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Sentaos si queréis. O permaneced de pie. Pero si queréis oír historias, mejor será que paguéis

viernes, 30 de marzo de 2012

Cleptómano IX

                 Un paso más. Un solo paso y llegaría. Su meta estaba justo enfrente. Un solo paso más y… oscuridad absoluta.
                Como tantas otras veces, Cleptómano abrió los ojos en un lugar desconocido. Una pequeña habitación de madera, para más señas. Pero esta vez, no se despertó sobresaltado, sino tranquilo. Todas esas situaciones parecidas lo habían curado de espanto para siempre. Al incorporarse, le crujió la espalda. Colchón de paja. Montón de paja más bien. Y sin comida cerca. Tendría que pagar por ella, aunque le quedaba poca cosa. Ya se sabe, cuando una manada de lobos te ataca, o dejas tu comida o tú eres la comida. Lo segundo no le atraía, así que dejó la comida robada al amante de los animales al pie de un castaño y él subió a su copa, Con las prisas, la bolsa del dinero se le cayó. Los lobos se la debieron comer, porque no la volvió a encontrar. Avariciosos animales. Ahora nada más que le quedaba lo de sus bolsillos. Sin comida, había sido un milagro de los Nueve encontrar este pueblecito de montaña, del cual, presumía, debía estar en al posada.
                Hizo evaluación de daños. Todavía conservaba los pantalones. El resto de la ropa estaba al pie de la paja. Se compuso en un abrir y cerrar de ojos y entornó la puerta. Nadie. Quién dejaba una posada sin vigilar a primeras horas de la mañana? Salió al vestíbulo. Encontró la salida por un golpe de suerte. Ante sus ojos, una decena de casas levantadas con madera y paja, muy humildes. No era más que el típico pueblo pastor y leñador de montaña crucí. Abundaban por toda la cordillera del Sangretierra, pueblecillos como ese, que conservaban las antiguas costumbres crucíes. Por ello siempre había cerca una guarnición de Capas Rojas, con algún caballero llamado a filas, para evitar algún rebrote de rebeldía contra el Trono. Cleptómano se sentó en un banco del porche y esperó al posadero. Tenía hambre.
                El viento le cortaba la cara y el frío le hacía llorar. Pero Cleptómano ponía todo su empeño en no temblar ni llorar. Una vez, su padre le había dicho: “ Si alguna vez vas a las montañas, tendrás que comportarte como un auténtico crucí si quieres sobrevivir. Ni el frío, ni el viento, ni la nieve, ni la lluvia ni siquiera la propia montaña te podrán para o doblegar. Deberás de ser y fuerte como el mismo acero. Preocuparte de tus asuntos, y sólo de ellos y matar a quién te contradiga o desafíe también te ayudarán. Y siempre, siempre, siempre, respeta a una madre”. De ser todo eso cierto, aparecería con las tripas por fuera en medio de ninguna parte.
                - Qué haces ahí? – inquirió una voz grave. Al levantar la vista, Cleptómano vio que pertenecía a una gruesa mujer circular. Pero si le hubieran vendado los ojos, habría jurado que hablaba con un curtido leñador. Aunque habría acertado en lo del bigote
                - Estás sordo o qué!? – Aquel berrido casi lo tira del banco.
                - Disculpe, estaba distraído – respondió con su mejor sonrisa, pero no cambió el orondo y feroz rostro de la mujer – Es usted la posadera?
                - Y qué si lo soy? – le espetó. Estaba claro que veía algo raro en él.
                - Soy un humilde viajero camino de Cienrríos – A ver su la sinceridad la ablandaba – Mi comida se ha terminado. Podría comer y abastecerme aquí?
                - Vale - dijo más calmada – Le hará compañía al otro huésped – Por lo bajó, Cleptómano rió. O lo haría si no estuviera a punto de desfallecer.
                Mientras la posadera maldecía al fugado inquilino de maneras que jamás habría imaginado, Cleptómano se saciaba a la vez que pensaba maneras de largarse sin gastar nada de su pequeña capacidad pecunaria. Tanto tiempo pasó de esta guisa que no se dio cuenta de cuándo se llenó la posada. Gritos y canciones flotaban en el vestíbulo. Todo el pueblo debía estar ahí dentro. La posadera charlaba, detrás de la barra, sobre lo mal que estaban los caminos y lo poco que se respetaban ya las leyes de hospitalidad, pero no servía nada; eran los propios clientes los que cogían lo que querían. Y entre todo ese caos, oyó una voz conocida. Ya tenía plan de huida. Ahora, a esperar.
                - Pues me alegro de que el fugado haya vuelto! – Bramó jovial una voz de toro enfurecido. Pertenecía a un hombre grande, muy grande, pelirrojo y más ancho de hombros que un banco.
                - Gracias Larj! – Su tono claro, como agua de fuente, contrastaba con la adusta gravedad de las montañas. Y su corta estatura también lo hacía destacar entre todas las montañas que lo rodeaban. Sólo su pelo rubio lo hacía coincidir con el resto de paisanos – Ya iba siendo hora de volver! - Jeris Manosrápidas parecía de veras contento de regresar a sus orígenes.
                - Qué te hizo volver? – Una segunda voz, rota y cadavérica, como crujido de madera vieja, se unió a la conversación. Era de otro gigante, pero moreno y barba larga.
                - No me fueron bien los negocios – soltó de corrido y seco, para luego meter los labios en su hidromiel. Los tres amigos se hundieron en silencio.
                Bebieron y comieron sin hablar durante buena parte de la subida del sol. Cuando éste comenzó a bajar, un tercer montañés, el  más alto, el más rubio, y el más fuerte de los que estaban allí, bien armado, dijo con una voz que sonaba por encima del ruido:
                - Tu madre debe de estar muy contenta de tenerte para ayudarla.
                - Oh, sí. Pero más lo está la tuya – Sabía que si esperaba lo suficiente, Manosrápidas metería la pata. Uno olvida fácilmente la lengua afilada de un ladrón. Cleptómano lo habóa intuido, y Jeris ahora  se deba cuenta de su error. Todos se quedaron en silencio al acabar la fatídica frase. Ni siquiera se oía el viento.
                - Lo siento, Bergh... yo… no quise… -titubeó el ladrón, con los ojos bien abiertos, contemplando una muerte inminente. La cara del ofendido se desencajó. Nadie le falta el respeto a una madre y simplemente, vive para contarlo. Se levantó de forma tan brusca que tumbó la mesa. Jeris no era un luchador, así que saltó de su silla y trató de huir a trompicones, pero la clientela, con una expresión pétrea, le cortó el paso. Estaba acorralado en un círculo con paredes de roca pura con un oso gigante lleno de ira homicida armado con su hacha de guerra grande como un hombre. El ladrón esquivó dos embistes por los pelos, pero sabía que tarde o temprano, lo haría trizas. Jeris era inteligente, pero no muy rápido. Cleptómano se dijo que ya era hora de actuar. Para una vez que acertaba con un plan, no lo iba a dejar morir. Avanzó hacia los combatientes apartando suavemente al gentío mientras desenvainaba lentamente su daga. En cuanto tuvo al hombre del hacha cerca, levantó su arma, comenzó a avanzar hacia delante… pero resbaló en un pequeño charco de sangre. Cayó al suelo, al tiempo que su rival se giraba. Y éste sonrió, contento de tener el doble de diversión.
                - Bastardo asesino! – aulló el barbudo montañés – Te mataré! – Lanzó un tajo vertical que habría partido un árbol en dos, pero Cleptómano hizo gala de una rapidez inesperada, rodando hacia un lateral y poniéndose en pie de un fuerte impulso con los brazos.
                Ciego de ira, su oponente descargó un golpe horizontal, capaz de cortar a una persona en dos, que esquivó agachándose  y sólo llegó a cortar una columna de madera.  El gigante parecía haberse olvidado de Manosrápidas, así que éste aprovechó para acercarse por la espalda. Pero la posada parecía favorecer al guerrero, pues nada más dar un paso, el suelo cedió, atrapando el pie del ladrón. El barbudo montañés oyó e crujido, y hacha levantada, se giró para destripar a su rival. Rápido como un estornudo, Cleptómano saltó hacia delante, alcanzando a Jeris y apartándolo de la trayectoria diagonal del hacha, que acabó destrozando otra columna. Dos columnas fueron suficientes: el suelo del piso superior cedió, justo donde se almacenaban las barricas de hidromiel. Varios barriles cayeron encima de Bergh, enterrándolo en madera húmeda y alcohol. No se volvió a levantar.
                - Y éstos son los peligros del abuso del hidromiel – sentenció Jeris jadeante. Un suspiro después, la posada volvía a estar llena de canciones, el suelo limpio, y la despensa superior, despejada.
                Manosrápidas pagó gustoso la cuenta de Cleptómano, y un par de rondas más de propina. Mientras la comida desfilaba, ambos ladrones hablaban.
                - Gracias por lo de antes, amigo – dijo con una gran sonrisa- Podría saber porqué lo has hecho?
                - Nunca me gustaron las antiguas costumbres –respondió neutral Cleptómano. Su objetivo estaba cumplido, poco le importaba ya el resto.
                - Debería matarte por eso! – amenazó muy serio. Viendo que su interlocutor no cambiaba su expresión, enseguida cambió a una sonora carcajada – Tienes razón, no impongo nada. No soy como mis paisanos. Mi mente fue más de negocios, no de luchas.
                - Jamás habría adivinado que el ladrón más conocido de El Cruce era montañés. Ni que siguiera vivo después de Jardín de Dioses – Mierda.
                - Con que del gremio, eh? – Mierda, mierda, mierda – Sólo así sabrías lo de Jardín de Dioses. Nadie me relaciona porque conseguí escapar a tiempo. Aquella emboscada casi me mata!
                - Ya, ya me han contado… – disimuló como pudo. Dioses, porqué tendría que hablar! Ahora le pediría algo. Y no se podría negar. Ambos estaban unidos por una victoria, y si no prestaba ayuda a un amigo, los montañeses lo matarían. Asco de antiguas costumbres.
                - Quién? Y qué es lo que haces aquí? Y no me suena tu cara de algo? – Maldita su boca. Demasiadas preguntas. Suspiró y trató de serenarse. A disimular.
                - Me lo contó un tal Delrog, él estuvo contigo ese día. Tenemos mucha confianza. Consiguió un pequeño botín, pero unos salteadores se lo robaron. Ahora creo que es un bufón en la corte de algún señor menor. En cuanto a mi, sólo estoy de camino a Cienrríos, nada más – Levantó la mirada. Jeris parecía habérselo tragado. Era mejor eso que la verdad. La verdad nunca se la habría creído. Una ráfaga de tristeza pasó por el rostro de ambos hombres.
                - Vaya, me habría gustado que uno de los nuestros hubiese conseguido algo – Echó un trago de su pinta. Bien, a lo mejor escapaba de allí – Has dicho que ibas a Cienrríos – Mierda- Necesitarás dinero. Qué me dirías si te ofrezco un golpe fácil, que te dará dinero y que hará mucho bien la pueblo?
                - Qué aquí, lejos de todo lujo, no hay gran cosa – Esto no era lo que quería. Procuró no cambiar su expresión.
                - Oh, créeme que si. Las bolsas de los Guardias siempre están llenas de sobornos – Cleptómano maldijo para sus adentros. Sabía que sería un suicidio. Pero necesitaría el dinero. Nada era gratis en Cienrríos. Y tampoco quería morir a manos de los montañeses. No tenía elección.
                - Bueno, está bien – dijo a regañadientes- Necesito algún golpe que salga bien.
                - Te entiendo – Otra ráfaga, pero sólo en el rostro de Jeris. En seguida se le pasó. Un fuego se le encendió la mirada – Bien, supongo que querrás saber el plan. Consiste en en matar dos pájaros de un tiro: eliminar a los Capas Rojos apostados la sur y conseguir oro, ya de paso - Pánico y pavor en el hombre sin rostro – Oh, no te asustes tanto! No los vamos a matar nosotros. Los destruiremos desde dentro – Sacó de su faldriquera unos papeles. El miedo se fue. Un poco – Son dos cartas, imitando la letra del Capitán de este destacamento y del caballero que los comanda, ser Galindor Mallyn. No es que sean réplicas exactas, pero ambos se llevan a matar. Esta pequeña chispa hará que el fuego se extienda rápidamente, más aún que en la Fragua. Habrá una contienda entre los partidarios de ambos líderes, y quién sobreviva, estará tan débil que morirá a manos de mi daga – No era un buen plan, peor parecía efectivo. Además, la seguridad con la que Jeris hablaba daba confianza – Qué me dices? – El terror había desaparecido, pero se había instalado en su estómago. Esperaba que allí se quedara y no recorriera el resto de sus tripas.
                - A qué hora empezamos? – dijo intentando forzar una sonrisa. El ladrón no notó su miedo.
                - Esta misma noche. Quédate en la posada, ya te vendré a buscar. Será fácil, su equipaje está fuera de sus tiendas. Y ahora, otra rond…
                Ni siquiera podría emborracharse y no sentir nada. Antes de acabar de articular la palabra, toda una guarnición de Guardias Rojos irrumpió en la taberna. Y sabían bien lo que buscaban: ni aún se habían percatado del peligro, los dos ladrones ya estaban rodeados. Comprendiendo su derrota, se arrodillaron y se dejaron atar, bajo las socarronas sonrisas de Capitán y caballero. Cleptómano maldijo a los lobos, al dinero, la avaricia, las montañas, Jeris y a sus tripas, en una retahíla imposible de pronunciar para un hombre normal.
                Llevaban ya medio día atados, espalda contra espalda, en un barracón mal construido del campamento de los Capas. De cuando en cuando, les traían bebida. Comida, hasta ahora no. Pero no les dejarían morir de hambre. O eso suponían. Hablaban de cómo salir, cuando ser Mallyn entró de repente, con un fornido hombre canoso, de barbas luengas y delantal de herrero. Le recordó vagamente a su padre, pero éste tenía ojos más amables y el músculo menos marcado.
                - Has aprendido la lección, hijo? – Aquello le cogió desprevenido. Ese hombre, padre de Jeris? No podía ser.
                - Yo no soy tu hijo, Fareth – dijo con tono sombrío – Que te jodas a mi madre no te da derecho a ser mi padre – Al hombre no le sentó nada bien aquello.
                -  Si tu madre te oyera… -aseguró con rostro desencajado.
                - Me daría un escobazo, si – asintió con los ojos en blanco – Me es indiferente. Yo sólo quería hacer un bien a nuestro pueblo, y así me lo pagas?
                - No, tú querías cometer un acto criminal – replicó con condescendencia su padrastro – Llevas años haciéndolo. Hay carteles tuyos por todo El Cruce. Cuando tu madre se enteró de la procedencia del dinero que le enviabas, lo dio todo. Se llevó un disgusto muy grande. Sólo quise darte una lección.
                - Flaco favor me haces con esto! – Y le escupió a la cara. Galindor se adelantó para arrearle una bofetada, pero Fareth lo detuvo.
                - Tranquilícese, ser, mi hijo necesita pensar. Dejémoslo a solas con su amigo – Y se fueron. Ser Mallyn se quedó rezagado, contemplando con visible odio a los prisioneros. Su ancha figura se recortaba a la luz del atardecer. Su pelo y sus ojos, oscuros ya de por si, eran negros a contraluz. Y ondeando su capa, con su emblema, un gamo rampante,  se giró y se fue.
                Ahora ambos ladrones estaban solos, sin hambre todavía, pues en la posada habían comido en abundancia. Pero pronto llegaría la necesidad. Si Manosrápidas no aprendía la lección, para lo cual podían pasar miles de días, no saldrían nunca. Así que Cleptómano decidió usar sus años de experiencia en librarse. Puso sus manos a la obra, pero se dio cuenta de que algo faltaba. Se giró y vio que su compañero ya estaba libre y quitando unos tablones para escapar. Cuándo había hecho eso? Y lo más importante, cuántos años de experiencia tenía en sus manos? Ahora ya entendía su mote, al menos. Se liberó en un momento y comenzó a ayudar a su colega. Cuando ya no les faltaba nada para huir, oyeron una voz amortiguada.
                - … como le digo, Capitán, están haciendo algo, oigo extraños ruidos – Se miraron con pánico. Arrancaron los tablones de cuajo y saltaron  por el agujero justo en el momento en el roce metálico de las armaduras apuraban. Al entrar, ambos soldados contemplaron desolados el resultado de la fuga de los presos. El Capitán maldijo con toda la fuerza de su poderosa garganta, lo que hizo vibrar su poderosa papada.
                Se dirigieron al norte, hacia pueblo. Pero pasaron por delante del campamento. La vena de ladrón se les desató a ambos. Corrieron hacia allí. Estaba desierto. Y las bolsas con dinero estaban bien a al vista. Actuaron con cuidado, como se espera de un ladrón. Y en verdad debía estar desierto, porque no pasó nada. No era mucho dinero, pero si suficiente como para llegar a Cienrríos y algo más allá.
                - Bueno, siento que esto se haya desmadrado un poco – los dos sonrieron – Pero ahí tienes tu premio. Cienrríos está hacia allí – Señalo a unos arbustos – Yo iré al norte, al pueblo. Vete rápido, oigo pasos!
                Cleptómano enseguida se metió en los arbustos, pero no pudo contener la curiosidad sobre la identidad de los pasos. Se asomó y se quedó impresionado. Una pequeña mujer, de cabellos oscuros y facciones afiladas caminaba hacia Jeris con pasos indignados, seguida de Ferath, tratándola de calmar con una voz dulce.
                - Pero Riama, mi gata, por favor, no lo hagas…
                - Tú! – chilló con voz grave – Si no te hubiera dado a luz, habría dicho que eres hijo de una rata y una alimaña!
                - Pero madre, yo… -dijo sumiso el ladrón
                - Tú qué? Tú qué!? Me vas a venir con excusas de salvar al pueblo, ladronzuelo de pacotilla. Tu padre me lo ha explicado todo. Así de desagradecido eres? Yo no te crie así!
                - Pero él no es mi padre…- Una bofetada lo dejó en el suelo.
                - Respétalo! Él ha llevado la casa honradamente, como un crucí, mientras tú robabas y asesinabas con tus amigotes allá en las grandes ciudades. Tú sabes cómo se siente una madre al ver a su hijo en carteles de se busca, eh? – Un llanto desesperado buscó refugio en los hombres de su nuevo marido. Cleptómano no daba crédito a sus ojos.Parecía que Jeris tampoco. La mujer se apartó del hombro de su consorte y recuperó su carácter original – Ahora te arrepentirás de haberte fugado, oh sí – Cogió a su hijo de una oreja – Yo te enderezaré.  Haré que me respetes. Pagarás los daños de la pasada. Y lo de los Guardias también. Y créeme que no habrá piedad. La escoba conocerá lugares de ti que ni siquiera sabías que existían – Y despotricando todavía, se fue alejando, con su hijo de la oreja su marido cerrando el paso.
                Pasmado, Cleptómano avanzó unos pasos hacia su objetivo. Y después de asimilar toda la escena, comenzó a reírse fuertemente. No paró hasta que se fue a dormir, rendido de cansancio.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Cleptómano VIII

