Sed bienvenidos

Sentaos si queréis. O permaneced de pie. Pero si queréis oír historias, mejor será que paguéis

miércoles, 11 de febrero de 2015

Cleptómano XXIV

La estepa y el cielo nublado se extendían en todas direcciones. Entre ambos sólo existía el frío  y once figuras cargadas de negro, caminando trabajosamente hacia el este. Una concisa línea oscura enfrente aventuraba un destino; una elevaba línea oscura a sus espaldas predecía la nieve. Hasta el momento, habían conseguido escapar. Sin embargo, cada vez estaba más cerca y su destino parecía estar más lejos incluso que cuando empezaron. Estaban derrengados, sin apenas haber parado para dormir o comer, pero seguían caminando. Necesitaban caminar. Necesitaban escapar. Si la nevada les cogía en plena estepa… Preferían no pensar en ello. Eliminaban todo pensamiento y se concentraban en dar el siguiente paso.
Caminaban y caminaban. Hacía tiempo que no tenían ampollas, sólo sangre que no dejaba de fluir. Muchos habían dejado de usar las botas de cuero y envolvían los pies en trapos o telas rasgados de sus ropas. Sólo Sander y Thau iban calzados, con las botas empapadas en sangre.
Paraban cada luna, dormían a lo sumo tres guardias, y seguían caminando. Desayunaban, comían y cenaban caminando. Sólo se alimentan de la poca carne seca y el pez en salazón que habían conseguido antes de llegar a la estepa. Aquél que tuviera otras necesidades se apartaba del camino y volvía a la fila lo más rápido que podía. Era lo más parecido a parar que tenían.
Al principio, antes de dar el primer paso, Cleptómano se quedó quieto, mirando la vasta extensión de terreno. Le recordaba al mar: sin caminos, sin huellas, sin animales, sin vida, sólo un destino insinuado a lo lejos. Echaba de menos aquello, más de lo que quería reconocer. Vio que Barbamenta también se detenía. Se preguntó si sus pensamientos eran los mismos.
Días más tarde, maldijo ese primer paso.
Ahora, le resultaba inaudito tener algo más en su mente que caminar. No había nada más en este mundo que poner un pie delante del otro. Hubo un tiempo en el que pensó que si no lo hacía, moriría sepultado en la nieve. En este instante sabía que no podría vivir sin caminar.
Iba en la retaguardia, con Rïm y Barbamenta. El herborista, a pesar de llevar los pies envuelto en harapos, seguía caminado recto, sin perder su dignidad. Barbamenta hacía tiempo que se había quitado la pata de madera. Unos días atrás, antes del primer paso, se había hecho una muleta, previendo esta situación. Caminaba con determinación, sorteando los accidentes del terreno con soltura sobrenatural.
Nadie hablaba. Hubo un tiempo, antes de que la tormenta asomara, que hablaron. Oh, cómo hablaban! Bueno, era sobre todo Sander y el pirata discutiendo por nimiedades, Vash quejándose y Fjöde tratando de contar las historias de su vida. Hubo un momento, cuando las hogueras aún existían, que hasta se callaban para escucharla. Más adelante, sólo los chascarrillos de Stjäla y los sobrios ánimos de Iockvara rompían la monotonía del viento. Ahora, silencio.
Hubo un momento, entre paso y paso, que se detuvieron: Fjöde había caído. No hizo ruido alguno, pero todos se detuvieron al unísono. Trató de ponerse de pie y caminar, pero no podía, le fallaba el pie derecho. Todos se miraron, consternados. De la nada, apareció Mys y la cogió en brazos. Aliviados, siguieron caminando.
Dos lunas más tarde, Mys cayó con Fjöde. Ninguno podía seguir. Ninguno podía llevar a nadie más en brazos. Miradas de ansiedad se cruzaron en todas direcciones. Sander habló al fin, con la voz ahogada:
- Tenemos que parar – Fue el primer ruido que oían en meses.
Todos, sin excepción, se derrumbaron. Cayeron allí donde una vez estuvieron de pie, como en un sueño. Cleptómano se tumbó en el suelo y nada más apoyar la cabeza, cayó inconsciente. Friska se puso a roncar inmediatamente. Mys no se había levantado de su lugar. El resto, simplemente se sentaron. Parecían no recordar lo que era descansar.
Comenzaba a despuntar el día cuando empezar a preparar el campamento. Barbamenta, Fjöde y Stjäla trataban de encender una hoguera. Sander, Thau y Vash extendieron esterillas donde acostar a los durmientes. Rïm preparó emplastos para los pies de todos. Acabaron bien entrada la mañana. Comieron un poco y se echaron a dormir. La nieve había abandonado sus frentes.
Ninguno se despertó en dos días, salvo Rïmedel para cambiarles los emplastos, y Barbamenta, que parecía hecho de piedra. El herborista se despertaba por instinto. Tardaba un rato en darse cuenta de la situación, luego preparaba los emplastos, los aplicaba y volvía a dormir. Barbamenta estaba despierto cuando abría los ojos, y seguía así cuando los cerraba. Se preguntaría qué le atormentaba, pero estaba demasiado cansado para ello.
Por fin, cuando los dos días pasaron, Sander se despertó. Confuso, miró a su alrededor, todavía acostado y maldijo entre dientes. Trató de volverse a dormir pero no pudo. Algo le quemaba en la nuca. La mirada del pirata.
Lentamente, se fue levantando. Cuando apoyó todo su peso en los pies, un latigazo le hizo doblarse, pero se dominó. Se vistió con deliberada calma y una vez listo, fue andando hasta los restos de la hoguera. Unos matojos secos que habían dejado de la vez anterior y un poco de pericia la volvieron a encender. Dirigió la mirada a Barbamenta, que en ningún momento había dejado de mirarlo. Estaba visiblemente enfadado, pero se levantó con mucha agilidad y se acercó a la hoguera, frente a Sander. Ambos hombres se miraron con fiereza. El choque de su genio pareció avivar las llamas.
- No deberíamos habernos detenido – espetó el pirata. Su único ojo brillaba con una ira sobrenatural.
- Qué querías que hiciera? Dejarlos morir? – replicó con firmeza, sin apartar los ojos. Él tenía un brillo resuelto.
Sin inmutarse, Barbamenta apartó la mirada y cogió de su zurrón carne seca. Mordió tranquilamente su carne, apenas prestando atención a nada más. Tragó y clavó una mirada llena de ira y reproche. Sander siguió sin apartar la mirada.
- El que se queda atrás, se deja atrás – sentenció. Y volvió a su carne.
- Qué? – logró articular Sander. No podía dar crédito. Dejar morir a sus compañeros… A sus amigos! En medio de la nada!
- Ya me has oído – ni se dignó a mirar a su interlocutor. Siguió con su carne.
- Dejarlos morir en medio de la nada? Solos? Qué clase de hombre eres?
- Uno práctico.
- No puedo creer lo que oigo! Tienes idea de lo que les puede llegar a pasar? Acaso sabes lo que ocurre cuando te sepulta una nevada de esas proporciones? – gritó señalando hacia la tormento.
- Oh, perfectamente. Lo sé perfectamente – contestó sin dejar de comer.
- Son mis amigos!
- No – cortó con sequedad y un poso de enfado. La ira estaba en su ojo – Son tus subordinados. Contratarás más.
Sander no fue capaz de cerrar la boca. Acaso este hombre no tenía sentimientos? Qué clase de monstruo era y cómo podía ser capitán?
- Escúchame – siguió el pirata – En tiempos de ocio, está muy bien eso de la amistad y demás. Pero no ahora. Ahora tienes una misión, que fracasará si seguimos aquí sentados durmiendo como borrachos. Deshazte de los lastres, cúmplela y rehaz el equipo.
- Me niego – dijo Sander. Estaba haciendo un esfuerzo muy grande por no asesinarlo – Son mis camaradas. Mis amigos. Sé dónde están sus límites.
>>También conozco mejor que tú estas tierras. Sé que aún hay tiempo. Mañana seguiremos.
Barbamenta lo miró con ira y desprecio. Sander aguantó la mirada con resolución. Él era el líder. Sabía lo que necesitaban. Nadie moriría bajo su mando.
- Sabes – quiso saber- No lo entiendo… Cómo es que Cleptómano tiene en tan alta estima a un hijo de puta tan grande?
Barbamenta tiró su carne al fuego. Ya no había ira en su ojo. Era un enfado salido de lo más profundo de su odio.
- Yo le di un hogar – contestó con un leve temblor. Leve, pero apreciable – Le di una familia
- Y lo abandonaste en una isla!
- Eso no fue culpa mía! – gritó. Un trueno lejano pareció darle la réplica.
- Tal y como has hablado antes de tus subalternos, no me lo creo – rebatió. Estaba metiendo el dedo en la llaga. Eso le gustaba.
- Gilipollas. No sabes nada – lo atacó con su dedo acusador – Yo le di lo que necesitaba. Ahora lo protejo de vosotros.
- Sigues sin fiarte? No te probamos que no somos armindol?
- No me fío de nada, y menos si hay armindol de por medio.
Sander hizo ademán de levantarse, pero quedó en su sitio. Mantuvo la mirada, aunque la del pirata dolía como si fueran dagas clavadas en su cabeza.
- Sabes que aún estás vivo por Cleptómano, verdad? – dijo aparentando calma.
- Si no vuelvo dentro de ocho lunas, mis hombres tienen la orden de rastrearme y de hacer lo que sea necesario para recuperar mi cuerpo – advirtió.
- A dónde? Estás a meses caminando del puerto más cercano! –Sander no podía parar de gesticular y alterar su tono. Barbamenta apenas se había movido desde el comienzo de la discusión. Y su mirada cada vez dolía más.
