Sed bienvenidos

Sentaos si queréis. O permaneced de pie. Pero si queréis oír historias, mejor será que paguéis

lunes, 25 de marzo de 2013

Cleptómano XVII


               Todavía quedaba un poso de sueño en su mente cuando Cleptómano empezó a despertarse. Tenía esa sensación de irrealidad, de no querer abrir los ojos y seguir durmiendo. Pero el mundo de la vigilia lo llamaba, y lentamente, el ladrón llegó a él. Cuando todos sus sentidos se encendieron de nuevo, el rabillo del ojo lo avisó de movimiento. La alarma recorrió todo su cuerpo. Se había dado cuenta de que ni sabía dónde estaba, ni con quién, ni qué había hecho la noche anterior, aunque eso tenía algo que ver con un leve dolor de cabeza que amenazaba resaca. En frente suya había una pared de madera. Se giró. Un bulto se movía, con movimientos gráciles y seguros. Poco a poco iba acercándose a él. Lo mejor que podía hacer era quedarse quieto y esperar. Si cometía el error de acercarse, sacaría su cuchi… las uñas. Lo malo de estar desnudo es no poder guardar los cuchillos. Bueno, podía morderlo. O darle un empujón y correr. Si se alejaba lo suficiente no lo reconocería. Pensó mejor ese último pensamiento. Maldijo al universo. Comenzó a evaluar todas sus posibilidades, que no eran muchas (ninguna, más bien) mientras se acercaba la figura. Ya se había subido a la cama. Acercaba sus labios hacia el rostro de Cleptómano. Él sudaba a chorros. Contrajo las piernas, el cuerpo entero, dispuesto a saltar, a correr, a lo que fuera, cuando una voz femenina dijo:
- Oye, nene, quieres seguir a oscuras o abro la ventana?
            Cleptómano lo recordó todo. Cervezas, sonrisas, escaleras y sábanas. Una muy cálida sensación. Felicidad suprema. Sueño profundo.  Decidió seguir a oscuras.

            No había ser existente en el momento actual más feliz que Cleptómano. Su rostro había pasado de no tener rasgo para el resto del mundo a llevar tatuada una sempiterna sonrisa. Meses habían pasado desde Barbamenta de la diera aquel regalo. Si, regalo. Una vez llegado al Cruce y de acostumbrarse a su nuevo rostro, todo habían sido ventajas: se había acostado con mujeres sin extrañas y estúpidas consecuencias, había podido ponerse a trabajar honradamente para pagarse el viaje, había cogido carruajes, viajado con personas… Una delicia!
 El invierno había provocado un corte del camino que lleva del brazo oeste del Mordisco al Valle, por tanto, se había quedado en una granja, trabajando con el sudor de su frente. Hasta tenía una relación medio seria con la hija del granjero, una bella moza de anchas caderas y sonrosadas mejillas, como siempre se imaginó a su madre. El sol al fin brillaba en el horizonte. Metafóricamente hablando, porque con el tiempo que hacía, que no paraba de nevar, era una suerte ver algo más que blanco nuclear.
Como llegó, el invierno se fue. Cleptómano era feliz, con su chica, Didi, y sus suegros, Gordo y Felda. Aparte de coger leña y hacer pequeñas chapuzas, herraba a los caballos y fabricaba pequeños utensilios. Una vida sencilla, una vida feliz.
El tiempo seguía pasando y el futuro y pasado de Cleptómano, que ahora se hacía llamar Anth, se diluían lentamente en la humildad del trabajo y la cálida vida familiar. Ya no le dolía la traición de Barbamenta. Ya no recordaba su antigua vida de ladrón sin cara. Ya no le importaba ese viaje hacia el Valle. Lo único que quería era vivir su presente. A quién le importaban las palabras de su padre? Era feliz y punto. Su padre no tendría nada que objetar.
A veces se preguntaba por qué su nueva familia lo había aceptado tan fácilmente, sin preguntarle sobre su pasado y esas cosas. Gordo le había respondido: “Haces feliz a Didi. Trabajas bien y tienes cara de honrado. Yo no necesito más”. Cara de honrado. Cleptóman… perdón, Anth casi estalla en lágrimas. Abrazó a su suegro con fuerza y fue mejor persona que nunca.
El tiempo, como es su costumbre, no dejó de pasar. Las estaciones se sucedían. Las lunas no dejaban de alumbrar las noches, ni los soles de alumbrar el día. Tenían lo justo para comer, pues los impuestos eran altos. Había movimiento político al parecer. Pero mientras se tuvieran entre ellos y comida suficiente para pasar el invierno, todo quedaba en un segundo plano.
Que cuánto tiempo estuvo vegetando Clept… Anth? Años. Lustros. Décadas. Siglos. Bueno, siglos no. Y si me apuráis, no creo que llegase a las décadas. Eh, os estoy contando una historia, no una monografía. No seáis tan pejigueros y atended, que empieza lo bueno.

Un hermoso día primaveral. De éstos que sólo salen cuando ha dejado de llover. Anth, en su pequeña forja, donde crea tenazas, limas, sierras y alguna llave perdida, está ahora mismo dándole los últimos toques a… pongamos un pequeño hacha. Detrás de él aparece Didi, nerviosa. Él se da cuenta de que alguien está parado a su espalda. Se da la vuelta y sonríe. Le pregunta: “Qué haces aquí?” con una sonrisa dulce. Ella está colorada, y no despega su mirada del suelo. Anth reitera la pregunta, pero sigue dando largas. Le rehúye la mirada. Así que nuestro hombre le da un beso a su amada, la mira dulcemente, se gira para seguir trabajando, pero Didi lo interrumpe. Dice: “Estoy embarazada”. Se le cae el martillo encima del pie. Da gritos de dolor combinados con saltos de felicidad. Abraza a su compañera llorando
 Guardad este momento en la memoria. Cleptómano ha muerto, sólo vive Anth, un ser con rostro y una vida feliz, que no tiene trazas de acabar por ahora. Pero de las montañas siempre vienen nubes de tormenta.

Una noche de tormenta, de esas en las que sabes que algo malo va a pasar, por el camino que lleva a la granja aparece una anciana, de esas que sabes que ocultan algo. Con paso acelerado, alcanza la puerta de la casa y llama con fuerza. Se desgañita. Al cabo de un rato, abre Gordo.
- Qué quiere? – Pregunta el orondo granjero
- Soy una anciana y me he perdido – Contesta la anciana con voz temblorosa – Podría pasar aquí la noche hasta que amaine la tormenta?
- No veo inconveniente. Pero somos muy pobres. No sé…
- Tranquilícese, buen hombre – Interrumpe mientras entra en la casa, sin preocuparse por el protocolo – Le recompensaré. Ve. Tengo oro – Dice mientras enseña unas monedas.
Gordo se pone contentísimo. Por fin podrían arreglar el granero! Va corriendo a presentarle a su mujer a la invitada. Luego de unas palabras, prendada queda de la sabiduría de la anciana. Baja ahora Didi de su cuarto compartido, curiosa por saber a qué obedece tanto alboroto. Algo de barriga asoma por sus amplias ropas. La visitante, por supuesto, se da cuenta de su estado y usa sus años de experiencia: será un niño sano, libre de enfermedades. Fuerte para la granja. Guapo para las mozas. Todo un partido. Y todo esto lo sabe leyendo la palma de la mano de la agraciada, escuchando su barriga y mirando a los ojos. Una ciencia exacta, vamos.
Cuatro consejos sobre la mejor forma de plantar trigo, una lección sobre sorgo y la posibilidad de plantar grosellas aún con el clima que reina en aquella zona consiguen ganar la confianza de los habitantes. Muchas más perlas de sabiduría después, la anciana sube, lentamente, a su habitación, alegando cansancio por el viaje. Llega y lo primero que hace es mirarse en el espejo. Echa una mirada de desprecio. Aborrece su forma, pero se resigna. Ha sido útil, y debería seguirlo siendo, al menos, hasta acabar su misión. Dice unas palabras y en el espejo se materializa la imagen de Anth, con problemas de insomnio. Justo como lo quería. Murmura otras palabras y desaparece. Sale de su cuarto y en encamina al de su objetivo. Se da cuenta de que le cuesta andar, pero de forma genuina, no fingida. Cada vez le costaban más esa clase de cosas. Debía de darse prisa.
Entró sin, más, en la habitación:
- Cleptómano! – Susurró con fuerza. Y el ladrón se levanta, alucinado y con miedo. Mira de arriba abajo a la anciana. No la reconoce.
- No sabes lo que ves, eh? – Dice, en voz baja – No hables! Todo llegará. Sólo necesito hacer un trato.
- Mire, señora – Contesta Anth con fingida determinación – No sé a quién busca, pero no parece un hombre muy respetable. Debe de ser que me parezco. Tanto da, se ha equivocado. Váyase de mi casa y deje en paz a mi familia!
- Vamos, Cleptómano, déjate de juegos. Sé que eres tú, pues tú no te pareces a nadie, y a la vez te pareces a todos. Sé todo lo que te ocurrió. Puedo ayudarte.
- Largo de aquí – Responde Cleptómano – Déjalos en paz. No quiero volver.
- Y vas a dejar que los deseos de tu padre no se cumplan? Lo traicionarás?
- Padre está muerto, no creo que le molesten las traiciones. Él quería que yo fuera feliz. Ahora lo soy. Váyase, quienquiera que sea, y no vuelva. O se arrepentirá.
- Ya veo… - Reflexiona un poco – Mira, quizá no quieras volver a ser descarado, pero puedo ayudarte. Darte medios para ser feliz. Qué me dices a eso?
- Yo…
- Bien, escucha. Tu pueblo de origen está a sólo unas horas al noroeste de aquí. Vuelve. Vuelve a tu casa. Lleva clausurada años, Lord Gaskell se aseguró de ello. Encontrarás, detrás del escritorio de tu padre, un pequeño cajón escondido, con papeles. Dámelos y te dejaré con tu vida.
- Y por qué debería?
- Porque quieres a tu familia. Porque te sientes culpable de no hacer caso a tu padre. Porque eximirte de esa culpabilidad.
- Pero…
- Todo quedará explicado cuando me traigas esos papeles. Hazlo! Y ahora, duerme.
Cae Anth en su cama. Duerme como un tronco. La anciana vuelve a su cuarto. No duerme, no lo necesita. Ahora queda esperar.

