lados, pero él siempre estaba ahí. Tragó saliva. Estaba muerto, eso seguro.
            La pierna le dolía a horrores. Nunca la había forzado tanto. Pero si no podía atrapar a ese bastardo, daría igual. Oh! Las pasarelas del puerto. Genial, estaría atrapado. Se forzó a dar los últimos pasos, pero de repente, el fugitivo desapareció de su vista. Aquello lo dejó perplejo.  Cojeó como pudo hacia el lugar. Buscó por los alrededores. Miró al agua. Nada. Había desaparecido. Partió media pasarela con un golpe de negocios. Tenía que hacerse con celeridad. Iría a su escondrijo, en el sótano de una posada, y no saldría de allí hasta dentro de unos meses. Recuperaría su condición de fantasma. Y se vengaría. Y de qué manera! Todos esos hijos de puta preferirían pasar 1000 años torturados en un volcán antes de encontrarse con él. La perspectiva hasta le hizo sonreír.
            Salió del agua a por aire. Había funcionado. Menos mal que su padre le había enseñado a nadar. Le había sido muy útil en otras ocasiones, y en ésta, ni que decir. Gracias a su habilidad, ni siquiera hizo ruido al entrar. Apoyándose en la pasarela, salió del agua fría y sucia. Anduvo un par de pasos tambaleantes hasta dejarse caer al lado de unas cajas. Al fin a salvo. Creía que iba dormir allí mismo. Cerró los ojos. Pero los abrió en seguida. O al menos, a él le pareció en seguida. Despuntaba el alba y él se estaba elevando por el aire. Metido en una red junto con las cajas. De ahí no podría salir, la daga se le había caído en la persecución. Así pues, se puso lo más cómodo posible y se preparó para ser polizón de un barco.

  

     Creo que después de 10 capítulos de Clepto y uno con Jon, va siendo hora de charlar un poco. Antes de nada, perdón por tardar tanto en escribir, ando de exámenes. Lo que me lleva al siguiente punto: hasta mediados de Junio no habrá más Clepto. Si, por los exámenes también. Pero lo bueno es que ya están bastante planificados, así que vendrán rápido, no os preocupeis.
      También quería daros las gracias por leerme, mola eso de tener 470 visitas. Nunca creí llegar a tanto! Y gracias también al spam que sube las visitas. Hace que parezca que no esté todo tan muerto
      Un saludo a todos!

viernes, 30 de marzo de 2012

Cleptómano IX

                 Un paso más. Un solo paso y llegaría. Su meta estaba justo enfrente. Un solo paso más y… oscuridad absoluta.
                Como tantas otras veces, Cleptómano abrió los ojos en un lugar desconocido. Una pequeña habitación de madera, para más señas. Pero esta vez, no se despertó sobresaltado, sino tranquilo. Todas esas situaciones parecidas lo habían curado de espanto para siempre. Al incorporarse, le crujió la espalda. Colchón de paja. Montón de paja más bien. Y sin comida cerca. Tendría que pagar por ella, aunque le quedaba poca cosa. Ya se sabe, cuando una manada de lobos te ataca, o dejas tu comida o tú eres la comida. Lo segundo no le atraía, así que dejó la comida robada al amante de los animales al pie de un castaño y él subió a su copa, Con las prisas, la bolsa del dinero se le cayó. Los lobos se la debieron comer, porque no la volvió a encontrar. Avariciosos animales. Ahora nada más que le quedaba lo de sus bolsillos. Sin comida, había sido un milagro de los Nueve encontrar este pueblecito de montaña, del cual, presumía, debía estar en al posada.
                Hizo evaluación de daños. Todavía conservaba los pantalones. El resto de la ropa estaba al pie de la paja. Se compuso en un abrir y cerrar de ojos y entornó la puerta. Nadie. Quién dejaba una posada sin vigilar a primeras horas de la mañana? Salió al vestíbulo. Encontró la salida por un golpe de suerte. Ante sus ojos, una decena de casas levantadas con madera y paja, muy humildes. No era más que el típico pueblo pastor y leñador de montaña crucí. Abundaban por toda la cordillera del Sangretierra, pueblecillos como ese, que conservaban las antiguas costumbres crucíes. Por ello siempre había cerca una guarnición de Capas Rojas, con algún caballero llamado a filas, para evitar algún rebrote de rebeldía contra el Trono. Cleptómano se sentó en un banco del porche y esperó al posadero. Tenía hambre.
