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viernes, 23 de diciembre de 2011

Jon, el bardo que no sabía cantar... pero follaba igual

Érase una vez, en las lejanas tierras de mi imaginación, existía una pequeña posada apartada del camino principal, en lo alto de una colina. Se llamaba “El Orgulloso Castaño”, en honor al imponente árbol que se alzaba detrás del edificio. Éste lo regentaba  un feliz y porcino posadero, de piel rosada, oronda figura y abundante vello rubio, aunque de cráneo completamente desabrigado.
Todos los días, él y su porcina mujer, de piel rosácea, pelo pajizo y nariz siempre alzada, se levantaban al amanecer, limpiaban la posada y atendían a los hospedados, así como a cualquier trotamundos que necesitase comer o aprovisionarse. De este modo lo había hecho su padre, el padre de su padre, el padre del padre de su padre, el padre del padre del padre de su padre… y siguiendo así hasta los tiempos de abundancia del rey Amyr V, que levantó el reino a base de tabernas y prostituyas. Haciendo real uso de ellas, por supuesto.
Transcurrían los días entre paz y rutina. Hasta que llegó él. Siempre era un hecho agradable el que un bardo se hospedase en la posada, las canciones gustaban a la clientela y aumentaban las ventas. Pero esta vez no.  Este cantor, si es que tal palabra con él podía usarse, se dedicaba a aporrear las gastadas cuerdas de un podrido laúd mientras su voz sonaba como un pájaro siendo estrangulado por un alambre de espinas. En casos como éste, las coces funcionaban muy bien, sin embargo, al público femenino parecía encantarle; todos los días, el hombre, que respondía al nombre de Jon, ofrecía su espectáculo mientras un corrillo de mujeres en edad de mereces, y su mujer, se deleitaban con el canto. Y si el porcino posadero le insinuaba a su porcina esposa algo sobre echarlo a patadas, ésta enseguida montaba en cólera y le arreaba con alguna pata de cerdo cercana. Tocaba pues, callar y aguantar los ruidos que el bardo hacía, tanto en la sala común como en su cuarto. Increíblemente, cada mañana, una hermosa manceba salía de su habitación, despeinada y entre risitas. El posadero no alcanzaba a comprender como tan horrendo atentado a la dignidad musical tenía tan alto éxito con las féminas. Jon no era más que un hombre fornido, de ojos oscuros, pelo rizo y perilla prominente y peluda, nada con lo que su grasienta figura pudiese competir. Y eso lo irritaba mucho.
Una noche, el bardo, luego de deformar hasta la pesadilla hermosas y picantes canciones, se recogió más temprano de lo usual. El posadero estaba extrañado, pero una conversación con un cliente le hizo olvidarse de ellos. Y así siguió la noche, entre conversaciones de (pocos) borrachos y algún comprador. En una ocasión, mientras despachaba a un viajero que quería pasar allí la noche, se comenzaron a escuchar los típicos gritos que siempre salían del cuarto de Jon. Luego de indicarle su cuarto al viajante, el cual poseía la cara más normal que jamás había pasado por la puerta de su posada, bajó a la despensa, en vista de que su mujer no rondaba por allí, y cogió una horca. Ya estaba harto. El pagar su habitación no compensaba el daño psicológico ni el sangrado de sus orejas.
A grandes zancadas, llegó hasta la puerta, y de una patada, la abrió. Lo que vio le hizo mostrar una gama de colores del blanco más fantasmal al rojo más iracundo. Su mujer, esa lechoncita a la que había dedicado los mejores años de su vida, estaba revolcándose con ese inmundo tonadillero. Ciego de venganza, se abalanzó hacia la boquiabierta pareja, horca en ristre, pero el bardo, con la precisión que da la experiencia, se apartó de un ágil y desnudo salto, provocando que la horca se clavase en el cabecero de la cama, para luego envolver, con un hábil juego de manos, al posadero con las sábanas. Hizo entonces un ovillo con su ropa, le plantó un beso en los morros a la porcina adúltera y, entre las amortiguadas maldiciones del cornudo, saltó por la ventana, saltó por la ventana, corriendo después hasta perderse en la espesura de un bosque cercano.
No sé que fue luego de la pareja, pero algunos huéspedes juran que algunas noches, de una habitación, se escuchan gruñidos. Como de cerdos.

1 comentario:

  1. Emitiré un berrido de satisfacción tras leer tu relato,la forma es original y el contenido está bastante bien, sí. Ánimo con el blog ^^

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