Cleptómano se despertó. Sentía como si el mundo se le hubiera caído encima y el tiempo se hubiera partido en la boca de su estómago. O lo habría sentido en toda su potencia si tuviera conciencia de la digresión temporal como recurso narrativo. Como a él esas cosas no le importan, sólo notaba el estómago revuelto.
Bajó a comer algo, junto a su familia. La cocina estaba desierta. Raro. El sol ya estaba muy alto, Felda debería estar cocinando.
Recorrió la casa. Nadie en las habitaciones. Nadie en el granero. Nadie en el huerto. Nadie en ninguna parte. Cogió algo de pan con queso, unos chorizos para el camino y se dirigió a cumplir su cometido, a lomos del único caballo que vivía con ellos.
Pocas horas pasaron hasta llegar al pueblo. Su pueblo. Seguía siendo igual. Dos calles transversales que desembocaban en la plaza del pueblo, atravesadas por otras pequeñas calles irregulares que arruinaban la sensación de orden. Casas pequeñas de madera y piedra, al estilo del Valle, que aguantaban bien las abundantes lluvias y mortales nevadas. Hoy había mercado. Malo. Quería pasar desapercibido. En fin, habría que improvisar.
Ató a su caballo en un poste en la entrada sur de la ciudad. Caminando, recordaba pequeños retazos de su vida: en aquélla esquina, se había caído y nadie le había ayudado, porque no sabían quién era. Enfrente de la casa de Gueren lo habían apedreado los niños del pueblo, porque pensaban que le quería robar. Y lo mismo el viejo Ashford detrás de aquél puesto de fruta que ahora parecía regido por su hijo. Aunque lo de Ashford lo tenía merecido: todos sabían que su padre había sido el regente del Valle hasta que las deudas lo habían dejado en el barro, y muchos niños iban a burlarse de él. El joven Cleptómano no quiso ser menos.  Trató de escribirle con sangre de vaca algo muy ofensivo, no recordaba qué. La paliza que le había dado lo tuvo un mes sin salir. Y otro más como castigo de su padre.
Fue navegando por calles y memorias, dándose cuenta de lo mucho que agradecía a Barbamenta el haberle dado al fin una vida. No es que antes no la tuviera. Tampoco que le desagradara. Ahora podía ser una persona real. Y sonrió.
 Y al fin, llegó a su antigua casa. Estaba al final de uno de esos caminos pequeños, entre dos casas, que si no prestas atención, te los saltas. Él no se lo saltó. Siguió el camino que llevaba hasta el porche. No había verjas, ni rejas ni nada. Su padre siempre había sido muy confiado.
La puerta estaba bloqueada, cubierta con varios tablones. Trató de desclavarlos con las manos, pero no hubo manera. Luego comenzó a tirar. Tanto fuerza hizo que le resbalaron los dedos y acabó tumbado en el suelo, por la inercia de su fuerza.
- Hijo, qué diantres pretendes hacer? – Preguntó una voz a su espalda – Ahí no hay nada para ti.
Cleptómano se puso de pie. La voz se volvió corpórea. Era Mundt, el leñador. Había envejecido más de lo debido. Casi no lo reconocía. Pensó que a él tampoco lo reconocería, así que no podía decir: “Hola, soy hijo de Hotvar, vengo a buscar los documentos perdidos de mi padre”. Nadie lo creería. Habría que improvisar.
- Soy… Smit, un enviado del rey. Estoy haciendo inventario de las casas abandonadas, para ver si se pueden usar para dar cobijo a las víctimas de la guerra.
- Oh! Al fin algo con cabeza! Espere, espere, que ahora se la abro.
Al cabo de un rato, volvió con un hacha, y al cabo de otro, ya estaba dentro.
Mundt no paró de hablar sobre su padre. Lo buen herrero que era, el buen servicio que hacía al pueblo, incluso acogiendo de vez en cuando a huérfanos bajo su tutela. Eso hizo expresar una mueca de dolor al reconvertido ladrón.
- Cuando murió – Contaba –hubo tres semanas de luto. Nuestro señor se desvivió para conseguir un herrero tan bueno, pero no hubo manera. Nos conformamos con uno normalito. Pero como no era Hotvar, nos negamos a que viviese dónde él. Construimos una nueva herrería entre todos y sellamos ésta. No queríamos que su memoria se deshonrase, entiende?
Entre tanto, Cleptómano deambulaba como si no supiese dónde estaba. Lo miraba todo, ya fuera cajón, alacena o taza. Y todo le traía recuerdos. Hoy se veía que era una mañana de recuerdos. Vio esquinas mordisqueadas por ratas aún no del todo domesticadas. Arañazos en el suelo por jugar con espadas. Alguna mancha seca de traspiés embarazosos (cómo se le habían pasado a su padre? Con lo pulcro que él era!) Y así, por todas las habitaciones que conformaban ambos pisos.
Cuando le pareció que ya había hecho suficiente teatro, fingió tener sed. Y funcionó. Mundt le fue a conseguir agua. Aprovechó para ir corriendo al despacho de su padre. Piso de abajo, yendo hacia la forja, mano derecha, atravesando la despensa. Siempre le había parecido extraño que un herrero tan humilde tuviera un despecho, como si de un noble se tratase. Tampoco es que hubiera preguntado. Probablemente ya nunca lo sabría. Se acercó al escritorio, y con esfuerzo, lo apartó. Una atenta mirada a los troncos que conformaban la pared reveló que el musgo crecía alrededor de un rectángulo que simulaba madera, pero que al tocarlo estaba frío. Un frío metálico. “Mi padre era un artista” pensó con orgullo. Lo retiró sin mucha dificultad y cogió todo papel que había dentro.
Con los documentos apretados contra el pecho, salió corriendo de la casa. Se encontró de frente al leñador.
- Hijo, a dónde vas con tanta prisa? – Le gritó al verlo pasar.
- Se me hace tarde! – Contestó elevando la voz sin parar de correr.
Esquivó a todo aquél que le salía al paso. En el Valle, todos eran muy confiados y te querían ayudar. No necesitaba ayuda. Necesitaba velocidad.
Llegó al lugar dónde había dejado su penco y guardó los pergaminos en la alforja. Así, sin orden ni concierto. Algo le decía que más le valía darse prisa.
El caballo y él sudaban. Ya era hora de la comida, pero no tenía hambre. Sólo la idea fija de llegar cuanto antes. No era la primera que tenía tal sensación. Por eso quería apurar. Regresó a la granja en la mitad de tiempo que le había llevado la ida. Cómo no, la anciana estaba allí, en la puerta, esperándolo.
 - Los has traído? – Preguntó con un tono de orden inmediata.
- Dónde está mi familia? – Preguntó, con amenaza fingida.
- No estás en condiciones de amenazar a nadie, Cleptómano – Respondió con una capa de amabilidad que ocultaba algo más. Algo peligroso – Dame los papeles, y todo se aclarará.
- Qué son? – Quiso saber, al tiempo que desmontaba y revolvía en las alforjas – Y para qué los quieres?
- A su debido tiempo – Contestó, al arrancar de la mano que los tendía los papeles, mientras le dedicaba al ladrón una mirada de suspicacia.
Entró la anciana en la casa, y Cleptómano la siguió. Encima de la mesa de la cocina, desplegó los pergaminos. Palabras que no comprendía se mezclaban con dibujos que no entendía. Pero esa anciana estaba contenta. Su vista iba de una a otra cuartilla, leyendo y asintiendo, susurrando por la bajo. De repente, la atmósfera se volvió densa. Costaba respirar, ya no digamos moverse. Mas la anciana estaba en su elemento. Parecía haber crecido. Se giró. Ya no era más anciana. Era aquélla zorra! La bruja! La que mató a ser Lansloth!
- Leo por tu cara que me has reconocido – Comentó en ese tono de zorra tan odioso-  En fin, creo que te debo unas explicaciones…
- Qué era todo eso? – Gritó Cleptómano, sobreponiéndose a la densidad del ambiente – Y qué…
- Oh, un parche para mis… habilidades. Espera, que te lo muestro – Y un estallido nácar mandó al ladrón volando por los aires. Un agujero sustituía al ala dónde había estado la cocina. Dentro de esos agujeros, la bruja, que de algún modo sabía que se llamaba Kjara, levitaba, envuelta en una aureola irisada.
- De nada por haberte sacado el zumbido de las orejas – Dijo a la par que se acercaba flotando – Cómo puedes comprobar, tu padre era un gran hombre – comentó al tiempo que se miraba. No era una anciana, si no joven, mucho más joven que la última vez que la había visto. Cerró los ojos y con unas palabras en un idioma cuya sonoridad invitada a no querer saber nada de la civilización que lo hablaba, cambió su amplia túnica gruesa por ropas más ligeras, que se adaptaban al cuerpo como una segunda piel, mostrando sugerentes formas de mujer.
- Pero… el… herrero… - Consiguió articular, luego de sobreponerse a tanta visiones fantásticas.
- Oh, vamos! Crees que era un inocente herrero? Por el amor del Abismo!- añadió con deje despectivo – Tu padre era uno de los mayores sabios del mundo. Trabajó mucho tiempo para el rey. Para éste no, para otro. No sé cuál, todos me parecen iguales. Tú naciste con la Batalla de los 100 Acres. En cuanto te vio, supo que estaba en lo cierto. Y desapareció.
- Espera, espera, qué?
- Tú vienes anunciado en las profecías. Tú eres la llave que abrirá el encierro de la magia. Ese es tu destino. Por eso debes vivir. De verdad creíste que tenías que ser rico? Qué patético!
La cara de Cleptómano era una sábana blanca sorprendida. No sabía qué pensar. Toda la base en la que se sustentaba su vida, tanto la anterior como ésta, se habían caído.
- Cierra esa bocaza – Obligó Kjara con una orden mágica. Y casi se descola la mandíbula de lo fuerte que le hizo cerrarla – Si, él sabía de la magia, era lo único que pararía a Armindol. O lo levaría a ser imparable. Quería que cuanto estuvieras preparado, tú les parases los pies. No sé qué le hizo echarse atrás, pero aquí estoy yo para recordártelo.
- Pero… - trató de decir antes de que le volviera a cerrar la boca.
- Tú calladito! Me vas a hacer caso. Vas a ir al norte y cogerás esa magia para mí. Y juntos pararemos a Armindol. Habla ya.
- Y qué pasa si me niego! -  Gritó al recuperar el aliento – Ya no soy el que era! Tengo familia! Tengo cara! Soy una persona, no tu marioneta!
- No, no eres una marioneta. Eres un peón. Una copia de una llave. Pero la original, se ha perdido, eso te hace a ti la original. Por tanto, eres indispensable.
- No! Me niego a que me vuelvas a utilizar! Quiero ser yo! Quiero disfrutar de mi regalo! Quiero… - Notó algo en la mejilla. Se llevó la mano y… había desaparecido. Su regalo. Abrió los ojos de par en par, consternado.
- Los regalos se pueden quitar. Ahora ve, Cleptómano! Yo cuidaré de ti! Pues eres el único que puede cumplir esta misión.
- No – Se reafirmó – Tengo familia. No los abandonaré.
- No. No tienes familia.
Enmudeció. Qué quería decir con aquello? Sabía que la tenía, claro que la tenía! Hasta tenía un hijo! Abrió la boca para preguntar, pero se vio interrumpido.
- Muertos. Cicuta – Hizo materializarse un frasquito con una estallido fucsia – Los enterré por la noche en el huerto.
Cleptómano corrió. El huerto era inmenso. Pero al poner encima de él, se puso a escavar. Como un loco, deambuló de un lado a otro, escarbando con sus manos. Le sangraban las uñas. No podía ver por las lágrimas, pero seguía quitando la tierra. Tenía que mentir. Tenía que mentir! ERA MENTIRA!
Kjara veía el espectáculo, levitando, con cara aburrida. Sabía que esto pasaría, pero pensaba que tendría más entereza. Los mortales eran patéticos. A excepción de Hotvar, que había encontrado un hueco para que su magia fluyera (bueno, no exactamente, pero había aprovechado ese hueco). Se iban a enterar esos armindol de lo que era una semidiosa enfurecida. Oh, se había detenido. Perfecto. Se acercó.
 Allí estaba Cleptómano, arrodillado, gritando al cielo, lleno de lágrimas. Y una mano de mujer asomaba por encima de la tierra.
- Ahora eres mi avatar aquí, Cleptómano. No lo olvides – Y se desvaneció.
Cleptómano lloraba. Cleptómano gritaba. Bajo un cielo nublado, Cleptómano calló. Cleptómano cayó. Inmóvil, Cleptómano recibió la lluvia. Y no paró de llover en mucho tiempo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Cleptómano XVI