Una melodía se oía a lo lejos, medio apagada por un viento que agitaba abetos y álamos, algo apartados del camino. Hierbas altas y dientes de león adornaban ambos lados de la senda. Comenzaba a declinar el sol cuando por el camino se empezó a discernir la fuente de la canción. Un anciano campesino asomaba en la distancia. Una camisa de lana y un chaleco medio roto cubría su delgado cuerpo. Los pantalones y sandalias estaban llenos de tierra. La luz del atardecer se reflejaba en su calva, mientras que una espesa y blanca barba cubría casi todo el rostro, salvo por los almendrados ojos marrones y una cicatriz que le bajaba desde la nariz al ángulo derecho de la mandíbula. Iba caminando despreocupadamente, silbando, feliz del trabajo bien hecho, aunque con un cierto aire ordenado y marcial, como de marcha militar, pero más laxa. Llevaba los aparejos de labranza apoyaban en su hombro.
Con ese aire despreocupado, Barslan siguió su camino, hasta que creyó oír algo. Años de intemperie le había aguzado el oído, sentido que gracias a los dioses, no había perdido, y dejando de silbar, se encaminó hacia la débil respiración que había percibido. Y allí estaba, un hombre que a su juicio, tenía la cara más normal de cuantas había visto, que no eran pocas, medio muerto, tirado en el campo. Trató de despertarlo sacudiéndolo, pero no pareció reaccionar. Después, le sacudió un par de bofetadas. Abrió los ojos, casi negros.
- Eh! Muchacho! Estás bien? - Dijo, con energía. Le había dicho muchacho por decirle algo, pues por su cara no se adivinaba la edad. Su expresión se tornó confusa. Trató de incorporarse y decir algunas palabras, pero nada con sentido surgió de ahí.
- Creo que eso responde a mi pregunta. Ten - Le tendió un odre lleno de vino y algo de queso, que llevaba en una faldriquera por si al trabajar le entraba hambre. Comió y bebió con avidez, y empezó a incorporarse.
- Cómo te llamas? - Aquello pareció tomarlo por sorpresa. Titubeó, y acabó contestando.
- Soy lord Marengo, señor de Castillo Regio, en el Río de las Almenas - lo decía con desgana, como el estudiante que se aprende la lección - Llevo años huyendo, y como me descubras, haré que te maten. Así que aparta de mi camino - Trató de empujar al campesino, pero sólo consiguió caerse. Aquello daba lástima.
- Por los Nueve, que es la primera vez que veo a un muerto hablar! - Una mirada sorprendida y extrañada se elevó desde el suelo. Barslan rió con ganas, como siempre - Deberías informarte mejor de a quién suplantas, amigo. Encontraron el cadáver de lord Marengo hace varios meses, en una pequeña senda que va al Norte.
El chico hizo ademán de sacar algo de una funda, torpemente, pero el anciano lo tumbó de un fugaz golpe con el mango de su horca.
- No deberías enfrentarte a quién no conoces. Y menos en ese estado. Por las mil iras de Bascoth, no me mires así! - Volvió a soltar una carcajada - Arriba, amigo! - Le tendió la mano - No pienso hacerte mal - una franca sonrisa le adornó el peludo rostro. - Tus razones tendrás para suplantar a ese desdichado arruinado. No me importa. A mi enseñaron a ayudar al prójimo, aunque sea un prójimo tan peculiar como tú. Anda, coge mi mano y levántate, que esta postura es muy incómoda!
Le sorprendió que el extraño pesara tan poco, pero ahora que se fijaba, estaba demacrado, y muy delgado. Había que fijarse mucho, pues ese estado apenas alterada sus rasgos. Unos rasgos muy fácilmente olvidables. Se hizo prometer a sí mismo no perderlo de vista. La vida le había enseñado a fiarse de su instinto, y su instinto le decía que tuviera cuidado.
- Eh! Venga, alegra esa cara! - dijo mientras se ponía a caminar - Hoy comerás y descansarás en mi casa. Creo que lo necesitas. Tengo al fuego un caldo de nabo y trucha fantástico!
El desconocido hizo una mueca, como si reprimiera una náusea, pero se puso a caminar con él. Se veía a la legua que necesitaba descanso y comida de manera muy urgente.
- Bueno, y cuál es tu historia, amigo? - Comentó de repente Barslan. El sol estaba bastante bajo y todo tenía un tono naranja. Al campesino siempre le había gustado hablar. A veces era demasiado rudo, pero siempre conseguía sacar una conversación, debido a su carácter afable. Aunque en muchas ocasiones la conversación era un inmenso monólogo.
- Mi historia? Y eso qué importa! Estoy aquí porque me has ofrecido comida y descanso. Y no soy tu amigo - Si fuera cuchillos, esas palabras habrían destripado al barbudo labrador.
- Veo que no te faltan dientes, cachorro! -Una gran risotada salió de su garganta - Si no quieres hablar, no hables, pero no hace falta que te pongas a la defensiva. Cada vez me recuerdas más a un perro que una vez encontré por el pueblo de mis padres. Iba por las casas pidiendo comida, dormía donde  nadie lo viera, pero pobre de ti que le quisieras mostrar el mínimo de afecto! Podría arrancarte la mano!
El hombre hizo un gruñido, como confirmando la historia. No era si no un perro cabreado con un mundo que lo había olvidado. Aunque había algo raro en ese tipo que no llegaba a identificar.
- Al menos, un pasado tendrás, no? - Insistió Barslan.
- Acaso te interesa? -Volvió a morder el muchacho.
- Me gusta conocer a la gente con la que hablo -Proyectó una sonrisa amable.
- Nunca conseguirías hacerlo del todo - Repuso el chico - Además, qué obtendrías tú de todo esto? Un breve relato de mí que se te olvidaría dentro de unos días, un rato de entretenido viaje y qué? Algo de lo que hablar con alguno de tus vecinos? O detalles que añadir a alguna de tus siempre recurrentes historias de taberna? Olvídalo. Cumple tu palabra, y en las primeras luces, me iré. No lo hagas, y una nueva cicatriz te adornará la barriga.
- Vaya, rapaz! -exclamó Barslan con una agradable risa - Tienes agallas! Eso me gusta. Pero no deberías amenazar a un ex Capa de Oro de la capital. No acabarías nada bien - Guiñó un ojo. La cara de sorpresa del desconocido era más que evidente. - Si, esa suele la reacción más normal - volvió a reír -Ahora, dime, me contarás algo, o tendré que hablar yo solo?
- No hay mucho que contar -al parecer, lo había intimidado, pensó el anciano - no sé quién es mi madre, mi padre fue herrero en el Valle, quién me enseño a leer y escribir, de pequeño entrenaba las ratas de mi sótano, tuve que hacerme ladrón y vagabundo para poder sobrevivir y mi último golpe no salió muy bien, por eso acabé ahí tirado. Pero conseguí un buen botín. - Sacó un hermosa daga, de un acero pulido muy brillante, el mango recubierto de cuero de vaca y con un grabado de un águila.
- Por mis barbas! Qué hermoso artilugio! Habría matado por una de éstas en mis días como soldado. Has tenido una gran recompensa, chico.- Una ligera confusión se veía en el rostro del ladronzuelo - A qué viene esa cara? No te preocupes, no voy a dar parte a nadie. Tantos años en los castillos me han enseñado que no hay más ladrón que un  Sacerdote gordo. Deja de preocuparte.
El pícaro se tranquilizó, pero dejaron de hablar un buen trecho. Sólo se escuchaban grillos y alguna rama ondulante de cuando en cuando. De repente, Barslan, comenzó a contar:
- Sabes? Me acabo de acordar de una historia que te puede ser útil en tus viajes.  Te apetece oírla?
- No veo porqué no - respondió el chico.
- Pues verás, acababa justo de conseguir mi puesto en la Guardia de Oro, ya sabes, la del castillo del rey en Gran Fauce. Has estado allí alguna vez? Cuentan que para ir de un extremo a otro te toma una jornada entera sin descanso. Nunca probé eso. Mi lugar estaba en los muros, o  patrullando algún pasillo concreto. Y cuando no estaba de servicio, estaba en las barracas, descansando. Jamás fui un entusiasta del tiempo libre; me aburren los juglares, no sé leer y odio caminar por sitios que no conozco.. Así que mis días eran patrullar y dormir. A veces, charlar con algún colega. Por tanto, poco conozco del castillo, salvo que es de un ladrillo rojo sangre y me avergüenza  la cantidad de oro que cubre sus paredes y mesas.
>> Una noche, antes de dormirme, un compañero apareció. Era un tipo apuesto, rubio, de cabellos lisos, nariz afilada, ojos azules y espaldas anchas. Cualquier princesilla o doncella le considerarían un príncipe azul. Pero en realidad era un borracho con unos deseos de cama muy oscuros y profundos. Sé de lo que hablo.
>> Entonces, nada más entrar, el tipo se desnuda, se comienza a poner su ropa de civil y nos dice: Me voy de baretas! Quién se viene conmigo?
- De baretas? - Dijo extrañado el chico
- Si era una expresión muy típica suya. Se refería a ir a beber a las tabernas de la ciudad.
- Pero…- intentó decir el chico.
>>Antes de que me interrumpas, sigo contando. Verás, como yo no conocía a nadie, pues fui el primero en apuntarme. “Cómo te llamas?” me preguntó mi compañero, luego de que otros 3 se nos hubieran unido. “Soy Barslan”. “Barslan… a secas?” “Sí, no sé que más quieres que diga”. “Aquí en el sur, acostumbramos a presentarnos añadiendo el nombre de nuestros padres. Por ejemplo, yo soy Burgar, hijo Bergar. Y éstos son Ardol, hijo de Erdel, Flaros, hijo de Flerus, Rimno, hijo de Reimno y Gerolt, hijo de Merold”. “Bien entonces soy Barslan, hijo de Beldart y Suri”. “ Y porqué pones a tu madre” preguntó Gerolt “Las madres nunca se mencionan”. “Pues no sé a vosotros, pero sin mi madre, yo no habría nacido. O acaso tu padre te engendró él solo y luego te parió por el culo?” Todos estallaron a carcajadas. “Bien dicho, novato!” me dijo Burgar mientras me daba una palmada en le pecho, “te has ganado el derecho de venirte de baretas con nosotros. Vamos!”.
>> Ya todos cambiados con ropa de calle, salimos furtivamente. Bueno, no muy furtivamente; Burgar parecía conocer a cada Guardia del castillo, incluso a los de las puertas, lo que nos permitió salir del castillo con mucha comodidad. Pero es que al salir, los saludos tampoco pararon. Ese hombre parecía conocer a todos y cada uno de los Guardias de Fauce. Además de a todos los comerciantes que comenzaban a cerrar sus negocios, a las fulanas que salían a patrullar las calles, a varios aldeanos, a doncellas y a un loco vagabundo que predecía el final del mundo inminente, como siempre hacía por esas fechas desde la Batalla de los 100 Acres. Y eso había sido mucho antes de que mi padre fuera un proyecto en las pelotas de su padre.
>> Después de tardar una hora en recorrer un camino completamente recto de unos 56 pasos de longitud, o 6 millas, como lo llamáis ahora los jóvenes, que jamás entenderé porqué a algo que funciona se le tiene que cambiar el nombre. Vale que ahora estemos bajo dominio de Armindol y todo eso, pero aquí en Kherrvushkar, pues siempre se ha llamado así, y no esa mierda del Cruce que se llama ahora, lo tradicional eran los pasos o los herrpherr. Que esa es otra, porque cuando yo era joven…
- Eh, eh! Céntrate!
-Perdona, chico. No salgo mucho, y cuando encuentro a alguien con quién hablar, me descontrolo. Bien, sigo con la historia.
>> Llegamos al fin a nuestro destino, una taberna construida en piedra y tejado de paja. Dirás que era una ruina. Y en efecto, lo era. Pero para aquellos días, antes de que Armindol nos dijese cómo construir, cómo comer, cómo beber, cómo mear… pues era una maravilla. Aparte, en el Percebe Corredor, servían la mejor cerveza de todo el Cruce, y el mejor marisco de todo el mundo. Y que no te engañen esos tipos del puerto de Cienrríos, el mejor es el nuestro.
>> Allí dentro había mucha gente, la mitad de ellos, compañeros nuestros. Conocí a al mitad de los Capas de Oro aquel día. Y todo entre historias, apuestas viriles y Burgar y Flaros invitando a todo aquel que tenían delante. Que casualmente solía ser yo. Después de que la luna se hubiera caído un buen trecho, salimos, bien borrachos y medio ciegos. Creo recordar que le dimos una patada a un gato. Y al día siguiente, mi camisa olía a cerdo quemado, pero nunca jamás supimos porqué. Y los Guardias estuvieron buscando a un tal Moc O’Comido por propinarle una paliza a un noble que pasaba por allí. Creo que ese fue Gerolt, nunca fue muy imaginativo.
>> De lo que sí me acuerdo perfectamente es que visitamos un burdel que Burgar conocía. Decía que era un habitual y que seguro que hasta nos conseguía compañía gratis. Nos pareció a todos una gran idea. Así que, a trompicones, llegamos al sitio. Estaba construido en madera, pero parecía muy acogedor. Antes de entrar nos dijo que nos consideraba grandes amigos, y por eso nos traía. Era la primera vez que venía acompañado y deberíamos sentirnos honrados. Todos nos sentimos parte de algo muy especial, y entre risas y juramentos de amistad entramos. Una niña salió a recibirnos. Bastante espabilada para su edad, reconoció enseguida a Burgar. “Hoy no te esperábamos” dijo con una voz muy aguda “pero creo que no habrá problema en que uses tu habitación de siempre. Ya sabes dónde está, ve.” Y como si mil demonios poseyeran su cuerpo, fue a dondequiera que tuviera su habitación libre.”En cuanto a vosotros” nos comenzó a contar, dándose la vuelta, “esperad aquí. Iré a preguntar quién se puede ocupar de todos. O preferís individuales?” Al parecer, Flaros y Ardol eran tan amigos que todo lo compartían. Gerolt y yo preferimos nuestra intimidad.
>> Tardaron lo suyo en acomodarnos a cada uno. No sé si lo que pretendían era que nos calentásemos más o esperar a que nos muriésemos por la explosión inminente de nuestras pelotas. Al fin, nos repartieron: los dos amigos arriba, en un cuarto con cama bien mullida de paja, mientras que Gerolt y yo, abajo, él en una puerta al final del pasillo, y yo mucho más cerca de la salida. Me había tocado una chica con una voz grave y muy sensual. Me dijo que me tumbara, y que me fuera quitando la ropa. Y así lo hice. Al rato, apareció. Mucha ropa muy liviana. Se le apreciaba el ombligo, los pies y los ojos, poco más. Empezó a moverse, con movimientos ondulantes, pero torpes. Estaba tan borracho que hasta me excité. Comencé a escuchar unos ruidos y gritos arriba, pero no les hice caso, pensé que se trataría de Burgar. Pero de repente, ganaron magnitud, y distinguí claramente a gente corriendo y gritando. No le di importancia, y me centré en mi asunto. Cuando la chica estaba a punto de dejarse ver todo, Ardol abrió la puerta como un huracán y le dio un empellón con una fuerza increíble para alguien e su tamaño, además de un par de patadas y de un escupitajo, maldiciendo vivamente. Alarmado, le pregunté que demonios hacía. Y me contestó: “Se lo merecen. Nos han estafado. Son hombres”. De mi boca no salió más que un “Coño!”, a lo que mi compañero me contestó: “No, eso no! Ese es el maldito problema, tienen verga! Y más grande de la que mía! Degenerados!” Y le propinó otra patada.
>> Flaros y Gerolt vinieron a reunirse con nosotros. Ellos también le habían dado su merecido a sus estafadores. Yo no entendía tanto revuelo, eran bastante guapas. O guapos. Para una noche como la que llevábamos, bien nos valían, digo yo, pero como parecían tan enfadados, me callé. Buscamos a Burgar por todo el burdel, pero no encontramos ni rastro. Así que nos fuimos cada uno a su cama en las barracas y al día siguiente, ninguno habló de ello. Y tampoco volvimos a participar en las juergas de Burgar.
A lo largo del relato, la cara del joven había ido cambiando, desde la más respetuosa atención, a la mayor de las impaciencias. Ahora, el enfado era bien visible.
- Y ya está? Esa es la gran historia ? - la mirada del muchacho habría destruido una aldea entera de haber podido - Cómo se supone que una historia sobre una juerga y gente travestida me va a servir de algo en esta puñetera vida!! Yo te… - Intentó abalanzarse sobre él, pero Barslan lo esquivó, con lo que acabó cayendo al suelo.
- No me corresponde a mi decirte cómo te puede ayudar mi historia. He compartido un pedacito de mi sabiduría contigo. Te corresponde a ti el usarla o no - le sermoneó mientras lo miraba desde arriba. Le tendió la mano para ayudarlo a levantar - Aunque reconozco que no es la mejor historia que tengo. Suelo usarla sobre todo para romper el hielo y presentarme - Hizo un curioso levantamiento de cejas. El muchacho lo miró extrañado.
- Falta mucho? - Se quejó el desconocido.
- Llegaremos un poco antes de que el sol se oculte completamente. Quieres alguna otra historia?
- Creo que ya he tenido suficiente  de tus útiles consejos - Y continuaron el resto del viaje en silencio.


