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jueves, 27 de febrero de 2014

Cleptómano XXI

Reinaba una calma tensa en palacio. Desde el cuerpo de seguridad  hasta los títeres del Consejo, todos, sin excepción, aguadaban impacientes nuevas del Norte. Bueno, con dos excepciones: la primera, el emperador. Como buen emperador, no estaba nervioso, si no seguro. Sabía que su plan funcionaría. A fin de cuentas, él había sido en encontrar solución a la crisis que azotaba Armindol. Una crisis que sus todopoderosos predecesores habían sido incapaces de evitar.
La otra excepción eran los autómatas de la servidumbre.
Rododendro no era una excepción, si no el visir-consejero-mayordomo-camello-chulo-y-lo-que-necesite-su-majestad. En Armindol hay una palabra para su cargo: Smÿr. Su cuerpo pequeño pero delgado parecía una cuerda a punto de romperse por la tensión. Lo disimulaba muy bien, por supuesto, había sido entrenado para ello. Su voz no se rompía nunca, su ceño nunca se fruncía. Y sin embargo, algo en su postura reflejaba la misma ansiedad que una vaca al ver el cuchillo guiado por láser del autómata.
Siendo la persona más cercana al emperador (el ser más bondadoso, justo, sabio, humilde, generoso, valiente, audaz, gracioso y fiestero del mundo; sus lunas, su sol y las tres cuartas partes de las estrellas visibles desde el hemisferio norte), esta postura estaba justificada, pues él, más que nadie, quería que los planes del emperador funcionasen. No por su lealtad, que a esas alturas era más un complemento que un requisito; más bien era puro sentido común unido al instinto de supervivencia: si aquélla fuente de energía (mal llamada “magia”) de la que su empleador (amo sonaba muy mal) no dejaba de hablar resultaba ser falsa, el imperio se extinguiría. Adiós láser, armas de protones, levitadores, servoarmaduras… Y eso sólo en el plano militar. Sin esa energía que todo lo alimentaba, no tendrían ni transporte, ni visores, ni comunicaciones, ni calefacción, ni luz… Nada. Quedarían a la altura de los crucíes en los que tanto tiempo habían invertido para poder llegar al Norte.
 Jamás habían conseguido navegar de forma seguro con la Energía. Por ello necesitaban el Cruce. Y lo habían conseguido. Fue día de fiesta en el imperio.
De hecho, ni siquiera tenían nombre para ella, lo cual era bastante triste. Aunque, siendo su única fuente de energía, no había necesidad de llamarla de otra manera. Energía. Por un momento se preguntó cómo llamarían a la nueva fuente que su emperador estaba tan seguro de haber encontrado, pero enseguida apartó esos pensamientos. Su empleador llegaba de un baño perfumado. Perfumado de pechos.
Llegó a su cuarto con un albornoz puesto. Ignoró completamente a su smÿr mientras se vestía. Y cuando acabó, salió. Rododendro suspiró con resignación y fue a su encuentro con una pequeña carrera. Nada más ponerse a su altura comenzó a recitar su agenda.
- Majestad! Tiene a las diez reunión con los ingenieros militares; a las once y media, discusión de estrategia militar. Luego una comida rápida para reunirse con el embajador crucí para…
- Vamos, no me jodas! – cortó el emperador – Te parece que tengo tiempo para estas niñerías? Encárgate tú – ordenó mientas señalaba con gesto despreciativo a su segundo. Se giró para subir unas escaleras, y no vio a su smÿr parado, mirándolo con perplejidad. Luego suspiró, profundamente, a medio camino entre vergüenza y rabia.
- Majestad, hace mucho tiempo que no se os ve – contestó a la vez que reemprendía la marcha – Unas reuniones de protocolo, breves como estas, y un gesto de buena voluntad hacia los crucíes os reportarían muchos beneficios y acallaría los rumores que…
- Todos los días la misma cantinela – se quejó con un lacónico gesto muy teatral. Paró en el mismo fin de la escalera, haciendo que Rododendro se detuviese unos escalones más abajo – Mira, Rod, sé que te cuesta verlo, pero mi trabajo es esperar – explicó con condescendencia – Es que no lo ves? Si esto funciona no necesitaré ni crucíes, ni acallar rumores, ni beneficios ni pollas – Y reemprendiendo la marcha, añadió – Mi única misión ahora es esperar.
- Majestad, esperar cuánto? Los recursos se acaban. La gente desespera. Y no tenemos ni noticias de la misión! – El estallido de sinceridad provocó la parada en seco del emperador. Éste se giró, miró a su sirviente con desprecio y continuó su camino.
- Rod… Primero: no me levantes la voz – dijo con un tono de amabilidad forzada – Segundo: Yo soy el emperador. Yo he descubierto la nueva energía que nos hará florecer. Recuérdalo. Mi pueblo lo hace. Lo comprende. Será paciente. Selo tú también.
-Se nota que no ha salido mucho de palacio – contestó entre dientes Rododendro, pero sin tratar de disimular.
- Y tú se nota que no conoces a mi pueblo – se le encaró antes de entrar en una enorme puerta al final del pasillo. Ocultó toda la rabia que le producía su subordinado y con calma, abrió la puerta. – Qué cojones hago aquí! – gritó. Toda la rabia contenido se reflejó en su pálido y afilado rostro -  Esto es la sala del trono! Dónde están mis putas!?
- En su habitación, como siempre: al fondo a la derecha. Usted ha ido al fondo a la izquierda. Como siempre.
Maldiciendo a viva voz, el emperador se alejó con paso furioso hacia su habitación y su placer. Tardaría un buen rato en estar de humor y no disfrutaría mucho. Eso le producía una oscura satisfacción, que afloró con una risilla. Hoy había estado especialmente punzante, aunque tampoco hacía falta demasiado para pinchar al emperador.
Cuando el emperador se perdió en la lejanía de los pasillos, Rododendro cruzó la inmensa sala y se sentó en el pequeño asiento al lado del magnífico trono, repasando las reuniones del día: los ingenieros y su reunión mensual, idéntica mes tras mes. Los encargados de espionaje y operaciones encubiertas; estrategas los llamaban. Esperaba que, por su bien, trajeran noticias, o el emperador los haría desaparecer… Lo que entorpecería aún más todo el plan de conseguir la nueva energía. Oh! Y no se podía olvidar del embajador crucí: el primer país al que le dejan una independencia ficticia, que había sido una gran idea. Hasta que tuvo que hablar con el embajador. Habría viajado 50 años atrás para degollar al que se le ocurrió el plan sólo por no aguantarlo un día más.
Estaba tratando de recordar quién había sido el imbécil cuando el dymeschel Geranio y su ayudante Banano fueron anunciados. Rododendro se levantó de su sillón, con pose regia. Ambos ingenieros se acercaron, muy despacio, al asiento.
- Saludos, Mano Derecha! – exclamaron ambos, al tiempo que realizaban el intricado juego de cabeza y manos que era el saludo tradicional. El smÿr tomó asiento luego de devolvérselo. Geranio tomó la palabra – Yo, Geranio, dymeschel, del 14º Departamento de Ingeniería Militar Aplicada, informo al Gran Gobernante, por oídos de su representante en este sala, que hemos conseguido un 7% más de ahorro de Energía en tanques, y ampliado la altura de levitación un 1’5% en levitadores. No obstante, y con todo nuestro dolor, los cañones BDF y las reglamentarias pistolas de propulsión polar no han alcanzado los objetivos previstos. Así mismo, las servoarmaduras y sistemas de infiltración no han podido ser mejoradas, temiendo  haber llegado a una meseta insuperable con la tecnología actual.
>>- En otro orden de cosas – continuó. Rododendro puso los ojos en blanco. Y levantó la mano cuando el ingeniero comenzó a enumerar los experimentos (fracasados) de llevar la energía por agua.
- Dymeschel Geranio – comenzó, tratando de ocultar el fastidio en su voz – Esto iría mucho más rápido si dijeras cuánto necesitáis – Odiaba las conservadoras formas de los militares, tan tradicionales. Tan pérdida de tiempo. Añadían aún más tedio a un trabajo ya de por sí tedioso.
- Ahí te ha pillado – masculló Banano entre dientes. El smÿr  lo oyó perfectamente. Rio mentalmente. Su cara no dejó traslucir nada. Geranio miró a su ayudante con reproche. El ayudante ignoró la actitud de su jefe.
- Mano Derecha, ruego que me perdonéis, pero el protocolo establece…
- Conozco el protocolo. Soy el smÿr. La Mano Derecha. Y te ordeno que te lo saltes. Tengo muchos asuntos que resolver. -  “Y tiene dos mil años, por la gracia de la Energía!” pensó Rododendro. Añadió – Asuntos realmente urgentes.