           Después de un largo rato indeciso, escogió el conjunto que menos le disgustaba. “Estúpidos atrasados crucíes…”, pensó para sí. Odiaba tener que ponerse esa ropa tan anticuada. Las calzas le daban frío, el lino se sentía raro en la piel y la lana le picaba. Miles de años de historia para esto? En la mitad, los armindol habían conquistado medio mundo! Y gracias a que ellos habían llegado al Cruce. No quería ni pensar el esfuerzo que sería infiltrarse en la sociedad si ellos no hubieran intervenido en la historia.
Contempló el resultado y bufó. Ladeó el sombrero y maldijo la pluma rosa. Indignado, salió del vestidor a reunirse con sus compañeros.
- Eh, Fresno! Por qué no nos cantas “Las Bodas de Würlack”? – se burló su compañera. Para ella era fácil. Sólo tenía que ser una pequeña condesa de un condado perdido de la mano de Rau. Él era el trovador de la velada.
-  Muy graciosa, Marg… Muy graciosa… A ti me gustaría ver yo disfrazada como la farándula! Esto es indigno!
- Déjalo ya, Fresno – le recriminó Roble, su otro compañero – Si te han dado ese papel, es porque eres el único que sabe cantar. Tu papel es el más importante, y eres el único que sabe el plan al completo. No te basta con eso, que tienes que ser siempre el centro de atención?
- Diablos! Yo… quiero decir… - balbució – Claro que estoy honrado de ser el eje principal… pero… mi categoría…
- Deja de joder, Fresno! – le gritó Marg – Madura de una puta vez.
- Cuida ese lenguaje, Marg – le reprendió Roble – Esta misión es muy importante. Os quiero centrados, estamos? Podríamos cambiar radicalmente la situación de Armindol en el Cruce.
- Si – asintieron a la vez.
- Bien. La alfombra aguarda.
Salieron del edificio de piedra que les hacía de base de operaciones y subieron al anacrónico vehículo. Lo llamaban alfombra porque su diseñador le dio la forma rectangular de… bueno, de una alfombra. Incluso era de base ondulada, para dar más sensación de realismo, aunque aquellos picos y depresiones estaban estratégicamente colocados para ser asientos anatómicamente perfectos para que hasta 6 personas estuvieran cómodas en la alfombra. No tenía cristal ni ninguna otra cosa. Sólo era esa base ondulada. Claro que solo servía para desplazamientos cortos a no más de unos pocos cientos de metros de altura. Allí en el Cruce, tenía el doble propósito de aumentar la reputación de magos ante los trogloditas,  tal y como los llamaba Fresno.
Roble se sentó a la cabeza, y usó su pulsera para transmitirle las coordenadas a la alfombra. El rectángulo se elevó y se dirigió raudo a su destino, el brazo oeste del Mordisco, también el más grande. Justo donde se unía con el país, estaba el castillo de lord Ungold, abierto simpatizante de los armindol. Había invitado a todo aquél que merecía la pena invitar, y algunos a los que no, pero cuya relevancia política era crucial, todo según las órdenes de los misteriosos magos. “Bueno, de nuestro servicio de inteligencia, más bien”, matizó para sí Fresno. Ellos se encargarían de que todo fuera sobre ruedas.
Llegaron enseguida a la pared norte del castillo, una imponente construcción de piedra con adornos muy ostentosos de mármol, jade, rubíes y otras piedras igual de llamativas. Ganarse el favor armindol tenía sus recompensas también, monetarias principalmente. Sin embargo, el buen gusto nunca, nunca se les pegaba. Tenían la insaciable necesidad de demostrar su poder adquisitivo de la manera más vistosa posible. Paletos.
El saludo del propio lord Ungold lo sacó de su ensimismamiento.
            - Bienvenidos, amigos míos! Pasad y refrescaos! Lord Gumffried Ungold a vuestro…
- Déjate de ceremonias, crucí – Le cortó Roble – Muéstranos el terreno. Tenemos solamente quince minutos.
- Claro… como gustéis – accedió el lord un tanto confuso. Los armindol siempre eran buenos y educados con él, porqué ahora no?
Les mostró cada palmo del nada pequeño castillo, a toda prisa. No había tiempo que perder. Las cocinas, el comedor, el vestíbulo, el salón, cada habitación, los baños… hasta el corral de las gallinas. Y aún sobraron tres minutos.
Se distribuyeron cada uno en su puesto: Marg cogió un carruaje prestado del castillo y dando un rodeo, llegó a un camino del este para encontrarse con algunos otros nobles. Roble se fue a las cocinas a servir de camarero. Y Fresno se fue a la sala de invitados, a coger un laúd para prepararse. Con las fichas puestas en su sitio, la fiesta podía empezar.

Apenas se escuchaba la música entre tanto barullo. Los “pásame esto” o “alcánzame aquello” ahogaban los esmerados acordes que Fresno se afanaba por sacar del viejo laúd. Llamarlo viejo era un eufemismo, tenía más años que los cojones de Rau. Tres horas y diecisiete platos después, pudo retirarse, afónico y hambriento.
Lo llevaron a las cocinas, donde comió las sobras de todos los platos, y algunas nuevas que iban llegando. El postre y final de la comida apareció con las primeras estrellas. Fresno estaba nervioso. Su papel estaba a punto de comenzar.
En realidad, era el único que tenía un papel; Marg y Fresno estaban como apoyo, y ver un poco qué pescaban. Él era el importante. Aprovecharía el amor por las artes de lady Edmer para darle un concierto privado… y dejarla seca. Simularían un asesinato por unos saqueadores y la principal oposición a la presencia de tropas armindolienses (de verdad los crucíes los llamaban así? Qué nombre más horrible!). Gracias a eso, podrían pasar sin sospechas al Norte. Quizá hasta salvar la civilización.
Se obligó a borrar esa sonrisa de triunfo. Aún no había nada claro. Respiró hondo y fue al encuentro de su objetivo.
- Lady Edmer – saludó Fresno con una reverencia exagerada – Robin Docecuerdas a vuestro servicio.
- Con vos quería yo hablar! – Se entusiasmó – Una delicia de interpretación nos disteis. Tenéis la voz más dulce y los dedos más hábiles del Cruce y parte de las Islas.
- Me sobreestimáis, mi señora. No merecería ni estar en este banquete, de no ser porque soy amigo personal del señor del castillo – arrastrase cual lombriz se le daba de fábula.
- Oh, tonterías! Sois demasiado indulgente con vos mismo. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a nadie tan bueno.
- Ahora sois vos la que es indulgente, mi señora.
- Tonterías! Si algo me caracteriza, es la sinceridad.
- Y vuestra belleza sin parangón, sin duda – “Siempre y cuando el culo de un mandril sea considerado bello”, pensó para sí.
- Ya veo que también es ducho en el arte de la adulación – Se sonrojó
- Soy ducho en muchas artes, mi señora – respondió con sonrisa pícara. Le devolvió la sonrisa. Esa troglodita ya estaba en el ajo.
- Podría pediros un favor, Robin?
- Lo que gustéis, mi señora – Otra reverencia.
- Dentro de un mes, doy yo mi propia fiesta, y no tengo músicos. Podría tocarme algo en privado, de ese repertorio que no ha podido interpretar hoy? Para ver si es adecuado…
- Faltaría más, mi señora. Acompáñeme a mi cuarto.
Ya podía saborear las mieles de la victoria! Por el camino, Edmer no paraba de hablar, en parte para justificarse el ir a un cuarto sola con desconocido. Crucíes y su sentido de la honra; nunca los entendería.
Entraron en el cuarto, un cuchitril donde apenas cabían 4 personas de pie. Le ofreció la única silla – taburete más bien – y él se sentó en la cama – tabla con sábanas, más bien. Lentamente, templó el laúd. Al terminar, rasgueó un acorde de prueba. Satisfecho, comenzó a entonar “Tres pájaros en una rama”, canción picante donde las hubiere. A mitad de la canción, cuando ella ya estaba extasiada con la música, aprovechó que tenía libre la mano izquierda, para meter la mano ene l bolsillo y lanzar una pequeña daga a su oyente. Lo que a continuación pasó lo dejó paralizado.
Como un relámpago, lady Edmer cogió al vuelo la daga, la tiró al suelo, saltó hacia Fresno y lo tumbó en la tabla de dormir, inmovilizándolo, todo en lo que dura un suspiro.
Estuvieron un buen rato forcejeando. La muy puta tenía una fuerza de mil demonios. De repente, escuchó un crujido. La puerta se vino abajo y tres crucíes más entraron. Un golpe seco en la cabeza lo dejó todo oscuro.
- Creíais que los únicos con espías erais vosotros, eh? – dijo uno de los recién llegados, el más bajo.
- A quién le hablas? – preguntó, en un tono más gutural, el alto de ellos.
- Al espía –contestó el primero.
- Pero si no te oye… – observó, muy agudamente, el segundo.
- Ya lo sé!
- Entonces, por qué…?
- Oh, déjalo! Sólo cárgatelo al hombro. Tengo grandes planes para el – comentó el primero, con una sonrisa maléfica.
- Cómo cuáles? - Intervino el tercero, que estaba ansioso por participar.
- Ya lo verás… Ya lo verás… - Insinuó. Se hizo un gran silencio mientras salían de la habitación a los pasillos
- Y cuándo los veremos? – Preguntó el segundo – No me dejes en vilo!
- Cuando lleguemos! Hasta entonces te aguantas! – Reprendió el primero.
Con paso indignado el primero, y más triste el segundo, salieron del castillo hacia el bosque. El tercero y la chica cerraban el paso, atentos a cualquier incidencia.