- Te gustaría saberlo, eh? – Sonreía. Si no estuviera tan cerca de un fuego, se habría congelado de miedo – Tus jefes quedarían muy contentos…
- Basta! – Se levantó repentinamente. No aguantaba más. Ese vejestorio tenía que callarse de una vez – Puede que no sepa quién nos ha contratado, pero te dejaré algo muy claro – Explicó a medida que rodeaba el fuego, acercándose al pirata – Cleptómano está bajo mi cuidado. Nada impedirá que llegue a su destino mientras yo esté al mando, ni el Imperio Armindol entero, ni todos los dioses del Cruce, ni esa jodida bruja!
Un levísimo parpadeo, un movimiento apenas perceptible en Barbamenta. Sander se paró, extrañado. Y algo dentro de él hizo “clic”.
- La bruja! Estás compinchado, hijo de puta! – gritó. Avanzó hacia él a grandes zancadas, pero el pirata se levantó con una entereza sobrenatural. Sander se detuvo ante su seriedad de ultratumba.
- No es lo que crees – afirmó sin alterar la voz lo más mínimo.
- Vete a la mierda – contestó. Ahora era él quién señalaba con un dedo acusatorio -  Me recriminas el estar operando con el Imperio cuando eres tú quién está con esa zorra que puso a Cleptómano en esta situación. No te voy a dejar marchar así – se giró hacia el petate de Thau – Thau! Despierta! Tenemos… - Y recibió un muletazo que lo derribó, sangrando por la sien.
- Cállate, imbécil – dijo sin alterarse – No sabes nada.
- Conozco a los de tu calaña – replicó Sander desde el suelo – No sabéis más que engañar y engañar. No te servirá conmigo. Te voy a… - Al empezar a incorporarse, Barbamenta lo golpeó con el extremo de la muleta en el pecho, derribándolo de nuevo. La apoyó en la garganta del norteño, que se quedó quieto, mirándolo con odio.
- Tendrás que mejorar esas miradas si quieres acojonar a alguien. Ahora, escúchame. Cleptómano lo sabe. Se lo conté en la cabaña. Pero también sabe que no temo a esa bruja. Le estoy agradecido por localizarlo, pero no le debo nada. A Cleptómano, sin embargo…
>> En un principio – continuó – Vine para protegerlo de vosotros. Ahora, he decidido protegerlo de su destino. Otra vez.
Lentamente, retiró la muleta y se dio la vuelta. Sander se sentó, tratando de volver a respirar.
- Entonces – logró decir – Por qué nos enfrentamos siempre?
- Porque – contestó sin girarse – Eres un blando, un infantiloide, un imbécil y no sabes contar.
Siguió su camino hacia su estera, pero nunca llegó a acostarse. Alguien dijo: “Dónde está Cleptómano!?”. Y todos se quedaron clavados en su sitio

- Eres el pirata más bocazas y cabezota que he visto en la vida. Porqué puñetas te empeñas en venir conmigo?
- Porque, mi iletrado amigo, conozco mejor a Cleptómano que tú. Porqué puñetas te empeñas en que tu encapuchado venga con nosotros?
- Porque si hicieras alguna tontería, no me gustaría quedarme para mí solo el placer de darte una buena somanta.
Mientras el resto del grupo recogía el campamento, las tres figuras perseguían todo lo deprisa que podían a otra pequeña figura, que corría de una manera impensable para alguien que había llevado tanto tiempo andando.
- A este paso no lo alcanzaremos!
- Eres muy lento – Barbamente apuró el paso, dejándolos atrás enseguida. Mys aceleró también, sin esfuerzo aparente. Sander comenzó a correr. Tardó unos segundos en alcanzarlos. Estaban recortando distancias con Cleptómano.
- Por… qué… tenemos…. Qué… apurar… tanto…?- jadeó. Era difícil hablar y seguirles el ritmo a dos monstruos sobrenaturales como aquellos dos.
- Porque si entra en el boque, nunca lo alcanzaremos – Barbamenta respondió sin esfuerzo aparente. Parecía que ir a aquella velocidad era para él tan sencillo como mear a favor del viento.
- No… entiendo… - Empezó a decir, pero el pirata lo cortó enseguida.
- Es que no sabes nada de la leyenda?
- Qué… leyend… - Barbamente entornó los ojos y suspiró.
- Ya te la contaré si tenemos tiempo. Quédate con esto: sólo quién acompañe a Cleptómano puede llegar al bosque.
Sander paró de repente. Miró hacia atrás, haciendo unas señales extrañas. Barbamenta se giró y lo miró como el que mira bailar a un loco. Luego siguió, tratando de volver a ponerse a la par de Mys.
Lo que no vio fue que al acabar esa danza tan peculiar, se quitaba el colgante, y sosteniéndolo en su palma, susurraba palabras en el idioma perdido de las Últimas Montañas. De alguna manera, se transmitió la orden: Dejad lo prescindible. Dadnos alcance. Medio campamento quedó tirado, y el resto de los mercenarios salieron corriendo para llegar a dónde su líder. Momentos después, Sander, a todo lo que daban sus piernas, alcanzó a los otros dos corredores.
- No… los… iba… a dejar…. Atrás – aclaró entre jadeos.
Poco a poco los regazados iban aproximándose a ellos, pero la distancia entre los tres y Cleptómano dejó de reducirse. Sander no podía creer que nadie pudiese correr de aquella forma. Y menos podía creer que Barbamenta mantuviese ese ritmo, muletas incluidas. Sin embargo, por muy espectacular que fuese, a ese ritmo no lo detendrían, y el bosque, por primera vez en tiempo, estaba aproximándose. Miró a Mys, con ojos llenos de significado. El encapuchado asintió y saltó hacia adelante. Igual que un ciervo, fue dando ágiles saltos, recortando distancias, hasta que, en unos pocos latidos, placó a Cleptómano, inmovilizándolo en suelo. Sander paró, a punto de echar los pulmones. Barbamenta no dejó de correr hasta estar a la misma altura que el fugitivo.
Derrengados, todos se reunieron alrededor de Cleptómano, que todavía se debatía con la masa de Mys. Barbamenta no había preguntado nada, pero el ladrón no dejaba de gritar que lo dejaran ir, que tenía que hacerlo solo. Los mercenarios se miraron entre ellos, confusos y apenados, y luego se dirigieron hacia su líder, que suspiró y comenzó a hablar.
- Cleptómano… - comenzó a decir, pero el susodicho no dejaba de gritar y revolverse. Hasta que Barbamenta le atizó con la punta de la muleta.
- Compórtate.
Cleptómano se quedó quieto. Trató de incorporarse, y Mys se lo impidió. Suplicó con la mirada a todos, incluyendo a Sander. Dejó que se levantara, sujetado por el encapuchado.
- Dejadme en paz! – grito el apresado – Por qué no, ay!
- Con suavidad, Mys – le indicó Sander. Mys asintió y relajó un poco la llave – Y ahora dinos, en qué coño pensabas?
- Os oí discutir y…
- Y te pareció mejor huir. A ver si te matabas? O para ver si moríamos? – Barbamenta hizo un inapreciable ademán de sorpresa. No esperaba tanta crueldad en Sander. Quiso intervenir, pero el norteño siguió – Tienes la más mínima idea de lo que pasaría si entras en ese bosque sin nosotros? – Cleptómano lo miró, confundido – Pues pasaría que no podríamos entrar. Nos cogería la nevada, que apenas está a unas horas de aquí y moriríamos. Tan mal te hemos tratado para que quieras eso? O es que la bruja…
- Calla! – volvió a gritar – Yo no quería.. Yo no sabía nada de todo esto! Sólo quería escapar! Dejar de ser un estorbo!
- Me parece una razón de mierda – le espetó – Como muchas de las que me has contado. Ahora, escucha – le miró fijamente a los ojos – No sé qué cicatrices te habrán dejado para que quieras hacer esto. No me lo puedo ni imaginar. Pero no te vamos a dejar solo. Ya eres más que nuestra misión. Yo he empezado a verte como debe hacerlo Barbamenta, y el resto han aprendido a disimular que no te reconocen. Puedes tener amigos, Cleptómano. Y te podemos ayudar- le tendió la mano – Nos dejas ayudarte?
Aprovechando que Mys había aflojado la llave, se soltó. Apartó la mano tendida de un manotazo.
- No – contestó, tratando de que no se notara que estaba a punto de llorar – Pero tampoco os voy a dejar morir. Vamos.
Sin decir palabra, todos se pusieron en marcha a la vez. Todos caminaban detrás de Cleptómano, extrañados y confundidos por el cambio de su compañero. Inquieto, Barbamenta alcanzó a Sander en cuanto puedo y habló con él en voz baja, para que nadie le oyera.
- No apruebo el método – confesó – pero da resultado. O lo hubiera dado de ser otras las circunstancias – aclaró.
- Qué circunstancias?
- Kjara no quiere intromisiones. Me lo dejó muy claro. Os ha tolerado hasta ahora, porque habéis sido útiles, pero estáis perdiendo esa utilidad. Ahora que se acerca el fin, os matará. Cleptómano lo sabe. Esa es la razón.
- Pero cómo puede…
- Sospecho que se comunica con él de alguna forma. Probablemente en sueños. No hay más que oír sus balbuceos cuando duerme – Ante la obvia pregunta anunciada en la cara de Sander, Barbamenta continuó – Recuerda que es una bruja. Seguro que tiene la forma.
- Nos hemos enfrentado a chamanes, ritualistas, espiritualistas y hasta locos clamando estar poseídos, y ninguno parecía tener algo remotamente parecido a eso.