- Siendo así, abreviaré: necesitaremos con urgencia quince millones de Luces y una nueva equipada con: uno;  veintisiete mesas, dos; setenta sillas, tres; cuarenta…
- Vale, vale, vale. Dame esa lista – extendió la mano en ademán de entrega. Geranio se la dio. Pesaba mucho – Le pondré el sello real y se la mandaré al tesorero. En un plazo de un mes tendréis esa nueva nave. En unos días, el dinero. Podéis retiraros.
Con otro intrincado juego de reverencias, ambos ingenieros salieron. Rododendro resopló, maldijo a su padre por haberlo obligado a meterse en política, a su antiguo yo por haber solicitado el puesto y al padre del emperador por haberlo admitido. Hizo llamar a un autómata, puso el sello  y le entregó las setecientas páginas de lista para que las llevase al tesorero. Una obligación menos. Aunque tendría que acordarse de premiar a Banano: sacarle una risita, aun mentalmente, era algo digno de ser recompensado.  
En ese instante, los estrategas fueron anunciados. “Mierda”, pensó, “no tenían que llegar hasta dentro de una hora. Me quedo sin descanso.”, y suspiró de nuevo. Esta vez ni se molestó en levantarse. Y las estrategas, Rosa y Hortensia, ni se molestaron en saludar.
- Smÿr, tenemos grandes noticias – anunció Rosa
- La operación está siendo un rotundo éxito – continuó Hortensia. Mentalmente, la cara de Rododendro se iluminó. Fue tal la intensidad de esa luz que se reflejó en su postura, evento que corrigió al instante, sin que las estrategas tuviesen tiempo a notarlo.
- El emperador se complacerá tanto como yo en oír tales nuevas. Continuad.
- El informante de la escolta – informó Hortensia - nos ha confirmado el contacto con el sujeto. Calculan que un plazo máximo de 27 lunas, un mes aproximadamente, llegarán a su destino.
- Enhorabuena. Vuestro equipo recibirá un sustancial aumento de Luces.
- Gracias, Smÿr – contestaron al unísono. Luego continuó Rosa – Estamos llevando a cabo planes para tener en las proximidades a nuestras tropas en el día escogido. Un pequeño destacamento. – Rododendro asintió.
- Sin embargo – añadió Hortensia – Exploración en el terreno ha dado resultados negativos a la hora de encontrar el lugar exacto.
- No era una explanada vacía, únicamente hecha de piedra y nieve, con un bosque al este?
- Así es – siguió Hortensia – Pero no hemos encontrado ningún lugar, ni los bárbaros saben de él. Lo atribuyen a la magia. La profecía que nos habló el emperador.
- Es decir, que eso norteños saben dónde está, pero no lo quieren decir.
- No, smÿr. Saben que existe. Saben dónde está. Pero no la ven, y lo atribuyen a la magia.
- Y nosotros? Cuáles son las teorías?
- Son lecturas muy extrañas. Creemos que es una tecnología distinta a la nuestra. Sin embargo, si la profecía de la que habla el emperador es cierta, en cuanto llegue el sujeto, se revelará el lugar. Y podremos movilizar las tropas sin ningún problema.
- Podremos pasar la artillería pesada?
- No sería necesario – contestó Rosa- Son una decena de norteños y el sujeto – Pero de necesitarlo, el Cruce pone a nuestra disposición su flota.
- El emperador querrá artillería pesada. Levitadores y tanques, principalmente. Y transportes rápidos. Unos pocos, por si hay resistencia. Hacedlo. – Ambas estrategas asintieron. Añadió ña Mano Derecha – Algo más?
- Bueno… - titubeó  Rosa. Su compañera le hizo un gesto de negación. Y terminó – No, nada.
- Hablad sin miedo.
- Es que… - Esta vez Rosa hizo caso omiso a los gestos de su camarada – Hay reportes de una extraña bestia.
- Explícate – ordenó, movido por la curiosidad.
- Sólo son supersticiones – contestó rápido Hortensia – Nada de lo que preocuparse. Afirman haber visto un lagarto gigante volador por los alrededores.
- Un dragón – aclaró Rosa – Como los cuentos.
Rododendro miró a ambas estrategas con regia seriedad. Y luego cambió su expresión a una más sosegada.
- Es evidente que son supersticiones. Un pájaro desconocido para ellos, probablemente. Qué dicen nuestros hombres?
- Nada, señor – dijo Rosa.
- Entonces no hay de qué preocuparse. Retiraos. Habéis servido muy bien al Imperio.
Asintieron con disciplina. Cuando se fueron, Rododendro no pudo contener una risa. Un dragón! Estos norteños tenían una imaginación desbordante!
Cuando consiguió dominar su risa, ordenó a los autómatas que informasen de la reunión al emperador y le trajesen de comer. Algo pesado, ya que había acabado pronto. Le trajeron merluza cocida en una bandeja de plomo.
Una vez acabado de comer. Inspiró, contó hasta tres mil e hizo pasar al embajador del Cruce, que llevaba esperando desde el número cinco. Hizo una simple reverencia y comenzó su discurso.
- Una de nuestras más antiguas leyendas cuenta – comenzó a recitar. Esta vez el smÿr ni se molestó en reprimirla cara de asco y los ojos en blanco. Total, el embajador estaba demasiado embobado con su discurso como para fijarse – que de humilde hembra nació el Gran Sander, que con sólo siete primaveras, cruzó las montañas que separan el vasto Norte del Cruce, y sobrevivió diez años a la intemperie, hasta que encontró un pueblo bárbaro, que le dio cobijo.
>>- Se cuenta que, mientras allí se hospeda, el pueblo fue atacado por gigantes mientras el Gran Sander dormía, y los gritos de la matanza lo despertaron. Enfadado, se encaró ante la centena de gigantes, y cogiendo una espada oxidada de un cadáver próximo, comenzó a matar uno a uno.
>> - Viéndose mermados en gran número, huyeron. Mas Sander, sediento de sangre, enfadado por no haber dormido, persiguió  a cada de los gigantes durante meses, hasta que no quedó ninguno. De sus huesos erigió el Sangretierra, excepto de una clavícula, con la que hizo una espada de filo serrado, bendecida luego por un sacerdote, que la hizo irrompible.
>> - Y al volver al pueblo, viendo que ningún varón en edad de procrear quedaba, vertió su simiente en cada uno de los vientres del pueblo, originando así a los crucíes – En este punto, Rododendro tuvo que maravillarse de lo bien que había salido el plan de conquista: de unas leyendas y creencias artificiales, creadas por los mismos Armindol, había salido una sociedad medieval títere muy maja. De hecho, había detalles que no reconocía en la historia. Y sólo en 50 años.
>> - Y así, como hijos de Sander, orgulloso pueblo del Cruce, venimos a pedir, por boca de este humilde representante, favores a nuestros benefactores, los armindol, pueblo noble y mago, que tanto nos ha reportado en el pasado y nos reportará en el futuro, pues confiamos que nuestra relación sea lo más larga y fructífera posible.
- Bien – dijo Rododendro aliviado – Cuéntame, embajador, qué deseas.
- Seguro conocerá la historia de Jestor, uno de los Nueve, que paseando por el Mordisco se encontró una serpiente. Era grande y dorada, con escamas duras como piedras. Y la serpiente bloqueaba el camino.
>> - Fue entonces cuando el noble, el inteligente y valiente Jestor, señor de la forja y la guerra, decidió poner fin a esta ocupación, pues si no, podría pasar. Así pues…
- Embajador, por favor, tengo urgentísimos asuntos que atender. Ruego que vaya al grano, en la medida de lo posible.
- Disculpe, Mano Derecha – E hizo reverencia. Luego añadió – Mi rey se pregunta si en verdad es tan necesario el continuo ir y venir de las tropas. Dejan muchas Luces, y las ciudades prosperan, pero también generan caos y destrucción. Los campesinos viven con miedo a que les desposean por mera violencia.
- Pierde miedo – aseguró con regia voz. Era normal que pasaran estas cosas: el ejército necesitaba pelear. Sin pelea, se las buscaban. Habría que buscar una solución, si no querían perder a su “aliado”. – Tomaremos medidas. El emperador enviará a sus más altos Inquisidores para mantener el orden entre las tropas. – No duraría mucho, pero si las esperanzas  de los estrategas y el emperador se cumplían, tampoco necesitarían tanto tiempo.
- Gracias, Mano Derecha.
- Alguna otra más?
- No, Mano Derecha.
- Bien. No te vayas aún. Has de comunicarle a tu rey que le visitarán nuestros ingenieros. Necesitaremos mover grandes aparatos por mar, y cruzarlos. Espero que no haya problema – Y enfatizó con una cara que decía: si los hay, os exterminaremos.