Algo le estaba hablando, pero no sabía ni qué ni en qué idioma. Abrió los ojos, muy despacio, Formas borrosas se dirigían hacia él. Trató de alejar, pero estaba atado. Entonces, todo comenzó a definirse. Un tipo bajito, de ojos azules y pelirrojo, lo amenazaba. Que si tus compañeros están muertos, que si no tienes escapatoria, revélanos tus planes y seremos benévolos… La misma mierda de siempre. Ya había estado en situaciones así, y ni todas las huestes de Rau habían impedido que escapase. Esta vez no sería distinto.
Más atrás, estaba el marimacho que se hacía pasar por lady Edmer, la que, sospechaba, estaba segura en su hogar, oponiéndose felizmente a los ejércitos armindol haciendo todo lo que políticamente estaba en su mano. A su izquierda, otro tipo delgado, algo más alto que el primero y con los huesos contables a simple vista. Al fondo de todo, pegado a la puerta, un tercero mascaba algo mientras una babilla translúcida le bajaba por la papada. Era calvo y le sacaba una cabeza a la puerta. Y dos cuerpos.
Quiso hacer una rápida inspección del cuarto, pero en cuanto desvió un poco la mirada, recibió un porrazo al grito de “mírame”. Bueno, si eso quería… aunque no había mucho que mirar. En una breve mirada ya estaba todo visto. Se lo hizo saber. Y recibió otro porrazo
- Te crees muy gracioso, eh, capullo? Sigue así y no durarás mucho. Habla! – exclamó, lleno de ira, recibiendo otro porrazo.
Magnífico, un tipo impaciente. Enseguida se hartaría. Sólo había que esperar. Y provocarlo sutilmente.
- De qué quieres que hable? Del tiempo? De las costumbres reproductivas del bonobo? – Y otro porrazo. Y otro. Y otro. Y otro de regalo. Resoplando, el hombrecillo dijo
- Lo siento, me he pasado un poco… No debería pegar a un débil mental como tú. Porque como no entiendes lo que te pido…
- Si, gracias, había entendido porqué me insultabas. Pero es que te has equivocado. Yo soy humorista, no espía – Porrazo va.
-A mí no me torees, amindoliense de mierda! Sabemos que tú eres el cerebro de la operación! Habla y de verdad que todo quedará aquí. Te protegeremos de tu gobierno, te daremos cobijo. Cállate y sólo te daremos la muerte. – Estaba tan cerca de su cara que le podía oler el aliento. Olía a sardinas con cebolla.
- Eres el tipo más ingenioso que me ha amenazado nunca. Y me han amenazado escritores de obras subversivas - Porrazo viene – No te gustan las artes, eh? – Puñetazo. La variedad siempre es bienvenida.
- Bueno – dijo algo más calmado – Parece que no quieres hablar. Veremos si el hambre y la sed te sueltan la lengua. Börg! – llamó a la mole apoyada en la puerta – Vigílalo.
- Sí, Grandal – contestó con una voz tan pesada como él.
Rau le sonreía al fin. Una oportunidad pintiparada para escapar.
Con pasos lentos y oscilantes, Börg cogió una silla y se sentó enfrente de él. El mueble crujió bajo su peso. Se puso a mirarlo fijamente, sin pestañear si quiera
- Tanto me tienes que mirar? – preguntó Fresno.
- Me han pedido que te vigilara. Así evito que te escapes – dijo en tono de convicción absoluta.
- Ah – Puso los ojos en blanco. Esto iba a ser un suplicio. Ahora si miró a su alrededor. Era una cabaña pequeña. Una casa unifamiliar reconvertida en cámara de torturas. De las cuatro paredes del cuarto colgaban múltiples instrumentos de hierro con bordes punzantes, ninguno muy esperanzador. Había tenido suerte, su aspecto frágil había hecho que lo subestimaran. De abajo llegaban risas. Debían de estar bebiendo o algo. Mejor, más fácil para salir.
- No os han dicho nunca que sois geniales decorando, Börg? – ironizó
- No. Muchas gracias – contestó el gigante con una sonrisa de complacencia.
- De nada hombre. Las buenas casas merecen buenos cumplidos – Ese grandullón estaba radiante de felicidad. Qué simple era. – Por cierto, que no me he presentado. Me llamo Fresno.
- Cómo el árbol?
- Exactamente igual que el árbol.
- Jo – Parecía decepcionado. Luego se calló un momento, para pensar – Yo pensaba que teníais nombre chulos, como Horacio o Virgilio o Teogástrico.
- Oh… eso… Si, fue una moda de la época de mis abuelos. Me parece increíble que aquí nos conozcáis por esos nombres.
- Je – Y fue todo lo que salió de la enorme boca de Börg. Se hizo un ominoso silencio, roto por risas  lejanas.
Al cabo de un rato de mirar la suelo, Fresno dijo:
- Bueno, ha sido un placer charlar contigo Börg. Eres un buen tipo – Börg sonrió – Pero ha llegado la hora de irme – Chocó su talón con la pata de la silla y un proyectil salió disparado al cuello de la mole. Murió sentado. Increíble que la gravedad no lo tumbara.
Se liberó con un pequeño y poco potente láser de muñeca. Con mucho cuidado, abrió la puerta y puntillas se dirigió a las escaleras de su izquierda. Las bajó sin ninguna prisa, procurando no hacer ruido, cosa que consiguió. La puerta de la cocina, de donde salían las risas, estaba cerrada. Agradeció a Rau todos sus golpes de suerte. Hasta que llegó a la puerta principal. Cerrada. Maldijo cada apéndice y miembro de Rau. Volvió arriba, otra vez sin prisas. Entró en los otros dos cuartos. Uno tenía el techo en ángulo y una ventana en él. Se abrió sin problemas. Pidió perdón a Rau por olvidar el dicho popular y salió.  Otro ágil salto y aterrizó en tierra. Ya estaba. Libre. Tocaba correr.

Corría zigzagueando entre la espesura de los bosques. A cada pestañeo, un roble cuatro veces más ancho que él aparecía delante, y tenía que desviarse. Varias veces hubo de detenerse para orientarse. Al este, siempre al este, hacia Gran Fauce. Allí estaría a salvo y podría informar de su delicada situación. Todo se resolvería en el este. Peor para ello no lo podía coger. Los crucíes se orientan mejor en los bosques que nadie, y son capaces de seguir rastros ínfimos. Su única esperanza era ser más rápido. Miró un segundo atrás, creyendo escuchar algo a sus espaldas. Al volver la vista hacia adelante, un inesperado obstáculo salió a su paso. Sin tiempo a virar, chocó de bruces, yéndose a desnucar contra una raíz cercana. Y no se levantó.

