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lunes, 10 de junio de 2013

Cleptómano XVIII

- Papá! Papá! Dónde estás?
- Dónde me dejaste la última vez, hijo.
- Es que tu nieto…
- Supongo que no querrá dormirse sin una historia, no?
- Es que lo tienes enganchado.
- No como otro, que se quedó traumatizado…
- Pero es que a quién se le ocurre contar esas cosas a un crío de 6 años!
- Bueno, tu retoño tiene otra opinión.
- Avalon siempre fue un chico especial.
- No confundas rareza con buen gusto!
- Lo que tú digas. Irás?
- No dejaré a mi nieto sin historias!
Sube las escaleras despacio, la edad ya no le perdona. Piensa para sí que mejor que no le perdone las rodillas o la espalda, pero sí el cerebro. Mientras se dirige a la habitación de su nieto, va armando la historia. Pero es complicado, está en un punto delicado. Llega a la puerta del cuarto, con la historia mediada. Tendrá que improvisar.
- Alguien pidió una historia?
- Abuelo! – Se abrazan – Me seguirás contando historias de Cleptómano? Está muy interesante!
- No, hoy te contaré como conocí a tu abuela.
- Pero eso es un rollo! Yo quiero saber cómo Cleptómano cumple su destino!
- Está bien, está bien. Pero déjame hacer memoria. Ocurrió hace mucho, y mis facultades no son las de antes.
- Oh, abuelo! No te tomes el pelo. No soy tonto, sé que esa historia es pura fantasía.
- Eso me convertiría en un mentiroso, no crees? Y yo nunca te he mentido!
- Y aquella vez que me dijiste que rescataste a la abuela de un clan ninja de nazis-comunistas comandados por un pulpo terrorista que…
- Eso no era mentira! Verás, aquélla mañana volví a casa más temprano de lo normal. Extrañado, porque había demasiado silencio, fui a nuestro cuarto y… Sorpresa! No estaba tu abuela. En su lugar, una nota, firmada por el barón Von Ocktopussen, me pedía que…
- Céntrate, abuelo!
- Lo siento, ya empiezo a chochear.
- No digas tonterías! Cuéntame la historia, anda.
 -No sé si la recordaré como es debido. Antes tenía una memoria prodigiosa: en un pestañeo memorizaba cada uno de los objetos de una habitación y los enumeraba en orden alfabético. Pero ahora… Bien, creo que ésta empezaba tal que así: “Jon el Bardo había cogido por los pelos el carruaje que lo llevaría al puesto de los guard…”
- No te hagas el tonto! Quiero que me cuentes una historia de Cleptómano. Qué pinta Jon el bardo que no sabía cantar pero follaba igual aquí?
- Niño! Cómo sabes tú eso?
- Te encontré la historia por internet. Qué es eso de que follaba?
- Que tenía… mucho éxito con sus conciertos. Eso es.
- Y cómo lo hacía si no sabía cantar? Era mago?
- Algo parecido. Tenía un gran carisma, que es un tipo de encanto. Un encantamiento crónico.
- Aaaaaah. Pues de mayor quiero ser como él!
- Tú y todos. Bueno, sigamos: “Jon el Bard…”
- Que no! Que te dije Cleptóm…!”
- Cállate, mocoso! Pesado, que eres un pesado. Si me dejas continuar, verás cómo es de Cleptómano. Estamos?
- Estamos.
- Ahora, déjame hablar: “Jon el Bardo había cogido por los pelos el carruaje que lo llevaría al puesto de los guardas a la entrada de la Fragua de Sombras. Poco a poco habían empezado a restaurarla, pero su antigua magnificencia se hallaba sólo en la mente de aquellos que la habían visto antes de la Incineración. Ahora era sólo un bosque grande sin el Padre; una sombra de lo que había sido, dicho de una forma un tanto poética. Había guardas para evitar que tal accidente volviera a ocurrir. Aunque como era un empleo de creación muy reciente, no sabían muy bien lo que hacer, así que se dedicaban a beber vino y evitar el paso de hachas y antorchas. Claro que eso suponía un problema por la noche, cuando no veías al compañero que viajaba a tu lado. Así que cruzarlo era cuestión de semanas. Y un refugio excelente para los fugitivos. Aun así, los guardas estaban muy orgullosos de su trabajo, a pesar de que eran la zona con más asesinatos por jornada de todo el Cruce.
            >>”Volviendo a Jon… éste… ehm…. Bueno… Por dónde iba?
- Se dirigía a la Fragua en un carruaje.
- Ah! Sí? Ah! Si! Verás, él lo llamaba carruaje, pero no era más que un carro lleno de paja tirado por un caballo de un campesino que pasaba por allí. Y se dirigía hacia la Fragua porque le habían comentado que un burd… Una posada cercana organizaba un concurso de canciones. Él quería aprovechar y… componer una hermosa canción sobre la historia del bosque naciente y ganarse el respeto y la admiración del público. Y de las damiselas, por supuesto. De momento sólo tenía un par de versos, bastante pobres, pero prometedores.
- Y cómo decían, abuelo?
- No lo recuerdo. Y deja de interrumpir! Volviendo al cuento, Jon estaba embobado, perdido en su mundo de versos y tet… rimas. Tan hundido estaba que no prestaba atención al traqueteo del carro, o al cantar de los pájaros. Hasta que el carro paró en seco, arrebatándole todos sus sueños.
>> Le gritó al conductor, pidiéndole explicaciones de por qué se habían parado, y sólo señaló hacia adelante: lo que parecía un hombre se hallaba tirado en medio del camino, cubierto de barro, sangre, y harapos. Ambos bajaron a verlo con más detenimiento. Parecía desmayado. Debía estar desmayado, pues aún respiraba. Inmediatamente, Jon se apiadó de él. Nunca había llegado a estados tan extremos, pero sí en sus huidas de… fans descontentos, había acabado realmente mal. De hecho, sólo seguía vivo porque era un tipo muy rápido. Así que lo que cogió en brazos y lo subió al carro. En seguida, el carretero elevó la voz:
>>- Oiga usted! No me suba a vagabundos a mi carro!
>>- Este hombre puede morir si no lo ayudamos! Es que no tiene piedad?
>>- Lo que no quiero tener es mala gente en mi carro.
>>- Le pagaré el doble al llegar, pero él se vendrá con nosotros.
>>- Está bien- Contestó a regañadientes- Pero pase lo que pase, es responsabilidad suya.
- Qué fácil se dejó convencer el carretero, no?
- Ya te dije que el mayor poder de Jon era su encanto.
- Pero si no hizo nada! Sólo hablar con él. Y de una forma muy sosa
- El encanto está en sus gestos, la forma de articular las palabras…
- Pues no has dicho nada sobre eso!
- Está bien, la próxima vez, te lo indicaré. Ahora, déjame seguir: “ Veamos… ah! Jon le dio agua al moribundo. En una parada, cerca de un río, lo lavó como buenamente pudo. Al verlo libre de mugre, se dio cuenta de que su cara le sonaba mucho, pero estaba seguro de no haberlo visto nunca antes en su vida. Es más, algo le decía que podía olvidar esa cara fácilmente. Sin embargo, en seguida desechó tales pensamientos y lo devolvió a la carreta, dónde le había hecho un colchón de paja. Ese hombre llevaba mucho tiempo a la intemperie, solo y sin comida. Necesitaría mucho que descansar.”
- Ese hombre era Cleptómano, a que si?
- Pareces muy seguro. Deja que la propia historia te de la respuesta, eh?
- Vaaaaale
- Sigamos: “Al día siguiente, llegaron a una villa, a unos pocos días de distancia del put... de la posada. Creo recordar que se llama “Dragones Calientes”. O quizá “Zumo de Limón”. No lo tengo muy claro, aquélla gente siempre fue muy rara con los nombres. Bueno, me refiero a la posada, no a la villa. Las villas no tienen nombre, salvo que sean de un noble muy rico, y el dueño de ésta ni era noble, ni era rico. Era más bien un señor que se creía astuto por ampliar su terreno por tierras sin dueño. Claro, eso hacía la mitad de la propiedad estuviera sin usar, y la otra mitad, estaba todo lo bien aprovechada que puede estar un terreno manejado por una familia de cuatro miembros, tres ellos mujeres.”
>>”Volviendo a Jon, éste había estado cuidando del vagabundo toda la noche, lo había tapado con sus ropas y le había dado de beber como buenamente había podido. Tenía ya mejor cuerpo, pero necesitaba reposo. Reposo que, esperaba, le darían en la villa. Y el llegaría a tiempo para el concurso”
>>”Sin embargo, al hablar con el villano, descubrió que el adjetivo le venía al pelo: No se iban a quedar con el enfermo, puesto que no lo conocían y no eran unas Hermanas Caritativas.
- Abuelo.
- Ya me parecía a mí que me estabas dejando hablar mucho. Dime.
- Qué son las Hermanas Caritativas? Nunca hablaste de ellas.