-Por supuesto que no, Mano Derecha. Todo será como guste el emperador.
- Excelente. Si no tenéis más que decir, podéis retiraros -  Con una temblorosa reverencia, el embajador se despidió. Cuando salió, Rododendro se puso por fin cómodo en su asiento y suspiró.
Empezó a trazar planes. No era demasiado tarde. Quizá podría darse una vuelta por la ciudad, ver cómo estaban las cosas a pie de calle. Ver cuánto aguantarían. Sí, sería una buena idea. Incluso poner en circulación más dinero. Las noticias invitaban a la esperanza. La recuperación del imperio! Se permitió una sonrisa autocomplaciente.
Se levantó para irse, pero entró un autómata, con un mensaje. Decía que el emperador estaba exultante, radiante, no cabía en sí de gozo. Esa noche y la mañana siguiente la pasaría en su harén. Quería que programase a los autómatas para traerle comida (le adjuntaba una lista con el menú), y que se encargase él de las reuniones de mañana. Comunicado esto, el autómata se fue.
A Rododendro se le cayó el mundo encima. A tristes pasos, se acercó a su habitación, se desplomó sobre su cama, y ahí se quedó.
No quería saber nada más del mundo.


Mientras tanto, a todo un mundo de distancia, Cleptómano estaba arrodillado bajo un árbol. Tenía las manos llenas de arañazos y manchas de sangre, las ropas desgarradas y la cara sucia. Resoplaba, cansado. Al final de  unos latidos, se desplomó, haciéndose daño en la sien con una raíz. Y sin levantarse, dijo:
- Por todos los Nueve cagando, Rïmedel! Cuándo nos iremos? Esto es inhumano!
- Cuándo encuentres esa dulcamara – contestó el delgado herborista. La ropa negra le hacía aún más delgado – Tenemos todo el día.
- Pero cómo la encontraré? –preguntó el ladrón al tiempo que se levantaba. Su ropa era más verde que negra. El colgante asomaba por su cuello – Ni si quiera me has dicho cómo es!
- No te preocupes: si te pones enfermo, es ésa – contestó de forma severa. Cleptómano puso los ojos en blanco, se arrodilló de nuevo y siguió palpando.
- Al menos podrías echarme una mano, no? Iría más rápido si me ayudases.
- Y perderte de vista? Ni lo sueñes – decía al tiempo que caminaba hacia atrás, sin perderlo de vista. A tientas, extendió la mano izquierda y cogió un fruto de una rama cercana. Se puso a comer el fruto. Cleptómano no supo identificar cuál, pero el olor le llegaba: dulce y perfumado.
- Vamos, hombre! – exclamó incorporándose – Sabes perfectamente que con sólo mirar el collar ya sabrías quién soy! – Mientras hablaba, se señalaba el collar y se encaraba con Rïmedel.
- No me jodas. Podría creer que se lo has robado a alguien, o que es una falsificación o cualquier cosa. No. Tú buscas, yo vigilo – Y le pegó un mordisco al fruto.
Cleptómano lo miró con desprecio, se giró y comenzó a agacharse, pero paró repentinamente. Fue levantándose lentamente, con los ojos como platos. Volvió a girarse y le gritó a Rïm
- Humo! Sale humo del campamento!
- Sí, sí, lo sé – dijo tranquilamente, haciendo un divertido gesto con las manos como para pedir calma – Es por eso que estamos aquí.
- Sabías que nos iban a atacar? – El herborista asintió. Dio un mordisco al fruto – Y no dijiste nada? – Cleptómano estaba muy, muy confundido. No paraba de dar vueltas, aterrado, y no dejaba de gritar.
- Calma, joven amigo – Seguía sin inmutarse.
- Los atacan y nosotros aquí! Tenemos que hacer algo!
- Acaso saber luchar? – Cleptómano paró en seco. Lo miró, perplejo.
- No… Pero…
- Ellos sí. Y les encanta. Por eso no les aviso. Por eso me voy – El ladrón aún estaba petrificado de sorpresa. Rïmedel se le acercó, pegó un mordisco,  y añadió con la boca llena – Nos vamos.
- Acaso… - titubeó, tratando de reaccionar – Acaso eres un vidente?
- No seas ridículo – contestó, sentándose a la sombra de un árbol – Esas cosas no existen. Hay signos que preceden a una batalla. Sólo los veo – Giró la cabeza y escupió el hueso del fruto. Se quedó un momento mirando hacia esa dirección. Se levantó al cabo de un rato, caminó unos pasos, se agachó y arrancó una planta del suelo – Mira, aquí la tienes. Una dulcamara. – Cleptómano quiso estirar la mano hacia la flor, pero lo detuvo – Mejor no. No quiero accidentes. Siéntete y coge un fruto.
El ladrón encogió los hombros, dio unos pasos en círculos, pero acabó sentándose al lado de Rïm.
- Y dime – comenzó a preguntar – Cuándo todo está nevado, qué haces?
- Hay plantas que sólo crecen bajo la nieve. Las busco igual.
- Como cuáles?
- Sangre de lobo, hijas del frío, bermellones, cristales opacos… Cosas así. Las cojo y las guardo aquí – De la espalda sacó una caja, que al abrirla, revelaba varios compartimentos escalonados, cada uno con muchas pequeñas cajas – Ves? Levanto la tapa y guardo pétalos, néctar, hojas… lo que tenga propiedades, beneficiosas o no. Nunca sabes cuándo vas a necesitar veneno o bombas de humo.
- Puedes hacer bombas de humo con… flores?
- No. Con corteza.
- Ah – dijo, dirigiendo la mirada hacia el humo – No le molesta que no luches.
- Oh, me vacilan – contestó mientras quitaba los pétalos de la flor con sumo cuidado – Me toman mucho el pelo. Pero en el fondo no les importa – Se calló un instante, para hacer cortes más delicados con una navaja. Cuando tuvo los pétalos bien cortados, los echó en la cajita. Continuó al sacudirse las manos – Saben que esto es por su bien. No peleo, pero los curo de heridas, enfermedades… A veces elimino enemigos sin pelear. Pero eso son otras situaciones – Comenzó a cortar las raíces – Ya están habladas. Tenemos una señal si me necesitan.
- Cuál?
- Sander e Iockvara ululan como una lechuza y un búho maderero. Los imitan muy bien y sobresalen del fragor de la batalla. No falla.
Cleptómano se levantó y alejó unos pasos. Vio unos frutos, y los cogió. Antes de poder darles un mordisco, Rïmedel le dijo:
- Los yo cogí están a  tu derecha. Se llaman “Jugesh de bosque”. Esos que pretendes coger – explicó sin levantar la vista de la dulcamara desflorada – son “testículos de rana”. Saben horrible. Y son muy venenosos.
Cleptómano apartó la mano rápidamente, mirando asustado a las pequeñas bayas verdes. Luego dio la vuelta, se acercó al árbol y señaló los frutos. Rïm asintió sin levantar la cabeza. Cogió el fruto dorado y le pegó un mordisco. Sabían a gloria bendita.
Más tarde, cuando el humo se había disipado, volvieron al campamento. Estaban todos llenos de manchas de sangre, desgarrones en sus ropas negras y moratones. Iockvara parecía tener un corte en la sien que le teñía el pelo de rojo. Fjöde cojeaba.  Friska ostentaba una cicatriz muy fea en la palma izquierda.  Sander estaba arrodillado al lado de Thau, oprimiendo con las manos rojas una herida muy fea en el costado de su segundo. Sólo Mys estaba indemne. Vash y Stjäla estaban simplemente desaparecidos.
Como si lo supiera de antemano, Rïm se encaminó directamente hacia el líder y su segundo. Se sentó enfrente de Sander y comenzó a sacar potingues, flores y vendas. Mientras mezclaba y untaba, Sander hablaba.
- Te has entretenido con el ladronzuelo, eh?
- Si lo matan, no cobramos. Y lo sabes.
- Y si todos morimos, tampoco.
- No seas tan pusilánime. Thau las ha pasado peores.
- Tampoco te creas – puntualizó el yaciente.
- Os quejáis demasiado. A fin de cuentas, no he tardado tanto – Sander lo miró con reprobación. Thau lo intentó, pero sólo consiguió un quejido – Tranquilízate – dijo con tono paternal – Cuando te diga, levanta las manos – ordenó al tiempo que colocaba una suerte de emplasto rosado en la mano derecha. Ambos hombres se miraron. Sander asintió para indicar que estaba listo – Ya! – gritó Rïm.
En un solo suspiro,  el jefe de la banda apartó sus manos y el herborista colocó el emplasto. Un grito brotó de la boca de Thau, que se pudo oír en toda la inmensa extensión del Norte.