                El viento le cortaba la cara y el frío le hacía llorar. Pero Cleptómano ponía todo su empeño en no temblar ni llorar. Una vez, su padre le había dicho: “ Si alguna vez vas a las montañas, tendrás que comportarte como un auténtico crucí si quieres sobrevivir. Ni el frío, ni el viento, ni la nieve, ni la lluvia ni siquiera la propia montaña te podrán para o doblegar. Deberás de ser y fuerte como el mismo acero. Preocuparte de tus asuntos, y sólo de ellos y matar a quién te contradiga o desafíe también te ayudarán. Y siempre, siempre, siempre, respeta a una madre”. De ser todo eso cierto, aparecería con las tripas por fuera en medio de ninguna parte.
                - Qué haces ahí? – inquirió una voz grave. Al levantar la vista, Cleptómano vio que pertenecía a una gruesa mujer circular. Pero si le hubieran vendado los ojos, habría jurado que hablaba con un curtido leñador. Aunque habría acertado en lo del bigote
                - Estás sordo o qué!? – Aquel berrido casi lo tira del banco.
                - Disculpe, estaba distraído – respondió con su mejor sonrisa, pero no cambió el orondo y feroz rostro de la mujer – Es usted la posadera?
                - Y qué si lo soy? – le espetó. Estaba claro que veía algo raro en él.
                - Soy un humilde viajero camino de Cienrríos – A ver su la sinceridad la ablandaba – Mi comida se ha terminado. Podría comer y abastecerme aquí?
                - Vale - dijo más calmada – Le hará compañía al otro huésped – Por lo bajó, Cleptómano rió. O lo haría si no estuviera a punto de desfallecer.
                Mientras la posadera maldecía al fugado inquilino de maneras que jamás habría imaginado, Cleptómano se saciaba a la vez que pensaba maneras de largarse sin gastar nada de su pequeña capacidad pecunaria. Tanto tiempo pasó de esta guisa que no se dio cuenta de cuándo se llenó la posada. Gritos y canciones flotaban en el vestíbulo. Todo el pueblo debía estar ahí dentro. La posadera charlaba, detrás de la barra, sobre lo mal que estaban los caminos y lo poco que se respetaban ya las leyes de hospitalidad, pero no servía nada; eran los propios clientes los que cogían lo que querían. Y entre todo ese caos, oyó una voz conocida. Ya tenía plan de huida. Ahora, a esperar.
                - Pues me alegro de que el fugado haya vuelto! – Bramó jovial una voz de toro enfurecido. Pertenecía a un hombre grande, muy grande, pelirrojo y más ancho de hombros que un banco.
                - Gracias Larj! – Su tono claro, como agua de fuente, contrastaba con la adusta gravedad de las montañas. Y su corta estatura también lo hacía destacar entre todas las montañas que lo rodeaban. Sólo su pelo rubio lo hacía coincidir con el resto de paisanos – Ya iba siendo hora de volver! - Jeris Manosrápidas parecía de veras contento de regresar a sus orígenes.
                - Qué te hizo volver? – Una segunda voz, rota y cadavérica, como crujido de madera vieja, se unió a la conversación. Era de otro gigante, pero moreno y barba larga.
                - No me fueron bien los negocios – soltó de corrido y seco, para luego meter los labios en su hidromiel. Los tres amigos se hundieron en silencio.
                Bebieron y comieron sin hablar durante buena parte de la subida del sol. Cuando éste comenzó a bajar, un tercer montañés, el  más alto, el más rubio, y el más fuerte de los que estaban allí, bien armado, dijo con una voz que sonaba por encima del ruido:
                - Tu madre debe de estar muy contenta de tenerte para ayudarla.
                - Oh, sí. Pero más lo está la tuya – Sabía que si esperaba lo suficiente, Manosrápidas metería la pata. Uno olvida fácilmente la lengua afilada de un ladrón. Cleptómano lo habóa intuido, y Jeris ahora  se deba cuenta de su error. Todos se quedaron en silencio al acabar la fatídica frase. Ni siquiera se oía el viento.