- Una parte del Dogma de los Nueve que se dedica a cuidar enfermos.
- No tenían médicos? Cómo se curaban entonces?
- No, no tenían. Se curaban por una combinación de suerte y fortaleza física. Era un mundo duro.
- Debía de serlo, sí.
- Si no me vuelves a interrumpir, seguiré.
- Abuelo.
- Qué.
- Los Capas aún seguían existiendo, verdad?
- Te he dicho lo contrario?
- No.
- Entonces es que sí.
- Peroperoperopero… Hace un montón que no salen!
- Pues porque son gente ocupada! Me dejas seguir?
- Si…
- Bien, bien: “El dilema estaba en que el carretero le había dicho que no se podía detener, que quería llegar cuanto antes al put… a la posada, dónde le esperaban su mujer y su hija. Hacía mucho tiempo que no veía a su mujer ni a su hija. Así que, por un lado, su vertiente de buena persona le decía de quedarse con su recién encontrado inválido, pues estaba seguro de que no llegaría al siguiente lugar habitado, y mucho menos a la posada, y por el otro, su lado competitivo y orgulloso que quería llegar a su destino, ganarlos a todos, quedarse con el dinero, las mujeres y la fama. Sobre todo las mujeres.”
- A ese bardo le gustaban demasiado las mujeres, no, abuelo?
- Pues si. Su carisma y su física las volvía loquitas.
- Y por qué querrías volver a una mujer “loquita”?
- Bueno… las mujeres hacen cosas por ti. Cosas que de otro modo no.
- Aunque cantes fatal?
- Aunque cantes fatal.
- Pues el lunes en el cole las volveré a todas loquitas para que me hagan los ejercicios de lengua!
El abuelo casi se atraganta y se puso a toser con furia. Unas palmaditas en la espalda, cortesía de su nieto, pusieron las cosas en su sitio.
- Vamos a seguir, que si no, no te duermes nunca: “Al final, Jon decidió quedarse. Una fuerza de peso en su decisión fue que el carretero se fue mientras él daba una vuelta para aclararse las ideas, dejando al pobre moribundo en el suelo. Maldiciendo cada rama de su árbol genealógico, comunicó la situación a sus hospedadores. Le dieron a Clept…”
- Ah! Te pillé! Sí que es Cleptómano!
- No, niño, no me has pillado, que no he dicho nada.
- Pero si estoy seguro que ibas a decir…
- Que iba a decir qué? Eh? Soy un hombre mayor, me confundo a menudo!
- Vale, vale. Perdona.
- Así me gusta. Prosigamos: “Le dieron al moribundo una habitación enorme y cómoda. Todos los días, la hija mayor, Cler, lo lavaba, le cambiaba los paños húmedos y lo alimentaba con sopas calientes. Tratos mejores a un enfermo sólo se les fue dado a los grandes reyes de la antigüedad. Claro que no todo era un camino de rosas. Jon tenía que trabajar de sol a sol para pagar la estancia a su desconocido amigo. El villano era un villano roñoso. Hasta su nombre inspiraba desconfianza: Demrstök, que en la lengua bárbara de los norteños quiere decir "zarigüeya". Cada hierba segada y cada col plantada hacía que mirase al horizonte y pensase, con nostalgia, en lo que se estaría perdiendo al no poder ir a la posada, pues él era hombre de canción, de amor, de competición! Pero tampoco quería dejar al pobre hombre sólo. Él había estado en situaciones parecidas, sabía lo que se sufría. Y tampoco tenía transporte. Esperaría a que ese hombre despertase y luego ya decidiría qué hacer.”
>>”Realmente, Jon no había estado así ni de lejos. Pero siendo como era un vivalavirgen y cobarde, aprovechaba para compensar sus actos con unos un poco mejores. Por eso se había unido a Gaïne Vainilla en su loca empresa. Por eso hacia ahora esto. Aunque nunca lo admitiría delante de nadie. Quizá porque tampoco lo admitía ni a él mismo. Tampoco su fuerte era la introspección”
- Abuelo, que es un vivalavirgen?
-Pues es un señor muy religioso. Y ni una palabra más. Déjame seguir!
>>” Mientras que Jon se afanaba en tener la mente en la tierra y en otros menesteres más apetecibles, el hombre soñaba. Qué soñaba? No lo sé. Él no lo recuerda. Al menos, nunca me lo llegó a contar. Quizá soñó con toda su vida pasada, quizá soñó otra vida, la que el querría. O inventó mundos innombrables, con terrores innombrables y alegrías innombrables. Ni idea. Él se llevó su secreto a la tumba.”
>>”Al final, los sueños comenzaron a dar paso a formas nebulosas. Porque es lo que siempre pasa cuando se acaban los sueños. Imágenes inconexas comenzaron a surgir. Hasta que se impuso la realidad. Estaba hambriento. Y no sabía dónde. Una sábana hecha de pieles caras. Una habitación hecha de piedra completamente de piedra pulida y exquisitamente trabajada, que gozaba de una chimenea y muebles de madera finamente tallados. O se había vuelto rico de sopetón o se había muerto y aquello era el cielo. Se miró. Estaba vestido de seda. Con muchas magulladuras, por lo que pudo comprobar. Y dolían a rabiar. No, debía de haberse vuelto rico de sopetón.”
>>”De repente, en la puerta, se dio cuenta de que una moza lo estaba mirando con los ojos muy abiertos. Dejó caer la bandeja con un cuenco, armando un gran estruendo, y salió corriendo, gritando como una condenada. Al cabo de un pequeño rato, personas que no conocía de nada estaban enfrente a él, tratando de hablarle como si fuera subnormal. Pero en una esquina, descolgado del cuadro, vio a Jon. Lo recordaba, oh, sí. De hacía cientos de años, cuando ni brujas ni piratas habían tratado de jugar con su vida y destino. Quería saludarlo, abrazarlo, alegrarse… No lo hizo por dos razones: la primera, que ni podía hablar, ni moverse ni nada. La segunda, que no se acordaría de su cara.”
- Ves! Te dije que era Cleptómano!
- Bueno, de momento parece que tienes razón. Veamos si es verdad: “Cuando reparó en ese pensamiento, se fue a tocar la cara. Estaba vendada. Para sus adentros, sonrió. Quizá tuviese cicatrices. Quizá podría volver a desaparecer.
>> “- No se preocupe, señor – dijo una de las chicas, la más bajita, al ver que se tocaba – Realmente la cara estaba casi intacta. Se la vendamos para mantenerlo sujeto  y poder alimentarlo de forma más sencilla. Pero se la quito ahora.”
>> Un ademán brusco detuvo a la chica en seco. Su corazón estaba partido. Debió haberlo pensado antes. Aquella bruja no lo dejaría ir tan fácilmente. Tendría que asumir que no le quedaba otra salida y cumplir esos designios que otros habían tomado para él. Indicó por gestos que quería mantener la cabeza vendada y el estómago lleno. Al cabo de un rato, una buena sopa apareció delante de él.”
>> “A medida que pasaban los días, él iba ganando fuerza. Había recuperado el habla. Comenzó a pasear por la enorme villa. Se presentó como Hazel, a quién le habían dado una paliza de muerte unos bandoleros no lejos de allí. Se le habían llevado todas sus posesiones, que no eran muchas. La mayoría recuerdos de su viuda. La señora de la casa y sus hijas enseguida se apiadaron de él. Dermstök no. Bufaba y soltaba comentarios hirientes. Era un tacaño que sólo veía en sus huéspedes una pérdida de dinero. Despreciaba al bardo, y sospechaba que se veía a escondidas con la mayor de sus hijas.”
- Porqué querría nadie verse a escondidas con una chica?
- Argh! Que te he dicho de interrumpirme?
- Sí, pero… Es que no lo entiendo!
- Y no lo entenderás, hasta que seas mayor. De momento te diré que para cantarle canciones.
- Pues sigo sin entenderlo…
- Con el tiempo lo harás, en serio. Ahora, proseguiré: “Por tod…”
- Qué es proseguir?
- Pero te callarás, niño del demonio! Oh, venga, no llores. No llores venga. Toma, un abrazo. Mejor? Perdona, es que la edad me ha ido quitando paciencia… proseguir es continuar. Contento? Puedo seguir? Si? Bien: “Por todos los medios trataba el villano villano sacar a sus huéspedes de su hogar, sin resultado aparente, pues su esposa e hijas frustraban cada intentona con mucho amor y comida. Jon ya casi no trabajaba. Y al que se hacía llamar Hazel… todo eran vendas cambiadas, arrumacos y grandes comidas para ponerse fuerte.”
>> “Hasta que un día, que Hazel caminaba por el lado este de la villa, llegó Jon con todas sus viandas, corriendo y dando gritos:”
>>”- Hazel, compadre, tenemos que irnos! Corre! Nos quiere matar! – Y pasó a su lado corriendo sin detenerse.”