- Eso es porque ellos no tenían acceso a la magia del pasado – De repente, Sander comprendió.
- Entonces, debe de tener…
- Muchísimos años. No me atrevo a contarlos.
- Y lo que quiere… Creí que era una leyenda.
- Y yo creía que el metal resonador era un mito, y vosotros lo usáis como el que respira.
- Ya, pero…
- Sander! – llamó Cleptómano desde el principio de la fila – Puedes explicarme qué es eso de que sin mí no podéis entrar?
- Es una larga historia – le contestó – Te la contaré cuando tengamos tiempo.
Eso pareció bastarle. No volvieron a hablar en todo el camino. Ninguno.
Mucho tiempo más tarde, antes de anochecer, llegaron al linde del bosque. Árboles gigantescos, más antiguos que la estepa, marcaban la frontera. Carecían de una palabra para llamarlos. Casi parecían tocar las nubes. Los once juntos no podrían rodear un tronco. Y eran tan frondosos que tapaban la poca luz del cielo. Allí estarían más seguros de lo que esperan.
Todos en línea horizontal, paralelos al bosque, lo contemplaron durante un rato. No veían más allá de las tres primeras filas de árboles. En una sincronía improvisada, dieron un paso al frente, adentro. Habían llegado. A salvo

- Y bien?- Preguntó Cleptómano.
Había estado caminando sin un rumbo fijo. Dentro del bosque no estaban ciegos por la oscuridad, había una luz que al principio sólo les permitía discernir el suelo dónde pisaban, pero una vez acostumbrados, pudieron ver igual que a plena luz. Lo que no era un gran avance, pues no había viento, ni musgo, ni sotobosque; sólo los colosales árboles se erguían por todas partes.
 Vagabundearon un rato, en el silencio doble suyo y del bosque. Cuánto, es difícil de definir, no había manera de calcularlo. Creyeron, más de una vez, ver alguna sombra moviéndose en los límites del ojo, o notar un suave roce de ramas en la lejanía. Eso fue todo.
Decidieron entonces parar y descansar. Durmieron por fin. No montaron guardias, pero tampoco las necesitaron, nada les molestó. Mucho, mucho después, aunque no sabían precisar cuánto, despertaron. Rïm se había desvanecido, buscando a saber qué. Thau propuso encender una hoguera, pero enseguida desecharon la opción; el bosque era muy cálido. Y Cleptómano preguntó.
- Y bien, qué? – respondió Sander.
- Me debes una explicación.
- Ah! Eso… Barbamenta! Me debes una explicación – El pirata resopló, molesto.
- Está bien. Supongo que ahora tenemos tiempo.
- Al fin una historia! – Fjöde dio un salto y se acercó al pirata. Se sentó junto a él, con las piernas cruzadas y no apartó sus ojos soñadores de él en todo el relato. El resto simplemente dejaron de hacer lo que estuvieran haciendo (que era más bien poco), y prestaron atención. Hasta Rïm pareció materializarse de la nada.
- La primera vez que vi a Cleptómano, como polizonte en mí barco, – el orgullo inundaba esas últimas palabras. Mi barco – bien sabéis lo que le hice. Una hermosa cicatriz, que llevó con orgullo meses – Cleptómano se sonrojó un poco. Trató de ocultar una sonrisa vergonzosa – Esto, sin embargo, no fue producto del azar: Años atrás había oído la leyenda de un hombre con rasgos similares. Nadie salvo hombres de memoria excepcional era capaz de recordarlo. Esto último lo juzgo mentira, pues mi memoria nunca fue excepcional. Sí mi ojo bueno. Supongo que no quedaba bien en la historia que los tuertos obstinados fueran capaz de verlo.
>> Así pues, decidí cortar por lo sano, y nunca mejor dicho: encontré al imbécil y le di una cara nueva. Sin ánimo de ofender – Cleptómano hizo una mueca – Me pareció prudente tenerlo cerca, y así lo hice. Cambié el rumbo del barco, hacia algunas de las bibliotecas más grandes de la región y me obcequé en averiguar más sobre la leyenda. Entre tanto, algunos de mis hombres crecieron recelosos de Cleptómano, consiguiendo engañarme. El motivo de los recelos, lo desconozco. Sólo sé que ya no son ni mis ni hombres – los hombres que escucharon aquello exhibieron una mueca de dolor. Las mujeres se carcajearon.
>> Retomando el tema, encontré suficientes escritos para remedar, al menos en su mayoría, la leyenda. No os la contaré entera, es muy larga y bastante recargada. Y tampoco me acuerdo de toda. Básicamente decía que en este bosque aguarda un poder antiguo, lo poco que se pudo salvar de la magia de antaño. Y Nadie puede acceder a ella – Pronunció Nadie, en mayúscula – Ese tal Nadie, por la descripción, es Cleptómano, sin ninguna duda.
>> No sé cómo, la bruja me encontró. Dijo que sólo yo podía proteger a Cleptómano en su misión y no sé cuánto más. Estaba más envejecida de lo que Cleptómano me había descrito, y supuse que tendría que ver con esa magia. Me encaminé por rutas y puertos que armindol jamás admitiría no poder navegar y os encontré. Y por lo que me contáis, armindol también quiere este poder. Sea como fuere, hay que impedir que ambos bandos la obtengan.
Asombro y estupefacción en el campamento. Pelear con una bruja era una cosa, pero contra un imperio… No eran capaces de asimilar en el lío que se habían metido. Y todo por no comprobar a su contratante.
- Por qué no nos lo contaste antes – quiso saber Iockvara – Nos habríamos ahorrado mucha mala sangre.
- Porque… - Pero otra voz contestó por él.
- Porque es un viejo huraño y un capullo – dijo Kjara.
Detrás de ellos, se alzaba su poderosa figura, no envejecida, sino demacrada, consumida. La piel tenía cierto tinte amarillento, y los ojos, otrora hermosos, estaban hundidos en el cráneo. Estaba consumida, arrugada, y sin embargo, proyectaba poder por todas partes. Barbamenta, Sander, Iockvara y Mys fueron los únicos en poder reprimir un escalofrío. Cleptómano gritó.
- Ja! – rio la bruja – Nunca cambiarás, Cleptómano.
- Cómo… Qué haces aquí? – Sander finjió valor. Kjara no se dirigió directamente a él. Alternaba la mirada entre Barbamenta y el asustado ladrón.
- Asegurarme de que todo sale según mis planes – Paró. Dirigiéndose a Cleptómano, añadió – Me encanta que los planes salgan bien – Y sonrió, como si hubiera contando un gran chiste. El ladrón se encogió, asustado, dolido y al borde de un ataque de histeria. Rïm, Fjöde y Stjäla se acercaron rápidamente. Trataron de confortarlo, sin gran éxito.
- Pero… - quiso seguir el norteño, después de compartir un gesto de preocupación con sus compañeros, pero fue cortado en el acto.
- Has sido bastante útil, y por lo tanto, contestaré a tu pregunta: llevo semanas viajando con vosotros. Viajar en sombras es muy cómodo.
>> Y ahora, en marcha! – exclamó, haciendo señas para que la siguieran – Vuestro destino os espera!
Todos se miraron, consternados.
- Será mejor seguirla – dijo Barbamenta – Es demasiado poderosa para nosotros.
- Ese cliché es lo más cierto que vais a oír en mucho tiempo – Comentó desde la distancia – Por favor, no os perdáis. Los que no lleguen para morir en su destino, morirán de hambre, que es mucho peor.
Se pusieron en marcha, detrás de la bruja. Rïm y Stjäla llevaban a Cleptómano, al borde la catatonía, apoyado en los hombros. Fjöde, acompañada por Friska detrás de ellos, preguntó:
- Qué es un cliché?
Vash, delante de ellos, que llevaba ya mucho tiempo callado, le respondió:
- Una especie de goma que se masca. No sabe a nada, pero te mantiene entretenido durante horas, masticando.
- Oh – dijo – No tiene sentido. Si yo quisiera entretenerme con algo en la boca…
- Callad! – exclamó Thau – No es ni el momento, ni el lugar.
El resto del viaje transcurrió en el más absoluto silencio. De cuando en cuando, Kjara soltaba algo que le parecía chistoso, o Sander y Barbamenta dejaban la fila para preguntar por el estado de Cleptómano, que no cambió en ningún momento. Al final, llegaron. Una explanada nevada de dimensiones imposibles se hallaba delante de ellos. En el medio, un montículo con un sendero que zigzagueaba directo a su cima. Al final del sendero, una cueva.
- Nuestro destino. Vamos! Hay que llegar a la cima.
Doce pasos dentro de la explanada comenzaron a oír un extraño ruido, como de cuero contra aire. Un ruido que se iba a acercando. Un ruido interrumpido por un rugido inhumano. Se quedaron petrificados, escuchando como el rugido, a medio camino entre un oso gigantesco y un trueno, se iba volviendo cada más fuerte. Cada vez más aterrador.
Desenvainaron. Friska cogió a Cleptómano en brazos, que parecía querer despertar. Rïm estaba cerca. Sabían lo que tenían que hacer, llegado el momento.
- Qué es eso, bruja? – preguntó Barbamenta apremiante.
- Creí que era una leyenda! – De las manos salía una luz púrpura-verdosa-amarillenta que jamás habían visto.
- Y dónde te crees que estamos, mujer!? – gritó Thau, que empezaba a estar harto de algo que no podía entender.
- No lo entiendes, es…

No pudo acabar. Delante de ellos aterrizó un dragón.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cleptómano XXIII

- Cómo es posible que hayan llegado tan al norte?