                - Lo siento, Bergh... yo… no quise… -titubeó el ladrón, con los ojos bien abiertos, contemplando una muerte inminente. La cara del ofendido se desencajó. Nadie le falta el respeto a una madre y simplemente, vive para contarlo. Se levantó de forma tan brusca que tumbó la mesa. Jeris no era un luchador, así que saltó de su silla y trató de huir a trompicones, pero la clientela, con una expresión pétrea, le cortó el paso. Estaba acorralado en un círculo con paredes de roca pura con un oso gigante lleno de ira homicida armado con su hacha de guerra grande como un hombre. El ladrón esquivó dos embistes por los pelos, pero sabía que tarde o temprano, lo haría trizas. Jeris era inteligente, pero no muy rápido. Cleptómano se dijo que ya era hora de actuar. Para una vez que acertaba con un plan, no lo iba a dejar morir. Avanzó hacia los combatientes apartando suavemente al gentío mientras desenvainaba lentamente su daga. En cuanto tuvo al hombre del hacha cerca, levantó su arma, comenzó a avanzar hacia delante… pero resbaló en un pequeño charco de sangre. Cayó al suelo, al tiempo que su rival se giraba. Y éste sonrió, contento de tener el doble de diversión.
                - Bastardo asesino! – aulló el barbudo montañés – Te mataré! – Lanzó un tajo vertical que habría partido un árbol en dos, pero Cleptómano hizo gala de una rapidez inesperada, rodando hacia un lateral y poniéndose en pie de un fuerte impulso con los brazos.
                Ciego de ira, su oponente descargó un golpe horizontal, capaz de cortar a una persona en dos, que esquivó agachándose  y sólo llegó a cortar una columna de madera.  El gigante parecía haberse olvidado de Manosrápidas, así que éste aprovechó para acercarse por la espalda. Pero la posada parecía favorecer al guerrero, pues nada más dar un paso, el suelo cedió, atrapando el pie del ladrón. El barbudo montañés oyó e crujido, y hacha levantada, se giró para destripar a su rival. Rápido como un estornudo, Cleptómano saltó hacia delante, alcanzando a Jeris y apartándolo de la trayectoria diagonal del hacha, que acabó destrozando otra columna. Dos columnas fueron suficientes: el suelo del piso superior cedió, justo donde se almacenaban las barricas de hidromiel. Varios barriles cayeron encima de Bergh, enterrándolo en madera húmeda y alcohol. No se volvió a levantar.
                - Y éstos son los peligros del abuso del hidromiel – sentenció Jeris jadeante. Un suspiro después, la posada volvía a estar llena de canciones, el suelo limpio, y la despensa superior, despejada.
                Manosrápidas pagó gustoso la cuenta de Cleptómano, y un par de rondas más de propina. Mientras la comida desfilaba, ambos ladrones hablaban.
                - Gracias por lo de antes, amigo – dijo con una gran sonrisa- Podría saber porqué lo has hecho?
                - Nunca me gustaron las antiguas costumbres –respondió neutral Cleptómano. Su objetivo estaba cumplido, poco le importaba ya el resto.
                - Debería matarte por eso! – amenazó muy serio. Viendo que su interlocutor no cambiaba su expresión, enseguida cambió a una sonora carcajada – Tienes razón, no impongo nada. No soy como mis paisanos. Mi mente fue más de negocios, no de luchas.
                - Jamás habría adivinado que el ladrón más conocido de El Cruce era montañés. Ni que siguiera vivo después de Jardín de Dioses – Mierda.
                - Con que del gremio, eh? – Mierda, mierda, mierda – Sólo así sabrías lo de Jardín de Dioses. Nadie me relaciona porque conseguí escapar a tiempo. Aquella emboscada casi me mata!
                - Ya, ya me han contado… – disimuló como pudo. Dioses, porqué tendría que hablar! Ahora le pediría algo. Y no se podría negar. Ambos estaban unidos por una victoria, y si no prestaba ayuda a un amigo, los montañeses lo matarían. Asco de antiguas costumbres.
                - Quién? Y qué es lo que haces aquí? Y no me suena tu cara de algo? – Maldita su boca. Demasiadas preguntas. Suspiró y trató de serenarse. A disimular.
                - Me lo contó un tal Delrog, él estuvo contigo ese día. Tenemos mucha confianza. Consiguió un pequeño botín, pero unos salteadores se lo robaron. Ahora creo que es un bufón en la corte de algún señor menor. En cuanto a mi, sólo estoy de camino a Cienrríos, nada más – Levantó la mirada. Jeris parecía habérselo tragado. Era mejor eso que la verdad. La verdad nunca se la habría creído. Una ráfaga de tristeza pasó por el rostro de ambos hombres.