>> “- Pero por qué? – preguntó, confuso. Ante la sincera duda de su compadre, Jon se detuvo, giró sobre sus talones, y con la cara pálida y ojos desorbitados, le contestó.”
>> “- El viejo me ha pillado con una de sus hijas. Y ha jurado matarnos, Hazel! Viene hacia aquí! Fue a buscar la espada familiar. Ha mandado ensillar su caballo!”
>> “ – Si no he hecho nada! Huye tú, que yo te cubro.
>> “ – Te creerás que eso le importa? Sólo quiere deshacerse de ambos!”
>>”Y ante la remota perspectiva de perder su cabeza y cabrear a Kjara, Cleptómano corrió junto con el bardo.”
- Ves? Si es que soy un chico listo!
- Si, al final la historia te da la razón.
- Y ya está?
- No, aún queda un ratito. Quieres ir a por algo de leche?
- No espero a que la acabes. Saldrá el concurso de poesía.
- Sólo hay una forma de saberlo.
- Pero dímelo, jo…
- No, no sale. En esta historia no.
- Vaya! Qué chasco! Pero me la contarás.
- Cuando la recuerde.
- Pero si estas historias te las inventas!
- Mocoso insolente! Estas historias me las contó el mismo Barbamenta antes de morir! Te atreves a cuestionar la palabra del pirata más peligroso del mundo conocido?
- Abuelo, por favor…
- Estos críos de hoy en día, sin respeto por nada ni por nadie… Pues sabes qué te digo? Que ya que es inventada, no te afectará en nada no saber el final. Adiós!
- No espera! Cuéntame más, cuéntame más!
- Para qué? Para que me interrumpas? Para que descreas la palabra del mayor pirata de todos los tiempos? Para perder mi tiempo?
- No, no. He decidido que tiene que ser verdad. Barbamenta nunca mentiría.
- Así me gusta. Continuaré, si me lo permites: “Corrieron: Cleptómano por su vida, Jon por su…vida también, pues quería conservarla cuán larga había sido hasta el momento. No mucho, pero bien aprovechada.
>>”Cleptómano no quería repetir la furia de Kjara. Ni en un millón de años. Sólo quería cumplir su misión y que lo dejara en paz. Vivir por fin.
>>”Atravesaron cuatro árboles con intención de bosque, un río lleno de ranas y una planicie enorme llena de rocas, hasta llegar a un pueblo (cuatro casas con intención de pueblo). Sin detenerse, llegaron a la posada local. Y entraron, confiando en despistar a su villano persecutor.”
>>”Se sentaron en un sitio cualquiera, pues todos estaban vacíos. Y húmedos. Pidieron cerveza. El camarero, demasiado joven como para ser el dueño – aunque lo era- les sirvió pis de caballo espumoso. Bebieron en silencio durante un buen rato.”
>>”- Y dime, cómo llegaste hasta aquí? – preguntó Jon rompiendo el silencio. Pero éste enseguida se recompuso. Tardó bastante en romperse de nuevo.”
>>”- Pues corriendo, como tú – fueron sus palabras. No quería extenderse mucho. Era el primer conocido que se encontraba. Y no lo reconocía. Antes no le importaría, ahora le sentaba fatal.”
>>” – Ya – bebió – Me refería a cuándo te encontramos.
>>” – Te expresas fatal para ser un bardo.”
>>” – Mi público piensa otra cosa – dijo con orgullo evidente.”
>>” – Pues tiene el oído en el coño.”
>>” – No ése soy yo – respondió poniendo una sonrisa pícara. Cleptómano resopló. Inaudito. Un bardo de lengua roma. Ni si quiera entretenimiento le iba a dar. Porque ya lo había escuchado cantar. Y se negaba a escucharlo de nuevo. Cómo podrían aquéllas mujeres (todas) si quiera quedarse una canción? Las tetas debían taparles las orejas. Aunque pensaba que con lo ingenuas que eran en general las personas del Cruce… nada difícil para alguien con un poco de guapura y algo de saber hacer. La corriente de pensamientos se vio alterada por un portazo. Los había encontrado. Él y toda la población de los alrededores al parecer.”
>>” - Ellos son! Los mancilladores! – gritó Dermstök – Rodeadlos!”
>>”En un abrir y cerrar de ojos, estaban acorralados entre las paredes de la taberna y una decena de aldeanos furiosos con horcas, azadas, una espada buena y una ballesta. Y antorchas, a pleno día. Una muchedumbre furiosa de libro.”
>>” – Si me dejaran explicar… - trató de decir Cleptómano. Pero no pudo. Una flecha clavada cerca de su oreja le cerró la boca.
>>” – Non suelo fallar dous vecces – le advirtió. El ladrón tragó saliva.”
>>” – Antes de que hagan nada! Prendedlos! – ladró el villano. La muchedumbre de libro se miró. No era tan de libro como había parecido: no llevaban sogas.”
>>” Cleptómano enseguida se dio cuenta de ello. De una rápida patada, tiró al de su derecha. Al caer, tiró la antorcha. Y en ese momento se dieron cuenta de que la humedad de la posada sólo estaba en las mesas. El suelo estaba seco. Muy seco.”
>>”Fuego y humo aparecieron casi al instante, como por encanto. La confusión que apareció fue aprovechada por ambos compadres para escapar. Saltaron por las mesas, derribaron cada uno a los paisanos que estaban en su camino, doblados tosiendo o afanándose en escapar. Silbaron flechas por encima de la cabeza del bardo, pero no le dieron. A continuación salió por la puerta.”
>>”Cleptómano lo tenía un poco más crudo. Bueno, no crudo. Con el calor del interior se podría asar un buey entero vivo. Así que no entendía cómo  Dermstök seguía vivo. Vivo y furioso, delante de él. Los ojos inyectados en sangre decían: “El otro se habrá escapado, pero tú no.” Empezó a avanzar hacia el ladrón, y éste a retroceder. El fuego le flanqueaba la salida. No podía escapar. Quizá si era rápido, podría esquivar algún tajo, pero no creí que mucho más.”
>>” De pronto, no pudo avanzar más. Un poste. De eso que sujetan el techo para que no se caiga. Arrinconado. Se apretujó bien hacia atrás y pensó en lo enfadada que se iba a poner Kjara.”
>>” Seguido de un chasquido detrás de él, el techo se derrumbó. Escombros y toneles apastaron al villano delante de él. Bendiciendo a su suerte, o lo que fuera, Cleptómano saltó por encima de la morralla que había vencido a su enemigo y salió corriendo.”
>>” A unos metros del pueblo, le esperaba el bardo. Juntos corrieron. Detrás de ellos, el pueblo trataba de aplacar las llamas. Nadie les persiguió. Cuando la maleza comenzaba a ser más alta, se escondieron, a descansar.”
>>”- De un pelo, eh? – comentó el bardo.”
>>” – Habla por ti. A mí me fue de una astilla – Jon lo miró extrañado. Pero no dijo nada hasta que recobraron el aliento.”
>>” – Hacia dónde vas, amigo? Yo me dirijo al “Zumo de Limón”, al noroeste de aquí. Ya sabes, cerca de la Fragua. Un concurso y su premio me esperan.”
>>” – Yo voy a noreste. Lo siento amigo. Nuestros caminos se separan – trató de contener una risilla. Ya sabía el concurso, la audiencia que tendría y el premio que le darían. Qué predecible era todo – Sin embargo – añadió con una sonrisa sincera – te acompañaré un trecho.”
>>” Y así, los amigos que ya eran amigos de antes, caminaron un rato, dejando atrás el humo negro producto de su aventura. Caminaron durante una semana, hablando de nada, y sin canciones, afortunadamente. Cuando llegó el momento de la despedida. Se dieron la mano, se abrazaron y se dieron las espaldas. Nunca mñas se volvieron a ver.”
>>” Fin.”
- Jo! Pues este capítulo no me ha gustado nada! Y qué pasa con Jon? Gana su concurso? Y Cleptómano? Qué será de Cleptómano? Porque seguro que el próximo día no va de Cleptómano y aparece detrás de una puerta o algo así!
- Tranquilo, hombre!  Este es un capítulo de transición. Es normal que no sea tan bueno. Pero los siguientes sí que irán todos sobre Cleptómano. Prometido. Nos acercamos al final.
- Ah! Si?
- Sí.
- Qué bien! Pero… y Jon?
- Oh, gana, por supuesto.
- Gracias a su encantamiento?
- En efecto. Y disfrutó de su premio. Vaya que si disfrutó!
- Cuál fue? Consiguió volverlas a todas loquitas?
- Por supuesto. Ese fue su mayor premio.
- De mayor seré cómo Jon. Decidido!
- No lo dudo. No lo dudo.
- Me contarás ahora qué hace Kjara?
- No! Es tardísimo! Venga, a dormir!
- Ni peros ni peras! A dormir, que luego no puedo seguir contándote historias!
Y con estas palabras, el niño enseguida cerró los ojos, se tapó y se puso a dormir. El abuelo le apagó la luz y le cerró la puerta. Bajó al cuarto. Su hijo veía la tele.
- Al fin se ha dormido, eh?
- Sí. Es un pillastre. Como no tengáis cuidado, se os asilvestrará enseguida.
- Lo que jamás entenderé es cómo le pueden gustar tus relatos.