La tundra se extendía en todas direcciones. Y con ella, una empalizada negra de un material desconocido. Quizá metal. Una discontinuidad en el uniforme muro dejaba entrever que ahí estaba la puerta.
Agazapados tras una roca, Thau y Vash contemplaban la inmensa mole.
- Harán todo lo posible para jodernos – contestó Vashtudyk – Y eso que se supone que trabajamos para ellos.
- No irás a creer a ese pirata? – preguntó con cierto tono de recriminación el segundo al mando.
- No. Si tuviera razón, esto sería mucho más sencillo – Thau asintió. Al menos, las tonterías de Barbamenta no calaban en el grupo.
- Bien. Volvamos a informar.
- Me muero de ganas por saber de qué forma intentaremos suicidarnos esta vez – comentó, ácido
Una mirada severa lo calló durante el lento camino de vuelta. Fueron arrastrándose, muy lentamente, entre las rocas y las pocas elevaciones que evitaban que fueran vistos. Varias veces quedaron expuestos en campo abierto. Por fortuna, con sus capas podían confundirse con bastante eficacia con su medio. Y así siguieron hasta que el sol se ocultó. Al amparo de la noche, corrieron hasta que la vegetación se levantaba más de dos palmos del suelo. Allí redujeron el paso hasta quedar al fin cubiertos por pinos y cipreses.
Algo más seguros, comenzaron a dejar pistas falsas para ocultar su rastro. La luna ya estaba muy alta cuando llegaron al campamento. Fjöde y Stjäla hacían guardia. Las saludaron (Vash con un largo y húmedo beso a la segunda) y fueron a la hoguera, dónde todavía estaba Sander con alguien a quién no supieron reconocer.
- Tranquilos, chicos. Es Cleptómano. Nuestra misión– dijo, con el fastidio evidente de quién repite una oración por milésima vez. El llamado Cleptómano metió la mano en la camisa y sacó un colgante. Pronto cobraron consciencia de su papel en el grupo y se sentaron. Al otro lado, Barbamenta comía pan con leche.
- Por qué sigue aquí? – preguntó con violencia Thau.
- Es el único que no se olvida nunca de Cleptómano. Puede sernos útil.
- No seas modesto, hijo – intervino el pirata con la boca llena – Tú tampoco haces mal trabajo acordándote de él.
- Soy el jefe. Es mi trabajo – Y dando por zanjada la conversación, añadió – Qué nuevas traéis?
- Malas – contestó Vash.
- Realmente malas – puntualizó Thau mientras se sentaba – Funestas, diría. Armindol se nos ha vuelto a adelantar.
Cleptómano, distraído partiendo ramas y arrojándolas al fuego, alzó la cabeza, nervioso. Cruzó miradas con el pirata, que enseguida dejó de comer. Una seria preocupación atenazaba su rostro.
Una expresión muy parecida, pero con un poso de miedo en el fondo de los ojos, se exhibía en la cara de Sander. Pidió explicaciones a Thau.
- Ya sabes lo grande que es el Hrüspraitlat. Pues de Este a Oeste han puesto una empalizada, negra como la boca del lobo y grande como tres personas. A veces salen soldados a patrullar, con sus lanzas y alabardas mágicas.
- Chico, eso no es magia – explicó Barbamenta – Eso…                                                    
- No lo interrumpas – Sander tenía un tono muy amenzador. Más que en el interrogatorio. El pirata enseguida cerró la boca, pero no bajó la mirada.
- No hay mucho más que decir. Son demasiados. Y no creo que podamos atravesar las montañas. Son demasiado escarpadas.
- Qué propones entonces, Thau?
- Eso es tu trabajo, jefe.
Sander se quedó callado, mirando al fuego. En el silencio, sólo se escuchaba comer a Barbamenta y el crepitar del fuego. Cleptómano quiso decir algo, pero Barbamenta lo cortó con una mirada. Apuró lo que quedaba en su bol y comenzó a hablar.
- Conozco estas empalizadas. Hacen lo mismo en el mar. Sin barcos, solo los muros. Cuando viajamos varios barcos juntos, localizamos las puertas, nos dividimos y con unos días de diferencia, pasamos las puertas disfrazados de mercaderes. No conozco las montañas, pero si decís que no podemos ir por ahí, os creo.
- Y luego somos nosotros los que trabajamos para Armindol, no? Viejo traidor! – Ninguno esperaba esa explosión por parte de Thau. Se había levantado con fuerza, rojo de ira y gritando a pleno pulmón. Que no se fiara del pirata era comprensible, pero esto era demasiado. Sander se levantó, quiso calmarlo, pero lo rechazó enseguida – No, Sander. Escúchame! Es una locura! Nos matarían y secuestrarían a Cleptómano! Es que no lo ves!? Trabaja para ellos!
Y volvió a hacerse el silencio. Un silencio tenso, lleno de miradas hacia el pirata. Sin alterarse, se levantó.
- Mira, chico: llevo escapando del Imperio más años de los que tú has vivido. Por algo soy pirata. Llevo este parche por su culpa. No llevo esta pierna por su culpa. Juré proteger a toda mi tripulación de sus garras. Cleptómano es de esa tripulación. Y por eso me duele hacer esto. Mucho, mucho más que a ti. Pero no hay otro remedio. Agradecería, si tienes otra sugerencia, que te sentases y nos hicieses partícipe de ella. Si no es el caso – añadió, bordeando la hoguera, acercándose a su interlocutor – cierra la puta boca.
Como invitado a pelear, Thau se acercó al pirata. Sin embargo, Sander se interpuso entre ambos. Se encaró a su subordinado.
- Ni se te ocurra. Vete a tu tienda y descansa. Ya hablaremos tú y yo. Vash, acompáñalo.
A regañadientes, ambos hombres fueron a sus tiendas. Sander volvió a reprender a Barbamenta con la misma cantinela de siempre: nosotros no trabajamos para el Imperio, recuerda el contrato que te enseñé. Vuelve a decir eso y te quito el otro ojo. Mandó al pirata y a Cleptómano a su tienda y se quedó solo ante el fuego.
- Crees que lo haremos?- preguntó el ladrón ya en la tienda.
- Para nuestra desgracia, sí. No tenemos otra salida.
- Y trabajan…
- No te quepa la menor duda. Pero ellos no lo saben. Ni tampoco el resto de Armindol.
Momentos más tarde, Barbamenta se durmió. Cleptómano tardó mucho, mucho más tiempo.
A la mañana siguiente, Sander los reunió a todos alrededor de la hoguera y les anunció que seguirían un plan similar al del pirata. Hubo murmullos de sorpresa, alguna protesta y una disimulada y barbuda sonrisa.
- Silencio! – gritó el capitán. Últimamente estaba muy serio. Nunca había estado tan serio – Sé que no os gusta, pero es lo que hay. No podemos desperdiciar un buen plan cuando lo tenemos delante.
>> No seremos mercaderes. Seremos norteños. De los buenos, de los creyentes. Tenemos taparrabos suficientes para todos. Nos dividiremos en tres grupos y…
- Alto, alto, alto! – interrumpió Vash – Me estás diciendo que después de renegar de una sociedad que no nos aceptaba, que nos daba la espalda y nos subyugaba a una infeliz y monótona vida, tenemos que fingir, en una misión suicida, que tal cosa jamás pasó?
- Es una descripción bastante acertada – observó Iockvara.
- Me niego!
- Vash, por favor… - Le rogó Stjäla.
- No! No lo haré! Y si tuvierais dos dedos de frente, lo haríais también! Es un suicidio!
- Vash, me gusta tan poco a ti – contestó Iockvara – Pero hemos de hacerlo. Tenemos un contrato.
- Y yo dignidad!
- Yo estoy con Vash – lo apoyó Thau. De una zancada, atravesó los restos de la hoguera hasta su compañero – Nos matarán. Si nos reconocen, que lo harán, no detendrán, torturarán y matarán. No dará resultado.
- Siento decirlo, Sander. Pero yo estoy con mi esposo – Ambos se cogieron de la mano.
- Friska y yo estamos contigo, capitán! – dijo Fjöde dando saltitos.
Rïmedel y Mys seguían en silencio, algo apartados del círculo. Cleptómano quiso decir algo, pero Barbamenta lo detuvo enseguida. Se adelantó él mismo, y comenzó a hablar.
- Esto no es cuestión de democracia. Todos tenemos una misión. Y la única manera de cumplirla es este plan suicida – El único ojo los miraba a todos, feroz y amenazador. Todos lo atendían – Si no queréis, iros. Buscaos otros mercenarios, con otras misiones, otras caras y no volváis. Que la única herida que os quede sea el remordimiento de no habernos ayudado en vuestro lecho de muerte – Se retiró, con un elegante paso atrás. Todo elegante que se puede dar un paso atrás con una pata de palo.
- Sander – Thau se llevó la mano a la espada – Si vuelve a hablar lo mato.
- Haz lo que quieras. Pero tendrás que pasar por encima de Mys – lo señaló y el mencionado movió la cabeza – Además, Barbamenta tiene razón. Ya sé que nunca lo hemos hecho, y que traiciona nuestros principios. Por eso, el que no quiera traicionarse, que nos abandone. Pero que recuerde que eso es traicionar nuestro juramento. Traicionar a nuestra pequeña familia. Traicionarme a mí – Dio la vuelta y comenzó a caminar – Cuando el sol llegue a aquel árbol, quiero que hayáis tomado una decisión. Estaré en mi tienda.
Barbamenta trotó un poco y le susurró al oído: “No hacía falta ponerse tan melodramático”. Siguió hasta su propia tienda. Cleptómano lo siguió al poco.
El resto de guerreros se quedaron mirando al suelo, tristes y llenos de vergüenza.