- Estúpido matasanos – dijo cuanto terminó de gritar – Cuando me recupere voy a coger una zarza y te la voy a meter por…
- Vamos, vamos – medió Iockvara mientras Rïm se afanaba en vendar al enfermo con ayuda de su jefe – No hay mal que por bien no venga.
- Te voy a meter tus consejos por dónde nunca te da la luz del sol.
- Con lo que aquí brilla el sol – dijo Cleptómano – tendrás que concretar más el lugar.
- No me jodas, mierdecilla – trató de incorporarse, pero sólo pudo soltar un gemido de dolor. Así que se quedó tumbado. Sander fue a por un cojín y Rïm fue a hacerle las curas a Iockvara.
- Oye! Decir palabrotas está mal – regañó Fjöde – Mi madre siempre me lo decía. Y ella no se equivocaba. Recuerdo una vez, que mi padre fue a cazar, y volvió con un oso más gran que la casa misma. El oso le había roto la pierna. Hasta asomaba el hueso! Así que fue a decirle a mi madre. Y le dijo: “Mujer! El hijo de puta del oso me ha jodido la puta pierna! Llama a Vissy!” Vissy era el curandero a todo esto. “ Y prepara el oso!” Y mi madre, muy digna ella, cogió el hacha que colgaba de la chimenea, y sin mediar palabra, le rompió la otra pierna. Sin más. Decía: “En mi casa no se dicen palabrotas”. Y mi padre no volvió a decirlas. Y tampoco a andar.
- No veo en que me puede ayudar eso – contestó Thau, ya con una almohada.
- Pues no sé. Sólo lo cuento.
- Siempre sólo lo cuentas.
- Vamos, compañeros – volvió a mediar Iockvara – Lo que Fjöde seguro quiso con su historia fue hacernos sentir mejor con una divertida historia a la par que recordarnos las buenas maneras. Aunque no estemos en la civilización, no deberíamos olvidarlas.
- Eso mismo! – exclamó la interpelada. Ahora Rïm estaba con su pierna – Eso era justo lo que quería decir, pero claro, nunca me hacéis caso. Me tomáis por la tonta, pero no. Ya lo decía mi madre. Ella decía… Ay!
- Disculpa – dijo el herborista con una risita – Apreté con demasiada fuerza – Iockvara y Sander lo miraron con reproche, pero no pudieron evitar una sonrisa. Thau trató de reírse, pero el dolor estranguló el sonido de su boca, saliendo un extraño gruñido. Fjöde los miró con odio fingido y se soltó una carcajada. Y Friska comenzó a reírse con descontrol.
- Buena la hemos hecho – comentó Sander – Rïm, duérmela. Si no, no habrá manera de que se deje curar – El herborista asintió. En un momento, Friska roncaba con su mano vendada.
- Y qué hago con la parejita? – preguntó el herborista.
- Ellos se lavarán las heridas. Salieron bastante indemnes – Contestó Thau.
- Mejor no los molesto.
- Mejor. Cleptómano! – llamó Sander – Deja de haraganear y ayúdame a llevar a Thau a su tienda.
El ladrón se acercó. Entre ambos cogieron al segundo, cada uno por brazo, entre quejidos de éste. Cuando lo tumbaron, entre más quejidos, habló Cleptómano.
- Oye, qué hacemos con Friska?
- Iockvara y Rïmedel montarán la tienda a su alrededor- contestó - Es mucho más cómodo. No hay quién mueva a ese mastodonte.
- Vale… Y qué era todo ese humo?
- Nos atacaron con antorchas. Pero les salió mal la jugada – Cleptómano abrió mucho los ojos y miró a su alrededor. No había nada. – Los cadáveres, eh? Se los llevaron los 2 que quedaron rápidos. Son rápidos cuando quieren.
- Quiénes?
- Los Arn. Son un tribu que no creen en los Tres que Soportan al Mundo. Y unos debiluchos.
- Ajá… Y…
- Cleptómano…  Mira, no dijimos nada porque en un acto de fuerza de voluntad, les recordé que vendrías acompañando a Rïm. Y ahora calla. Quiero dormir.
Y dejándolo con la palabra en la boca, se metió en su tienda.
Sólo quedaban Iockvara y Rïm, afanados en su tarea de cubrir a la enorme Friska. Decidió no molestarlos e irse muy sigiloso a su tienda. El plan debió resultar, porque antes de que pudiera darse cuenta, estaba durmiendo.
Cuando consiguieron clavar el último espolón, ya había anochecido. Los agudos sentidos de Rïmedel se activaron de repente.
- Has escuchado eso? – dijo mientras movía con rapidez la cabeza en todas direcciones.
- Será la pareja. No debes preocuparte – contestó con serenidad el antiguo sacerdote.
- Los he escuchado más veces. Y no eran ellos. Estoy seguro.
El rostro arrugado de Iockvara se puso tenso. La habitual cara amable dio paso al semblante del guerrero.
- A qué suena? En qué dirección?
- Tres hombres, uno cojo. Alejándose – dijo con gran precisión – Se han perdido en el bosque.
- Bien – se relajó un poco – Despertaré a todos antes de amanecer. Vete a dormir.
Rïm asintió. Iockvara no pudo dejar del todo la preocupación en toda la noche
Sander tenía razón. Los seguían.

Aunque eran muy, muy torpes.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Cleptómano XX


                Diez figuras vestidas de negro sentadas alrededor de una mesa, en el centro de una taberna pequeña. Ellos, y sólo ellos, estaban en el edificio, callados, mirando al suelo o a la cerveza. Alguno, de reojo. Hasta que una de las figuras rompió el silencio.
                - Entonces… Sois vosotros quienes me tienen que guiar?
                - Sí, Cleptómano. Pero nos dijeron que no estabas informado de ello – contestó un tipo alto, serio, de aire militar, aunque con un flequillo extrañamente largo. Thau, recordaba que se llamaba.
                - No, no. Lo que no sé es a dónde voy.
                - Tampoco nosotros lo tenemos muy claro. Sabemos que es una zona al noroeste, pasado el bosque de Hülle…
                - Exactamente a 23 millas al oeste del bosque, Thau – intervino el jefe, Sander. Llevaba los brazos vendados y había pasado todo el viaje desde Grandik hasta allí sin hablar salvo para unas breves órdenes cortantes.
                - Con todos mis respetos, capitán – se disculpó el sacerdote, Iock… vara? Tenían nombres demasiado complicados- Pero yo he estado ahí. Todos hemos pasado por ahí. Y no hay nada salvo nieve antes de las montañas de Forskeith. Esa información…
                - Esta información es correcta, Iockvara – dijo el capitán. Luego alzó los brazos – No me harían esto para dirigirme a una pista falsa.
                Cleptómano quiso decir algo, pero calló. Era evidente que ésta era la ayuda que Kjara le dijo que le proporcionaría. Pero había algo raro en todo aquello. Sus años de experiencia se lo decían. No tenía otra opción. Primero, porque sin ellos, no sería capaz de atravesar el Norte. Segundo, porque si no lo hacía… Bueno, no moriría. Pero la forma de convencerle de seguir adelante que tendría Kjara sería bastante peor que cien muertes. Era algo que sabía.
                - Es decir, que nuestro capitán pretende llevarnos ante lo que es una muerte segura…
                - Porqué dices eso, Vashy?
                - Por qué crees, Stjäla? Vamos a una estepa desierta, sin nada más que nieve, dejando detrás un bosque capaz de albergar a un ejército, de camino a un destino que no sabemos ni si existe. Y si lo hace, descubrirlo no será bueno para nosotros.
                Le resultaba curiosa la relación entre Vashtudyk y Stjäla. Era como cuando alguien hablara solo, pero con manifestaciones en el exterior. O algo así. Había un balance entre el pesimismo de Vash y el desparpajo de la ladrona. Muy compenetrados que estaban. Además, estaba buena.
                - Si es bueno o no, no lo sabemos – respondió el sacerdote.
                - Además, ahora tenemos la Llave! Qué podría salir mal?
                La Llave. La joven Fjöde no dejaba de llamarlo así. Un nombre de leyenda. Quien liberará la magia. Era verdad? Era evidente que Kjara lo sospechaba. Quizá lo hiciera hasta su padre. Pero no sabía nada de esa leyenda, así que no sabía qué pensar. Pero tendría que averiguarlo, le gustase o no. Más bien, no.
                - Muchas cosas, Fjöde! Ser atacados por más creyentes, una emboscada de armindol, diarrea implosiva…
                - No hay diarrea implosiva en el Norte, Vash – comentó el médico, Rïmedel.
                - Bueno, pero podría haberla. Imagina que una tormenta desvía a esas…
                - Yundins. Son águilas rojas, con la cola purpúrea. Del mar Espeso.