Cleptómano estaba tendido en el suelo, con las manos en su frente, quejándose de dolor. A quién coño se le ocurre ir corriendo por el bosque sin mirar hacia adelante? Trató de levantarse apoyando las manos en el suelo. Veía doble y todo le daba vueltas. Ese tipo tenía la cabeza más dura del Cruce y parte del extranjero. Cuando el mundo dejó de intentar tirarlo, se acercó a su agresor, para increparlo, tal y como sus años de experiencia le habían enseñado a hacerlo. Pero no se movía. Apenas respiraba, de hecho. Entró en pánico, claro. Nunca en su vida había matado nada. Si se había su niñez entrenando ratas!
- Eh! Está ahí! – Casi el explota la cabeza con ese grito. No sonaba como aquellos Capas que lo perseguían desde hacía un momento. Pero tampoco sonaba amigable – Eh! El tipo de la chaqueta negra! Deja en paz al fugitivo!
Tres personas se le acercaron: una bajita con el pelo rojo bien enredado, uno más alto y pelo corto y un marimacho que le apuntaba con un arco. Cleptómano se separó del supuesto cadáver, manos en alto, temblando.
- Yo no le he hecho nada, se lo juro! – explicó – Unos Capas me perseguían y choqué con este hombre, que no miraba hacia adelante y…
- Te persiguen los Capas? – inquirió el bajito – Mierda! Henne, baja el arco y cárgatelo a la espalda. Aún no está muerto, parece. Podemos aprovecharlo – Volviéndose a Cleptómano, que sigilosamente hacía mutis por el foro, dijo – Tú, no te escapes! – Le ordenó. Orden que se cumplió en el momento – Khart, coge el arco. Asegúrate de que nos sigue hasta la cabaña. Hemos de darnos prisa. Los Capas podrían aparecer pronto.
No aparecieron, a pesar de que Cleptómano no paró de rezar para que así fuera y tener una oportunidad de escapar. Suponía que ese era el mal menor. Un rato después, llegaron a una cabaña con encanto en medio del bosque. Sentaron a Cleptómano detrás de una mesa en la cocina. Delante le pusieron una jarra de hidromiel, fruta, cordero asado y fiambres.
- Come – dijo (ordenó) el bajito – Henne te vigilará para que no hagas nada raro. Hemos de hablar contigo cuando acabemos con éste.
Cleptómano comió con un nudo en la garganta. Un nudo enorme.
Muchas horas y gritos inhumanos más tarde, Khart y Grandal bajaron a la cocina… y no había nadie. Ningún rastro de violencia por ninguna parte. Simplemente, habían comido y se habían ido. Grandal iba a estallar de furia cuando se la puerta exterior se abrió.
- Grandal? Khart? Soy yo – se anunció Henne, que llevaba a Cleptómano delante de si, apuntándolo con su arco. – Se puso pálido y mareado con tanto grito, y lo saqué a fuera a que… echase fuera todo su malestar.
- Está bien,  está bien – dijo casi en un susurro el bajito líder. – Que se siente en la cocina. Quiero hablar con él.
Cleptómano se dejó conducir. Si tuviera algo que vomitar, vomitaría ahora. Pero su estómago estaba tan encogido que ahí ni cabía nada para expulsar. Trató, sin conseguirlo, calmarse. Estaba temblando cuando se sentó, tanto, que la silla chirriaba.
- Deja de temblar. No te haremos nada – le aseguró Grandal con una sonrisa bastante sincera. -  La Resistencia ha de darte las gracias por este día.
- Ah, sí? – Preguntó el ladrón incrédulo.
- Pues si, créelo. Ese tipo al que placaste – señaló hacia el piso de arriba – queriendo o no era una pieza muy importante en el plan de dominación armindol.
La cara de Cleptómano era una sopa de sudor y confusión. Esto provocó sospechas a Grandal. Detrás de él, los otros pusieron más a mano sus armas, por si acaso.
- No serás un partidario armindol, no? – Inquirió con gran desconfianza.
- Qué? No! – “Muy poco creíble, Clepto”, se dijo a sí mismo. “Y eso que es verdad. Esfuérzate o te linchan!” – Joder, si me perseguían los Capas! – gritó con desesperación.
- Podría ser un estratagema para que nos confiáramos – recriminó Khart con dureza. Con toda la dureza que puede imprimir una voz de pito – Así pillaron a la división del Valle. – Los otros dos asintieron con firmeza hacia él, y luego tres miradas se clavaron en un de nuevo tembloroso Cleptómano.
- Oh, por favor! – Hasta las palabras le temblaban – He sido compañero de Jensen Manosrápidas! No podéis hablar en serio!
- Entonces, eres un ladrón? – dedujo muy agudamente Henne. Y Cleptómano sintió que lo iban a desmembrar – Vienes a robarnos, es eso?
- NO! – chilló como un gorrino – intentaba robar algo de comida cuando cayeron sobre mí esos Capas. Por el amor de los Nueve, yo no os deseo mal alguno!
- No pronuncies el nombre de esos dioses apócrifos en estas paredes! – tronó Grandal, con su rostro a dos palmos de su interlocutor. Luego bruscamente se alejó, visiblemente calmado – Creo que vas a ser un civil ignorante, al final. Nadie clama con tanta sinceridad a los Nueve en presencia de la Resistencia. Bajad las armas, chicos – ordenó acompañado de un gesto conciliador.
Cleptómano sintió que los testículos empezaban a volver a su sitio. Eso le dio la valentía suficiente para preguntar:
- Porqué los Nueve son apócrifos? No son nuestra religión? – Los tres se volvieron hacia él, asombrados. Miradas de reojo y un suspiro de aceptación que salía de Khart.
- Te daré una acelerada lección de historia, como sea que te llames. Después te dejaremos, o bien unirte a nosotros, o irte sin consecuencias. Tú decides.
>> Al principio, Cruce se llamaba Khervushkarr, cuyo significado se ha perdido, pues es un idioma más antiguo que el propio Norte. Pero es su verdadero nombre, y así debería de ser, no ese Cruce, que a saber por qué nos lo pusieron.
>> En fin, que me desvío. En ese principio, aquí sólo había dos cosas: granjeros y guerreros. Magníficos ambos. Y así estuvimos durante miles de años, cultivando y luchando contra clanes rivales o invasores, tanto del Norte como de otros lares. Sin embargo, el imperio Armindol, temiendo una evolución por nuestra parte, decidió entrar en escena. De aquella, ellos ya eran los dueños de medio mundo. Y no porque sean magos, como habrás oído. No. Ellos tienen una tecnología fuera de los límites de toda nuestra imaginación.
- Tecmología? – Preguntó el ladrón.
- No. Tecnología – corrigió Grandal. Era buen líder, pero mal historiador – Los arcos y los arados, por ejemplo, son tecnología. Herramientas adecuadas para hacer trabajos. Las suyas son avanzadas. Cuesta imaginárselo, pero no necesitan fuego o fuerza animal. Funcionan solas. El cómo es un misterio.
- No lo entiendo – Su cara se había convertido en un interrogación.
- Ni nosotros – admitió Khart con su aguda voz rompecristales – Pero así es. Tenían miedo de que nosotros, con el tiempo, adquiriésemos ese nivel y los sometiésemos. Por intervinieron. Introdujeron la lectura y la escritura, para luego hacer saber que existían libros sobre religión e historias populares que nadie había oído jamás. Deformaron nuestra cultura y nuestro saber. Muchos se opusieron. Hubo batallas, pero ganaron, claro. Nombraron nobles y los casaron con armindol para tenerlos controlados. Poco a poco, hicieron esta sociedad estamentaria. Pusieron un rey títere, con una guardia fiel a ellos. Falsearon guerras para hacerse ver como los buenos. La Batalla de los Cien Acres no fue sino una pantomima, pero funcionó. Vaya sin funcionó. De repente, todas las mentiras comenzaron a arraigar. Menos algunos. Pero muchos de ellos fueron exterminados en el Sangretierra. Otra pantomima. Nos hicieron quedar como los malos. Los malos son ellos. Nos han oprimido durante cientos de años. Pero lo peor han sido los últimos sesenta. Y nosotros estamos dispuestos a ponerle fin de una vez por todas. Queremos que vuelva Khervushkarr.
- Queréis volver a la antigüedad? Por qué? – E inmediatamente, Cleptómano se dio cuenta de que había sido una mala idea.
- Qué por qué? – gritó Grandal, mientras caminaba a grandes zancadas de un lado a otro, moviendo furioso las manos. – Porque esa es nuestra cultura, no ésta! Ésta es la suya! Ni siquiera! Ésta es falsa! Que la usen para uno de sus libros de ficción! Nosotros queremos recuperar nuestra identidad!
- Pero… - vaciló, peor lo soltó. Desde su cicatriz, empezaba a envalentonarse cosa mala – A pesar de que esto no es nuestro, es un avance. Los armindol no han dado una dirección, y es buena. No sería mejor seguirla? No podemos ir al pasado, ni vivir de él. Sólo podemos seguir adelante. No deberíamos hacerles ver que su intento de reprimirnos ha sido un error? Que gracias a ello nos pusieron en camino hacia el futuro que tanto temen?
Tres miradas de odio y rabia lo taladraron, atravesaron, quemaron y convirtieron en cenizas lo poco que quedaba de su cadáver. Había dicho justo lo que no querían oír.
- Que por qué? – Grandal sonaba como una tormenta en plena mar. Los otros dos apretaban los puños sobre sus armas para no romper la cabaña -  Pues porque esto no es lo que somos! Es que no has escuchado! Gente como tú es la que hace que los armindol estén todavía en el poder!
- Pero… pero… - trató de razonar Cleptómano, en balde.
- Por culpa de gente como tú – siguió con el mismo volumen – seguimos avasallados y sin poder hacer nada! Es por gente como tú que Börg ha muerto! –La voz se le quebró, pero muy sutilmente. Sus compañeros lo notaron, no Cleptómano. Con la ira de ese momento, empujó al ladrón y lo tumbó en el suelo – Largo de aquí. Antes de que te asesine. Que sería mejor. Uno menos que impediría nuestra victoria! Pero no seré yo el predique con el ejemplo de que somos unos inmisericordes sin cerebro. Largo! Tenemos un prisionero al que sacar información! – La mayor parte de todo esto no lo escuchó, porque Cleptómano ya estaba varios metros fuera de la casa. Paró un momento para relajarse. Tardó dos días. Luego cambió de rumbo y se puso en dirección al Valle.
Volviendo a la cabaña, los tres se desquitaron con Fresno. Fue demasiado. Fresno murió y se quedaron sin saber el plan armindol. Sin embargo, lo importante era que lo habían evitado. Enviaron un cuervo con un mensaje a  la central de la Resistencia y emprendieron el viaje a sus casas.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Celptómano XV

                   Luego de muchos meses a la deriva, Cleptómano llegó sano y salvo al Cruce. Por el camino, se encontró con tortugas parlantes, genios malignos, tormentas y vendedores de seguros, pero eso os lo cuento otro día.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Cleptómano XIV