Cuando llegó la hora señalada, todos estaban dispuestos a seguir con el plan. Sander los miró, casi al borde de las lágrimas. Barbamenta sonrió para sus adentros.
Se dividieron en tres grupos: el primero, Sander, Cleptómano, Barbamenta y Mys. El segundo, Thau, Friska, Fjöde y Rïmedel. El último, con Vash, Iockvara y Stjäla. Caminaron en silencio, hasta el linde del bosque, y allí siguieron hacia el este, paralelos a la muralla, buscando puertas. Pronto encontraron la primera, y se encaminó hacia ella el grupo de Vash. Las ropas tan llamativas los hacían destacar ante el paisaje de verdes y marrones. A medio camino, la puerta se abrió, sin sonido, fluida. Unos puntos grises que supusieron, eran soldados, resaltaban en el umbral. Los puntos se hicieron a un lado dejando pasar al grupo. Las puertas volvieron a cerrarse, y continuaron.
Llegaron a la segunda puerta con el sol muy bajo. El mismo cuadro de antes se repitió aquí, sin variaciones, salvo por los protagonistas: esta vez era el grupo de Thau. Ya sólo estaba el grupo de Sander.
Eran el grupo más dispar de los tres: mientras que en los otros dos todos iban con taparrabos y capa (y una tira que tapaba los pechos a las chicas), aquí sólo Sander tenía el atuendo típico. Cleptómano y Barbamenta llevaban una túnica multicolor que los envolvía enteros. Cleptómano llevaba además la capucha puesta, para no verse la cara. Mys, siempre con su turbante, apenas se había cambiado. Él era de otra región, mucho más al norte. Otras reglas se aplicaban allí.
Llegaron bien avanzada la noche, pues Barbamenta tropezaba constantemente con su túnica. Las puertas se volvieron a abrir cuando estaban a medio camino. Varias luces se encendieron, como salidas de la nada, que les cegó durante unos instantes. Unos pasos y se acostumbraron, pero tenían que seguir avanzado protegiéndose la cara. Aquello era peor que mirar fijamente al Sol.
En el umbral fueron recibidos por cuatro soldados idénticos; cara y atuendos. Usaban una extraña armadura gris mate, sin ningún tipo de juntura o bisagra visible, pero que les permitía libertad de movimientos. Tampoco parecían llevar casco o armas.
Fueron examinados atentamente. Hasta cacheados. La armadura no se sentía fría en la piel. Extrañamente, no les quitaron las armas, sólo preguntaron por qué el bajito de la capa, ese que se tapaba tanto la cara, no paraba de temblar.
- Está enfermo – contestó Barbamenta.
- Y no es un guerrero – añadió Sander rápidamente – Ya sabe cómo son. No aguantan un resfriado de nada.
Los soldados se miraron un largo rato. Al final de veinte latidos, asintieron. Les indicaron un intricado camino para llegar a la puerta del otro lado y volvieron a sus puestos, que visto desde dónde estaban, no era más que mirar la muralla negra desde muy cerca.
Poniéndose en camino, Barbamenta y Sander tuvieron una discusión entre susurros, sin hacer nunca contacto visual, sobre el apresurado comentario del segundo y de cómo un milagro los había hecho seguir con vida. Mys no parecía atento a nada en particular. Cleptómano no dejaba de mirar nervioso a su alrededor.
El campamento era un inmenso mar de negrura sin término aparente. Unas tiendas, con formas de cúpula sin entrada aparente y con espacio suficiente para una persona, se agrupaban en cuadrados de veinte de lado. Cada cuatro cuadrados, una construcción rectangular mayor se elevaba en la confluencia de las esquinas. De él colgaban cintas, distintas para algunos de los rectángulos, pero con un orden o propósito que Cleptómano no supo determinar.
Además, había otras construcciones cúbicas, aún mayores, que aparecían con la agrupación de aún más cuadrados. Cleptómano sólo pudo ver dos, cada una coronada con banderas distintas. Dónde guardaban las armas o los animales de guerra, era un misterio.
La conversación entre ambos líderes había derivado sobre cuál era la dirección correcta, pues las direcciones eran demasiado complicadas para un sitio tan ordenado, según observaba Sander. Pero al querer seguir recto, un colorido caos de pieles y palos les bloqueó el paso.
Los norteños habían establecido campamentos dónde buenamente podían, que era, en general, allí donde la separación entre cúpulas era de más de dos cuerpos. Los animales, caballos y cabras, pastaban libres por el campamento. Las tiendas no tenían paredes, sólo techo, y los que no eran guerreros dormían sobre esteras de cuero. Los guerreros dormían en el mismo suelo. Algunas siluetas se marcaban en la hierba. En muchas se podía ver la marca del arma.
Como las direcciones tomaron sentido, comenzaron a seguirlas. Las que pudieron. El campamento anexo debía haber crecido, y muchas veces tuvieron que dar rodeos para llegar al paso siguiente. Ninguno de los cuatro se hacía una idea del porqué. Sumaba extrañeza el hecho de que ningún campamento estuviera ocupado. Vieron algún soldado armindol salir de sus tiendas (si es que se podían llamar así). Sin hacer ruido, la superficie se deslizaba hacia un lado, dejando un pequeño espacio para salir. El interior estaba iluminado, y pudieron ver una cama, un baño y… nada más. Se cerraban enseguida. En los campamentos norteños no había nadie, salvo alguna cabra o gallina comiendo hierba.
Sander y el pirata aparentemente habían acabado de discutir. Aparentemente, porque de vez en cuando aún soltaban alguna frase, a las que Cleptómano no prestó ninguna atención. Sólo quería salir de allí lo antes posible. Y lo consiguieron. Despuntaba el alba cuando llegaron a la otra puerta. Realmente, no supieron verla; un grupo de soldados idénticos a los primeros les llamó la atención de que estaban delante de la puerta. Volvieron a ser examinados de arriba abajo, pero con menos minuciosidad que antes. Las luces se encendieron y la puerta se volvió a deslizar. Apenas diez pasos después, se cerraron. Ya estaban fuera.
De vuelta a la tundra.
Caminaron hasta que se hizo pleno día. Un bosquecillo de pinos les sirvió como refugio. Se cambiaron de nuevo al negro y durmieron unas horas, hasta mediodía. Se adentraron más en el bosque, hasta que dejaron de aparecer árboles para dar paso a un terreno pedregoso. A la caída de la tarde, llegaron al meandro de un río, que siguieron contracorriente, hasta llegar a un lugar de piedra plana y agrietada por las nudosas raíces de un árbol tan antiguo como el tiempo. Lo llamaban S’Khtru, “Aquél que siempre estuvo allí”. Un tronco sinuoso se alzaba con una altura de tres personas, y luego se dividía en incontables ramas, cada uno con un tono de marrón distinto, rayando del blanco más puro a un negro abismal, pasando por color del barro seco  o hasta madera húmeda. Siempre lleno de hojas, pequeñas, ovaladas y profundamente verdes, nunca perdía sus frutos. En cualquier estación (que eran dos: invierno e invierno, pero mucho más frío), cada una de las ramas soportaba sus redondos y dorados frutos, llamadas rakshujd, cuyo dulzor y jugo habían alimentado a infinitas tribus de norteños emigrando hacia tierras menos frías. Ahora serviría de punto de encuentro al grupo.
Sin mediar palabra, fueron hasta la base del árbol y durmieron hasta el día siguiente.
Cleptómano cobró consciencia repentinamente ante un constante ruido que creyó que era el agua del río. A medida que se despejaba, se dio cuenta de que eran voces de personas. De Sander y Barbamenta en concreto. Discutían a voz en grito.
Abrió los ojos. Ambos hombres tenían sus caras a menos de un palmo de sus narices. Se gritaban y la saliva saltaba, pero no paraban de hablar y hablar. Mys, sentado en la orilla de río, pescaba con una caña de un marrón muy claro.
- Tenemos que volver! – decía Sander desgañitándose
- Por última vez! – rebatía con toda la fuerza de sus pulmones Barbamenta – Significa morir!
- Son mis subordinados! Son mis amigos!
- Cleptómano es tu misión!
- Y lo dice el que lo abandonó en una isla desierta!
En un pestañeo, el pirata soltó un puñetazo directo a la barbilla que tumbó a su adversario. Iba a subirse encima y seguir machacándolo, pero éste se irguió rápidamente y respondió con un puñetazo en el estómago. Aún doblado por el dolor, Barbamenta lo embistió, y ambos cayeron al río. No se ahogaron, porque el agua apenas llegaba a las rodillas. Estuvieron un rato forcejeando y revolviéndose, tratando de hundir la cabeza de su enemigo en el agua.
Cleptómano, por fin, se levantó. Se dirigió hacia Mys. Este lo miró, asintió, se remangó el pantalón, se metió en el agua y separó a ambos luchadores en una intricada maniobra que acabó con Barbamenta ahogándose bajo las manos de Mys y a Sander sin poder sacar su cabeza del agua por culpa de los pies de Mys. Quince latidos más tarde, se retiró y con la mano izquierda sacó al pirata, y con la derecha al líder de los mercenarios. Al fin, los llevó a tierra, donde tosieron y escupieron agua, maldiciéndolo. Cleptómano no daba crédito y miraba con ojos desorbitados al encapuchado. Este se encogió de hombros y volvió a pescar.
El ladrón se acercó a los yacientes, se agachó entre los dos y les dijo:
- Si está pasando lo que creo que está pasando… Yo lo haré
Barbamenta se incorporó enseguida. Se puso de pie, y todo lo digno que pudo repsondió:
- No. Es demasiado peligroso.