                - Lo que sea. Pues una tormenta las desvía. Y llegan hasta la playa de los riscos. Allí sus piojos contaminan a una rata de agua, que muerde a un pescador. Se desataría la hecatombe! – El  tragó saliva. Se ponía bastante nervioso con los catastrofismos de Vash
                - Y si simplemente desaparecemos una temporada? En los balnearios de Mannek, por ejemplo – a Rïmedel le tembló un poco la voz.
                - Sí! – Se entusiasmó Fjöde – Una vez fui allí, antes de estar con vosotros. Pasé una semana genial, lo dejé siendo otra. Una vez, recuerdo, me había perdido por los pasillos, y me encontré a una pareja de ancianos que…
                -Negativo – cortó Thau. Se formó decepción en la cara de Fjöde y Rïmedel. Aunque por causas distintas.- Hemos de cumplir nuestra misión. Y cuanto antes. Sabemos cómo se las gasta nuestro contratante.
                - Pero hay un problema, Thau – observó el sacerdote con la mirada fija en  Cleptómano – Y es la peculiar condición de nuestro adjunto.
                Todos callaron. Y el ladrón se hizo el centro de todas las miradas. Stjäla, sorprendentemente, rompió el silencio.
                - Si le hacemos una cicatriz, no deberíamos tener problemas
                - QUÉ!? ME NIEGO A SER ABIERTO OTRA VEZ!
                - Pues es una solución rápida – comentó Rïmedel
                - Ya verás como no te duele nada, Clepto! Fácil y rápido! – dijo Fjöde con una sonrisa.
                - No! Aunque tenga que ir andando al fin del mundo, no me usaréis de piedra de afilar!
                - Pues es la única solución – apuntó Stjäla
                - Yo estoy con nuestro compañero – lo apoyó Vashtudyk – Qué somos? Bárbaros?
                - Eso mismo – contestó Rïmedel.
                - No me refiero a eso! A nadie le gusta ser mutilado.
                - Vashy, no es mutilarlo. Sólo un corte en una mejilla.
                - Es absurdo! Tiene que haber otra manera!
                - Este pelirrojo ha de tener razón! Tiene que existir otra manera! Me niego a otro corte.
                Y la discusión siguió así durante un buen rato. Hasta que Sander alzó su voz.
                - Callad, joder! – Y todo quedo de nuevo en silencio – Sois más barulleros que una manada de búfalos de marfil! Si es la única manera, lo harás, Cleptómano. No permitiré que esta misión fracase por tu reticencia a un cortecito
                - Capitán, igual no es tan buena idea – apuntilló Iockvara – Piense en la leyenda. Cortarle la cara implicaría que no existiera su poder. Y entonces jamás  cumpliríamos nuestra misión.
                - Y si le colgamos el colgante con nuestro emblema? – atronó una voz grave, como se imaginaba Cleptómano que sonaría el cielo al caer. Venía de la figura más grande de todas. Friska.
                - Claro! – exclamó le capitán – Si nos olvidáramos de quién es, sólo tendría que enseñarnos el colgante y decirnos que es nuestra misión! Thau! Ve a por uno – El segundo al mando salió, diligente, a por un colgante, al piso de arriba. – Tú qué opinas?
                - Me gusta la idea de conservar mi cara. Además, he podido comprobar que conociendo mi condición es más complicado olvidarse de mí. Más cuando se viaja en compañía.
                - Solucionado entonces.
                - Bien Friska! – exclamó Fjöde mientras le daba palmaditas en el hombre a la mole.
                Un momento después, todos salían. Hasta Mys, que había estado ahí todo el rato, pero que no había abierto la boca para nada. Cleptómano lo había olvidado.
                Y todos llevaban al cuello un collar, con un emblema circular, ricamente tallado en madera. Eran formas intricadas, curvas, que se cruzaban una y otra vez hasta formar… algo. Aun así, Cleptómano se sentía más nervioso, más fuera de lugar que nunca.

                Ahora mismo os preguntaréis de dónde ha salido Cleptómano, si en el número anterior… Que no lo habéis leído? Debería daros vergüenza! Llegar aquí sin haber leído la entrega anterior… En fin, venga, leedlo. Os dejo tiempo.
                Ya? Bueno, pues de aquello a esto no os lo he contado. Lo he omitido a posta, como hago a menudo. Se llama “digresión temporal” y mola un montón usarlas. Aunque seas un poco patoso, quedas como Dios.
                Así que, usando las reglas de la digresión, nos situamos antes de lo que os he contado más arriba. Cuánto? Dejadme contar… Un par de días serán suficientes. Y en este pasado, está todo negro. No, no me he pasado retrocediendo. Aunque no supiera contar, Sander conocía los colores, y ahí no había ninguno, aún con los ojos abiertos. Debía tener un saco en la cabeza y un secuestro a sus espaldas.
                Acababa de llegar a la consciencia hacía poco, y todo estaba borroso. Cómo había pasado? Quién había sido? Por qué le picaba la nariz ahora que no podía rascarse? Tenía las manos atadas a la espalda, y los tobillos unidos por algo que se sentía y oía como cadenas al mover los pies.
                Le asaltaba el vago recuerdo de haber sentido movimiento. No estaba seguro, pero debieron transportarlo de algún modo, pues estaba en un interior, y bastante cálido. El olor a humedad le dio la idea de que estaba en una cueva. O en un desván muy antiguo. Sin embargo, sentía como si hubiese un gran espacio ante él, era algo difícil de describir. Así pues, se decantó por la cueva.
                Algo le extrañó al volver los pies. Las cadenas no le permitían separar los pies, pero no había límites al llevarlos hacia delante o atrás, salvo los puestos por su anatomía. Entonces tuvo la idea de balancear las piernas hacia delante y atrás, para mover su asiento, lo que fuera en lo que estuviese sentado. No funcionó. Ni se movió él, ni lo hizo su asiento. Debía de tener alguna otra atadura que no sentía. O magia. Y eso no le gustaba.
Significaba armindol.
Aunque, bien pensado… Por qué sus contratantes habrían querido secuestrarlo? No tenía ningún sentido. Le habían encargado llevar a una persona desde las montañas Umbrías hasta más allá de Hülle. Y ese encargo venía del mismo Emperador. Qué estaba pasando aquí?
Se explicaría bastante fácil con renegados armindol, pero nunca había oído hablar de tal cosa. Los cabrones parecían tan leales a su gobierno que hasta daba asco. Eso también excluía el que alguien robase los secretos de su magia. No le habría dado tiempo a secuestrar a nadie, estaría muerto. O convertido en rana, o lo que quiera que hicieran esos jodidos brujos.
También podrían ser imitadores muy hábiles. U otros magos. Pero esa magia no existía en el mundo desde hacía siglos. Los únicos que quedaban con ella eran los armindol, que como empezaron a surgir cuando la magia desaparecía, pudieron conservarla. Eso nunca tuvo sentido en su cabeza, pero era lo único que se sabía. La lealtad armindol otra vez. Jamás revelarían sus secretos. En parte, por eso eran tan poderosos.
Así pues, qué quedaba? Creyentes? No eran tan listos en general. Si los guerreros escuchasen de vez en cuando a los otros, los listos, quizá, pero entonces serían casi renegados.
Piratas? Ese absurdo rumor de que nadie podía llegar navegando al Norte había alejado a muchos navegantes, pero los piratas seguían llegando. No solían abrir mucho la boca cuando se iban, porque si armindol se enteraba de que los ponían en ridículo, se encargaría de silenciarlos con celeridad. Pero era bastante plausible. Quizá fueran sharmajadíes, o berenitas. Incluso de más allá, de Malindor o Bathuseim. No explicaba del todo el motivo del secuestro, pero era mejor, mucho mejor que ser secuestrado por armindol.
 Los pensamientos de Sander se vieron interrumpidos por unas voces cantarinas.
- Empezamos ya? – dijo una de las voces, con un tono deseoso. El ominoso eco le confirmó que estaba en una cueva.
- Mejor será. Voy a por las herramientas. Tú prepáralo – Oyó sus pasos alejarse. Pero otro par se acercaba, casi con impaciencia. Se paró enfrente de él. Notó su respiración acelerada. Trató con controlarla con una inspiración larga, seguida de una expiración calmada. Y luego de un rato que pareció eterno, le quitó el saco.
Ante sus ojos, una cara con unos rasgos pálidos y finos, sonreía. Pero no sus ojos. No. Sus ojos decían que iba a disfrutar mucho con cada hueso partido.
- Cómo te llamas?- Preguntó dulcemente. No obtuvo respuesta. Sólo una mirada de horror y súbita comprensión. Eran armindol, sin duda.