        Poco a poco iba saliendo el sol y las sombras se veían reducidas a meros jirones. Torres de metal y piedra se recortaban entre cielo, bosque y montaña. Todas las líneas y aristas se definieron a medida que amanecía. Una inmensa fortaleza, casi tan grande como la misma isla, dominaba el paisaje. Tan grande era que se divisaba a cientos de leguas mar adentro. Se hallaba en una comunión casi perfecta con su entorno: las murallas se elevaban allá dónde la montañas subían y no coartaban al bosque, que crecía dentro y fuera de ellas, adornadas con musgo y plantas trepadoras. La fortaleza hacía lo propio con la decoración arbórea, sin embargo, cada torre era alta como la más alta montaña, salvo la torre central, que lo era incluso más. Decían que desde ella, en días despejados, podían verse los altos edificios de Cienrrios, e incluso Gran Fauce. Exageraciones, por supuesto, tal como comprobó Riënna unos días después de comenzar su cautiverio. Al principio, pudo recorrer toda la fortaleza con la libertad de un pájaro. Se perdía a menudo. La torre principal comunicaba con varios pabellones más, 7 u 8 a su juicio, cada uno con su particular decoración y distribución. Había uno que daba a una cala usada como puerto.
Mas ahora estaba atrapada en la torre más alta de todas, gracias a las triquiñuelas de ese prestidigitador de pacotilla que se hacía llamar hechicero. Con suaves palabras la trajo a su guarida, y con palabras más fuertes, acabó por encerrarla en lo alto de todo. Al menos las vistas eran preciosas y la comida no escaseaba.
Cuánto tiempo había pasado? Años? Décadas? Todo una vida, a su juicio. Bien que le empezaba a escasear: hilaba los pensamientos… no los hilaba. Vagaba entre una cosa y otra sin darse cuenta de dónde estaba o cómo había llegado allí. Los recuerdos comenzaban a distorsionarse. Cuándo había conocido al mago? En Armindol. No, no, ella nunca había estado allí. Bueno, sí, una vez, con sus padres, en su niñez. No, sólo con su padre. Y no era tan niña. Tanto da, se había quedado patidifusa ante las maravillas del continente: Antorchas que no se apagaban nunca, carruajes sin caballos, arcos que herían sin flechas… hasta en su habitación tenía un espejo que proyectaba imágenes en movimiento. No sabía cuál era el conjuro que lo activaba, pero cuándo su captor la encendía, se pasaba horas embobada, viendo a otras gentes moverse y hablar, allí, en pequeño… Qué maravilla la magia!
Se tumbó en la mullida cama, boca arriba. El techo de su lecho consistía en un caleidoscopio de colores bailarines, que no paraban de moverse. Ahora que estaba encarcelada en la más alta torre, poco más podía hacer, salvo comer y dormir. Ojalá volviera pronto y le encendiera su espejo! Tardaría días. No sabía qué hacía o a dónde iba, pero desaparecía una temporada regularmente, y ella era el único ser viviente de la fortaleza. Mientras era libre lo había comprobado, no había nadie más. La comida seguía llegando, y en los cajones, había todos los días ropa limpia. El agua estaba caliente siempre. La habitación variaba su temperatura según la estación. Luego de dilatadas cavilaciones, había llegado a la conclusión de que el mago era algo más poderoso de lo que parecía.
Mas tampoco debiera de serlo mucho. Había necesitado toda la fuerza de sus palabras para que lo acompañara a aquélla isla perdida y solitaria. Le dijo que era su sol, su princesa, le hacía regalos. Mas ella lo rechazaba, era demasiado viejo. Sus padres, en cambio, tenían otros planes. Los armindolienses tienen gran poder. Por ser duques de una tierra baldía en el centro del Cruce, la habían vendido a… cómo se llamaba? Uno de esos nombres extraños, seguro! Aricoménides o Heuloportis o incluso Carímides. Tanto da. Se quedó dormida.
Al despertar, el olor de pollo frito con patatas y huevos revueltos. Lo bueno de esa dieta era que iba poco al baño. Cosa nada despreciable: aunque la magia de Seliópodo no dejase de funcionar, una nunca sabía hasta que punto un mago ha reparado en los detalles. Ellos chasquean un dedo y tienen fuego para asar sardinas, así que resulta normal que se olviden de poner agua ilimitada y bien limpia.
Comió con avidez. Después, fue a su balcón. Hacía un sol radiante, sin una sola nube, pero la costa del Cruce no se veía. Ni siquiera Cienrríos. A lo mejor era porque estaban en dirección contraria. No recordaba muy bien en qué dirección estaba nada. Tampoco estaba segura del tiempo que hacía cuando llegó. Solía recordarlo con sol, pero quizá lloviera. La ayudó a instalarse el la más alta torre y la paseó por la fortaleza. Ella intentaba evitarlo siempre que podía: frecuentaba los pabellones que él no, y ponía como excusa tales aventuras para llegar tarde a la cena. No le importaba, siempre se quedaba con ella, viéndola comer e intento iniciar alguna charla insulsa. Mucho tiempo estuvieron con esa rutina. Hasta él la intentó iniciar en la magia, pero a ella reimportaban bien poco la termodinámica o el aerodinamismo. Si esos eran los rudimentos para llamar al viento, prefería quedarse en tierra.
Volvió a entrar y paseó sin rumbo durante un rato. Creyó ver una mosca. Cómo conseguían llegar tan alto, siendo tan pequeñas? Los animales tenían su propia magia, sin duda. Continuó esa línea de pensamiento en el baño. Siendo mosca, para qué iba a ir a una torre tan alta. No lo necesitaba. Se contentaría con volar de aquí para allá, comiendo y zumbando bajo el cielo azul. Una vez, Dariómiges le dijo que las moscas sólo vivían un día. Qué vida tan corta como para desperdiciar de aquel modo! Mejor aprovechar y saborear frescas manzanas. No como ella, que ni mosca había podido ser! Sólo una pequeña e inocente niña. Y ni eso le quedaba ya. Un poco más, y ni sus recuerdos.
Sin pensarlo mucho realmente, se quitó la ropa nada más salir del baño y a medio camino del armario, se sentó en el suelo, mirando hacia una esquina en el techo. No había nada especial, sólo era una esquina, una confluencia entre paredes y techo. Pero, por una indescriptible cadena de pensamientos, que pasaban desde un rábano hasta el foso encantado de Lord Cenizagrís, le recordó a su amigo, Lusos “Relámpago” Epsein. Era muy rápido y una vez le regaló un peluche al que trataba como a un hijo. Lo pasaban muy bien brincando en el patio de su padre. Luego llegó el viejo, con su barba, sus ojos cansados y su afán de herederos y no lo volvió a ver. Mientras se preguntaba que había sido de él, otro pensamiento iba cobrando fuerzas detrás de ése. Tenía que vestirse. Acabó el recorrido hacia el armario, y cogió una blusa y una falda rosas (Qué remedio! No había otro!). Más que nada para tapar su cuerpo. No le gustaba verse desnuda.
Una música la rescató de su ensimismamiento con los colores. Era curiosa, no había nada que la tocase, pero sonaba. Siempre, a la misma hora. Tal era su poder que no necesitaba músicos, del aire surgían bellos acordes y armoniosas voces. Y eso que a veces parecía no ser más que otro prestigiador de ésos que estaban al pie del castillo de Gran Fauce. Como aquélla al encender el juego; el juego de manos que usó para ocultar la cerilla fue evidente. O la vez que quiso encamarla. La durmió con una droga. Cuando abrió los ojos estaba paralizada. Cerró los ojos, para no ver, y viajó con su mente, lejos, muy lejos. Se sintió sucia cuando el bajó. La cosa se repitió, pero sin drogas. Un tiempo más tarde, le gritó no sé cuantas cosas sobre los ovarios y demás supersticiones y allí la encerró. De vez en cuando, aún se pasaba, pero era cada vez menos a menudo y durante menos tiempo. A veces pensaba si no tendría a otras en otras torres. Se enfurecía, se sentía dolida, y rompía con todo. Al día siguiente, todo volvía estar en orden y se consolaba pensando que, aunque hubiera otras, ella era especial. Estaba en la más alta torre, al fin y al cabo. Prisionera, pero grande.
Volvió a salir al balcón. Comenzaba a enfriar. Acordarse de eso de aquella forma la dejaba siempre triste. Seca, la llamada Geomecódes. No entendía del todo, pero comenzaba a entender. Ni la sangre de la luna ni la cigüeña vendrían. Todo acabaría pronto si se tirase del balcón. Pero aquél viejo la quería, en el fondo. Si no, no la tendría en la torre, tan bien cuidada. En efecto, era forma peculiar de querer, pero cada uno tiene la suya. Igual que el gallardo Royice mataba dragones por su amada o el bufón Esberil la hacía sonreír. Cuentos que le contaba Lusos. Qué habría sido de Lusos? Le había regalado un peluche. Qué sería de aquél peluche? Pelosuave lo llamaba. O quizá Señor Suave? Dormía con él y lo hacía comer. No estaba en su equipaje cuando se fue a vivir a la isla con el viejo. Se tumbó en la cama y se adormiló entre sollozos y recuerdos de su juego de té con el jugaba a princesas.
Despertó. Sintió la humedad de la almohada en plena cara. Se preguntó dónde estaba y porqué su ayudante de cámara no estaba a sus pies poniéndola al corriente de todo lo que tendría que hacer en esa mañana. Poco a poco fue situándose. Qué dulces momentos previos al recuerdo! Cuándo sus padre no habían hecho esa fiesta para la nobleza, a dónde habían acudido todos los nobles y grandes caballeros. Recordaba a ser Lansloth contando historias con fingida humildad, y haber visto al mísmisimo rey del Cruce a pocos pasos de ella… o quizá había sido su secretario? No recordaba. Pero si recordaba la primera vez que el viejo Céfrides se fijo en ella. Porque había sido en esa fiesta, no? O en otra mucho más posterior? No era capaz de estar segura. Recordaba las palabras hacia ella, las charlas con sus padres, los regalos… y la isla, siempre la isla. Cómo quisiera ser una mosca!
La puerta se abrió detrás de ella. Al girarse pudo ver como una especie de tenazas, de esas como las que usaban los criados para echar troncos al fuego, le dejaban la comida, algo que el mago llamaba “pasta“, y comenzaba a cerrar la puerta. Riënna, rápida como el rayo, se abalanzó tan impetuosamente que consiguió agarrar la puerta antes de cerrarse completamente. Comenzó a tirar hacia ella. Quería escapar, ver a sus padres, a Lusos, a su osito, ser una mosca… le sonaba que la gente decía “un pájaro”, pero jamás había visto un pájaro por allí, así que tan libres no podrían ser. Un fuerte tirón la despertó de la ensoñación y haciendo acopio de fuerzas, ganó el terreno perdido. Un destello rojizo surgió por detrás de la puerta. Sin dejar de tirar, se asomó. Una horrible cara, sin expresión alguna, estaba al otro. Del susto, las fuerzas la abandonaron. Soltó la puerta. Volvía a estar encerrada.
Cenó sin ganas. No estaba siendo un buen día. Al menos, de día ya quedaba poco. Dormiría y mañana sería otro día. Quizá volviera el mago y le encendiera la tele o jugase con ella al ajedrez o algo. Quizá cambiase de opinión y podría volver a ser libre por el castillo. Una mosca recorriendo cada palmo del palacio. Como aquella vez que encontró una sala de juegos en uno de los pabellones. Carros sin caballo y caballos de juguete, castillos en miniatura y divertimientos que funcionaban solos. Incluso alguno emitía sonidos sin tener boca. Ser un mago tan ingenioso y poderoso tenía que ser magnífico.
Salió de nuevo al balcón. Hacía frío. Las estrellas casi habían salido y la luna se veía sin problemas. Más que nunca, quería esa música incorpórea que el mago sabía hacer sonar. Sentía gran nostalgia y algo de miedo por ese demonio de brazos de hierro que le traía la comida. Suponía que era inofensivo, un ser invocado del mismo infierno para servir a Geomincas, pero no era tranquilizador precisamente. Claro que ella tampoco había sabido darle alegrías. Su risa, otrora contagiosa, sólo hacía reír al eco. Estaba seca, y no podía hacer nada al respecto. Quizá su mago había ido a un remedio. Volverían los cumplidos, los regalos, la mosca, como al principio. Quizá le diese su oso. Echaba de menos a su oso. Ingenua que era ella! Ese prestidigitador de pacotilla estaría por ahí, con sus libros de palabras mágicas. “Blefarostomía”. “Res Pública”.  “Compilaciones”. Que le den a él y a todas sus palabras inútiles!
Entró furiosa. El único ser humano en la fortaleza jamás le había hecho caso. Que le jodan! Empezó a patear el mobiliario, a tirarlo, a romperlo. Manos y pies sangraban a chorro, pero no dolía. No más que el abandono, la desesperación, la soledad, el cortarle las raíces sin ninguna razón. Estaba agotada cuando acabó. El suelo y ella estaban llenas de astillas. Se durmió sin más.
Al despertar y mirar a su alrededor, estaba tumbada en un colchón comodísimo, con el desayuno y la comida en una mesilla al alcance de su mano y el mobiliario en perfecto estado. Todo era de metal.
Picó un poco del pan tostado y zumo caliente de lo que habría sido su desayuno y alguna almóndiga (o así las llamaba Herípiades). Lo dejó casi todo. Se fue al baño a ducharse, y cuando volvió a salir, los platos ya no estaban. El demonio se los habría llevado. Ya no le incomodaba el hecho de convivir con un demonio. Es más, nuevas dudas afloraban en ella: qué comería? De dónde vendría? Dormiría? Cómo sería su vida? Seguro que era mejor que la suya. Él al manos podría ir a su dimensión oscura y pasear entre los engendros y horrores infinitos que le deparaba su, suponía, querido hogar. Ella sólo podía soñar con moscas y espejos que hablaban.
Un susurro, un murmullo, algo humano se oyó, lejos, bien lejos. Riënna dio un brinco. Al fin! Su mago, su captor, su poderoso hechicero estaba de vuelta! Alguien con quién halar, con quién jugar! Le pondría la tele. Y quizá esta vez volvería a dormir con ella y todo se arreglaría para siempre. Sería otra vez pájaro… no, mosca, que llegan a todas partes! Rápidamente se vistió y se sentó, expectante, al borde su cama. El corazón le retumbaba por todo el cuerpo. Le brillaban los ojos. Jamás había estado tan emocionada en su vida. Se levantó y empezó a caminar de un lado para otro. Ya estaba mayor, pero tampoco podía tardar tanto en subir unas escaleras, no? Era mago, podía levitar, por los Nueve! Luego se arrepintió de la exclamación. No le gustaban los dioses. A ningún armindoliense le gustaban, o al menos, a los que conocía. A ella le habían dicho siempre que ellos habían traído la civilización, los dioses, la auténtica vida. Sus salvadores. Era cuanto menos contradictorio. No le había dicho  su tío algo de que no tenían libros o no que sé? Su padre le había dicho que pensar esas cosas era blasfemia y que su tío sería torturado en la otra vida por todas las cosas que decía, así que procuraba siempre ser respetuosa, ya que devota del todo nunca había sido. Y menos dentro de la isla.
Ruido de pisadas. Inconfundible! El material de las suelas de sus zapatos hacía un ruido diferenciable de todo aquél que pudiera haber escuchado alguna vez. Enfrente de su puerta, paró. En esos expectantes segundos, se echó hacia delante, emocionada. Adiós soledad! Comenzó a girar el pomo. Crujieron las bisagras. Su figura salió de la penumbra, cruzó el umbral y ella, corriendo, lo abrazó con pasión y alegría.
No había cambiado nada. El pelo blanco seguía rizado y alborotado. La barba le llegaba hasta el vientre y su blancor le resaltaba los ojos verdes, sabios. Vestía una chaqueta de largas mangas que le tapaba los pies, cubiertos con un calzado hecho de dura piel negra. Un extraño pantalón de tela dura y varias capas de camisas de distinta forma daban un aspecto desaliñado, nada parecido al poderoso mago que era. Hoy había algo que no llevaba puesto. Era esa sonrisa afable que siempre ponía.
- Hola! - dijo sin soltarlo, con una sonrisa de oreja a oreja - Qué has hecho? Me he sentido muy sola! - Comentó ya un poco más distanciada.
- Aparta, zorra - la empujó sin siquiera mirarla. Riénna cayó al suelo, con fundida.
- Pero… pero… - balbuceó.
- He dicho que te calles, imbécil!! - Gritó. Usando su cetro metálico, que llevaba escondido bajo su manto, le lanzó una cómoda del nuevo mobiliario. Impactó a dos metros de su cabeza. Cayó a dos metros a su izquierda. Comenzó a llorar.
- Deja de llorar y levántate! - Riënna no se movió - Si crees que no mataré, estás muy equivocada! Levántate o ese armario te destrozará ese cuerpecillo tuyo! - Esta vez, sin cesar de llorar, la chica se levantó. Avanzó, sollozando, hasta él - Siéntate - No se movió - Siéntate maldita puta! - Le dio una bofetada. Se sentó.
- Bien, Yerma - dijo pausadamente, mientras se levantaba - Como no te has molestado, en estos 20 años en aprenderte mi nombre, yo tampoco me aprenderé el tuyo - un hipido de Riënna. El brujo la miró con desprecio y le dio la espalda.
>> Veinte años… como pasa el tiempo, eh? Y tú igual que cuando llegaste. Sigues siendo la chica asustada,  la cabeza a pájaros y la simpleza del yo-yó. No, no me preguntes que es un mi-mí, como haces siempre, bárbara inculta. Ni te has molestada en saber de mi cultura. Sólo querías a ese chico al que cada día le cambias el nombre, al oso andrajoso que tú misma tiraste por el balcón y tu hogar, del que te has olvidado. Ni tu nombre sabes ya, Bárbara. Quise tener un hijo contigo. O una hija, ya me daba igual. Pero resulta que estás más seca que la Desolación! Por ello, Estrella, he tomado una decisión.
Había dejado de llorar. Tenía los ojos secos. Cómo llorar ante tal discurso?  No entendía qué tenían en su contra. Acaso no había sido buena? No seguía la misma que cuándo entró? Cuando todo era hermoso…
- Hay otra - ella dio un respingo - Si, no te sorprendas. Por qué crees acaso que te subí aquí? Porque te quiero? Ja! No eres más que una estúpida ilusa, Beatriz. Es verdad que te tengo cariño. Por eso estás aquí. El embarazo de Hassien fue duro, por eso venía aquí, para envainarla. Sólo fuiste un objeto, Jasmine!
Estaba muda. Qué era todo aquello? Una prueba. Si eso, una prueba. Pero ella la superaría. Llevaba allí desde siempre, y siempre estaría allí. Con él. Se puso de pie, sonriente, dispuesto a besarlo, tal que antes
- Ni te muevas, hija de mil putas! - amenazó mientras con el brazo derecho desenfundaba su cetro a la velocidad del rayo. Frenó en seco - Ni te muevas. Bien, así me gusta. En resumen, mi bondad se ha acabado ya. Podrías haber sido la mayor y más hermosa princesa Armindo, aunque sólo fueras una inculta bárbara. Nuestros hijos heredarían mis títulos seríamos poderosos. Has perdido ese honor para siempre, estúpida. Adiós - Apretó los dedos.
Ella saltó. No supo por qué, pero saltó. Miles de plumas volaron por la habitación. Y antes de que acabaran de caer, se encerró en el baño, con su puerta dy hierro.
- Sal de ahí, cacho zorra! - gritó mientras con sus rayos hacía temblar la puerta - No lo hagas más difícil, mujer!
Entre estallido y estallido, podía escuchar sus sollozos. Acuclillada en el suelo, con la cabeza entre las piernas, rezaba como nunca había rezado y trataba de comprender porqué el único hombre de su vida la trataba de matar. Nada tenía sentido. Ella era buena. No deseaba a otro hombre si no a él. Le tenía en suma devoción. Porqué, porqué ahora? Era por querer volver a casa? Por querer ver a Rucko? Por su osito? Eso no significaba nada! Era un terrible malentendido! Tenía que aclararlo cuanto antes o acabaría muerto y él sin saber la verdad, disgustado por haber contado tantas mentiras. Y así se arreglaría, volvería ser una mosca y todos serían felices… La puerta cayó, haciendo un estruendo de mil tormentas.
- Y ahora, zorr… - no pudo acabar. Salió del baño disparada, derribando a su captor. Ello la hizo tropezar, y rodó hasta cerca de dónde antes se hallaba la cama. Llena de polvo comenzó a sollozar.
- No, no lo hagas… sé porqué me has mentido y te perdono. Yo sólo quería ver a Uros, y tener mi osito y… y…
- Oh, vamos, cállate - balbució mientras se ponía en pie.
- No… déjame terminar… yo sólo quería… no quería que tú… sólo te quise a ti… pero quería ir… a visitar.. - Un rayo mágico le rozó el hombro. Dio un grito de dolor. Escocía y sangraba.
- Tus padres están muertos, so zorra - Disparó de nuevo, pero fallando a propósito. Ella se incorporó un poco. Él se puso al lado de la ventana, cerca de la salida. - Ya está bien de mierdas - Apunto el cetro con firmeza. Ella cerró los ojos. Oyó algo de estática en el aire. Pasos. El chirrido de unos goznes. Un golpe hueco. Un grito que poco a poco se apagaba. Y una voz nunca escuchada gritar: “Oh, mierda! Oh mierda!”
Abrió los ojos. La voz pertenecía a un chico bajito, más o menos de su edad, con el pelo largo. Estaba asomado al alféizar. Parecía nervioso. Se bajó y salió rápidamente. Ni siquiera había reparado en ella. Se entristeció un poco, le gustaba que las visitas le hablasen, sobre todo ya que se había acabado el alboroto. Se puso de pie vacilante y fue hasta la ventana. Se asomó a la ventana. Y comprendió. Se acabó ser una princesa en una torre. Ahora era una mosca y podría ir a dónde quisiera. Cruzó el umbral. El extraño no estaba. Bueno, si la vida era buena, se volverían a ver y se lo agradecería. Tenía asuntos pendientes.