- Ya te lo dije. Tiene buen gusto.

lunes, 25 de marzo de 2013

Cleptómano XVII


               Todavía quedaba un poso de sueño en su mente cuando Cleptómano empezó a despertarse. Tenía esa sensación de irrealidad, de no querer abrir los ojos y seguir durmiendo. Pero el mundo de la vigilia lo llamaba, y lentamente, el ladrón llegó a él. Cuando todos sus sentidos se encendieron de nuevo, el rabillo del ojo lo avisó de movimiento. La alarma recorrió todo su cuerpo. Se había dado cuenta de que ni sabía dónde estaba, ni con quién, ni qué había hecho la noche anterior, aunque eso tenía algo que ver con un leve dolor de cabeza que amenazaba resaca. En frente suya había una pared de madera. Se giró. Un bulto se movía, con movimientos gráciles y seguros. Poco a poco iba acercándose a él. Lo mejor que podía hacer era quedarse quieto y esperar. Si cometía el error de acercarse, sacaría su cuchi… las uñas. Lo malo de estar desnudo es no poder guardar los cuchillos. Bueno, podía morderlo. O darle un empujón y correr. Si se alejaba lo suficiente no lo reconocería. Pensó mejor ese último pensamiento. Maldijo al universo. Comenzó a evaluar todas sus posibilidades, que no eran muchas (ninguna, más bien) mientras se acercaba la figura. Ya se había subido a la cama. Acercaba sus labios hacia el rostro de Cleptómano. Él sudaba a chorros. Contrajo las piernas, el cuerpo entero, dispuesto a saltar, a correr, a lo que fuera, cuando una voz femenina dijo:
- Oye, nene, quieres seguir a oscuras o abro la ventana?
            Cleptómano lo recordó todo. Cervezas, sonrisas, escaleras y sábanas. Una muy cálida sensación. Felicidad suprema. Sueño profundo.  Decidió seguir a oscuras.

            No había ser existente en el momento actual más feliz que Cleptómano. Su rostro había pasado de no tener rasgo para el resto del mundo a llevar tatuada una sempiterna sonrisa. Meses habían pasado desde Barbamenta de la diera aquel regalo. Si, regalo. Una vez llegado al Cruce y de acostumbrarse a su nuevo rostro, todo habían sido ventajas: se había acostado con mujeres sin extrañas y estúpidas consecuencias, había podido ponerse a trabajar honradamente para pagarse el viaje, había cogido carruajes, viajado con personas… Una delicia!
 El invierno había provocado un corte del camino que lleva del brazo oeste del Mordisco al Valle, por tanto, se había quedado en una granja, trabajando con el sudor de su frente. Hasta tenía una relación medio seria con la hija del granjero, una bella moza de anchas caderas y sonrosadas mejillas, como siempre se imaginó a su madre. El sol al fin brillaba en el horizonte. Metafóricamente hablando, porque con el tiempo que hacía, que no paraba de nevar, era una suerte ver algo más que blanco nuclear.
Como llegó, el invierno se fue. Cleptómano era feliz, con su chica, Didi, y sus suegros, Gordo y Felda. Aparte de coger leña y hacer pequeñas chapuzas, herraba a los caballos y fabricaba pequeños utensilios. Una vida sencilla, una vida feliz.
El tiempo seguía pasando y el futuro y pasado de Cleptómano, que ahora se hacía llamar Anth, se diluían lentamente en la humildad del trabajo y la cálida vida familiar. Ya no le dolía la traición de Barbamenta. Ya no recordaba su antigua vida de ladrón sin cara. Ya no le importaba ese viaje hacia el Valle. Lo único que quería era vivir su presente. A quién le importaban las palabras de su padre? Era feliz y punto. Su padre no tendría nada que objetar.
A veces se preguntaba por qué su nueva familia lo había aceptado tan fácilmente, sin preguntarle sobre su pasado y esas cosas. Gordo le había respondido: “Haces feliz a Didi. Trabajas bien y tienes cara de honrado. Yo no necesito más”. Cara de honrado. Cleptóman… perdón, Anth casi estalla en lágrimas. Abrazó a su suegro con fuerza y fue mejor persona que nunca.
El tiempo, como es su costumbre, no dejó de pasar. Las estaciones se sucedían. Las lunas no dejaban de alumbrar las noches, ni los soles de alumbrar el día. Tenían lo justo para comer, pues los impuestos eran altos. Había movimiento político al parecer. Pero mientras se tuvieran entre ellos y comida suficiente para pasar el invierno, todo quedaba en un segundo plano.
Que cuánto tiempo estuvo vegetando Clept… Anth? Años. Lustros. Décadas. Siglos. Bueno, siglos no. Y si me apuráis, no creo que llegase a las décadas. Eh, os estoy contando una historia, no una monografía. No seáis tan pejigueros y atended, que empieza lo bueno.

Un hermoso día primaveral. De éstos que sólo salen cuando ha dejado de llover. Anth, en su pequeña forja, donde crea tenazas, limas, sierras y alguna llave perdida, está ahora mismo dándole los últimos toques a… pongamos un pequeño hacha. Detrás de él aparece Didi, nerviosa. Él se da cuenta de que alguien está parado a su espalda. Se da la vuelta y sonríe. Le pregunta: “Qué haces aquí?” con una sonrisa dulce. Ella está colorada, y no despega su mirada del suelo. Anth reitera la pregunta, pero sigue dando largas. Le rehúye la mirada. Así que nuestro hombre le da un beso a su amada, la mira dulcemente, se gira para seguir trabajando, pero Didi lo interrumpe. Dice: “Estoy embarazada”. Se le cae el martillo encima del pie. Da gritos de dolor combinados con saltos de felicidad. Abraza a su compañera llorando
 Guardad este momento en la memoria. Cleptómano ha muerto, sólo vive Anth, un ser con rostro y una vida feliz, que no tiene trazas de acabar por ahora. Pero de las montañas siempre vienen nubes de tormenta.