- Cómo te llamas? – volvió a preguntar. Sander siguió sin contestar – Tanto miedo tienes? No debes tenernos miedo. Sólo venimos a darte un reproche, no un castigo. Mira, para que veas mi buena fe. Me llamo Arroyo. Y el que vendrá en un momento se llama Espino. Venga, no seas aguafiestas. Cómo te llamas?
- Sander… Veintisiete… - contestó, tratando de recobrar aplomo. No lo consiguió, pero por algo se empieza.
- Vigésimo séptimo, querrás decir, no? – Sander asintió, en un gesto que pretendía ser firme, pero que recordaba más al de un niño respondiendo a la pregunta de un extraño – Vaya, es un nombre que suena importante. En fin, no nos hemos equivocado – Dándose la vuelta, de un bolsillo de su pantalón gris sacó una pastilla. Al lanzarla al suelo, se convirtió en una silla – Llegan esas herramientas o qué? – preguntó, visiblemente enfadado.
Ahora Sander podía ver. La cueva era enorme, más de lo que se había imaginado. El techo quedaba casi a oscuras. Era muy llana, antinaturalmente lisa. Mirando hacia su cuerpo, se vio sin heridas. A su cintura se extendía una especie de hilos brillantes que lo sujetaban a una prominencia del suelo, con forma de taburete, donde estaba sentado. No vio más cadenas en sus tobillos que las que unían uno con su opuesto. No tenía respaldo, pero tampoco podía moverse hacia atrás, quizá por esos hilos en la cintura.
Además, observó que tenía los brazos vendados hasta el hombro. No le dolía. Tampoco recordaba que le hubiesen dolido. O la causa de los vendajes.
 Miró al frente, y vio a Arroyo, nervioso. No dejaba de cambiar las piernas de posición, de revolverse en su silla. Sus facciones, casi de cuento de hadas, se estaban contrayendo en una mueca de impaciencia. Llevaba unos pantalones grises y un kaftán verde ricamente adornado, sujeto con un cinturón azul. Tenía una pinta un poco ridícula, pero estaba en el Norte, donde aguerridos hombres vestían de rosa fucsia. Pasaría desapercibido.
- Recuerdas cómo llegaste aquí? – preguntó de repente. Se quedó quieto, mirándolo fijamente. Ante la falta de respuesta, contestó el mismo – Aprovechamos cuando fuiste a mear después de comer. Te dormimos con un conjuro – E hizo un extraño ademán con los dedos – Luego, Espino te cargó con el hombro. Las zarzas te arañaron todos los brazos. Sangrabas como un cerdo, así que te vendamos. No queríamos que esas zarzas se llevasen la diversión – Sonrió. Y luego de una pausa, añadió – Ahora ya tienes de qué presumir. Y más que tendrás! – Soltó una risotada.
En ese momento, sonaron pasos
 – Al fin! – Tenía la cara iluminada de gozo.
De la derecha de Sander llegaba el que debía ser Espino. Alto y espigado, llevaba una túnica negra, húmeda de sangre, que lo hacía más delgado. Tenía una mirada fría, que disuadía a cualquiera de sostenérsela. Toda su actitud proyectaba la impresión de no tener un pequeño rastro de corazón.
Arroyo se había levantado. Estaba emocionado. No paraba de moverse nerviosamente, en una especie de ridículo baile en las cercanías de Espino. Éste, ignorándolo, soltó una pastilla como la su compañero, de la que surgió una mesa, mientras pulsaba una especie de botones sobre la superficie de una caja. Empezó a abrirse, desplegándose en diversos cajones, llenos de herramientas desconocidas para Sander.
Ansioso, Arroyo se inclinó para coger alguna, pero Espino le propinó una buena bofetada, mientras decía:
- Quieto. Yo preparo el material. Tú lo llevas a la mesa.
Visiblemente enojado, se levantó repentinamente y se acercó a paso ligero hacia Sander. Se agachó a su lado, pulsó algún botón o palanca en el lateral del promontorio y los hilos de su cintura se liberaron. Aprovechó para escapar, pero nada más levantarse, se quedó paralizado. A punto estuvo de desplomarse, pero el armindol lo sujetó por la atadura de las muñecas, que le dolió inmensamente.
- Mientras lleves puesto nuestras ataduras – dijo, con disfrute – No escaparás.
Con una fuerza inhumana, se echó al bárbaro al hombro. De dónde sacaría la fuerza alguien tan bajito?
Sin ninguna delicadeza, puso a Sander encima de la mesa, boca arriba. Sus brazos se movieron solo, con dificultad, hacia las esquinas. El tiempo que duró el proceso fue doloroso, porque sacar sus brazos de debajo de su espalda no es cosa fácil. En el caso de los pies, fue más fácil: la cadena que unía los tobillos desapareció y en su lugar aparecieron otras dos cadenas de las esquinas. Al final, ocurrió lo mismo con sus muñecas.
Inmóvil, observó cómo los hombres  cuchicheaban y unían piezas para formar horrorosas herramientas, según veía en las sombras. En ese momento se dio cuenta de que no sabía de dónde salía la luz, pero ahí estaba. Veía como a plena luz del día. Y no se había dado cuenta hasta ahora. Qué clase de brujería era ésa?
En ese momento, vio una sombra a su derecha, en el lado contrario dónde estaban los armindol. Llevaba la ropa hecha girones, pero la cara apenas se le veía, con la penumbra. Era bajito, y llevaba una melenita descuidada.
Empezó a inspeccionar las cadenas de los tobillos. Sander quiso preguntarle qué hacía, pero antes de despegar los labios, tenía un dedo del extraño sobre su boca.
- Calla – susurró casi imperceptiblemente – Te sacaré de aquí. Sólo calla.
Asintió suavemente. El extraño se retiró, a seguir manoseando las cadenas. Miró a la derecha y vio que los armindol seguían en su mundo, montando instrumentos de pesadilla. De repente, al pensar en su rescatador, sintió algo raro. Su cara. Qué cara tenía? Porque tendría que tener una cara, de eso estaba seguro. Peor no podía recordarla. Un poco más, y casi ni recordaba el resto de su figura. Qué pasaba?
En ese preciso instante, se dio cuenta de que se había llevado la mano a la barbilla. Probó con el resto de miembros. Libre.
Se movió un poco y notó algo duro. Una daga. Ese extraño había estado en todo. Suponiendo que hubiera sido real. Ahora lo dudaba. Apartó esas ideas tan extrañas de su cabeza. Había que salir. Tenía una misión que cumplir.
Ágil, se levantó, saltó hacia Espino y le clavó la daga en el cuello. Ambos pusieron cara de sorpresa.  Inmediatamente, sacó la daga del cuello y se dirigió hacia Arroyo. Pero éste estaba preparado, y embistió al bárbaro con un rodillo lleno de espinas que tenía en la mano. Se agachó, rodó y cortó la pierna con la daga. Arroyo gritó de dolor y cayó.
Sander se levantó, para en un instante abalanzarse sobre Arroyo y acabar con él, pero Espino, no tan muerto como creía, le lanzó un objeto cúbico a la cabeza, derribándolo. Tardó un instante en recobrar de todo el sentido y comenzar a levantarse, pero cuando quiso comenzar, Arroyo estaba encima de él.
Forcejearon mientras Espino se erguía, lentamente. Qué les darían a estos armindol que todo lo aguantaban? Y de repente, Espino se desplomó con un ruido seco. No pudo ver quién era, pues Arroyo le impedía ver mucho. Pero, cuando se quiso dar cuenta, éste dejo de hacer fuerza y desplomó, sin vida, sobre él.
Cuando se deshizo del cuerpo inerme de Arroyo, vio a un desconocido, que le sonaba horriblemente, con una piedra ensangrentada en la mano. La extraña figura se le acercó y le extendió una mano. Sander la agarró y, con la ayuda de su salvador, se levantó. Ni siquiera había vacilado en dársela. Que puñetas pasaba? Si no lo conocía de nada! Iba en contra de todos sus principios de guerrero, líder y norteño. Quiso preguntar el porqué de todo, pero el extraño le puso un dedo en los labios, callándolo.
- Sígueme si quieres salir de aquí – dijo. Y se puso en camino, pasando al lado de Sander. Y, contraviniendo todo instinto de su cuerpo, lo siguió.
Llegaron a la salida. Estaba amaneciendo. Eso significaba casi un día entero fuera. Puede que más. Dónde estarían sus compañeros? Veía pinos y algún castaño. Debía ser Grandik. Bueno, no estaban muy lejos.
- Un gracias estaría bien – comentó el extraño. Sander se giró hacia él. No supo qué decir.
- De hecho – siguió Cleptómano – me debes dos.
- Dos? Cómo que dos? – preguntó, extrañado. Acaso… No, no podía ser.
- Una, la mesa. La otra, deshacerme de esos dos armindol. Y no es para menos – dijo mientras se sentaba en el campo – Me jugué mucho ayudándote. Más de lo que imaginas.