Al fin, cuando los últimos rayo del sol ya les daban de lleno en los ojos, consiguieron llegar a la casa de Barslan. Más bien cabaña. La madera húmeda no se partía por costumbre. Tenía un hogar muy pequeño, que poca calor daba, donde se calentaba el famoso caldo de nabo y trucha. Había dos camas, una en el piso de abajo y otra en el piso de arriba. Ninguna de las dos cómodas. Al desconocido le tocó la de abajo, claro. Curiosamente, tenía sótano. Era una puerta enfrente de la entrada  con unas escaleras que bajaban a un suelo hecho de tierra.
Se sentaron uno frente al otro, en unas sillas que hacían más ruido que el estómago del hambriento vagabundo. La mesa estaba astillada en muchas partes y los cuencos donde Barslan sirvió el caldo parecían a punto de convertirse en polvo nada más tocarlos. Pero aguantaron en contra de todas las apuestas. Incluso el caldo no sabía del todo mal, reconoció el muchacho. El campesino soltó una risotada.
- Claro que no! Acaso lo dudabas? Gracias a mi arte, un regimiento entero sobrevivió en las Cordillera del Sangretierra hasta que la Conquista terminó.
- Supongo que habrá una increíble y muy útil historia detrás de eso, no?
- Exactamente! Pero podemos irnos a la cama si quieres - Otra vez ese movimiento de cejas.
- Esta tiene mejor pinta -dijo el muchacho mientras rehuia contacto visual. - Cuéntala. Tengo la noche.
- Está bien. Aunque sería más divertido pasar la noche en cama.- Cejas de nuevo, y esta vez, le intentó tocar la mano. El chico la retiró enseguida y le instó a contar la historia. Barslan accedió a regañadientes.
- Nos habían destinado a todos a Sangretierra, a acabar con la resistencia. Mi compañía estaba formada por Lord Bik como nuestro capitán, en calidad de hombre curtido en mil refriegas, enarbolando con orgullo su estandarte, y luego nosotros, soldados casi rasos. Nos habían dicho que nuestro estatus de capas no valía nada en la guerra, así que nos habían dado cotas de mallas y una vesta bordada en hilo de oro con el escudo de los capas. Conmigo estaba Burgar.
>> Nuestro capitán le tenía simpatía a los rebeldes, por tanto, nos había dadoorden de eliminar a los menos posibles. “Ya se encargarán otros de eso. Nosotros nos quedaremos lo mñas quietos posibles. Si alguien aparece, lo matamos. Pero si no, no haremos nada, entendido?” El porqué de esta orden nunca la supe. Supongo que era demasiado vago como para pensar en alguna estrategia o quizá le tenía demasiado aprecio a su vida. De todos modos, nosotros le estábamos agradecido: no habíamos subido tanto como para morir de frío, y estábamos acampados en un lugar precioso. Aquello fue como una excursión al campo.
>> Una noche, mientras le tocaba turno de guardia a un caballerete sobrevalorado, un tal ser Lansloth, el cual siempre decía lo mucho que había aprendido en la Batalla de los 100 Acres, Burgar vino a mi tienda. Le pregunté por aquel suceso de los burdeles. Aparatando un poco la mirada, me dijo que había sido una broma. Pero no le creí. Claro que no le creí, no había manera de creerle con esa excusa barata. Y entonces me lo confesó. El era un guerrero, y como tal, le gustaban las espadas. Las usaba en todos los campos de batalla. Y para él, la cama también era un campo de batalla. Pero no es un reto si el contrincante no tiene una espada. No hay ningún mérito en vencer a un agujero. Así de claro me lo dijo, y esa misma cara que pones tú ahora, chico, es la que puse yo. Entonces me dijo que si nos íbamos juntos a afilar las espadas, pues él sabía de un lugar muy bueno para llevar a cabo la tarea. Me pareció una idea brillante, hacía tiempo que no afilaba la mía.
El desconocido puso una mueca desagradable, pero la reprimió en un último suspiro. Barslan no se dio cuenta, y siguió con su relato.
- Tardamos media hora en llegar al lugar. Era una cueva, abundan mucho por esa zona. Entramos en seguida. Mientras descendíamos con una antorcha que daba muy mal fuego, hablábamos de anécdotas pasadas. Nada raro. Hasta que llegamos a un lugar donde la cueva se ensanchaba. Nos paramos. Casi inmediatamente, di un par de pasos a mi compañero, tratando de sacar la espada, pero el me detuvo. “No oyes eso?” me dijo de sopetón. “No”. “Pues entonces, empieza a correr”. Cuando me quise dar cuenta, una escuadrilla de rebeldes nos perseguían por el pasillo rocoso que tomamos como camino. Gritaban, nos maldecían, nos lanzaban flechas, lanzas, antorchas y hasta rocas. Uno nos tiró unas calzas. Dimos gracias a los Nueve por dejarnos ver la luz del día. Curiosamente, nuestros compañeros nos habían seguido. Los rebeldes se encontraron de lleno con una emboscada. Eran treinta y tantos y nosotros sólo diez, pero en la emboscada, cayeron más de la mitad. El resto, pan comido para guerrero curtidos como nosotros. Aunque no ví por ninguna parte a Lansloth. Más tarde, me entero de que lo habían “ascendido” y estaba en el mismo pico de Sangretierra, cargándose rebeldes. Parece que tenía mucha comida en esa sima.
>> Al final, todos volvimos al campamento, y dormidos con los uniformes llenos de sangre. Meses más tarde, nos mandaron volver a casa, al parecer, ya teníamos méritos suficientes. También necesitaban capas de Oro en Fauce, comenzaba a ver disturbios. Nunca volví a hablar con Burgar sobre afilar espadas. Jamás supe todo fue una broma o no.
Barslan cayó. Echó una de sus grandes risotadas y miró fijamente al desconocido. Éste reaccionó saltando de su sitio.
- Tengo mucho sueño, campesino. Me voy ya a cama. - Exageró un bostezo bien redondo. - Si eso, hablamos mañana.
- Bueno, muy buenas noches, amigo - Una mirada de se hizo evidente. - Mañana hablaremos.
Acompañó al chico hasta su catre, y cuando se quedó dormido, Barslan le echó una última mirada, como si se despidiese de él y lentamente, bajó al sótano.