Una noche de tormenta, de esas en las que sabes que algo malo va a pasar, por el camino que lleva a la granja aparece una anciana, de esas que sabes que ocultan algo. Con paso acelerado, alcanza la puerta de la casa y llama con fuerza. Se desgañita. Al cabo de un rato, abre Gordo.
- Qué quiere? – Pregunta el orondo granjero
- Soy una anciana y me he perdido – Contesta la anciana con voz temblorosa – Podría pasar aquí la noche hasta que amaine la tormenta?
- No veo inconveniente. Pero somos muy pobres. No sé…
- Tranquilícese, buen hombre – Interrumpe mientras entra en la casa, sin preocuparse por el protocolo – Le recompensaré. Ve. Tengo oro – Dice mientras enseña unas monedas.
Gordo se pone contentísimo. Por fin podrían arreglar el granero! Va corriendo a presentarle a su mujer a la invitada. Luego de unas palabras, prendada queda de la sabiduría de la anciana. Baja ahora Didi de su cuarto compartido, curiosa por saber a qué obedece tanto alboroto. Algo de barriga asoma por sus amplias ropas. La visitante, por supuesto, se da cuenta de su estado y usa sus años de experiencia: será un niño sano, libre de enfermedades. Fuerte para la granja. Guapo para las mozas. Todo un partido. Y todo esto lo sabe leyendo la palma de la mano de la agraciada, escuchando su barriga y mirando a los ojos. Una ciencia exacta, vamos.
Cuatro consejos sobre la mejor forma de plantar trigo, una lección sobre sorgo y la posibilidad de plantar grosellas aún con el clima que reina en aquella zona consiguen ganar la confianza de los habitantes. Muchas más perlas de sabiduría después, la anciana sube, lentamente, a su habitación, alegando cansancio por el viaje. Llega y lo primero que hace es mirarse en el espejo. Echa una mirada de desprecio. Aborrece su forma, pero se resigna. Ha sido útil, y debería seguirlo siendo, al menos, hasta acabar su misión. Dice unas palabras y en el espejo se materializa la imagen de Anth, con problemas de insomnio. Justo como lo quería. Murmura otras palabras y desaparece. Sale de su cuarto y en encamina al de su objetivo. Se da cuenta de que le cuesta andar, pero de forma genuina, no fingida. Cada vez le costaban más esa clase de cosas. Debía de darse prisa.
Entró sin, más, en la habitación:
- Cleptómano! – Susurró con fuerza. Y el ladrón se levanta, alucinado y con miedo. Mira de arriba abajo a la anciana. No la reconoce.
- No sabes lo que ves, eh? – Dice, en voz baja – No hables! Todo llegará. Sólo necesito hacer un trato.
- Mire, señora – Contesta Anth con fingida determinación – No sé a quién busca, pero no parece un hombre muy respetable. Debe de ser que me parezco. Tanto da, se ha equivocado. Váyase de mi casa y deje en paz a mi familia!
- Vamos, Cleptómano, déjate de juegos. Sé que eres tú, pues tú no te pareces a nadie, y a la vez te pareces a todos. Sé todo lo que te ocurrió. Puedo ayudarte.
- Largo de aquí – Responde Cleptómano – Déjalos en paz. No quiero volver.
- Y vas a dejar que los deseos de tu padre no se cumplan? Lo traicionarás?
- Padre está muerto, no creo que le molesten las traiciones. Él quería que yo fuera feliz. Ahora lo soy. Váyase, quienquiera que sea, y no vuelva. O se arrepentirá.
- Ya veo… - Reflexiona un poco – Mira, quizá no quieras volver a ser descarado, pero puedo ayudarte. Darte medios para ser feliz. Qué me dices a eso?
- Yo…
- Bien, escucha. Tu pueblo de origen está a sólo unas horas al noroeste de aquí. Vuelve. Vuelve a tu casa. Lleva clausurada años, Lord Gaskell se aseguró de ello. Encontrarás, detrás del escritorio de tu padre, un pequeño cajón escondido, con papeles. Dámelos y te dejaré con tu vida.
- Y por qué debería?
- Porque quieres a tu familia. Porque te sientes culpable de no hacer caso a tu padre. Porque eximirte de esa culpabilidad.
- Pero…
- Todo quedará explicado cuando me traigas esos papeles. Hazlo! Y ahora, duerme.
Cae Anth en su cama. Duerme como un tronco. La anciana vuelve a su cuarto. No duerme, no lo necesita. Ahora queda esperar.