- Pero, no pudiste ser tú el de la mesa… No os parecíais en nada!
- Uffff – resopló – Siempre me pasa igual… - Se levantó – Bueno, he de seguir mi camino. Dime al menos qué te querían
- Dijeron no sé qué de un castigo… - Al momento, se dio cuenta de una cosa – Espera! No serás tú… Estooo… Receptáculo?
- Cleptómano
- Eso!
- Y?
- No te dijo nadie que al Norte te esperaba alguien para guiarte en tu misión?
- Sí…
- Pues somos nosotros.
- Nosotros?
- Mis hombres, mujeres, y yo. Te los presentaré.
- Alto, alto, alto! Yo no me muevo de aquí hasta que me lo expliques.
- Verás, se nos contrató para proteger a un tal Cleptómano hacia Hülle, a una cueva. Nos dijeron que él era la Llave. Y que tenía una cara que nunca habíamos visto. Hace unas semanas, encontramos a alguien así al pie de las montañas Umbrías. Pero se ve que nos equivocamos.
- Y tanto! En fin… Si es lo que ella quiere… Cuántos sois? – “Llave?”, pensó. “Esa bruja está llena de secretos. Al menos, me manda escolta.”
- Nueve, contándome a mí.
- Bien. Tienes mucha gente que presentarme.
Y se encaminaron hacia Grandik.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Cleptómano XIX

Las montañas Umbrías, las más altas de un continente entero, son la frontera natural entre el Cruce y el Norte. Existe un paso, bastante angosto, que las permite cruzar, después de semanas de duras caminatas y frío glacial. Sin olvidar los animales salvajes, que, por alguna razón, están sedientos de sangre. Por eso es un paso poco transitado. Sin embargo, en su cara norte, justo al pie de éste, tres figuras embozadas en el negro más negro imaginado por un humanoide, esperan.
            - Con este frío, acabaré por perder mi nariz! – exclamó la figura de la derecha. Una prominente nariz de la que colgaba un bigote era lo único que destacaba en su cara de tan abrigado que iba.
            - Y aquella vez, en el lago de helado de Blodsvt? – le replicó la figura central. Alta, aunque no tanto como la de la izquierda, con la cabeza descubierta, revelando el pelo y los ojos castaños. – Si es que ya no sabes qué hacer para quejarte.
            - Oh, vamos, Thau! Sabes que siempre me tocan a mí estas cosas! El turno de espera en la mañana más fría del año!
            - Thaürdelssen para ti. Soy tu superior – Más serio y barbudo que en Colina Férrea, ahora se ganaba la vida en su tierra natal. Ser segundo al mando de unos mercenarios era bastante parecido al jefe de la Guardia de un castillo: con gritar más que ellos solía ser suficiente.
            - Oh, tío…
            - Ni una palabra más, Vashtudyk, o te pongo a cavar letrinas – amenazó el antaño soldado con un índice bien rígido.
            - Vale! Vale! – accedió el mercenario, con las manos en alto. De un manotazo, Thau le quitó la capucha, enseñando su pelo rojizo corto y unos ojos azules. Volviéndosela a subir, aunque no mucho, comenzó a murmurar cosas sobre la mala compañía que siempre le tocaba y añorar los tiempos en los que sólo viajaba con su esposa y el poco frío que pasaba con ella.
            Esperaron durante horas, dando paseítos cortos, sin perder de vista el paso. Sólo existía el ruido de la naturaleza y las quejas de Vashtudyk, que versaban sobre lo difícil que era comer bien siendo mercenario, pero claro, la paga era buena, y la estabilidad laboral tampoco era algo nada desdeñable, aunque fluctuase según la estación y la economía interna. La gente se pelea menos cuando hay poco dinero, irónicamente, reflexionaba. Si hay una pelea en alguna taberna o pueblo, y ese lugar se reconstruye, el que ya hubiera poco dinero, condicionaba pagas más exiguas, pues sus principales contratadores eran taberneros. O en menos que saquear, pues también eran las principales víctimas, junto con los tenderos y vendedores. Eso implicaba, a su vez, menos dinero para comida, más debilidad, y menos peleas. Este irrefutable planteamiento se vio repentinamente interrumpido por una voz femenina.
            - Vashy, cariño, menos mal que no eres el tesorero del grupo – comentó una mujer bien formada. El ejercicio regular y una buena herencia habían hecho con sus curvas lo mismo que el río con el valle. Dos dagas colgaban evidentes a ambos lado de la cadera.
            - Stjäla, te recuerdo que cuando administré nuestra aldea, tuvimos más dinero que nadie – contestó mientras abrazaba a la mujer.
            - He de recordarte que nos arruinaste al comprar un cargamento de pingüinos que resultaron ser ladrones enanos disfrazados?
            - Eh! La idea era buena. Que el mundo haya perdido sus principios no es… - Un beso de su esposa lo cayó.
            - Oh! Mirad que bonito! Es como si una urraca se enamorase de un pavo real – dijo la otra mujer, bajita, con menos curvas, pero con más sonrisas. Thau sonrió ante el comentario. Y dijo:
            - Sois vosotras el revelo para nosotros, Fjöde?
            - Sí, señor! Friska continúa, no? – preguntó, señalando a la sombra más alta. Resulta que era una mujer grande como un buey. Y uniceja.
            - Afirmativo – a pesar de los años, mantenía su estilo militar. – No se cansa. Parece hecha en piedra. – Y para contradecir las palabras de su superior, levantó la mano y la cabeza arriba.
            - Un señor pequeñito está bajando! – exclamó, con una voz como el mugido de un toro.
            - Ojalá tuviese un chico que llegase así de rápido – bromeó Fjöde.- La de tiempo libre!
            - Créeme, ese tiempo libre no merece la pena – respondió Stjäla, mirando pícaramente al bigotudo guerrero. Y éste, con la cabeza gacha, comenzó a murmurar sobre lo mucho que había cambiado todo, que ahora el trabajo del hombre estaba mal considerado. Su esposa, viendo lo que acababa de provocar, se puso a su lado, como siempre, a decirle cosas bonitas. Y se alejaron del grupo.
            - Estos dos son los más indisciplinados soldados que he visto jamás… - se resignó Thau mientras se encaminaba hacia el paso.
            - Anímese, señor – dijo Fjöde, detrás de él – Le conté aquello de cuándo era pequeña y tenía una foca de mascota? Se llamaba Rubéola y…
            Respirando hondo, aceleró el paso.

            Sander XXVII no sabía contar. De ahí su autoimpuesto nombre. Pero sabía que le faltaban hombres. Más de los que había mandado al pie de las montañas, claro. Sabía que Iockvara estaba en medio de unos arbustos, rezando a Hjör. Veía las volutas de humo aromático. Nadie sabía de qué estaba hecha esa sustancia incendiaria, salvo los propios sacerdotes, pero olía a gloria. Había visto él mismo a Iockvara recoger ciertas plantas para preparar tal sustancia, y a pesar de ello, no las identificaba en el olor. Tenía que ser algo. Pis de gamusino o algo así.
            Sabía además que Mys dormía en su tienda. Aunque aquella palabra podría ser excesiva para lo que hacía él ahí dentro. Realmente, sólo estaba tumbado, casi sin respirar, meditando. Nada mucho más allá de lo que solía hacer de pie. Salvo que de pie a veces hablaba. Pocas, pero lo hacía. Y de esas, sólo se le entendía la mitad.
            Así pues, faltaba Rïmedel. Quería pensar que nadaba buscando algo para confeccionar sus remedios, y no que había olido problemas y se había escondido. Sus desapariciones solían significar malas noticias en un futuro inmediato. O aún peor, malas noticias en un presente inmediato. Eso lo inquietó un poco. Recordó aquella vez, en Jonfrinheim, cuando en medio del mercado, el médico se había esfumado y una legión entera de fanáticos norteños los había atacado con horcas, antorchas, espadas y lenguas afiladas. Su compañía se había abierto paso gracias a espadazos entre las llamas y los “hijos de puta” hasta salir de la ciudad, donde se encontraron a Rïmedel, corriendo como si saliera del infierno. Después de ello, Iockvara hizo penitencia ante Hlülla, con ayuno y vigilia durante un mes. Vashtudyk y su esposa rezaron todas las noches de ese mismo mes. El resto callaron.
            Al volver a la realidad, Sander alzó la cabeza, con un pequeño sobresalto. Rïmedel estaba clasificando hierbas, mientras Iockvara se estaba acercando. Buena señal. Suspiró y se acercó a sus subordinados.
            - Cómo ha ido hoy, Rïm?