Al escuchar cerrarse la puerta, Cleptómano abrió los ojos. Por fin lo dejaba en paz. Él sólo quería comer y dormir. Le daban igual los burdeles, con quién afilara espadas y lo que demonios le contara. Esas cosas eran suyas, y suyas deberían quedarse. Ahora esos recuerdos eran sanguijuelas que le mordían y le sorbían el cerebro. Y lo peor eran las miraditas. A cada instante tenía que recordarse que era un exCapa para no sacar la daga de la bruja y cortarle el cuello. Él no quería… no! no podía estar con nadie. A fin de cuentas, al rato, se olvidarían de él. Por eso estaba mejor sólo. La mera idea de que alguien se le acercase le… le… que puñetas hacía pensado en eso? Otra vez le habían tocado la fibra. A pesar de intentar empalarlo, ese hombre era agradable: le había ofrecido comida y descanso sin conocerlo de nada. Y su conversación era agradable. No por nada le dijo a él más cosas de su vida que ha nadie en el mundo. Sin embargo, él era un ladrón. Y se puso a hacer lo que mejor sabía. Con un saco que encontró a los pies de su cama, empezó a desvalijar lo poco que había en la casa. Más bien, cogió toda la comida que no tenía moho.
Vale, ahora había dos puertas, una enfrente de la otra. Mejor tener cuidado, siempre se confundía. Era algo que le acompañaba, como su cara. Para evitar desgracias, dejó el saco en el suelo. Siempre podría volver a por el. Procedió a abrir la puerta de su derecha. La abrió despacio, inclinando su cuerpo para poder ver. Peor lo único que vio fue la oscuridad que se precipitaba hacia él y mucho, mucho dolor. Cuando el cielo y el suelo volvieron a su sitio, se percató de que se había caído por unas escaleras. Una pequeña luz, procedente de su izquierda, o de lo que él creía su izquierda, iluminaba un poco todo ese sótano. De repente, se dio cuenta de que algo se oía. Agudizó un poco el oído. Lo que percibió lo dejó helado: era algo así como un jadeo humano tapado por un aullido como de cerdo torturado (si es que en realidad no era un cerdo torturado) que provocaba real pánico y un golpeteo rítmico, como de palmadas. No sé quedó a averiguar la fuente del sonido. Se levantó reprimiendo un grito, subió las escaleras como si el fuego fuese a derrumbar la casa, cogió su bolsa, salió por la puerta buena y echó a correr. Cuando le pareció estar lo suficientemente lejos, se escondió un poco y se tumbó a descansar. Cleptómano se durmió pensando en la decepción que se llevaría Barslan al ver que no tendría compañero para afilar espadas.

domingo, 29 de enero de 2012

Cleptómano VII

      Nada, ni siquiera el incendio de la Fragua de Sombras, había parado el Torneo de Vilañeja. Cuando el humo comenzó a asomar por el Norte y el Este, el Comité de Contención, duramente formado para casos como éstos, se puso en marcha después de 217 años de inactividad. Construyeron barricadas, y usaron técnicas aprendidas años atrás para evitar incendios, lo que demoró un tiempo la destrucción del pueblo y permitió continuar con normalidad los juegos. Cuando el fuego amenazó con reducir a cenizas el terreno, un tiempo más tarde, toda la aldea se unió para detener el avance de las llamas, sin alterar ni las hazañas de los participantes ni el disfrute de los nobles.
 Ahora, tres días habían pasado desde que apareció el humo, uno desde que los calderos del pueblo se pusieran en movimiento y cinco desde que Cleptómano escapara a nado de su cautiverio a la sombra del Padre, reducido a cenizas ya. El ladrón había seguido el curso del Vera, afluente del  Río de Plata. Se decía que Vera, uno de los Nueve Dioses, había perdido allí la virginidad al enamorarse de un árbol. Qué clase de mente enferma había escrito esa historia no lo sabía, pero más increíble le resultaba que a las doncellas no se les permitiese acercarse a los árboles de la Fragua por si llegaban a su matrimonio impuras. No obstante, en cuanto la corriente amainó un poco, salió del río. Mantenerse a flote era demasiado cansado.
 Corrió hacia lo que le pareció el Sur, alejándose de la deflagración que había provocado. En cuanto le pareció estar a salvo, se sentó a dormir. Despertó con las primeras luces y un calor muy extraño. Se levantó de un salto y se puso a correr en una dirección equivocada. En realidad, le daba un poco igual la dirección, sólo quería no acabar como su padre, el herrero. Así estuvo corriendo toda la mañana. Y toda la tarde. Y los cuatro días siguientes, deteniéndose para descansar de vez en cuando e intentar comer una especie de bayas que salían a la misma velocidad que entraban y una especie de agua estancada que sólo aceleraba el proceso. Sin saber muy bien cómo, llegó al Puente Árbol, encima del Río de Plata, desde donde pudo cruzar a las inmediaciones de una Vilañeja ya completamente a salvo de ser reducida a combustible para hoguera.
 El pueblo era famoso por que dos veces al año (el año que menos veces se convoca) se celebran un Torneo, compuesto por una serie de juegos, combates, justas y otros deportes nobles, cuyo objetivo es apagar la sed guerrera de los más altos estamentos a favor de la gloria, el prestigio, la cerveza y la conquista de bellas damas.
“Al fin un pequeño golpe de suerte” se dijo Cleptómano. Habría comida y bebida que se le quedarían en el estómago, y quizá podría hacerse con algo de dinero. Así pues, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se acercó a la aldea.
 No era muy grande, pero con tantos vendedores ambulantes que vendían su mercancía en carros, banderas con blasones de todos los colores y tanta gente, era un gran caos. Así pues, Cleptómano se confundió con la muchedumbre, actuando de la mejor manera posible. Caminó un poco, parándose a mirar un puesto de pergaminos y otro de joyas, ambos con mucha atención, como si quisiera comprar algo. Hasta que llegó a un carro lleno de manzanas, peras y otras muchas frutas que le daban un hermoso aspecto multicolor. Hasta mangos había, fruto que no probaba desde que en su niñez se la había robado a un noble del bolsillo. Se acercó, como quién no quería la cosa, y se puso hablar cordialmente con el mercader, alabando la mercancía con palabras corteses. Al darse el hombre la vuelta, Cleptómano aprovechó, se escondió debajo de la túnica algunos trozos de fruta y escapó corriendo. Pero sólo durante unos 10 o 12 pasos, hasta que se dio de bruces con un Capa Roja. Del golpe, todas las frutas que había escondido se le cayeron. El ladrón iba a ofrecer alguna excusa tartamudeante, pero de un guantazo lleno de ira, el Guardia dejó inconsciente a Cleptómano.