Cleptómano se despertó. Sentía como si el mundo se le hubiera caído encima y el tiempo se hubiera partido en la boca de su estómago. O lo habría sentido en toda su potencia si tuviera conciencia de la digresión temporal como recurso narrativo. Como a él esas cosas no le importan, sólo notaba el estómago revuelto.
Bajó a comer algo, junto a su familia. La cocina estaba desierta. Raro. El sol ya estaba muy alto, Felda debería estar cocinando.
Recorrió la casa. Nadie en las habitaciones. Nadie en el granero. Nadie en el huerto. Nadie en ninguna parte. Cogió algo de pan con queso, unos chorizos para el camino y se dirigió a cumplir su cometido, a lomos del único caballo que vivía con ellos.
Pocas horas pasaron hasta llegar al pueblo. Su pueblo. Seguía siendo igual. Dos calles transversales que desembocaban en la plaza del pueblo, atravesadas por otras pequeñas calles irregulares que arruinaban la sensación de orden. Casas pequeñas de madera y piedra, al estilo del Valle, que aguantaban bien las abundantes lluvias y mortales nevadas. Hoy había mercado. Malo. Quería pasar desapercibido. En fin, habría que improvisar.
Ató a su caballo en un poste en la entrada sur de la ciudad. Caminando, recordaba pequeños retazos de su vida: en aquélla esquina, se había caído y nadie le había ayudado, porque no sabían quién era. Enfrente de la casa de Gueren lo habían apedreado los niños del pueblo, porque pensaban que le quería robar. Y lo mismo el viejo Ashford detrás de aquél puesto de fruta que ahora parecía regido por su hijo. Aunque lo de Ashford lo tenía merecido: todos sabían que su padre había sido el regente del Valle hasta que las deudas lo habían dejado en el barro, y muchos niños iban a burlarse de él. El joven Cleptómano no quiso ser menos.  Trató de escribirle con sangre de vaca algo muy ofensivo, no recordaba qué. La paliza que le había dado lo tuvo un mes sin salir. Y otro más como castigo de su padre.
Fue navegando por calles y memorias, dándose cuenta de lo mucho que agradecía a Barbamenta el haberle dado al fin una vida. No es que antes no la tuviera. Tampoco que le desagradara. Ahora podía ser una persona real. Y sonrió.
 Y al fin, llegó a su antigua casa. Estaba al final de uno de esos caminos pequeños, entre dos casas, que si no prestas atención, te los saltas. Él no se lo saltó. Siguió el camino que llevaba hasta el porche. No había verjas, ni rejas ni nada. Su padre siempre había sido muy confiado.
La puerta estaba bloqueada, cubierta con varios tablones. Trató de desclavarlos con las manos, pero no hubo manera. Luego comenzó a tirar. Tanto fuerza hizo que le resbalaron los dedos y acabó tumbado en el suelo, por la inercia de su fuerza.
- Hijo, qué diantres pretendes hacer? – Preguntó una voz a su espalda – Ahí no hay nada para ti.
Cleptómano se puso de pie. La voz se volvió corpórea. Era Mundt, el leñador. Había envejecido más de lo debido. Casi no lo reconocía. Pensó que a él tampoco lo reconocería, así que no podía decir: “Hola, soy hijo de Hotvar, vengo a buscar los documentos perdidos de mi padre”. Nadie lo creería. Habría que improvisar.
- Soy… Smit, un enviado del rey. Estoy haciendo inventario de las casas abandonadas, para ver si se pueden usar para dar cobijo a las víctimas de la guerra.
- Oh! Al fin algo con cabeza! Espere, espere, que ahora se la abro.
Al cabo de un rato, volvió con un hacha, y al cabo de otro, ya estaba dentro.
Mundt no paró de hablar sobre su padre. Lo buen herrero que era, el buen servicio que hacía al pueblo, incluso acogiendo de vez en cuando a huérfanos bajo su tutela. Eso hizo expresar una mueca de dolor al reconvertido ladrón.
- Cuando murió – Contaba –hubo tres semanas de luto. Nuestro señor se desvivió para conseguir un herrero tan bueno, pero no hubo manera. Nos conformamos con uno normalito. Pero como no era Hotvar, nos negamos a que viviese dónde él. Construimos una nueva herrería entre todos y sellamos ésta. No queríamos que su memoria se deshonrase, entiende?
Entre tanto, Cleptómano deambulaba como si no supiese dónde estaba. Lo miraba todo, ya fuera cajón, alacena o taza. Y todo le traía recuerdos. Hoy se veía que era una mañana de recuerdos. Vio esquinas mordisqueadas por ratas aún no del todo domesticadas. Arañazos en el suelo por jugar con espadas. Alguna mancha seca de traspiés embarazosos (cómo se le habían pasado a su padre? Con lo pulcro que él era!) Y así, por todas las habitaciones que conformaban ambos pisos.
Cuando le pareció que ya había hecho suficiente teatro, fingió tener sed. Y funcionó. Mundt le fue a conseguir agua. Aprovechó para ir corriendo al despacho de su padre. Piso de abajo, yendo hacia la forja, mano derecha, atravesando la despensa. Siempre le había parecido extraño que un herrero tan humilde tuviera un despecho, como si de un noble se tratase. Tampoco es que hubiera preguntado. Probablemente ya nunca lo sabría. Se acercó al escritorio, y con esfuerzo, lo apartó. Una atenta mirada a los troncos que conformaban la pared reveló que el musgo crecía alrededor de un rectángulo que simulaba madera, pero que al tocarlo estaba frío. Un frío metálico. “Mi padre era un artista” pensó con orgullo. Lo retiró sin mucha dificultad y cogió todo papel que había dentro.
Con los documentos apretados contra el pecho, salió corriendo de la casa. Se encontró de frente al leñador.
- Hijo, a dónde vas con tanta prisa? – Le gritó al verlo pasar.
- Se me hace tarde! – Contestó elevando la voz sin parar de correr.
Esquivó a todo aquél que le salía al paso. En el Valle, todos eran muy confiados y te querían ayudar. No necesitaba ayuda. Necesitaba velocidad.
Llegó al lugar dónde había dejado su penco y guardó los pergaminos en la alforja. Así, sin orden ni concierto. Algo le decía que más le valía darse prisa.
El caballo y él sudaban. Ya era hora de la comida, pero no tenía hambre. Sólo la idea fija de llegar cuanto antes. No era la primera que tenía tal sensación. Por eso quería apurar. Regresó a la granja en la mitad de tiempo que le había llevado la ida. Cómo no, la anciana estaba allí, en la puerta, esperándolo.
 - Los has traído? – Preguntó con un tono de orden inmediata.
- Dónde está mi familia? – Preguntó, con amenaza fingida.
- No estás en condiciones de amenazar a nadie, Cleptómano – Respondió con una capa de amabilidad que ocultaba algo más. Algo peligroso – Dame los papeles, y todo se aclarará.
- Qué son? – Quiso saber, al tiempo que desmontaba y revolvía en las alforjas – Y para qué los quieres?
- A su debido tiempo – Contestó, al arrancar de la mano que los tendía los papeles, mientras le dedicaba al ladrón una mirada de suspicacia.
Entró la anciana en la casa, y Cleptómano la siguió. Encima de la mesa de la cocina, desplegó los pergaminos. Palabras que no comprendía se mezclaban con dibujos que no entendía. Pero esa anciana estaba contenta. Su vista iba de una a otra cuartilla, leyendo y asintiendo, susurrando por la bajo. De repente, la atmósfera se volvió densa. Costaba respirar, ya no digamos moverse. Mas la anciana estaba en su elemento. Parecía haber crecido. Se giró. Ya no era más anciana. Era aquélla zorra! La bruja! La que mató a ser Lansloth!
- Leo por tu cara que me has reconocido – Comentó en ese tono de zorra tan odioso-  En fin, creo que te debo unas explicaciones…
- Qué era todo eso? – Gritó Cleptómano, sobreponiéndose a la densidad del ambiente – Y qué…
- Oh, un parche para mis… habilidades. Espera, que te lo muestro – Y un estallido nácar mandó al ladrón volando por los aires. Un agujero sustituía al ala dónde había estado la cocina. Dentro de esos agujeros, la bruja, que de algún modo sabía que se llamaba Kjara, levitaba, envuelta en una aureola irisada.
- De nada por haberte sacado el zumbido de las orejas – Dijo a la par que se acercaba flotando – Cómo puedes comprobar, tu padre era un gran hombre – comentó al tiempo que se miraba. No era una anciana, si no joven, mucho más joven que la última vez que la había visto. Cerró los ojos y con unas palabras en un idioma cuya sonoridad invitada a no querer saber nada de la civilización que lo hablaba, cambió su amplia túnica gruesa por ropas más ligeras, que se adaptaban al cuerpo como una segunda piel, mostrando sugerentes formas de mujer.
- Pero… el… herrero… - Consiguió articular, luego de sobreponerse a tanta visiones fantásticas.
- Oh, vamos! Crees que era un inocente herrero? Por el amor del Abismo!- añadió con deje despectivo – Tu padre era uno de los mayores sabios del mundo. Trabajó mucho tiempo para el rey. Para éste no, para otro. No sé cuál, todos me parecen iguales. Tú naciste con la Batalla de los 100 Acres. En cuanto te vio, supo que estaba en lo cierto. Y desapareció.
- Espera, espera, qué?
- Tú vienes anunciado en las profecías. Tú eres la llave que abrirá el encierro de la magia. Ese es tu destino. Por eso debes vivir. De verdad creíste que tenías que ser rico? Qué patético!
La cara de Cleptómano era una sábana blanca sorprendida. No sabía qué pensar. Toda la base en la que se sustentaba su vida, tanto la anterior como ésta, se habían caído.
- Cierra esa bocaza – Obligó Kjara con una orden mágica. Y casi se descola la mandíbula de lo fuerte que le hizo cerrarla – Si, él sabía de la magia, era lo único que pararía a Armindol. O lo levaría a ser imparable. Quería que cuanto estuvieras preparado, tú les parases los pies. No sé qué le hizo echarse atrás, pero aquí estoy yo para recordártelo.
- Pero… - trató de decir antes de que le volviera a cerrar la boca.
- Tú calladito! Me vas a hacer caso. Vas a ir al norte y cogerás esa magia para mí. Y juntos pararemos a Armindol. Habla ya.
- Y qué pasa si me niego! -  Gritó al recuperar el aliento – Ya no soy el que era! Tengo familia! Tengo cara! Soy una persona, no tu marioneta!
- No, no eres una marioneta. Eres un peón. Una copia de una llave. Pero la original, se ha perdido, eso te hace a ti la original. Por tanto, eres indispensable.
- No! Me niego a que me vuelvas a utilizar! Quiero ser yo! Quiero disfrutar de mi regalo! Quiero… - Notó algo en la mejilla. Se llevó la mano y… había desaparecido. Su regalo. Abrió los ojos de par en par, consternado.
- Los regalos se pueden quitar. Ahora ve, Cleptómano! Yo cuidaré de ti! Pues eres el único que puede cumplir esta misión.
- No – Se reafirmó – Tengo familia. No los abandonaré.
- No. No tienes familia.
Enmudeció. Qué quería decir con aquello? Sabía que la tenía, claro que la tenía! Hasta tenía un hijo! Abrió la boca para preguntar, pero se vio interrumpido.
- Muertos. Cicuta – Hizo materializarse un frasquito con una estallido fucsia – Los enterré por la noche en el huerto.
Cleptómano corrió. El huerto era inmenso. Pero al poner encima de él, se puso a escavar. Como un loco, deambuló de un lado a otro, escarbando con sus manos. Le sangraban las uñas. No podía ver por las lágrimas, pero seguía quitando la tierra. Tenía que mentir. Tenía que mentir! ERA MENTIRA!
Kjara veía el espectáculo, levitando, con cara aburrida. Sabía que esto pasaría, pero pensaba que tendría más entereza. Los mortales eran patéticos. A excepción de Hotvar, que había encontrado un hueco para que su magia fluyera (bueno, no exactamente, pero había aprovechado ese hueco). Se iban a enterar esos armindol de lo que era una semidiosa enfurecida. Oh, se había detenido. Perfecto. Se acercó.
 Allí estaba Cleptómano, arrodillado, gritando al cielo, lleno de lágrimas. Y una mano de mujer asomaba por encima de la tierra.
- Ahora eres mi avatar aquí, Cleptómano. No lo olvides – Y se desvaneció.
Cleptómano lloraba. Cleptómano gritaba. Bajo un cielo nublado, Cleptómano calló. Cleptómano cayó. Inmóvil, Cleptómano recibió la lluvia. Y no paró de llover en mucho tiempo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Cleptómano XVI