Irguiéndose a su vez, trató de usar un tono que no dejase lugar a dudas. Pero las dejaba:
- Soy el único que puede.  Y sin ellos no podemos continuar.
- Barbamenta tiene razón – intervino Sander, que trataba de levantarse – Ir sólo es un suicidio. Aunque les guste estar secuestrados tanto como la sarna, preferirían morir antes de ver su misión inconclusa.
- Piensa en Kjara, Cleptómano – añadió el pirata.
Celptómano apretó los puños y respiró profundamente
- Ya lo sé. Pero sólo yo puedo entrar y rescatarlos. No sé lo que nos espera cuando lleguemos, pero creo que necesitaremos todas las manos posibles.
- Quizá, pero… - Trató de decir Barbamenta
- Además – siguió, dirigiéndose a Sander – Tú mejor que nadie sabes lo que les hacen los norteños a los renegados. Si no actuamos pronto, no quedará nadie a quién rescatar. Ya vamos tarde.
 Ambos hombres se miraron.
- Cleptómano tiene muchos años de experiencia en estas cosas. Deberíamos intentarlo – concedió el pirata.
- No me gusta. Pero no dejaré a mis hombres atrás.
Cleptómano tragó saliva y sonrió. Tenía el presentimiento de que se estaba metiendo en un buen lío.
 Llegaron a la puerta al día siguiente a la puerta, cerca del anochecer. Habían pasado buena parte del día anterior vistiéndolo con un taparrabos que no tapaba nada, unas botas casi inútiles y una capa con tantos colores que había perdido la cuenta. Caminaron toda la noche, a buen paso, hasta llegar, por fin, a la muralla. Y luego caminar hasta encontrar una puerta. Daba la sensación de que las cambiaban de lugar.
Se encaminó solo. Era al único que no reconocerían. Eso suponía estar solo dentro. Había hecho cosas así muchas veces, pero nunca para rescatar personas. Sólo para rescatar dinero. Debía de haber cambiado más de lo que creía. Buscó el colgante en un bolsillo de la capa mientras caminaba. Lo sacó un momento, lo apretó bien fuerte, y con un suspiro, lo volvió a dejar dentro. No tardó en llegar a la puerta, que, como antes, ya estaba abierta a medio camino.
Fue cacheado tan someramente que ni le descubrieron el colgante. Ya estaba dentro. Sin saber del todo a dónde dirigirse, se encaminó a su derecha, pero enseguida se encontró con un campamento norteño vacío que le impedía el paso. Continuó a su izquierda, de nuevo derecha, hasta otro campamento vacío. Repitió esta rutina durante un buen rato hasta toparse con el que parecía el único campamento con gente. Eran dos mujeres con una tira de tela hecho con parches de colores que les cubrían los pechos, apenas una tira de cuero para el pubis y una capa con aún más colores que la suya propia. Al verlas de lejos, trató de dar marcha atrás, pero una llamó su atención. Cleptómano quedó parado, enfrente del campamento.
- Tú! Ven aquí – Le ordenó. Cuando llegó a su altura, vio que ambas les sacaban dos cabezas y sus hombros medían el doble que los suyos. Ellas lo estudiaron de arriba abajo y la misma que lo llamó añadió – Eres de los nuevos, veo. Sigue por ahí – Señaló a su espalda – Y llegarás. Mucha gente viene últimamente sólo por eso.
Cleptómano asintió y se dirigió sin pensarlo al lugar señalado. No sabía cuál era ese lugar, pero, pensaba, sería mejor que ser aplastado por gigantescas osas.
Siguió mucho, mucho rato hasta llegar al lugar que le hizo arrepentirse de su anterior pensamiento.
La totalidad de los norteños del campamento estaba reunida en una de grandes cubos. El absoluto negro, coronado por una bandera azul con la silueta de tres águilas, contrastaba con el mar de colores que eran los norteños. Hombres y mujeres, grandes y robustos como árboles, gritaban a pleno pulmón algo sobre unos prisioneros. Alzaban sus enormes armas, grande como el mismo Cleptómano, como si no pesaran más los coloridos colgajos que usaban por ropas. Algunos, más pequeños y delgados, sólo agitaban sus brazos, sin armas a la vista.
Rodeaban la estructura con un cerco muy denso, obligando a los soldados a abrirse paso a empujones. Aquí y allí se podían ver escaramuzas entre ambos bandos, que eran rápidamente acabadas con un relámpago armindol y el norteño en cuestión tirado en el suelo. En la mayor parte de los casos, aunque con dificultad, los soldados llegaban al cubo sin ser molestados. Cleptómano tuvo una idea.
Se unió a la multitud, agitando su puño con igual rabia y desgañitándose con sonidos que imitaban palabras. Nadie notó nada extraño, salvo un norteño, con el cuerpo ancho de tres robles, que días más tarde descubrió que le faltaba su maza y comenzó una pelea en una taberna a catorce días de viaje del campamento. Hubo siete muertos y trescientos heridos. Más tarde, lo calificarían de “tarde aburrida”.
Tal y como entró, Cleptómano salió. Con una maza de más. Siguió desde la distancia a un soldado que se metió en su tienda. Antes de que el agujero se cerrase, dio un salto digno de un tigre hambriento, arrastrando al soldado en su caída. El armindol se golpeó la cabeza con la esquina de su mesa, quedando inconsciente al instante. Al final no necesitaría la maza.
Comenzó a buscar el lugar por dónde sacar la armadura. Ni botones, ni junturas, ni cordones, ni broches. Una superficie lisa y gris desconocida para él.  Bueno, algo tenía que haber. Tocó por todas partes, buscando algún botón o resorte secreto. Nada.
Ya se daba por vencido cuando se le ocurrió la brillante idea de usar las manos del soldado. Tenía cierta lógica que sólo el portador de… lo que fuera, se lo pudiera quitar. Al posar la mano sobre la cintura, la armadura comenzó a cambiar de forma, como un líquido, hasta quedar reducida a un guante en su mano derecha. El guante se deslizó de la mano con facilidad y se lo puso.
Se le ajustaba perfectamente, pero no pasó nada. Posó la mano sobre la cintura y, como antes, el guante se movió como un líquido recorriendo todo su cuerpo hasta cubrirlo entero. Sólo faltaba por cubrir la capa, que se quitó. Cogió del bolsillo el colgante y con ella tapó al soldado, que estaba desnudo. Extrañamente, la armadura envolvió el colgante, dejando un bulto que se deslizó hasta el muslo derecho, dónde desapareció. Al pasar la mano por la zona, recuperó el colgante. Debía de tener un bolsillo ahí, pensó. Antes de salir de la tienda, dejó la maza al lado del cuerpo. Sería una escena curiosa de ver cuando se despertase.
De algún modo que no entendía, al acercarse a la pared libre, se abría un agujero. Salió por él, al mismo lugar en el que había entrado y se dirigió al cubo.
Lo encontró muy fácil, guiándose por el oído. Tomó aire y comenzó a abrirse paso hasta el cubo. Trataba de colarse por los pocos huecos que iban dejando los norteños, aunque en la mayor parte de las veces, tuvo que avanzar a empujones, por los que obtuvo más de una mirada de odio. En una ocasión, un norteño más grande que las puertas de un palacio se le encaró. Metido en su papel, Cleptómano lo miró a los ojos, con firmeza, e hizo el universal gesto de llevarse la mano izquierda a la cadera. El norteño le gruñó en la cara y siguió jaleando. El ladrón continuó su camino, reprimiendo temblores de pánico.
Dos guardias, con casco y alabardas, estaban apostados en la puerta. Cleptómano se preguntó cómo se lo habrían puesto, cuando uno posó la mano derecha delante de la cabeza, haciendo un movimiento hacia atrás. Así, su rostro quedó revelado: era exactamente igual al de los otros armindol. Cleptómano nunca fue capaz de distinguirlos.
El soldado le dijo que al salir, recordase hacerlo por esa misma puerta; no querían que los norteños viesen que tenían más de una salida. Asintiendo, entró en el edificio.
 Daba la impresión de ser más grande por dentro que por fuera. Quizá se debiera a un truco arquitectónico, no sería el primero que veía y le levantaba dolor de cabeza. Sin embargo, este tenía algo que su mente no era capaz de comprender y lo desechaba, sin llegar al dolor de cabeza. Era una sensación muy extraña, como el estar a punto de entender algo y que de repente se escapara para volver a empezar de nuevo a entenderlo, así que dejó eso de lado y observó a su alrededor. El suelo tenía el aspecto de madera, pero no era madera. Ninguna que él conociera. Era un marrón brillante, que reflejaba la luz del techo. No, no era luz del techo: el mismo techo resplandecía con una luz mortecina, como la luna, pero iluminaba perfectamente toda la sala, como si fuera un sol. Las paredes, de una especie de madera rugosa, eran más claras, ricamente adornadas con estandartes azules con siluetas de tres águilas.
Enfrente de él, un mostrador de otro material desconocido, del mismo color que el suelo, protegía a un par de soldados. A ambos lados, dos puertas recortaban la pared, ambas de ese mismo metal negro, protegidas por otros dos guardias.
Uno de los guardias del mostrador le hizo una señal con la cabeza hacia su izquierda. El guardia se apartó y le abrió la puerta. Entró en una estancia blanca. Tan blanca que dañaba la vista. Pero siete figuras se habían levantado enfrente. Dos de ellas se acercaron, y una habló en voz alta.
- Fantástico! Ya nos han dado de comer, así que nos deben de decapitar ya! Empezaba a aburrirme!
Las dos figuras adelantadas lo miraron con reproche y siguieron caminando hasta pararse en medio de la sala. El que había gritado, se sentó, abrazado a otra figura.