     Descendió las escaleras con cuidado. Eran empinadas y estrechas, en forma de caracol. Trescientos setenta y seis escalones, todavía se acordaba. Los contó la primera vez que subió allí. También la última vez que subió. Y como no podía ser de otra forma, la última vez que bajó los volvió a contar. No tenía mucho sentido, ya que el número se lo conocía. Eso daba igual, ahora era una mosca, por fin. Iría a dónde quisiera, vería a quién quisiera, haría lo que quisiera. Pero había una persona antes de irse a la que tenía que ver y preguntar. Oh! Pues era trescientas ochenta y cuatro…
A qué pabellón iría? Necesitarías días para encontrar, en caso de que no se movieran de allí. Recordaba vagamente una sala de armas en el pabellón dónde estaba. Decidió empezar por allí.
Perdió al noción del tiempo, pero la encontró. Ocupaba un ala entera y dos pisos. Tan grande como las cocinas. A continuación iría allí, sabía bien dónde estaban. Deambuló, despacio, por el salón. Ningún arma le llamaba especialmente la atención. Nunca había sido belicosa. Ni siquiera le gustaban los torneos. Varias veces había acudido a los de Vilañeja, pero ella había preferido irse a brincar por el pueblo, comer y jugar con su amigo… Wilwo. Luego llegó Hesiopodias y sus palabras y la soledad. Ahora él volaba como un pájaro. De esos que no sabían llegar a ninguna parte. Se decidió por un sable de plata que reflejaba su cara.
De camino a las cocinas, reflexionó sobre su rostro. No se había visto desde que subiera  a la torre. Llevaba el pelo alborotado, con color pajizo apagado. Sus ojos eran tristes, carentes de brillo, enrojecidos. Su boca había abandonado esa sonrisa sempiterna que tenía de niña.. Se estaba volviendo fofa. Todo eso por culpa de esperar a un prestidigitador de pacotilla que nunca había sido suyo. Se sorprendió de su pensamiento. Pero luego profundizó más en él. No, él sólo la quería para… eso. Y cuando empezó a descubrir que “eso” era justo lo que ella no podía hacer, la abandonó. Se buscó otra. Otra! Cuando ella se había dejado su juventud y felicidad, y a su osito, y a Brusco y su casa, y a sus padres… todo por pájaro! Un pájaro que quería comerse a una mosca, peor antes le quitaba las alas, que al ver que sin alas no hacía nada, se iba por otra mosca! Lloraba de ira cuando llegó  a las cocinas.
El demonio trabaja a destajo. Hacía esos ruidos metálicos que debían de ser su idioma, mientras su luz infernal parpadeaba. Sigilosa, se acerca por sus espaldas. Era pequeño, peor trabaja con rapidez y precisión. Con un grito salvaje, subió su arma. Sin acabarlo, la bajó con todas sus fuerzas. Hendió el cuerpo, duro como el acero. Chispas y sangre negra manaron a destajo. Como si fuera un hacha, siguió hendiendo el cuerpo, hasta partirlo a la mitad. La luz se apagó, los sonidos cesaron. Era una matadora de demonios, sin dudas. Comió algo y se durmió en una esquina. Demasiada excitación.
Despertó, muy desorientada. Había soñado con demonios y Aristemes volando hacia ella, peor no podía alcanzarla, porque era una mosca que volaba alto, alto, alto. Cuando todos sus recuerdos se agolparon y le permitieron recuperar la conciencia. Se levantó. Caminó durante lo que le parecieron días. Semanas inclusos. Recorrió Dos pabellones completamente, con al cabeza completamente vacía. En el tercer pabellón, unas risas la pusieron en alerta. Se dirigió hacia ellas. Brotaban de un patio. Tenía una fuente en medio, setos y floridos parterres. En cada una de las cuatro paredes había galerías, rodeadas de estanques. Era una hermosura antigua, decadente. Un niño y una niña más pequeña se perseguían. Como ella y Burchro. Sonrió. Él fue la única persona que fue buena con ella. Decidió ir a visitarlo cuando acabara con todo allí. Sería el único que la echaría de menos. Sus padres la habían vendido a ese barbudo imbécil.
Los niños, al verla, dejaron de correr. Vestían ricas ropas. Lucían excelentes peinados. El miedo se les salía de los ojos. Riënna se abalanzó sobre ellos. Corrieron, gritando. La más pequeña tropezó. No se volvería a poner en pie. Persiguió al niño de oído, siguiendo sus infernales gritos agudos. Lo alcanzó enseguida. Los gritos cesaron.
Continuó vagando, mirada perdida. La espada goteaba. Estaba completamente sucia. Una parte de su trabajo estaba cumplido, y eso le producía un rictus de satisfacción. El pájaro que pone sus huevos en nido ajeno merece caer. Los huevos merecen ser rotos. Y el nido, destruido.
- Niños! Estáis ahí? - preguntó una voz aguda, muy preocupada.
- Aquí, mamá! - contestó Riënna, fingiendo un tono infantiloide.
-Gracias al cielo! Ahora estoy con vosotros. No os mováis!
Unos segundos después, con un vestido verde y un velo rosado, apareció la madre. Cómo había dicho que se llamaba? Hamsuen? Algo así. Se detuvo en seco, con la mirada de aquél al que abofetean al doblar la esquina. Riënna rió.
- Q-q-quién e-eres t-tú? - Tartamudeó la dama.
- La moca cojonera que quemará el nido - Contestó mientras alzaba la espada.
La mujer abrió la boca de puro terror y comprensión. Corrió como sólo se corre para salvar la vida. Y Riënna salió detrás de ella. Por un parte, estaba furiosa. Aquélla era inferior a ella. Podría ser todo lo joven que quisiera. Todo lo morena, todo lo tersa que quisiera, pero a ella no la engañaba. Sólo quería destruirla y apartarla del mago. Casi lo consigue. No era más que una enredadera que quería medrar a costa de un árbol más grande. Podaría a esa zorra y ella se quedaría con su árbol, su pájaro.
Tropezó con la alfombra. Con esos zapatos, normal. No se podía ser una dama y tratar de escapar como una zorra. O se moría como una dama o se escapaba como una zorra. Trató de agarrarse a un telar, pero se rompió, cayendo de bruces. Riënna la alcanzó. Le propinó una patada en el vientre para que se diera la vuelta. Su cara estaba pintada de sangre y lágrimas.
- Qué quieres de mí? - trató de decir entre sollozos.
- Y tienes el descaro de preguntármelo, mala furcia! - le propinó una patada - Después de robarme a mi mago, mi compañía, mi felicidad, aún tienes narices de pregúntarmelo! Pues ya no tendrás narices nunca más! - Le rebanó la nariz con un cuidado tajo. La mujer aulló de dolor y se encogió. Riënna le lanzó una patada a la cara. Gritó más.
>> Bueno, sólo quería acabar con el nido que sedujo a mi viejo mago. Ahora, zorra, vete al infierno - Cuando iba matarla, ella reunió fuerzas y le mordió un tobillo. Gritó y cayó, soltando el arma. Más rápida, la mujer cogió la espada y se la clavó.
Sintió frío, mucho frío. Los recuerdos se le agolparon. Peor no los su niñez, ni lo de su osito ni los de Urthos. Los de la torre. Los pocos momentos que había pasado con Riostras. Hasta esos momentos. Se sintió apenada por no haberle dado lo que él quería. Pero había sido feliz, ahora se daba cuenta. Esperaba que el mago la perdonase. Ahora por fin podría convertirse en mosca e ir a dónde quisiera que el mago volase. Que se joda esa zorra, esa enredadera, ese nido. El mago era para ella sola, como antes. La soledad la mataría a ella. Su último recuerdo fue para el hombre que abrió la puerta. Le estaba profundamente agradecida. Sin él, ahora volvería a estar sola.