 El ruido de utensilios de cocina hizo que se incorporase. Olía a guiso de pescado, y se oía una olla burbujear, mientras un caldo era removido. Cleptómano comenzó a asustarse. Era una pequeña casita, de madera. No tenía habitaciones individuales. El rincón donde estaba la cama hacía esquina con un pasillo que se extendía a su izquierda, desde donde llegaba el olor, y también una cancioncilla dulcemente tarareada. Se miró a sí mismo, y vio que estaba desnudo. Enseguida se volvió a tapar con las sábanas. Se preguntó si no habría muerto en el bosque, o si todo había sido un sueño y hubiera estado en la casa de la vieja señora Lyne todo este tiempo, pero una anciana figura asomó a los pies de la cama y le cortó el pensamiento.
 - Ah! Ya veo que has despertado - dijo la vieja mujer. Tenía una voz muy agradable, el pelo lacio y un vestido sucio, gris, muy humilde - Toma te he hecho este guiso -Le vertió algo en un cuenco.
 Cleptómano se incorporó, y cogió con reticencia el cuenco - Tranquilo, no está envenado -le sonrió. Las arrugas de su rostros se marcaron mucho más. - No tienes que tener miedo -estaba tan hambriento, que eso le bastó para comenzar a comer. No paró hasta acabar con toda la olla, y el queso que le había dado para luego.
 - Veo que tenías hambre! A saber cuánto tiempo has estado sin comer! - exclamó con una dulzura que sosegó el espíritu del ladrón. Sus ojos comenzaron a cerrarse - Eso es, duerme ahora, Cleptómano - Estaba tan cansado, que no reparó en que la anciana lo había nombrado.
 Volvió a despertarse. La luz inundaba toda la casa. Debía ser mediodía, pero de qué día, eso no lo llegaba a adivinar. Se desperezó con lentitud y cogió un montón de ropa que había doblado en una mesita. Debían de ser para él, pues eran ropas de hombre: una camisa de lino negra, pantalones de cuero negros, mitones negros, chaleco y zapatos de cuero blando negros. Tanta negrura le parecía excesiva, pero no se quejó. Simplemente se los puso y comenzó a andar por la casa. Comió y bebió un poco de una mesa puesta muy humildemente, desvencijada y medio mohosa. Cuando estaba apunto de levantarse, la puerta se abrió, y entró la viejecita.
 - Veo que ya estás bien -le dijo, muy alegre. Puso enfrente del pequeño hogar una cesta con hortalizas, y se sentó enfrente a Cleptómano. - Cuando te encontré después de la paliza que te dio el Guardia, creí que ibas morir. Y mientras te cuidaba, nada indicaba lo contrario. Tuve que darte leche con un embudo. - A su boca asomó una sonrisa maternal. Cleptómano abrió la boca, pero fue cortado inmediatamente por la señora - No me des las gracias, hijo. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Necesitabas ayuda y te la brindé. Y quizá ahora puedas devolverme el favor, verdad, Cleptómano? - El punto de malicia que había adquirido su voz pasó desapercibido ante la sorpresa y el horror del ladrón. No sólo sabía su nombre, si no que se acordaba de él después de haber estado fuera de casa! Qué clase de sortilegio era ese? Sin saber muy bien cómo reaccionar, cogió un cuchillo, y se levantó, dispuesto a amenazar a la señora, pero al hacerlo, volvió a su sitio y dejó el utensilio en su lugar, no sabría decir qué.
 - Debajo de estas canas hay mucho más de lo que parece - ahora la voz parecía salida de una especie de pesadilla alucinatoria. La luz comenzaba a apagarse, mientras una sombra crecía, envolviendo a la anciana. Qué clase de comida le había dado mientras dormía!? - Toma asiento, Cleptómano - Le hizo caso, por supuesto. No se desorinaba por que la anciana no se ordenaba - O debería llamarte…
 - No, Cleptómano está bien - dijo con gesto hosco. Para qué usar nombre cuando nadie se acordaba de uno? Hacia muchos años que nadie lo llamaba Cleptómano, y muchos más por su verdadero nombre. Aquello no estaba bien, no podía estarlo. Estaba demasiado inquieto. La mirada de aquella mujer le penetraba, le obligándole a permanecer sentado. Se sentía impotente, frustrado y más iracundo que nunca. Pero no hizo ademán de levantare. Sólo mantuvo su mirada de furia y rencor.
 -Como gustes. Si, sé muchas cosas sobre ti. Hay muchos rumores sobre ti, aunque no lo creas. Pero para el pueblo no eres más que un monstruo sin cara que lleva a sus hijos a la cama. Yo sé un poquito más de ti, chico. Incluso alguna cosa que no sabes de ti mismo. Oh, vamos quita esa cara! No te haré nada. Sólo alquilaré tus servicios. Eres un ladrón, no? Pues escucha. Tengo mucho que ofrecerte.
 Y Cleptómano escuchó. Y a medida que la horrible y áspera voz de la anciana deslizaba palabras por su oreja, él sabía que no le quedaba más remedio que obedecerla.