                - Vaya, me habría gustado que uno de los nuestros hubiese conseguido algo – Echó un trago de su pinta. Bien, a lo mejor escapaba de allí – Has dicho que ibas a Cienrríos – Mierda- Necesitarás dinero. Qué me dirías si te ofrezco un golpe fácil, que te dará dinero y que hará mucho bien la pueblo?
                - Qué aquí, lejos de todo lujo, no hay gran cosa – Esto no era lo que quería. Procuró no cambiar su expresión.
                - Oh, créeme que si. Las bolsas de los Guardias siempre están llenas de sobornos – Cleptómano maldijo para sus adentros. Sabía que sería un suicidio. Pero necesitaría el dinero. Nada era gratis en Cienrríos. Y tampoco quería morir a manos de los montañeses. No tenía elección.
                - Bueno, está bien – dijo a regañadientes- Necesito algún golpe que salga bien.
                - Te entiendo – Otra ráfaga, pero sólo en el rostro de Jeris. En seguida se le pasó. Un fuego se le encendió la mirada – Bien, supongo que querrás saber el plan. Consiste en en matar dos pájaros de un tiro: eliminar a los Capas Rojos apostados la sur y conseguir oro, ya de paso - Pánico y pavor en el hombre sin rostro – Oh, no te asustes tanto! No los vamos a matar nosotros. Los destruiremos desde dentro – Sacó de su faldriquera unos papeles. El miedo se fue. Un poco – Son dos cartas, imitando la letra del Capitán de este destacamento y del caballero que los comanda, ser Galindor Mallyn. No es que sean réplicas exactas, pero ambos se llevan a matar. Esta pequeña chispa hará que el fuego se extienda rápidamente, más aún que en la Fragua. Habrá una contienda entre los partidarios de ambos líderes, y quién sobreviva, estará tan débil que morirá a manos de mi daga – No era un buen plan, peor parecía efectivo. Además, la seguridad con la que Jeris hablaba daba confianza – Qué me dices? – El terror había desaparecido, pero se había instalado en su estómago. Esperaba que allí se quedara y no recorriera el resto de sus tripas.
                - A qué hora empezamos? – dijo intentando forzar una sonrisa. El ladrón no notó su miedo.
                - Esta misma noche. Quédate en la posada, ya te vendré a buscar. Será fácil, su equipaje está fuera de sus tiendas. Y ahora, otra rond…
                Ni siquiera podría emborracharse y no sentir nada. Antes de acabar de articular la palabra, toda una guarnición de Guardias Rojos irrumpió en la taberna. Y sabían bien lo que buscaban: ni aún se habían percatado del peligro, los dos ladrones ya estaban rodeados. Comprendiendo su derrota, se arrodillaron y se dejaron atar, bajo las socarronas sonrisas de Capitán y caballero. Cleptómano maldijo a los lobos, al dinero, la avaricia, las montañas, Jeris y a sus tripas, en una retahíla imposible de pronunciar para un hombre normal.
                Llevaban ya medio día atados, espalda contra espalda, en un barracón mal construido del campamento de los Capas. De cuando en cuando, les traían bebida. Comida, hasta ahora no. Pero no les dejarían morir de hambre. O eso suponían. Hablaban de cómo salir, cuando ser Mallyn entró de repente, con un fornido hombre canoso, de barbas luengas y delantal de herrero. Le recordó vagamente a su padre, pero éste tenía ojos más amables y el músculo menos marcado.
                - Has aprendido la lección, hijo? – Aquello le cogió desprevenido. Ese hombre, padre de Jeris? No podía ser.
                - Yo no soy tu hijo, Fareth – dijo con tono sombrío – Que te jodas a mi madre no te da derecho a ser mi padre – Al hombre no le sentó nada bien aquello.
                -  Si tu madre te oyera… -aseguró con rostro desencajado.
                - Me daría un escobazo, si – asintió con los ojos en blanco – Me es indiferente. Yo sólo quería hacer un bien a nuestro pueblo, y así me lo pagas?
                - No, tú querías cometer un acto criminal – replicó con condescendencia su padrastro – Llevas años haciéndolo. Hay carteles tuyos por todo El Cruce. Cuando tu madre se enteró de la procedencia del dinero que le enviabas, lo dio todo. Se llevó un disgusto muy grande. Sólo quise darte una lección.