           Después de un largo rato indeciso, escogió el conjunto que menos le disgustaba. “Estúpidos atrasados crucíes…”, pensó para sí. Odiaba tener que ponerse esa ropa tan anticuada. Las calzas le daban frío, el lino se sentía raro en la piel y la lana le picaba. Miles de años de historia para esto? En la mitad, los armindol habían conquistado medio mundo! Y gracias a que ellos habían llegado al Cruce. No quería ni pensar el esfuerzo que sería infiltrarse en la sociedad si ellos no hubieran intervenido en la historia.
Contempló el resultado y bufó. Ladeó el sombrero y maldijo la pluma rosa. Indignado, salió del vestidor a reunirse con sus compañeros.
- Eh, Fresno! Por qué no nos cantas “Las Bodas de Würlack”? – se burló su compañera. Para ella era fácil. Sólo tenía que ser una pequeña condesa de un condado perdido de la mano de Rau. Él era el trovador de la velada.
-  Muy graciosa, Marg… Muy graciosa… A ti me gustaría ver yo disfrazada como la farándula! Esto es indigno!
- Déjalo ya, Fresno – le recriminó Roble, su otro compañero – Si te han dado ese papel, es porque eres el único que sabe cantar. Tu papel es el más importante, y eres el único que sabe el plan al completo. No te basta con eso, que tienes que ser siempre el centro de atención?
- Diablos! Yo… quiero decir… - balbució – Claro que estoy honrado de ser el eje principal… pero… mi categoría…
- Deja de joder, Fresno! – le gritó Marg – Madura de una puta vez.
- Cuida ese lenguaje, Marg – le reprendió Roble – Esta misión es muy importante. Os quiero centrados, estamos? Podríamos cambiar radicalmente la situación de Armindol en el Cruce.
- Si – asintieron a la vez.
- Bien. La alfombra aguarda.
Salieron del edificio de piedra que les hacía de base de operaciones y subieron al anacrónico vehículo. Lo llamaban alfombra porque su diseñador le dio la forma rectangular de… bueno, de una alfombra. Incluso era de base ondulada, para dar más sensación de realismo, aunque aquellos picos y depresiones estaban estratégicamente colocados para ser asientos anatómicamente perfectos para que hasta 6 personas estuvieran cómodas en la alfombra. No tenía cristal ni ninguna otra cosa. Sólo era esa base ondulada. Claro que solo servía para desplazamientos cortos a no más de unos pocos cientos de metros de altura. Allí en el Cruce, tenía el doble propósito de aumentar la reputación de magos ante los trogloditas,  tal y como los llamaba Fresno.
Roble se sentó a la cabeza, y usó su pulsera para transmitirle las coordenadas a la alfombra. El rectángulo se elevó y se dirigió raudo a su destino, el brazo oeste del Mordisco, también el más grande. Justo donde se unía con el país, estaba el castillo de lord Ungold, abierto simpatizante de los armindol. Había invitado a todo aquél que merecía la pena invitar, y algunos a los que no, pero cuya relevancia política era crucial, todo según las órdenes de los misteriosos magos. “Bueno, de nuestro servicio de inteligencia, más bien”, matizó para sí Fresno. Ellos se encargarían de que todo fuera sobre ruedas.
Llegaron enseguida a la pared norte del castillo, una imponente construcción de piedra con adornos muy ostentosos de mármol, jade, rubíes y otras piedras igual de llamativas. Ganarse el favor armindol tenía sus recompensas también, monetarias principalmente. Sin embargo, el buen gusto nunca, nunca se les pegaba. Tenían la insaciable necesidad de demostrar su poder adquisitivo de la manera más vistosa posible. Paletos.
El saludo del propio lord Ungold lo sacó de su ensimismamiento.
            - Bienvenidos, amigos míos! Pasad y refrescaos! Lord Gumffried Ungold a vuestro…
- Déjate de ceremonias, crucí – Le cortó Roble – Muéstranos el terreno. Tenemos solamente quince minutos.
- Claro… como gustéis – accedió el lord un tanto confuso. Los armindol siempre eran buenos y educados con él, porqué ahora no?
Les mostró cada palmo del nada pequeño castillo, a toda prisa. No había tiempo que perder. Las cocinas, el comedor, el vestíbulo, el salón, cada habitación, los baños… hasta el corral de las gallinas. Y aún sobraron tres minutos.
Se distribuyeron cada uno en su puesto: Marg cogió un carruaje prestado del castillo y dando un rodeo, llegó a un camino del este para encontrarse con algunos otros nobles. Roble se fue a las cocinas a servir de camarero. Y Fresno se fue a la sala de invitados, a coger un laúd para prepararse. Con las fichas puestas en su sitio, la fiesta podía empezar.

Apenas se escuchaba la música entre tanto barullo. Los “pásame esto” o “alcánzame aquello” ahogaban los esmerados acordes que Fresno se afanaba por sacar del viejo laúd. Llamarlo viejo era un eufemismo, tenía más años que los cojones de Rau. Tres horas y diecisiete platos después, pudo retirarse, afónico y hambriento.
Lo llevaron a las cocinas, donde comió las sobras de todos los platos, y algunas nuevas que iban llegando. El postre y final de la comida apareció con las primeras estrellas. Fresno estaba nervioso. Su papel estaba a punto de comenzar.
En realidad, era el único que tenía un papel; Marg y Fresno estaban como apoyo, y ver un poco qué pescaban. Él era el importante. Aprovecharía el amor por las artes de lady Edmer para darle un concierto privado… y dejarla seca. Simularían un asesinato por unos saqueadores y la principal oposición a la presencia de tropas armindolienses (de verdad los crucíes los llamaban así? Qué nombre más horrible!). Gracias a eso, podrían pasar sin sospechas al Norte. Quizá hasta salvar la civilización.
Se obligó a borrar esa sonrisa de triunfo. Aún no había nada claro. Respiró hondo y fue al encuentro de su objetivo.
- Lady Edmer – saludó Fresno con una reverencia exagerada – Robin Docecuerdas a vuestro servicio.
- Con vos quería yo hablar! – Se entusiasmó – Una delicia de interpretación nos disteis. Tenéis la voz más dulce y los dedos más hábiles del Cruce y parte de las Islas.
- Me sobreestimáis, mi señora. No merecería ni estar en este banquete, de no ser porque soy amigo personal del señor del castillo – arrastrase cual lombriz se le daba de fábula.
- Oh, tonterías! Sois demasiado indulgente con vos mismo. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a nadie tan bueno.
- Ahora sois vos la que es indulgente, mi señora.
- Tonterías! Si algo me caracteriza, es la sinceridad.
- Y vuestra belleza sin parangón, sin duda – “Siempre y cuando el culo de un mandril sea considerado bello”, pensó para sí.
- Ya veo que también es ducho en el arte de la adulación – Se sonrojó
- Soy ducho en muchas artes, mi señora – respondió con sonrisa pícara. Le devolvió la sonrisa. Esa troglodita ya estaba en el ajo.
- Podría pediros un favor, Robin?
- Lo que gustéis, mi señora – Otra reverencia.
- Dentro de un mes, doy yo mi propia fiesta, y no tengo músicos. Podría tocarme algo en privado, de ese repertorio que no ha podido interpretar hoy? Para ver si es adecuado…
- Faltaría más, mi señora. Acompáñeme a mi cuarto.
Ya podía saborear las mieles de la victoria! Por el camino, Edmer no paraba de hablar, en parte para justificarse el ir a un cuarto sola con desconocido. Crucíes y su sentido de la honra; nunca los entendería.
Entraron en el cuarto, un cuchitril donde apenas cabían 4 personas de pie. Le ofreció la única silla – taburete más bien – y él se sentó en la cama – tabla con sábanas, más bien. Lentamente, templó el laúd. Al terminar, rasgueó un acorde de prueba. Satisfecho, comenzó a entonar “Tres pájaros en una rama”, canción picante donde las hubiere. A mitad de la canción, cuando ella ya estaba extasiada con la música, aprovechó que tenía libre la mano izquierda, para meter la mano ene l bolsillo y lanzar una pequeña daga a su oyente. Lo que a continuación pasó lo dejó paralizado.
Como un relámpago, lady Edmer cogió al vuelo la daga, la tiró al suelo, saltó hacia Fresno y lo tumbó en la tabla de dormir, inmovilizándolo, todo en lo que dura un suspiro.
Estuvieron un buen rato forcejeando. La muy puta tenía una fuerza de mil demonios. De repente, escuchó un crujido. La puerta se vino abajo y tres crucíes más entraron. Un golpe seco en la cabeza lo dejó todo oscuro.
- Creíais que los únicos con espías erais vosotros, eh? – dijo uno de los recién llegados, el más bajo.
- A quién le hablas? – preguntó, en un tono más gutural, el alto de ellos.
- Al espía –contestó el primero.
- Pero si no te oye… – observó, muy agudamente, el segundo.
- Ya lo sé!
- Entonces, por qué…?
- Oh, déjalo! Sólo cárgatelo al hombro. Tengo grandes planes para el – comentó el primero, con una sonrisa maléfica.
- Cómo cuáles? - Intervino el tercero, que estaba ansioso por participar.
- Ya lo verás… Ya lo verás… - Insinuó. Se hizo un gran silencio mientras salían de la habitación a los pasillos
- Y cuándo los veremos? – Preguntó el segundo – No me dejes en vilo!
- Cuando lleguemos! Hasta entonces te aguantas! – Reprendió el primero.
Con paso indignado el primero, y más triste el segundo, salieron del castillo hacia el bosque. El tercero y la chica cerraban el paso, atentos a cualquier incidencia.