- Dinos, a qué has venido? – preguntó el mayor de todos.
- Iockvara! – contestó Cletpómano por fin – Soy yo, Clepto! – Se acercó a paso vivo, pero chocó con algo en el aire. Alguna especie de cristal los separaba.
Todos se acercaron a Iockvara y a Thau. No faltaba nadie: Rïm, Vash, Stjäla, Fjode y Friska. Y ninguno parecía reconocerlo o alegrarse. Salvo Friska, a la que se le iluminó el rostro.
- Es una trampa – afirmó Thau sin dejar de mirarlo.
- Pero podría no serlo – gritó Fjöde – Mirad la cara de Friska!
- Baja el tono, corazón – le reprendió Stjäla – Ya sabes que Friska no es…
- No podemos fiarnos de alguien con la inteligencia de un mosquito – siguió Vash, lo que le valió un codazo de su mujer. Una bien grande, en la boca del estómago.
- No ha estado bien, pero razón no le falta, cariño – endulzó.
- Pero, es que está tan convencida – Fjöde la miró, deseosa de que tuviera razón.
- Apenas recordamos la cara de Clepto cuando estamos con él, cómo se va a cordar después de tanto tiempo? – puntualizó Thau – No puede ser.
- Y sin embargo – intervino Iockvara - parece serlo. Tienes pruebas, extraño?
Del muslo sacó colgante y lo apoyó en el cristal invisible. Menos Rïm, todos se inclinaron a verlo.
- No lo veo – dijo Vash
- Desde aquí parece auténtico – afirmó Stjäla
- Imposible. Tiene que ser robado – siguió Thau, sin dejar de mirar a Cleptómano.
- Ya ves, extraño, que no es prueba suficiente – dijo Iockvara – A qué has venido entonces? A burlarte de unos prisioneros religiosos?
Entonces Cleptómano se quitó el traje, revelando su colorido taparrabos.
- Fenomenal! El único norteño listo nos viene a matar antes de nos linchen! – exclamó Vash.
- No! No! Sólo quiero que veáis que no voy armado. Dejadme hablar – Thau y Vash murmuraron algo y fueron al final de la sala. El resto, prestaron atención – Rïm, recuerdas cuándo fuimos a arrancar hierbas para los heridos? Al irnos a dormir, vi que tenías una cicatriz en el costado derecho. Me contaste su origen. Tu hermano. El fanático de tu hermano, con el permiso de tu padre.
Rïmedel sonrió y asintió.
- De verdad le constaste eso? – se oyó decir a Vash desde el fondo – A mí tardaste años en decírmelo!
- Es buen hombre – contestó el herborista.
Iockvara sonrió también – Creo que tendremos que confiar en ti.
- Yo necesito alguna prueba más – dijo Thau. Fjöde y Stjäla protestaron, pero siguió insistiendo.
- Está bien. Pero será rápido. No debemos de tener mucho tiempo. Fjöde, una vez me contaste que en tu pueblo había un ciervo blanco que un día te comió la ropa interior que habías colgado…
- Me escuchabas! Siempre me escuchabas!
- Pero el resto no – dijo Thau – Esa no me sirve.
- Bueno, está bien! – Iockvara nunca había parecido tan serio – Yo le creo, y eso debería ser suficiente para ti, igual que lo sería para Sander. Discúlpate con Fjöde. – Siguió para Cleptómano – Lo siento.
- Tranquilo, sé cómo es. Sabéis cómo os puedo ayudar?
- Yo vi cómo pasaban la mano por aquella pared de allí – dijo Stjäla
Volvió a ponerse el traje e hizo lo que le dijo. No pasó nada. Seguían sin poder salir.
- Alguna otra idea?
- Estaba más a la izquierda.
Volvió a probar y un destello azul salió de la nada. Ahora sí estaban libres.
- Muy bien. Y ahora qué? – dijo Vashtudyk.
- Tengo un pequeño plan – contestó Cleptómano. Se puso a rebuscar en la armadura hasta que encontró lo que buscaba: una cuerda. No estaba hecha de ningún material conocido, pero serviría. – Id atándoos con esto. Yo salgo un momento.
- Alto! – pidió Thau – Cómo haremos para reconocerte.
- Seguid este casco – Y pasándose la mano por la cabeza, hizo aparecer un casco con la silueta de tres águilas sobre un pequeño cuadrado azul. Bajo éste, se veía un extraño símbolo.
- Buena idea.
Cleptómano salió a la sala principal, encaminándose al mostrador.
- No hace falta que digas nada- le informó uno de los guardias del mostrador - Ya estamos organizando a la masa. Ahora saldremos nosotros para escoltaros.
 Y sin mediar palabra, todos los soldados salieron. Aquello sí que era tener suerte.
Fue detrás del mostrador y enseguida encontró la otra puerta que le habían dicho. Ya empezaba a pensar como armindol. Debería empezar a preocuparse, pensó para sus adentros.
Volvió con sus compañeros. En susurros, les dijo que se soltasen, que ya no era necesario y que le siguiesen. Atravesando el vestíbulo, salieron por la puerta trasera. No había nadie. Siguieron hacia adelante un buen rato, a una distancia prudencial del cubo. Se detuvieron entonces, para discutir cuál sería la mejor opción. Vash mencionó el ocultarse en una tienda, pero eso no se acercaba remotamente a lo que podría ser una buena idea. Al final, orientándose por las primeras estrellas que empezaban a aparecer en el cielo, decidieron ir al norte, dónde, suponían, estaban las puertas de salida. Una vez fuera, tratarían de reunirse con Sander, Barbamente y Mys.
Así que, antes de emprender el camino, volvieron a atarse, para tener una excusa por si se encontraban con algún armindol. El problema no fueron los armindol esta vez. Sin darse ellos cuenta, un norteño los había visto y había corrido al cubo dónde se concentraban para dar la voz. Ahora, un rugiente ruido se iba haciendo más fuerte, sin parecer apreciarlo. Salvo Rïm. Sin razón aparente, comenzó a desatar a sus compañeros.
- Rïm! Qué haces? – preguntó Thau, confundido.
- Amigos – dijo al acabar – Toca correr.
Entonces oyeron el ruido. Comprendieron de dónde venía. Y corrieron. Corrieron a tal velocidad que sus sombras parecían no poder seguirles. Ninguna curva parecía decelerarlos y, cuando había algún campamento norteño, Friska se adelantaba y lo hacía trizas. Nada los detenía, ni el viento siquiera, pero no dejaban de lado la mole multicolor que los perseguía.
Justo cuando la muralla se alzaba delante, Cleptómano hizo un quiebro a su izquierda. Sin detenerse, lo siguieron. Lo vieron parado delante de uno de los rectángulos que se erguían entre las tiendas. Ya tenía la puerta abierta. Entraron sin pensárselo.
Sin nada en el suelo salvo la hierba, con las paredes igual de negras, el rectángulo resultó una armería. Albergaba todo tipo de artefactos imposibles, de todas las formas imaginables, pero siempre negros. Excepto en una rincón, dónde reposaban armas más tradicionales, de factura claramente norteña.
- Oye, esto no es mejor que mi idea – dijo Vash.
- Al menos, podremos defendernos – siguió Thau, con sarcasmo.
- Me pareció bien despistarlos.
- Y no fue mala idea, Cleptómano – contestó Iockvara – Mas no creo que resulte. Ahora estarán más dispersos.
- Pensad un momento – intervino Stjäla mientras buscaba armas – Esto puede ser lo que necesitamos. No creo que hubiéramos llegado a las puertas. Y quizá armindol esté reprimiendo a los norteños.
- Hmmmm – Iockvara comenzó a mesarse la barba, pensando –Puede – dijo al fin – Armados tendremos más posibilidades. Pero con los soldados aquí, armados hasta los dientes, nos veo mal.
- Quizá si supiéramos dónde encontrar la puerta más cercana… - Comenzó Cleptómano, pero un brillo en la muñeca izquierda le hizo callarse. Pasó la mano derecha por la luz y esta desplegó un cuadrado de luz con dibujos y símbolos en él.
- Qué es esa brujería!?- Vash estaba visiblemente horrorizado. Nunca le había gustado la magia. Ni siquiera la prestidigitación.
- Parece una especie de mapa – Iockvara estaba genuinamente interesado en el portento – Alguien sabe leerlo?
- Yo – contestó Stjäla dejando las armas en su sitio. Todos la miraron, extrañados – No me miréis así. Para ser una buena ladrona, hay que saber de todo. No es así, Cleptómano?
Detrás de la máscara, tenía los ojos muy abiertos, y la boca aún más. Pero claro, eso no lo vieron. Sólo apreciaron un asentimiento.
- A ver, déjame verlo – Tomó la muñeca del ladrón con brusquedad. La cara de concentración se sumó al ceño fruncido de esfuerzo – Lo tengo, más o menos. Hacia aquélla dirección, hay una puerta, vigilado con cuatro soldados. Hay unos números aquí, pero no sé lo que significan.
- Vale – siguió Iockvara – Podemos salir, aunque sea con sangre. Pero nos perseguirán. Necesitaremos distracción.
- Yo haré de cebo – se ofreció Thau, con la mano en el pecho – Si Cleptómano abre la puerta, yo puedo correr y enfrentarme a ellos mientras salís por otro lado.
- Bum – dijo Friska
- No, quiero escapar con todos, si es posible.
- Bum.
- Friska, ssshhh – susurró Fjöde.
- Qué tal si el cebo son Cleptómano y Rïm? – sugirió Vash.
- Bum
- No hay manera de atraparles – siguió, con una mirada de odio hacia su compañera.
- Bum.
- Repito, quiero salir con todos de aquí.