 Ser Wayward Lansloth siempre llegaba en el momento más oportuno. Esta vez llegó con los primeros humos del Norte. Un miembro del Comité les prohibió continuar hasta haber contenido el fuego, pidiéndoles, muy amablemente, si podía coger un carro prestado para usarlo de barricada. Y el caballero tuvo que ceder, teniendo que llevar los cofres dentro del carruaje donde viajaban su esposa e hijos, bastante pequeño, por cierto. Encima, había llegado una semana antes de lo debido, pues en los juegos en los que se había anotado no comenzaban hasta siete después de su llegada, lo que provocó las iras de su esposa durante ese tiempo, mientras tenían que ver como otros caballeros cortaban moscas al vuelo, ensartaban quesos lanzados desde el otro extremo del campo o cabalgaban por un circuito de fuego.
 A medida que su señora le lanzaba maldiciones que le resbalaban como cera fundida, Wayward se preguntaba qué gloria esperaban conseguir esos mozalbetes lanzando tajos al aire, a ver si ensartaban alguna mosca, o se debatían contra un estafermo. Él había estado en la vanguardia de las más grande batallas, como la Batalla de los 100 Acres o la Conquista de Sangretierra, siempre luchando por el Rey. Tenía muchas medallas, condecoraciones, y hasta una espada hecha por Phinthias, el mejor herrero que jamás haya existido en el Cruce. Cada cicatriz y cada herida las llevaba con orgullo. Cómo pretendían, pues, esos jóvenes conseguir nada, peleando como estaban contra moscas y quesos? Al menos él estaba inscrito en los combates libres, el tiro con arco y las justas. Eso sí merecía la pena.
 De lo que ser Lansloth no era consciente era de la increíblemente deforme imagen que tenía de sí mismo. Él estaba de vacaciones en el Mordisco con sus padres, siendo todavía un mozo imberbe, cuando un heraldo lo reclutó para la vanguardia de la Batalla de los 100 Acres. Y lo único que había hecho era espolear a su caballo, con los ojos cerrados mientras agitaba su espada. La hazaña más espectacular que había llevado a cabo en ese combate fue cortarle la crin a su caballo con tanto movimiento. En Sangretierra, se había limitado a ocultarse en una pequeña sima y esperar a que alguien pasase, amigo o enemigo, para rebanarle alguna parte de su cuerpo. Pero, evidentemente, nadie sabía esto. Ser Wayward Lansloth era el mejor narrador de todo el país, como sólo lo puede ser aquél que se cree sus propias historias. De hecho, el que había parado el avance de las llamas había sido él, al transportar heroicamente el carro para hacer una barrera. Y pobre del infeliz que osara contradecirlo! Se enfrentaría a la cólera de cientos de admiradores y seguidores que creían en sus hazañas como un Sacerdote las Sagradas Escrituras del Dogma.
 Y así pasaron los días, entre discusiones, encuentros, historias y recuerdos. Hasta que al fin, le tocó participar. Combate libre: seis personas en un círculo. El último que quede en pie dentro del círculo gana y pasa a la siguiente ronda, con otros seis, a su vez ganadores de otros combates simultáneos, y así hasta que solo queda uno, al que coronan como Rey del Combate. Con tal objetivo en mente, ser Lansloth se enfundó en su armadura chapada en plata, se ciño su espada, con un casco se tapó el rostro y las incipientes canas, y allá fue, a batirse con sus adversarios.
 Horas más tarde, regresó a su tienda, con un ojo hinchado, la nariz, antes recta, bastante torcida y el prominente mentón bañado en sangre. Pero victorioso. Fue el precio a pagar por repetir la estrategia de los 100 Acres. Después de unas curas aplicadas por un Sacerdote dedicado a Khlapios, dios de la curación, salió a celebrarlo. De camino a la taberna, se enteró de que habían dejado tumbado a un ladronzuelo. “Esta juventud está descarriada”, pensó para si el caballero, “ya no existen los valores por los que luché. Una guerra necesitaban para saber qué es la vida! Así saldrían tan honorables, rectos y arrojados como yo.” Este pensamiento lo verbalizaría en la taberna durante lo que duró toda la celebración (hasta el amanecer, más o menos), seguida siempre de asentimientos y aprobaciones. A continuación, relataba alguna gran batalla, su público se maravillaba, un camarero traía otra ronda, y así hasta el final.
 Al día siguiente, con un resaca que le hacía estallar la cabeza, consiguió salir victorioso del segundo círculo, con la diferencia de que esta vez no hubo celebración, sólo cama y su mujer, siempre maldiciendo cuando estaba en la tienda. Cuando no… bueno, ser Wayward ni quería ni le importaba saberlo. En los días sucesivos, conquistó el tercer y cuarto círculo, pero fue derrotado en el quinto. A alguien, y muy probablemente adrede, se le había caído una pieza de su armadura, con la que había tropezado y se había dado de bruces contra un adversario, que de un empellón, lo sacó del círculo, descalificándolo. Toda la taberna veía la mala pata, la injusticia de que en el reglamento las piezas sueltas de armadura no estén reguladas y concordaron en que, de estar en un mundo justo y no existir tan mala baba y envidia entre contrincantes, de estar todo regulado como debiera, aparte de otros muchos puntos que fueron discutidos, ser Lansloth se habría alzado con el título, y no ese jovenzuelo, lord Daft Casquivana (de verdad alguien con tan ridículo nombre podía haber ganado?), que no había vivido ninguna guerra ni nada. Además, los presentes también llegaron a la conclusión de que los combates libres y una guerra eran cosas bien distintas y que por tanto, su caballero seguía valiendo más que nadie, siendo el más honorable, valeroso… En realidad, los argumentos los daba todos Wayward, mientras el público asentía. Y así fue toda la noche, hasta el amanecer, que coronaron al hombre como verdadero ganador del torneo.
 Dos días más tarde, comenzó el torneo de arquería. Sólo había que clavar la flecha en el centro de la diana, nada que no pudiese, pues miles de personas había muerto bajo la certera furia de sus flechas. Un árbitro muerto y un espectador tuerto más tarde lo convencieron de que su vista estaba más cansada que en su juventud y se retiró. No obstante, aquello noche también fue coronado vencedor en la taberna, pues, como resultaba evidente, si su vista estuviera bien, habría sido el claro vencedor.
 Al fin, después de todo, había llegado su momento. Para lo que había nacido. Las justas. La última, más espectacular y favorita entre el público. En todos sus años, jamás había perdido una justa. Este año había pocos participantes, por lo que serían ocho en la primera vuelta, luego cuatro, luego dos, y de ahí, surgirían el Gran Campeón, que se llevaría, la fama, la gloria y a la Reina de la Belleza. Por fin este año, lady Laguna había asistido a un Torneo, por lo que era su oportunidad. Estaba decidido a ganarse el favor de esa dama y poder librarse, aunque solo fuera por unas fugaces horas por la noche, de su gritona esposa. Nadie se había atrevido a decirle que Brenne Laguna estaba ya bien servida, y que lo rechazaría, pues la ilusión y convencimiento que desprendía al hablar de ello los hacía recular.
 Como era de esperar, ser Lansloth, con arrojo y los ojos bien cerrados, había quedado vencedor en la primera vuelta. Y en la segunda, contra todo pronóstico. Mas aún quedaba la última, la que decidiría al vencedor. Lord Begelord Fastes era su adversario, hombre despiadado, lleno de cicatrices y embutido en una amenazadora armadura negra adornada con espinas metálicas. Ambos contendientes se saludaron, fueron a sus puestos y ensillaron caballos. Al son de las trompetas, Lansloth tragó saliva y se precipitó hacia delante, lo que le dio la victoria en el lance, pues la lanza de su enemigo le rozó la parte superior del cráneo, haciéndole descubrir un hueco por donde metió, de casualidad, su arma, rompiéndosela en el pecho. En el segundo lance, no hubo tanta suerte: viendo que iba a repetir la estrategia, lord Fastes desvió la lanza con su escudo mientras acometía a su rival por el costado. Nunca antes un caballero había visitado el suelo con tanta velocidad. Quedaba pues, un último lance. El definitivo. En cuando sonaron por tercera vez las trompetas,  ser Wayward se lanzó en atropellada carrera por su oponente ciego de determinación e ira. Poca gente lo había dejado quedar tan mal como aquella vez. Sin embargo, tanto apresuró a su caballo, que éste tropezó (los animales se parecen a sus dueños, dicen) justo en el momento en el que Begelord movía todo su cuerpo para impulsar la lanza y asestar un golpe con toda su fuerza. Al estar su objetivo cayendo, perdió el equilibrio, yéndose a golpear  con la lanza de su adversario. Ambos acabaron encontrando el suelo. Y puesto que ambas lanzas estaban partidas, y los jueces no supieron quién había derribado a quién, pues la escena había sido demasiado rápida confuso para ellos, dictaminaron empate. Este año, habría dos Grandes Campeones y dos Reinas de la belleza.
 Lleno de ira homicida, lord Fastes era capaz de aceptar tal resultado. Su espíritu combativo le decía que tenía que haber un ganador. Dos era inaceptable. Ninguna batalla acababa con dos vencedores. A grandes trancos, se situó enfrente de ser Lansloth, y le dijo, a viva voz:
 - Esto no puede quedar así - su aliento era espantoso. Dio media vuelta y se dirigió al público - Exijo un paso de armas! - Y ser Wayward se dijo a sí mismo: Estoy bien jodido.
 El paso de armas era el recurso del desempate, del desquite, de hacer pagar una afrenta. El desafiante tendría que defender una fortaleza, real o no, del desafiado, ambos con un máximo de cuatro hombres a sus órdenes. Cada año, se redactaban nuevas reglas, se quitaban algunas viejas, y el escenario cambiaba. Pero la esencia era la misma. Por tanto, los participantes (cuatro siervos de la cada Fastes para el desafiante, cuatro veteranos muy veteranos, para el desafiado) fueron informados de las nuevas reglas: podrían rendirse levantando al visera del casco (primera concesión a la piedad en treinta años), la única forma de ganar sería matando a todo el equipo contrario y reclamar el tesoro del centro de la fortaleza para el equipo y además, los invasores tendrían que llevar una armadura de cuero proporcionado por los jueces. Con estas prerrogativas, estaba perfectamente justificado el pensamiento pesimista de ser Lansloth.
 El equipo defensor tomó posiciones en la fortaleza, que más bien era un fuerte de madera, rectangular, con una pequeña cabaña donde se escondía el tesoro, una copa de oro puro, con incrustaciones de diamantes, rubíes y esmeraldas. Se decía de ella que había forjada en los albores de la civilización, y que quién bebiera hidromiel de su interior, adquiriría aliento de dragón. Otros decían que inmortalidad. La mayor parte, que la cogorza era bestial. De cualquier manera, nadie había probado aquella cosa, pues su dueños sólo la tenían como reliquia en un estante, cogiendo polvo, hasta que decidieron donarla para el Torneo presente. Begelord apostó un arquero en la precaria pasarela que bordeaba la parte superior del muro de madera; el resto, y él mismo, defenderían el interior del fuerte.
 El pensamiento de Lansloth no había cambiado. Y no le faltaba razón. Nunca había dirigido un ataque. Tampoco una defensa, pero un ataque era peor. Necesitaría elaborar un plan, capacidad que no poseía. Al menos, no moriría sólo. Una distancia de 20 o 30 cuerpos los separaban de la puerta del fuerte. Sin embargo, había una roca a unos 10 cuerpos de la fortaleza, punto muy bueno para disparar. Así, nada más oír la señal de comienzo, corrieron como si el enemigo estuviera detrás de ellos. Llegaron a la roca con uno menos, pero un atacante, el único que llevaba un arco, fue capaz de derribar al defensor de una certera flecha entre ceja y ceja. Un alivio, pero poco más.
 Sacaron los espadas y allá fueron. Otro sirviente ocupó el puesto de su compañero muerto, pero en el momento en el que empujaron para intentar abrir el portón, perdió el equilibrio y se rompió el cuello en la caída. Otro alivio, peor quedaban otro dos. Los maderos cedieron enseguida, eran madera muy antigua, sequísima, era sólo cuestión de tiempo. Nada más entrar, el último sirviente que quedaba vivo se arrojó hacia ellos, pero una rápida estocada del colega de la izquierda del caballero acabó pronto con su acometida. Y ambos compañeros de equipo se lanzaron a por la gloria de acabar con el jefe y vengar al amigo caído. Mal hecho, según pudo ver Wayward desde su rezagada posición. En dos centelleantes movimientos de espada, sus amigos estaban en el suelo, muertos. Temblando, alzó la espada y se encaró a su enemigo. Las estocadas se sucedían sin cesar, pero Lansloth bien pudo apreciar que sólo estaba jugando con él. Cantaron las espadas por todo el recinto, y cuando Fastes ya estuvo harto de juegos estúpidos, alzó su arma para descargar el golpe final contra su enemigo. Sin embargo, ser Wayward, con los ojos cerrados, fue capaz de interponer su acero en la trayectoria del de su enemigo, perdiendo el equilibrio por la fuerza que su adversario ejercía. Cayó pues hacia atrás, encima de la cabaña donde se guardaba el tesoro. Rompió una pared en el proceso, lo que descubrió, a los atónitos ojos de ambos combatientes, que no había ningún tesoro allí guardado.




 Cleptómano corrió como sólo había corrido perseguido por el fuego. Aquellos dos imbéciles estaban demasiado enfrascados en su juego de honor como para percatarse que había entrado por la puerta rota, entrada en la cabaña y cogido el cáliz, sin esconderse. No le habría resultado más complicado entrar en una taberna y pedir una pinta.
 Y ahora, con el tesoro en sus manos, corría. Oh, claro que corría. La anciana se lo había dejado muy claro. O llevaba el tesoro, o dejaba de llevar sus pelotas colgando. Si no quería acabar de alguna manera peor. Y viendo la mirada de la señora, sabía que era capaz de hacer cosas mucho peores que castraciones. Así pues, sin dilación, se dirigió a casa de la vieja mujer.
 Por el camino, empezó a escuchar un tumulto en creciente alzamiento. Estarían empezando a buscar la copa. O se daba prisa, o lo matarían dos veces. Y ninguna de las dos muertes sería agradable.
 Atravesó el pueblo como un relámpago. Ya casi no le quedaba aire, peor tenía que hacerlo. Y lo hizo. Abrió la puerta tan atropelladamente que casi se cae. Y allí estaba la mujer, sentada, tomando a saber qué brebaje.
 - Enséñame eso, Cleptómano - dijo entre imperativa y ansiosa. El ladrón se acostumbraba a que lo llamasen, y con reticencia, le enseñó su botín. Ella se lo arrancó de las manos - Oh, si! Al fin es mío! El Cáliz del Primer Hombre! - el tono de pesadilla volvió a sus labios, sonando triunfante y codicioso. Cleptómano pensó que la había cagado, pero bien.
 - Tranquilo, amigo mío - le sonrió. El ladrón cada vez tenía más miedo - Toma, tu recompensa - Y de un baúl al lado del hogar sacó una daga de plata y mango con incrustaciones de obsidiana, un saco del tamañote un puño lleno de monedas, un saco lleno de comida y un colgante con una extraña forma serpenteante. Ha simple vista, no sabía qué era. Miró los tesoros con suspicacia - No te alarmes, no van a desaparecer. Los… colecciono. Eso te debería bastar. Y ahora, tómalos, o no, pero lárgate de aquí si no quieres morir. Esos dos tipos, ser Lansloth y lord Fastes, vienen hacia aquí, con un buen séquito. No te gustaría ver lo que pasará.
 Más asustado que nunca, cogió todo el botín que le ofrecían, y de un salto superhumano, saltó por la ventana trasera, al tiempo que la muchedumbre furiosa derribaba la ventana. La anciana en seguida se puso enfrente de la multitud, y nadie se percató del fugitivo.
 - Tú, bruja! - dijo ser Wayward Lansloth - Tenemos una disputa que ganar. Y sabemos qué fuiste tú, eras la única que no estaba en el Torneo. Devuélvenos el trofeo y no pasará nada.
 - Sois vosotros lo que debierais temerme - su voz horrorizó a todos los concurrentes - Vuestro es poco más que una mierda de perro en mis zapatos. Y sin embargo, por esa mierda os matáis los unos a los otros. Esa mierda os ciega. Por esa mierda, habéis olvidado viejas costumbres que más os valdría no olvidar. Dad un paso más, y sabréis por qué - Amenazó. Todos dieron, al unísono, un paso hacia atrás. Lord Fastes se orinó del susto. Sin embargo, ser Wayward, por primera vez en su vida, se armó de valor. Pero, como él mismo, llegó en el momento más inoportuno. Dio un paso adelante. Y otro. Y cruzó el umbral de la casa de la anciana.
 - A mi no me das miedo, vieja bruj… -Y a juzgar por los gritos, aquéllas fueron las últimas palabras de ser Wayward Lansloth.