                - Flaco favor me haces con esto! – Y le escupió a la cara. Galindor se adelantó para arrearle una bofetada, pero Fareth lo detuvo.
                - Tranquilícese, ser, mi hijo necesita pensar. Dejémoslo a solas con su amigo – Y se fueron. Ser Mallyn se quedó rezagado, contemplando con visible odio a los prisioneros. Su ancha figura se recortaba a la luz del atardecer. Su pelo y sus ojos, oscuros ya de por si, eran negros a contraluz. Y ondeando su capa, con su emblema, un gamo rampante,  se giró y se fue.
                Ahora ambos ladrones estaban solos, sin hambre todavía, pues en la posada habían comido en abundancia. Pero pronto llegaría la necesidad. Si Manosrápidas no aprendía la lección, para lo cual podían pasar miles de días, no saldrían nunca. Así que Cleptómano decidió usar sus años de experiencia en librarse. Puso sus manos a la obra, pero se dio cuenta de que algo faltaba. Se giró y vio que su compañero ya estaba libre y quitando unos tablones para escapar. Cuándo había hecho eso? Y lo más importante, cuántos años de experiencia tenía en sus manos? Ahora ya entendía su mote, al menos. Se liberó en un momento y comenzó a ayudar a su colega. Cuando ya no les faltaba nada para huir, oyeron una voz amortiguada.
                - … como le digo, Capitán, están haciendo algo, oigo extraños ruidos – Se miraron con pánico. Arrancaron los tablones de cuajo y saltaron  por el agujero justo en el momento en el roce metálico de las armaduras apuraban. Al entrar, ambos soldados contemplaron desolados el resultado de la fuga de los presos. El Capitán maldijo con toda la fuerza de su poderosa garganta, lo que hizo vibrar su poderosa papada.
                Se dirigieron al norte, hacia pueblo. Pero pasaron por delante del campamento. La vena de ladrón se les desató a ambos. Corrieron hacia allí. Estaba desierto. Y las bolsas con dinero estaban bien a al vista. Actuaron con cuidado, como se espera de un ladrón. Y en verdad debía estar desierto, porque no pasó nada. No era mucho dinero, pero si suficiente como para llegar a Cienrríos y algo más allá.
                - Bueno, siento que esto se haya desmadrado un poco – los dos sonrieron – Pero ahí tienes tu premio. Cienrríos está hacia allí – Señalo a unos arbustos – Yo iré al norte, al pueblo. Vete rápido, oigo pasos!
                Cleptómano enseguida se metió en los arbustos, pero no pudo contener la curiosidad sobre la identidad de los pasos. Se asomó y se quedó impresionado. Una pequeña mujer, de cabellos oscuros y facciones afiladas caminaba hacia Jeris con pasos indignados, seguida de Ferath, tratándola de calmar con una voz dulce.
                - Pero Riama, mi gata, por favor, no lo hagas…
                - Tú! – chilló con voz grave – Si no te hubiera dado a luz, habría dicho que eres hijo de una rata y una alimaña!
                - Pero madre, yo… -dijo sumiso el ladrón
                - Tú qué? Tú qué!? Me vas a venir con excusas de salvar al pueblo, ladronzuelo de pacotilla. Tu padre me lo ha explicado todo. Así de desagradecido eres? Yo no te crie así!
                - Pero él no es mi padre…- Una bofetada lo dejó en el suelo.
                - Respétalo! Él ha llevado la casa honradamente, como un crucí, mientras tú robabas y asesinabas con tus amigotes allá en las grandes ciudades. Tú sabes cómo se siente una madre al ver a su hijo en carteles de se busca, eh? – Un llanto desesperado buscó refugio en los hombres de su nuevo marido. Cleptómano no daba crédito a sus ojos.Parecía que Jeris tampoco. La mujer se apartó del hombro de su consorte y recuperó su carácter original – Ahora te arrepentirás de haberte fugado, oh sí – Cogió a su hijo de una oreja – Yo te enderezaré.  Haré que me respetes. Pagarás los daños de la pasada. Y lo de los Guardias también. Y créeme que no habrá piedad. La escoba conocerá lugares de ti que ni siquiera sabías que existían – Y despotricando todavía, se fue alejando, con su hijo de la oreja su marido cerrando el paso.
                Pasmado, Cleptómano avanzó unos pasos hacia su objetivo. Y después de asimilar toda la escena, comenzó a reírse fuertemente. No paró hasta que se fue a dormir, rendido de cansancio.