- Bum.
- Queréis callarla! – gritó Thau – No hay quién se concentre!
- Bum.
- Lo siento! – gimió Fjöde – No para de decirlo mientras señala a ese armatoste.
- Bum.
Con curiosidad, Cleptómano se acercó al aparato. Tenía forma de cilindro, acabado en punta, y acababa en una extraña cola. Era algo así como una flecha gorda, grande como una persona. Un punto rojo parpadeaba en un costado. Pasó la mano y proyectó símbolos en el aire.
- Lo que me faltaba! Más brujería!
- Calla, amor. Cleptómano, si eres tan amable, me dejarías volver a ver tu muñeca?
- Que ocurre? – inquirió Iockvara.
- Bum.
Stjäla se giró hacia todos, y con un tono pasmado, anunció:
- Friska… es un genio.
El estupor apareció en las caras de todos. Pero no un estupor normal y corriente. El tipo de estupor que aparece cuando descubres que el mundo no es octogonal, como dicen las escrituras, si no redonda, como una bola, y puedes navegar y viajar sin temor a chocarte con las aristas.
- Qué quieres decir con eso? – Vash era el que menos se podía creer tal noticia.
- Esto que veis aquí es un tipo de… explosivo.
- Como la pólvora, quieres decir? – Preguntó Thau.
- Me imagino. Sólo pone “tiempo de detonación”. Así que tiene que ser algo como eso.
- Pero cómo pudo Friska saber eso? – Quiso saber Vash. Y todos la miraron. Ella sólo sonrió – Tú tienes alguna idea, Fjöde?
- Tengo la misma que todos vosotros. Has oído, Friska? Eres un genio! – Y la susodicha sonrió más y más.
- Podemos usarla entonces?
- Sí, Iockvara. Esto de aquí resulta que son números para medir el tiempo. Lo de la muñeca de Cleptómano era el tiempo que tardaríamos en llegar.
- Entonces – razonó el anciano – Si ponemos estos números de tal forma que nos dé tiempo a llegar…
- Exacto – confirmó Stjäla – Pero habrá que llegar y alejarse.
- Bueno, qué pone en la muñeca de Cleptómano?
- Un 3 y un 50.
- No parece mucho. Pero por seguridad, pongámosle 10 a la bomba. Después de armarnos.
Se acercaron al lugar donde tenían las armas norteñas, y fueron escogiendo: Rïm una daga y un bastón de acero, Vash un hacha igual de grande que él, Stjäla un espada corta, Thau e Iockvara un mandoble y Friska dos mandobles. Fjöde, aparte de un arco, cogió una ballesta negra de las estanterías, alegando que “nunca me dejáis tener ballestas, quiero una”. Cleptómano cogió una alabarda. Creía que podía ser útil.
Cleptómano abrió una entrada en varias paredes, hasta que una en un lateral estaba desierta. Contaron tres latidos y salieron corriendo en dirección a la puerta. Los norteños no tardaron ni veinte pasos en darse cuenta de lo que estaba pasando, y salieron a perseguirles. Aquéllos que salían a su paso acababan partidos en dos por las espadas. Aquéllos que seguían sus huellas por detrás, volaban por los aires con la ballesta. Y los que los flaqueaban, no volvían a andar gracias a las Rïm y Stjäla.
Sólo Cleptómano, en el centro de la formación, no amputaba nada, e iba indicando el camino. Cada campamento era destruido y cada nuevo adversario en una curva era rápidamente mutilado, sin detenerse nunca.
Tenían el lugar dónde indicaba la salida delante. Y también delante cuatro soldados, armados hasta los dientes. Cleptómano se detuvo, clavado en el suelo, lo que hizo de Vash chocase contra él, cayendo al suelo. Friska, Thau e Iockvara siguieron hacia adelante, dispuestos a encararse con los soldados. Fjöde, Stjäla y Rïmedel se quedaron a ayudar a los caídos.
El grupo de Cleptómano enseguida se vio alcanzado. Por más que Fjöde hiciera volar por los aires a los norteños, no dejaban de acercarse. Vash apartó de un empellón a Cleptómano, que no le dejaba levantarse, y raudo, corrió a encontrarse con sus enemigos. A pesar de no ser tan grande como las moles de sus compatriotas, Vash manejaba el hacha con soltura y rapidez. Cada vez que la balanceaba, cabezas y brazos volaban, como un jardinero cortando un seto.
A él se le unió Stjäla, en un baile digno de ver. Ella saltaba a su alrededor, cercenando los miembros de todo aquel que se acercara demasiado. Se movía como un rayo, con volteretas y saltos, pareciendo cubrir todos los puntos débiles de su marido. Aquello era tan hipnótico de Cleptómano se había olvidado de levantarse. Rïm lo ayudó.
- Esto ya no dispara! – gritó Fjöde, mientras armaba el arco.
- Pues estamos muy jodidos! – respondió Rïm preparándose para entrar en liza.
- Quizá no. Decidles que retrocedan – Cleptómano clavó en el suelo la alabarda, en ángulo, dirigiendo la hoja hacia los norteños. La agarró con ambas manos y la hoja brilló, azul eléctrico. Vash hizo retroceder a sus enemigos con un tajo vertical y Stjäla, con una patada baja, lo derribó. Cayó encima de ella y lo sacó rodando hasta donde estaba Cleptómano. Soltó la lanza.
Dado que no sabía que las manos regulaban la intensidad y anchuras, un rayo en forma de abanico azul salió de la hoja, con el ruido de un barril de pólvora, alcanzando a la gran mayoría de norteños. Cuando cesó el rayo, después de cinco latidos, estaban casi ciegos. Sólo pudieron ver la carnicería unos momentos después, cuando el otro grupo los llamó, aunque no lo oyeran.
Los soldados que defendían la puerta también tenían alabardas, pero disparaban con más puntería que Cleptómano. Se habían ocultado detrás de unas tiendas, pero cada disparo las destruía, e iban moviéndose de iglú en iglú. Quedaban pocos ya, cuando dejaron de disparar. Entonces Friska salió disparada. Los soldados no tuvieron tiempo de reaccionar. Uno perdió la cabeza. Thau e Iockvara salieron también. Pero sus rivales se habían recuperado y sacaron un par de ballestas. Friska, más rápida, partió a la mitad a otro. Iockvara cogió por la espalda a uno de ellos, y lo ensartó sin miramientos. El último estaba de espaldas contra la pared, con dos ballestas que no sabían de dónde las había sacado.  Los apuntaba a los tres, por turnos. Y ellos no se atrevían a moverse. Estuvieron así, durante veinte o treinta latidos, mirándose. Sabían que si uno se movía, moría. Pero el soldado sabía que si uno de ellos moría, él también. Y así permanecieron, hasta que sonó la lanza y su rayo. El soldado bajó la guardia, sorprendido por el repentino sonido. En ese instante, los tres embistieron como si hubieran esperado todo este rato por esa señal. En un parpadeo, estaba empalado por cuatro mandobles.
En fundaron las espadas y llamaron a sus compañeros, que al principio no los oyeron. La explosión los había dejado, no sólo medio cegados, sino casi sordos. Se les acercaron y pudieron ver la carnicería. No eran más que medios cuerpos, cuando había algo remotamente parecido a un cuerpo, sobre un mar de sangre. Flotaba además un nauseabundo olor a quemado. Y de algo más. Como ozono.
No podían perder más tiempo. Al fondo se veían más norteños. Y soldados. Algunos en una especie de plataformas voladoras con cañones en su parte frontal. Esto fue suficiente para que se levantaran y corrieran hacia la muralla.
Nada más acercarse, la muñeca de Cleptómano brilló azul, y otro cuadrado brilló también azul en el muro. Pasó entonces la muñeca por ese cuadrado y comenzó a abrirse.
Salieron en cuanto el mínimo agujero se lo permitió. El bosque estaba lejos. Muy lejos, a su derecha. Cleptómano se dirigió hacia allí sin pensarlo. Detrás de él, los otros siete. No estaban ni a medio camino cuando una luz iluminó la noche. Se hizo casi de día. Y un estruendo, como el de mil alabardas, se alzó en el cielo. Los ocho salieron despedidos hacia delante y cayeron al suelo, inconscientes.
Cleptómano fue el primero en levantarse. Aún se veía la columna de humo subir desde el campamento. Estaba mareado y algo confuso, así que se sentó. Sus compañeros yacían desperdigados, cerca de él. En cuanto el mundo dejó de darle vueltas, los fue llamando. Estaban bastante machacados, con quemaduras por la espalda y a varios les sangraban los oídos. Pero consiguieron levantarse.
- Nos persiguen? – preguntó Thau, a voz en grito.
- No queda ninguno en pie – Contestó Cleptómano en alto. Hizo ademán de quitarse el casco.
- No lo hagas! – ordenó Iockvara, apoyado en Rïm – No podemos arriesgarnos a lo que pueda haber bajo el casco. Esperaremos a encontrarnos con Sander – Se separó y quiso andar solo, pero tropezó enseguida. Friska lo recogió y lo llevó en brazos.
- Sabes dónde estaban? – dijo Stjäla
- En el árbol S’Khtru. Aunque seguro que vienen de camino.
- Genial! – exclamó Vash, sarcástico – Más ejercicio! Cómo si no hubiese tenido suficiente!
Stjäla lo cogió por el hombro y lo besó.
- Ánimo. Si están a medio camino, sólo caminaremos medio día.
- Así puedo contar aquélla vez que adiestré una foca para hacer malabares con pescado! – gritó excitada Fjöde.
- Claro – contestó Thau – Total, no te puedo ni escuchar.

Y así todos fueron a reunirse con el resto.