            - Capitán – dijo al tiempo que se giraba y se levantaba, serio – No me vuelva a llamar… - Una mirada de Sander le hizo recordar su descendencia, a medio camino entre alimañas y gallinas – Ha ido bien, capitán. Tendremos remedios para casi todo, excepto para la afosis columpiante, pero no estamos en Yag, así que nos da un poco igual. Y… llámame como quiera, por favor – Sin añadir nada más, volvió, sudando, a sus labores.
            - Buen trabajo – comentó, monocorde – Iockvara, puedo charlar contigo?
            - Por supuesto, capitán – contestó obediente. Sander consultaba al hombre piadoso por su sensatez. Y porque Thau no estaba cerca.
            Caminaron brevemente, rodeando un pequeño montículo. En cuanto lo perdieron de vista, se pararon.
            - No crees que tardan mucho? – preguntó Sander, preocupado.
            - Usted debería saberlo, capitán – contestó, sin ningún cambio en su rostro.
            - Ya, ya. No me vengas con monsergas! – exclamaba mientras gesticulaba – Necesito una opinión, no un discurso, demonios!
            - Sé que está nervioso, pero este es el trabajo más sencillo que hemos hecho en los últimos cinco años. Tiene que salir bien. O no se acuerdo de aquél de Wysmir?
            - Complejo de narices, sí. Pero yo iba en la partida principal. Si no llega a ser por mi idea de tirarles encima aquél árbol estaríamos muertos.
            - Tiene razón, capitán – Pero todos sabían que el capitán había corrido y corrido hasta que no tenía dónde escapar. Cuando no pudo escapar, trepó. Y como no lo podían alcanzar, cortaron el árbol. Por un milagro del cielo, el peso de Sander hizo que el árbol cayera justo para aplastar a sus enemigos – Sin embargo, tienen a los Tres con ellos.
            - Espero que tengas razón. De todos modos, si antes de que caiga el sol no aparecen, iremos a buscarlos. Ese relevo está tardando demasiado. – Mirando hacia el campamento, añadió – Volvamos.
            - Como usted ordene, capitán.
            Se encaminaron, lentamente, hacia dónde habían dejado a Mys y Rïmedel. Ninguno abrió la boca. Pero en las cercanías, abrieron mucho los ojos, al ver al curandero correr, en silencio, con todas sus plantas bien agarradas, en dirección al bosque. Aquello sólo significaba malas noticias. Para todos. Una breve mirada de espanto entre ambos hombres bastó para que se encaminasen corriendo al campamento. Mys los esperaba allí, erguido, observando al este.
            - Mys! Qué ocurre? – exigió saber Sander. Pero no obtuvo respuesta. Sólo el desenvainar de la Espiral de la Muerte (N del T: era un muelle. Así es, un muelle. He investigado todas las fuentes de la época, y algunas algo posteriores al siglo VII de la Caída, y, aunque no he encontrado expresamente que sea un muelle, las descripciones coinciden con uno, atado a un palo. Esta omisión es probablemente debida a que sólo Armindol tenía el concepto de muelle, y ningún documento suyo menciona a Mys, cosa extraña. En cuanto a la forma y lugar dónde lo encontró, probablemente hubiera llegado a alguna playa, fruto de la deriva). Tragaron saliva. Eso eran problemas muy gordos.
            Desde el este empezaron a perfilarse siluetas. Con el sol de cara, era difícil saber cuántos eran.
            - Subid al montículo – ordenó el capitán. Acto seguido, estaban en su cima.
            Ya no tenían el sol tan de frente, y vieron a su enemigo. Casi una veintena de guerreros norteños iban hacia ellos, en busca de pelea. Amarillo y rosa eran los colores más predominantes de las pieles que cubrían una pequeña porción de su anatomía. No dejaban mucho a la imaginación. Ni a la protección. Aun así, eran demasiados, hasta para Mys. Tendrían que aguantar.
            - Capitán. Aguantaremos? – preguntó Iockvara – No nos han pillado en buen momento para una cacería religiosa.
            - Tendremos que hacerlo. No hay lugar a dónde ir.
            Los bárbaros los habían localizado, y corrían en pos. Sander e Iockvara cogieron sus armas y esperaron. Mys ni se movió.

            Thau corría a la cabeza del equipo, seguido por Vashtudyk, Stjäla y Fjöde. Unos pasos más atrás iba Friska, que llevaba, como si de un saco se tratase, al pobre hombre rescatado de las montañas. Estaba inconsciente y severamente consumido, pero había cosas más urgentes ahora.
            - Podrías decirnos al menos por qué corremos tanto, no? –dijo, entrecortadamente, Fjöde – Y a quién acerté con la flecha?
            - No te fijaste en sus ropas? Maldita sea, era un norteño! – exclamó Vashy – Demonios, niña! Uno de los más creyentes de todos!
            - Oye, sólo he visto un par de inviernos menos que tú! Además…
            - Callad! Era sólo un pequeño espía. Es el capitán quién nos tiene que preocupar.
            - Pero como puedes saberlo, Thau – quiso saber Stjäla.
            - Sólo hay un camino para llegar al pie de las montañas. Y nuestro campamento está en medio.
            - Aún así… - comenzó a hablar Fjöde
            - Demonios! Aunque no haya tenido tiempo de avisar, los verán. Y matarán! Sólo hay un tipo de norteño por aquí. Los desertores! Y ese el peor tipo de renegado! Tenemos que apurar, joder!
            Corriendo como si les persiguieran lobos feroces, llegaron al pie del montículo, a las espaldas de sus tres compañeros. Se pararon. A una señal de Thau, Fjöde subió el monte, arco cargado. A varias palabras sencillas y lentas, consiguieron hacer entender a Friska que tenía que ocultar al hombre entre aquéllos arbustos.
            La sorpresa fue mayúscula cuando Sander, Mys e Iockvara vieron a varios norteños caer por una ráfaga de flechas. Sólo una persona podía lanzar una salva que diese en tantos blancos. Se giraron para ver a Fjöde celebrar el impacto múltiple. El capitán y el hombre santo compartieron una mirada de alivio. Iban a hacer lo mismo con Mys, pero cuando se dieron cuenta, estaba matando norteños. Ni uno sólo le tocaba, y cada vez que movía su Espiral de la Muerte, uno caía. Cuando el resto del grupo llegaba, lo único que pudieron hacer fue cortar la retirada a unos pocos guerreros. Cuando ya casi no quedaba luz, mataron al último.
            Volvieron lentamente al campamento, salvo Iockvara. Iba a darles a los cadáveres la sepultura ritual del norte. Incineración y un breve rezo a los Tres porque sus almas alcanzaran la Tierra de la Batalla Eterna. Vashtudyk no paraba de quejarse de lo mucho que le dolían las piernas. Él no estaba hecho para correr, decía. Necesitaba guardar su fuerza para el hacha. Porque un hacha bien afilada y con fuerza desmembraba y mataba de un tajo, pero cansado, apenas arañaba, y claro, necesitaba todo lo que pudiera, que no se le tenía en cuenta con las estrategias, como siempre, no era nada nuevo, pero no se cansaba de repetir que… Stjäla lo cayó con un beso. Todos suspiraron de alivio.
            Como si nada hubiera pasado, Rïmedel estaba en el campamento, ordenando hierbas. Levantó la cabeza y los saludó a medida que se encaminaban a sus tiendas. Recibió un leve movimiento de la pareja, un saludo muy efusivo de Fjöde, un abrazo aplasta pechos de Friska y la más absoluta indiferencia de Mys. Thau y Sander se sentaron cerca para hablar sobre el día. El segundo al mando habló, explicando con pelos y señales cómo había ido el día. La luna y el humo de la pira iban subiendo a medida que seguía su relato que contaba, minuto a minuto, la misión. Mientras desgranaba frases de cada uno y los turnos de las guardias, Stjäla y Vashy habían ido a rezar con Iockvara, y los tres habían vuelto, cabizbajos. Hasta Rïmedel había acabado ya de componer sus hierbas. Era medianoche cuando Thau a la parte que ambos conocían.
            - … Entonces ordené a Fjöde que subiera y…
            - Muy bien, Thau. Para, esa parte la conozco ya. Cómo está nuestro objetivo? – El preguntado puso cara de extrañeza. Y luego levantó una cara con unos ojos abiertos de par en par. Ojos que contagiaron a su capitán. Ambos exclamaron:
            - OH, MIERDA!          
            Salieron corriendo el monte. Lo rodearon, buscando los arbustos.
            - Son aquéllos, capitán! – avisó Thau, señalando.
            Echaron una última carrera. Allí seguía, inconsciente, el hombre. Lo llevaron al campamento., despertaron a Rïmedel para que se encargara de él y ambos se metieron en cama, por fin.

            En las montañas Umbrías, a muchos, muchos codos de altura, Cleptómano dormía dentro de una pequeña grieta.