Cleptómano corría. Tenía que huir de allí a la voz de ya. Y “ya” había sido gritado hacía mucho tiempo. Había tirado por un alféizar al que suponía el amo de la torre! Vale que era un accidente, pero los siervos, los soldados e incluso su señora esposa, la que le había dado galletas al aparecer por el salón no solían entender el concepto de accidente. Sabía que existía una cala. La había visto desde la ventana de la taberna. Si iba todo el rato hacia el este la encontraría. Y en esa dirección fue y se encontró… el comedor más grande que jamás había visto. Pues nada, plan B. A correr como una gallina descabezada. Al final, era lo que mejor sabía. Al final la acabaría encontrado. Aquello era demasiado grande, podría sobrevivir al menos dos días antes de que lo encontraran. Oh, las cocinas! Mejor, un poco de comida le vendría bien. Lo había perdido todo en una tormenta. Había llegado nadando desde unas 14 millas. Y llevaba desde la mañana anterior vagando por el castillo. Había comido, dormido como un señor, tomado el té con la dama del castillo y sus adorables hijos y ahora se hallaba corriendo como si lo fueran a ahorcar. Así era la vida. Una brisa con olor a salitre le corrió por la nariz. Siguió su olfato durante mucho, mucho tiempo. Al salir del castillo ya era de noche. Era una cala. No la cala que vio antes, pero si una, con barcos aparejados y listos para salir. Cogió el que mejor se adaptaba a sus conocimientos nulos. Lo llenó con sus provisiones y otras que había en el resto de embarcaciones. Cortó los cabos con su cuchillo y allá fue, hacia el Este. Quería volver al Cruce.

Dedicado a Sander por darme la idea hace tanto que ni me acuerdo y al lagarto que siempre escucha mis locuras