 A pesar de todo el equipaje que ahora llevaba, Cleptómano estaba a varias millas de distancia de Vilañeja. Y pese a la distancia, oyó los inhumanos gritos que surgían en dirección de la casa de la anciana. Y pese a todo: el cansancio, el peso de más, el hambre, lo irregular del terreno… pese todo, corrió. Y corrió. Hasta que, en medio de un extenso prado, cayó rendido.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Jon, el bardo que no sabía cantar... pero follaba igual

Érase una vez, en las lejanas tierras de mi imaginación, existía una pequeña posada apartada del camino principal, en lo alto de una colina. Se llamaba “El Orgulloso Castaño”, en honor al imponente árbol que se alzaba detrás del edificio. Éste lo regentaba  un feliz y porcino posadero, de piel rosada, oronda figura y abundante vello rubio, aunque de cráneo completamente desabrigado.
Todos los días, él y su porcina mujer, de piel rosácea, pelo pajizo y nariz siempre alzada, se levantaban al amanecer, limpiaban la posada y atendían a los hospedados, así como a cualquier trotamundos que necesitase comer o aprovisionarse. De este modo lo había hecho su padre, el padre de su padre, el padre del padre de su padre, el padre del padre del padre de su padre… y siguiendo así hasta los tiempos de abundancia del rey Amyr V, que levantó el reino a base de tabernas y prostituyas. Haciendo real uso de ellas, por supuesto.
Transcurrían los días entre paz y rutina. Hasta que llegó él. Siempre era un hecho agradable el que un bardo se hospedase en la posada, las canciones gustaban a la clientela y aumentaban las ventas. Pero esta vez no.  Este cantor, si es que tal palabra con él podía usarse, se dedicaba a aporrear las gastadas cuerdas de un podrido laúd mientras su voz sonaba como un pájaro siendo estrangulado por un alambre de espinas. En casos como éste, las coces funcionaban muy bien, sin embargo, al público femenino parecía encantarle; todos los días, el hombre, que respondía al nombre de Jon, ofrecía su espectáculo mientras un corrillo de mujeres en edad de mereces, y su mujer, se deleitaban con el canto. Y si el porcino posadero le insinuaba a su porcina esposa algo sobre echarlo a patadas, ésta enseguida montaba en cólera y le arreaba con alguna pata de cerdo cercana. Tocaba pues, callar y aguantar los ruidos que el bardo hacía, tanto en la sala común como en su cuarto. Increíblemente, cada mañana, una hermosa manceba salía de su habitación, despeinada y entre risitas. El posadero no alcanzaba a comprender como tan horrendo atentado a la dignidad musical tenía tan alto éxito con las féminas. Jon no era más que un hombre fornido, de ojos oscuros, pelo rizo y perilla prominente y peluda, nada con lo que su grasienta figura pudiese competir. Y eso lo irritaba mucho.
Una noche, el bardo, luego de deformar hasta la pesadilla hermosas y picantes canciones, se recogió más temprano de lo usual. El posadero estaba extrañado, pero una conversación con un cliente le hizo olvidarse de ellos. Y así siguió la noche, entre conversaciones de (pocos) borrachos y algún comprador. En una ocasión, mientras despachaba a un viajero que quería pasar allí la noche, se comenzaron a escuchar los típicos gritos que siempre salían del cuarto de Jon. Luego de indicarle su cuarto al viajante, el cual poseía la cara más normal que jamás había pasado por la puerta de su posada, bajó a la despensa, en vista de que su mujer no rondaba por allí, y cogió una horca. Ya estaba harto. El pagar su habitación no compensaba el daño psicológico ni el sangrado de sus orejas.
A grandes zancadas, llegó hasta la puerta, y de una patada, la abrió. Lo que vio le hizo mostrar una gama de colores del blanco más fantasmal al rojo más iracundo. Su mujer, esa lechoncita a la que había dedicado los mejores años de su vida, estaba revolcándose con ese inmundo tonadillero. Ciego de venganza, se abalanzó hacia la boquiabierta pareja, horca en ristre, pero el bardo, con la precisión que da la experiencia, se apartó de un ágil y desnudo salto, provocando que la horca se clavase en el cabecero de la cama, para luego envolver, con un hábil juego de manos, al posadero con las sábanas. Hizo entonces un ovillo con su ropa, le plantó un beso en los morros a la porcina adúltera y, entre las amortiguadas maldiciones del cornudo, saltó por la ventana, saltó por la ventana, corriendo después hasta perderse en la espesura de un bosque cercano.
No sé que fue luego de la pareja, pero algunos huéspedes juran que algunas noches, de una habitación, se escuchan gruñidos. Como de cerdos.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Cleptómano VI

      En cualquier época, en cualquier lugar, existe un sitio ligado a la imaginación, a la leyenda. Un lugar donde duendes y hadas campan a sus anchas en lo más profundo de la oscuridad, evadiendo la mirada humana. Un lugar donde los trolls cazan hombres y los lobos atacan a viajeros desprevenidos que tratan de calentar sus maltrechos cuerpos en alguna pequeña hoguera. Un lugar siempre en la boca del pueblo, siempre misterioso, pero siempre visitado, siempre transitado y nunca explorado del todo. De esos que cada quién que sale tiene una historia distinta. Ese lugar era la Fragua de Sombras.
Éste era un bosque que se extendía miles de leguas, millones según algunos. Se extendía de costa este a costa oeste, devorando toda ciudad que encontraba a su paso. Algunas estaban directamente construídas en los árboles, ya fueran álamos, abetos o robles. Y todos eran enormes y vigorosos. Ni Zarpiedra, ciudad labrada en la misma roca que emergía del suelo, se libraba de estar rodeada de bosque. De hecho, Colina Férrea, el asentamiento que marcaba el límite sureste, debería haber sido arrollado, pero la Fragua se detenía unas pocas millas antes del Mar de Pinos, como si fueran demasiado buenos como para mezclarse con tal chusma. Al norte, la marea verde chocaba contra la Cordillera dy hielo, picos eternamente nevados, que separaban la civilización de la barbarie norteña.
Hacia el sur, varios ríos, asentamientos, pequeños bosques y la mano humana habían detenido seriamente su avance.
En el mismo centro de la Fragua, de donde parten todos los senderos que recorren el bosque, siempre en penumbra por la frondosidad de los árboles (de ahí su nombre, aunque algunas personas civilizadas, en un alarde de originalidad, lo llamaban Bosque Último), se alza, por encima de todos los demás, el Padre, milenario sauce de trescientas varas de altura, fuente de leyendas. Según la más conocida, el sauce era el origen real del bosque. Su semilla fue plantada en los albores del Despertar, cuando el Dogma de los Nueve Dioses llegó al continente. El rey Sander, religioso y guerrero, viajó al norte, tratando, durante muchos años, de convertir al Dogma a los salvajes a base de empalamientos, decapitaciones y batallas. Fracasó, y herido, regresó a su hogar. Sin embargo, al cruzar las montañas, una tormenta los cogió de sorpresa. Días más tarde, en medio de una inacabable llanura, luego de deambular, tratando de seguir vivo, plató la semilla del Padre, la cual dicen que se le fue entregada al salvar las almas corruptas de un pueblo con su particular método. Unos años más tarde, fue canonizado por su piadosos actos.
Debajo de las ramas del sauce, hablaban dos voces contrarias.
- Gaïne, déjalo ya. No va a venir - sentado sobre una raíz, un joven apuesto, de perilla y pelo largo, le hablaba cansado a su compañera.
- Como vuelvas a abrir esa boca tuya, te juro que te meto al Padre por el culo - Bandolera al servicio del pueblo, Gaïne Vainilla, antigua lady Vainilla, era una mujer de armas tomar. Su más que evidente belleza no provocaba sino contrariedad al contemplar su rudo y violento carácter - Vendrá. Por los Dioses que lo harán, o les rebano el pescuezo uno a uno. - Sus ojos oscuros y su boca, hechos más para sonreír que para soltar maldiciones, adoptaron un gesto muy duro.
- Llevas diciendo eso durante horas. Cuanto antes entres en razón, antes volveremos a casa- Hablaba su fiel compañero Jon el Vago, una especie de bardo siempre dispuesto a cantar. A pesar de su horrible voz, siempre conseguía como pago hacer gritar a alguna dama. En conciertos privados, sobre todo - Además, nuestra humilde banda jamás daría llevado a cabo tal hazaña, y lo sabes - De repente, la forajida se giró. Tenía fuego en la mirada.
Eso es porque sólo hemos dado golpes sin importancia!-  Estaba indignada, harta e iracunda - Nadie puede demostrar su valóa asaltando la comitiva de mierda de lord Presten! - Algo pareció crujir, pero ninguno dio muestra de oírlo.
- Oh, venga! Otra vez con esa mierda!? - Jon estaba impaciente y cansado, se levantó de un salto y pegó su frente a la de su compañera. Un ruido se hizo patente, pero seguían sin prestarle atención - Si no hacemos ningún golpe mejor, es porque no aspiramos a más! - Se calmó un poco, apartándose de su amiga. Se giró, creyendo escuchar algo, pero no le dio importancia - Mira… tus intenciones son de lo mejor de estas tierras. Pero no somos una gran banda. Tienes que ser realista y…
- Eres tú el ciego, Jon! Podemos hacerlo! Sólo déjame mostrarte - No pudo acabar la frase. Un ruído de rama quebrada fue seguido por una figura humana que cayó unos pasos detrás del bardo.
- Qué cojones!? - gritó Jon confuso.
- Deja de asustarte. Vayamos a ver - repuso Gaïne. Esto ya era el colmo. Su contacto se estaba retrasando y encima, de la nada, aparecía ese tipo. Que de cerca, por cierto, tenía la cara más normal y corriente que nunca había visto.
- Estará muerto? - El bardo puso una mueca entre asqueado y asustado.
- Aún respira. Coge las espadas - La chica le dio un guantazo a Cleptómano con una mano más propia de dama que de bandida - Despierta, payaso!
El ladrón abrió los ojos con dificultad. Se intentó incorporar, pero la visión de dos espadas apuntándole lo volvió a tumbar.
-Quién eres y qué hacías espiándonos - la voz de la exdoncella eras más imperativa que interrogativa. Jon estaba unos pasos atrás, por si había que salir corriendo.
- Soy Lord Marengo, el Desaparecido - dijo, intentado reunir toda la calma que podía un hombre amenazado. - Creí que erais Guardias, así que me escondí…
- Mientes - replicó Jon, casi más asustado que él - Lord Marengo murió hace años. Yo lo maté - repuso con cierta chulería.
Su compañera le dedicó una bien burlona mirada.
- Dirás que fue Vientonegro. Tú estabas detrás de un helecho, tratando de pasar desapercibido. Y de tapar el olor, supongo - dijo Gaïne, sonriendo de medio lado, sin apartar la vista de Cleptómano.
- Si. Pero… mi canción distrajo a uno de los mercenarios que lo acompañaban, con lo que pudo matarlo y llegar a su objetivo - dijo haciéndose el interesante - Cualquiera sabría ver mi mérito.
La bandolera puso los ojos en blanco haciendo una mueca, pero Cleptómano se incorporó todo lo que le permitía el estar bajo amenaza e hizo un pequeño comentario.
- Pues sinceramente, no veo el mérito en soltar un grito al pincharse con una zarza al cagar.
El rostro de Jon se encendió. En dos zancadas se puso a la altura del ladrón, apartó de un empujón a su compañera y bramó.
- No toleraré insultos y desprecios de un sucio espía! - Gaïne parecía divertida - Dame las cuerdas, Vainilla, voy a atar a este cerdo y hacerle confesar - La forajida trajo las cuerdas, pero le negbó el palcer a su compañero.
- Con esos brazos de niña, se escaparía en cuanto en cuanto soplase una brisilla. Y tampoco confesaría. Más bien te pediría el té - Y con una risilla, se puso manos a la obra. Jon se apartó enfurruñado. Ató al ladrón con facilidad, é no opuso resistencia.
Lo dejó a un lado y se fue a hablar con Jon. Cleptómano no oía lo que decían, pero si un ruído de pisadas de caballo que se iban acercando. A la mujer se le iluminó el rostro.
- Lo ves! Te dije que vendrían!
A lo lejos se comenzaba a ver una comitiva de una veintena de hombres,  que bien podían ser mujeres, pues estaban embutidos en unas enormes armaduras chapadas en oro, con capas doradas colgadas. La Guardia Real. Los Capas de Oro. Cleptómano no daba crédito a sus ojos. Y delante de todo, montado en un hermoso caballo blanco, estábale Capitán, y uno de los mejores guerreros del contiéndete, ser Labos Almeinar. Le delataban el emblema de su casa, incrustado en rubíes en la coraza, una llama en forma de calavera y el hecho de no llevar casco. Tenía ojos claros y cara de niño. Pero la espada que llevaba colgada d ela cintura le quitaba el aspecto dulce.
Con seriedad y arrogancia, se acercó trotando a los dos bandoleros.
- Sois vos aquellos con los que haré el trato? - inquirió sin miramientos.
- El pueblo no miente, no os andáis con rodeos - contestó Gaïne con desparpajo. Al guerrero no pareció sentarlo bien.- Eefectivamente, nosotros concertamos la cita; Gaíne Vainilla y Jon el Bardo.
- Vainilla? Qué hace una dama de tan alta alcurnia con rufianes como éstos? - dijo mientras descabalgaba. La forajida iba a contestar, pero antes de abrir la boca, ser Almeinar siguió hablando - Y vos no sois ese bardo que sólo usa su espada en el lecho? - La cara de Jon, reflejo de un orgullo herido, lo miraba fijamente. Dudaba si partirle la cara al caballero o no -Más vale que vuestro miembro no sea como vuestros brazos o en ningún campo hallareis la gloria. Al menos, espero que cantéis alguna tonada. Pero igual os tenemos que pagar con acero - No había duda. Le partía la cara. Pero Gaïne lo detuvo.
- Ser, ya veo que tenéis noticias de mi compañero - el caballero sonrió - Pero es un hombre fiel y honorable. Podría decir lo mismo de vos?
- Milady, sé que un caballero  que se presta a derrocar a su rey no parecer de extrema confianza. Pero después ce diez años de servicio, tengo suficientes razones. Y vos
- Cinco años de ayuda al pueblo la avalan - contestó hosco el bardo - Podemos empezar?
- Quién es ese? - preguntó refiriéndose a Cleptómano. Entró en un estado de pánico casi instantáneo. Estaba a punto de fugarse gracias a sus años de práctica, pero ahora que la atención recaía en él, tendría que estarse quieto y hablar poco.
- Sólo nos ha contestado con mentiras - repuso Gaïne - dijo ser un muerto.
- Bien, si es un muerto, puede sernos útil. Los muertos no hablan. Ni pueden volver a morir - El ladrón estaba visiblemente extrañado con estas palabras. Y muerto de miedo - Primero, aclaremos nuestro tema.
Y comenzaron a hablar durante horas. Necesitaban que les abrieran las puertas. No, irían por las alcantarillas. Sólo esos hombres podéis reunir?. Serán más que suficientes. Así durante horas, pullas y el orgullo de Jon herido una y otra vez. Hasta que, repentinamente, d ela maleza surgieron hombres armados.
- Alto ahí traidores!
De los árboles asomaban guerreros con ballestas y de las profundidades, de la Fragua no paraban de salir Guardias de Oro. Cleptómano estaba en un nivel de pánico nunca conocido. Jon tenía ganas de esconderse debajo de las faldas de alguna cortesana. Gaïne no sabía qué hacer: si huir o matar a ser Labos por traidor. Y éste y sus caballeros parecían dispuestos a enfrentarse a los recién llegados. De repente, Gaïne se decidió
- Hijo de puta traidos! - gritó, desenfundando su estoque - Nos has traicionado! - Se abalanzó sobre el guerrero, lleno de rabia. Pero una voz la paró en seco.
- Alto, lady Vainilla! - Aquello la enfadó aún más. Bufando, se giró  buscando a quién le había mencionado los viejos tiempos. Encontró a una mujer entrada en años, de rostro afilado y ojos de serpiente. Lucía una armadura carmesí y capa dorada - Ser Almeinar no sabía nada. Lo hemos dejado hacer para probar su felonía.
El grupo estaba completamente desconcertado. La guarnición estaba rindiendo armas a los recién llegados. Jon buscaba a su amiga buscando decisión, pero ella estaba demasiado consternada. Quién era esa mujer? Cómo era que la conocía? Y porqué había tendido la trampa a ser Almeinar? Cleptómano seguía tratando de dominar sus esfínteres.
- Vamos! - grito la mujer a uno de sus subordinados - Cogedlos y atadlos a un árbol, uno junto al otro - En un abrir y cerrar de ojos, estaban junto a Cleptómano, atados y bien atados.
- Bueno, creo que os debo una explicación - comenzó a decir la mujer - Yo soy ser Godina Castelar, miembro de la Guardia Real y encargada por el mismísimo rey de encontrar a lady Vainilla -la miró con aires de superioridad - No te escondes tan bien como crees. Vienes de una familia de linaje antiguo y poderoso. La gente enseguida te vende si cree que será recompensada por algún Vainilla. La cosa se facilita cuando tu compañero deja un rastro de bastardos y bombos tan evidente. - A Jon se le caía la cara de vergüenza - Y en cuanto a ti - dijo mirando al caballero - No deberías hablar de derrocar a un rey con tus subordinados. Nunca sabes quién te puede delatar- Miró hacia un Guardia y éste dio media vuelta. Labos lo reconoció en seguida, pero apretó los labios y calló - Ahora creo que tu puesto me pertenece . Imbécil - le dedicó todo su desprecio en una mirada. Ser Godina se fue hacia su guarnición a dar órdenes para hacer un campamento. Estaba oscureciendo y no querían viajar de noche.
Mientras, Cleptómano poco a poco fue recuperando cordura en vista de que nadie quería matarlo. El resto discutían.
- Cómo el caballero más valeroso y capaz de todo el continente es víctima de una embocada como ésta? - lo azuzó Gaïne.
- Al parecer, entre la piedras del castillo real no sólo hay argamasa. También hay orejas. Y serpientes - lo dijo apretando los dientes - Cómo es que una dama como vos deambula con tales compañías?
- La nobleza está podrida, Y mi padre, el que más. Así que en vez de chupar del pueblo llano, decidí sangrar a los cerdos.
- En eso coincidimos, milady -Gaïne le lanzó una mirada interrogativa - En efecto, aliándome con vos quise destronar a un rey que ahora es un cerdo. Pero se ve que los cerdos se tiene mucho cariño entre ellos.
- No me gustaría entrometerme en los zoológicos asuntos de la nobleza - ironizó el bardo - pero nuestro desconocido compañero ha huído. Y los otros dos giraron enseguida la cabeza para ver el vacío que Cleptómano había dejado.



Cleptómano bendecía sus años de experiencia. Al recuperar la serenidad, se había conseguido librar. Tardarían en darse cuenta de su huída. Y de aquella, ya se habrían olvidado de su cara. Lo peor había sido llegar a esa situación. De haber fingido ser un viajero en lugar de esconderse al ver a esos dos, nada de esto habría pasado. Pero esto era lo que había, y tocaba correr. Mas no por mucho tiempo. Un Guardia lo detuvo.
- Eh! Alto! - Apuntó Cleptómano con su alabarda - Cómo es que vienes de esa dirección? - el ladrón estaba pálido - Con que no sabes, eh? - Los dientes pútridos se percibía a través de la visera - Pues casi que te llevo de vuelta al campamento.
Pero una flecha le atravesó el visor y sólo pudo gritar. De un ágil salto, un muchacho bajito y pelo largo, bajó de un árbol, se acercó corriendo y de un hábil juego de manos, degolló al Guardia.
- Ponte la armadura, seas quien seas - dijo mientras desnudaba al centinela - Hemos de salvar a los otros.
- Pero… pero… - masculló Cleptómano.
- Tranquilo, soy de la banda de Gaïne - dijo con una sonrisa mientras ayudaba a vestirse a Cleptómano - Me olí algo mal y vine por mi cuenta. Pero nunca creí que se pudriría tanto. Y estate quieto! Tienes que liberar a la guarnición.
Sin saber muy bien cómo, Cleptómano estaba dirigiéndose hacia el pequeño corralito donde la guarnición estaba presa, a unos pocos pasos de donde estaban atados la tríada de conspiradores, muy cerca del Padre.
- Eh! - comenzó a decir el disfrazado bajo la mirada de los tres cautivos - Ser Castelar dice que te toca a ti ser centinela. Yo te relevo.
- Tan pronto? No puede ser…
- Dice que como vaya y no estés en tu puesto ahora mismo, compartirás el destino con los prisioneros - Y debía de ser un destino horrible, porque abrió los ojos como bandejas y fue a cubrir su puesto a largas y decididas zancadas. Uno menos. Entró al corralito y comenzó a decir lo que Reol, el arquero, le había dicho que dijese.
- Soy amigo vuestro. Si queréis salir de aquí con vida, hacedme caso. Os voy a liberar y saldréis de uno en uno. Antes de salir, esperaréis a una señal, un silbido. Luego escapáis hacia la maleza. Os reuniréis con un compañero, Reol. Él os indicará qué hacer- Y como se espera de aquellos que cumplen órdenes, siguieron al pie de la letra sus indicaciones.
Cuando ya la mitad habían salido, el campamento comenzó a entrar en bullicio. De seguir así, se darían cuenta de su treta. Cleptómano se puso nervioso. Pero los prisioneros también se dieron cuenta de la situación, y actuando inesperadamente rápido e ingeniosamente, el bardo comenzó a cantar. Si lo que oía era cierto, las doncellas que conquistaban debían de estar sordas como piedras. Él lo único que escuchaba era un gato gritando siendo destripado por una daga oxidada tratando de hacer la melodía de “Siete doncellas en mi cama”. Pero funcionó, y mientras los Guardias le metían una paliza, el resto pudieron huir. Ahora quedaban los otros tres. Bueno, los otros dos y lo que quedara de Jon.
Cleptómano fue corriendo a ver a ser Godina.
- Ser! Ser! - dijo fingiendo estar sin aliento. La Capitana le dedicó una mirada gélida - Un Guardia ha abandonado su puesto y la guarnición de ser Almeinar ha huído!
- Imposible! - rugió. Cogió violentamente al ladrón de una mano y lo arrastró con ella con una fuerza increíble para tratarse de una mujer tan aparentemente delgada. Llegaron en el mismo momento en el que Reol liberaba a Jon, tratando de cogerlo a hombros. A pesar ya de noche y estar iluminados por una débil antorcha, la mujer fue capaz de quitarle el yelmo, agarrarlo bien por la espalda y ponerle su espada al cuello.
-  Cómo os mováis de ahí, mato a este tipo! - amenazó ser Godina.
- Nos dará igual que lo hagas - contestó Almeinar con indiferencia - No lo conocemos de nada - el resto asintieron.
Esto sorprendió a Godina. Cleptómano notó que aflojaba la presa, así que se revolvió como pudo y se liberó de su captora. Ésta quiso volver a atraparle y se lanzó a por él.  Como no tenía, y aunque lo tuviera, no sabría como usarlo, se apartó ágilmente, rodó por el suelo, cogió una antorcha cercana y se la lanzó a Castelar. Pero falló.
Su agresora lo alcanzó, lo tumbó al suelo y justo al levantar la espada para dar la estocada mortal, notó algo de calor al cuello. El Padre había prendido. Y el fuego avanzaba rápidamente. En unos segundos, la confusión reinó en todo el campamento.
Todos corrían, sin rumbo ni destino. Alguien chocó contra ser Castelar, derribándola, momento que aprovechó Cleptómano para escapar. Sus maldiciones se oían por encima de todo el griterío.
El fuego avanzaba muy deprisa. Cleptómano se iba deshaciendo de la pesada armadura a medida que corría. Sólo así podría escapar. En su camino, se encontró a varios Guardias que corrían más que él, con armadura y todo, a Labos al frente de una impecablemente bien organizada guarnición que intentaban contener el fuego como podían y a Gaïne, Jon y Reol tratando de huír como podían.
Ya sin armadura, con una simple camisa y unas calzas, Cleptómano encontró un río. Sin vacilar, se zambulló. Le daba igual todas las conspiraciones que hubiese en ese momento. Ni siquiera le importaba si toda esa gente vivía o moría. Sólo pensaba en huír. Y a ser posible, encontrar algo de ropa.
Así pues, se dejó llevar por la corriente que lo pondría a salvo de su propio fuego, ese que ahora mismo, destruía la Fragua de Sombras.