Algo le estaba hablando, pero no sabía ni qué ni en qué idioma. Abrió los ojos, muy despacio, Formas borrosas se dirigían hacia él. Trató de alejar, pero estaba atado. Entonces, todo comenzó a definirse. Un tipo bajito, de ojos azules y pelirrojo, lo amenazaba. Que si tus compañeros están muertos, que si no tienes escapatoria, revélanos tus planes y seremos benévolos… La misma mierda de siempre. Ya había estado en situaciones así, y ni todas las huestes de Rau habían impedido que escapase. Esta vez no sería distinto.
Más atrás, estaba el marimacho que se hacía pasar por lady Edmer, la que, sospechaba, estaba segura en su hogar, oponiéndose felizmente a los ejércitos armindol haciendo todo lo que políticamente estaba en su mano. A su izquierda, otro tipo delgado, algo más alto que el primero y con los huesos contables a simple vista. Al fondo de todo, pegado a la puerta, un tercero mascaba algo mientras una babilla translúcida le bajaba por la papada. Era calvo y le sacaba una cabeza a la puerta. Y dos cuerpos.
Quiso hacer una rápida inspección del cuarto, pero en cuanto desvió un poco la mirada, recibió un porrazo al grito de “mírame”. Bueno, si eso quería… aunque no había mucho que mirar. En una breve mirada ya estaba todo visto. Se lo hizo saber. Y recibió otro porrazo
- Te crees muy gracioso, eh, capullo? Sigue así y no durarás mucho. Habla! – exclamó, lleno de ira, recibiendo otro porrazo.
Magnífico, un tipo impaciente. Enseguida se hartaría. Sólo había que esperar. Y provocarlo sutilmente.
- De qué quieres que hable? Del tiempo? De las costumbres reproductivas del bonobo? – Y otro porrazo. Y otro. Y otro. Y otro de regalo. Resoplando, el hombrecillo dijo
- Lo siento, me he pasado un poco… No debería pegar a un débil mental como tú. Porque como no entiendes lo que te pido…
- Si, gracias, había entendido porqué me insultabas. Pero es que te has equivocado. Yo soy humorista, no espía – Porrazo va.
-A mí no me torees, amindoliense de mierda! Sabemos que tú eres el cerebro de la operación! Habla y de verdad que todo quedará aquí. Te protegeremos de tu gobierno, te daremos cobijo. Cállate y sólo te daremos la muerte. – Estaba tan cerca de su cara que le podía oler el aliento. Olía a sardinas con cebolla.
- Eres el tipo más ingenioso que me ha amenazado nunca. Y me han amenazado escritores de obras subversivas - Porrazo viene – No te gustan las artes, eh? – Puñetazo. La variedad siempre es bienvenida.
- Bueno – dijo algo más calmado – Parece que no quieres hablar. Veremos si el hambre y la sed te sueltan la lengua. Börg! – llamó a la mole apoyada en la puerta – Vigílalo.
- Sí, Grandal – contestó con una voz tan pesada como él.
Rau le sonreía al fin. Una oportunidad pintiparada para escapar.
Con pasos lentos y oscilantes, Börg cogió una silla y se sentó enfrente de él. El mueble crujió bajo su peso. Se puso a mirarlo fijamente, sin pestañear si quiera
- Tanto me tienes que mirar? – preguntó Fresno.
- Me han pedido que te vigilara. Así evito que te escapes – dijo en tono de convicción absoluta.
- Ah – Puso los ojos en blanco. Esto iba a ser un suplicio. Ahora si miró a su alrededor. Era una cabaña pequeña. Una casa unifamiliar reconvertida en cámara de torturas. De las cuatro paredes del cuarto colgaban múltiples instrumentos de hierro con bordes punzantes, ninguno muy esperanzador. Había tenido suerte, su aspecto frágil había hecho que lo subestimaran. De abajo llegaban risas. Debían de estar bebiendo o algo. Mejor, más fácil para salir.
- No os han dicho nunca que sois geniales decorando, Börg? – ironizó
- No. Muchas gracias – contestó el gigante con una sonrisa de complacencia.
- De nada hombre. Las buenas casas merecen buenos cumplidos – Ese grandullón estaba radiante de felicidad. Qué simple era. – Por cierto, que no me he presentado. Me llamo Fresno.
- Cómo el árbol?
- Exactamente igual que el árbol.
- Jo – Parecía decepcionado. Luego se calló un momento, para pensar – Yo pensaba que teníais nombre chulos, como Horacio o Virgilio o Teogástrico.
- Oh… eso… Si, fue una moda de la época de mis abuelos. Me parece increíble que aquí nos conozcáis por esos nombres.
- Je – Y fue todo lo que salió de la enorme boca de Börg. Se hizo un ominoso silencio, roto por risas  lejanas.
Al cabo de un rato de mirar la suelo, Fresno dijo:
- Bueno, ha sido un placer charlar contigo Börg. Eres un buen tipo – Börg sonrió – Pero ha llegado la hora de irme – Chocó su talón con la pata de la silla y un proyectil salió disparado al cuello de la mole. Murió sentado. Increíble que la gravedad no lo tumbara.
Se liberó con un pequeño y poco potente láser de muñeca. Con mucho cuidado, abrió la puerta y puntillas se dirigió a las escaleras de su izquierda. Las bajó sin ninguna prisa, procurando no hacer ruido, cosa que consiguió. La puerta de la cocina, de donde salían las risas, estaba cerrada. Agradeció a Rau todos sus golpes de suerte. Hasta que llegó a la puerta principal. Cerrada. Maldijo cada apéndice y miembro de Rau. Volvió arriba, otra vez sin prisas. Entró en los otros dos cuartos. Uno tenía el techo en ángulo y una ventana en él. Se abrió sin problemas. Pidió perdón a Rau por olvidar el dicho popular y salió.  Otro ágil salto y aterrizó en tierra. Ya estaba. Libre. Tocaba correr.

Corría zigzagueando entre la espesura de los bosques. A cada pestañeo, un roble cuatro veces más ancho que él aparecía delante, y tenía que desviarse. Varias veces hubo de detenerse para orientarse. Al este, siempre al este, hacia Gran Fauce. Allí estaría a salvo y podría informar de su delicada situación. Todo se resolvería en el este. Peor para ello no lo podía coger. Los crucíes se orientan mejor en los bosques que nadie, y son capaces de seguir rastros ínfimos. Su única esperanza era ser más rápido. Miró un segundo atrás, creyendo escuchar algo a sus espaldas. Al volver la vista hacia adelante, un inesperado obstáculo salió a su paso. Sin tiempo a virar, chocó de bruces, yéndose a desnucar contra una raíz cercana. Y no se levantó.

Cleptómano estaba tendido en el suelo, con las manos en su frente, quejándose de dolor. A quién coño se le ocurre ir corriendo por el bosque sin mirar hacia adelante? Trató de levantarse apoyando las manos en el suelo. Veía doble y todo le daba vueltas. Ese tipo tenía la cabeza más dura del Cruce y parte del extranjero. Cuando el mundo dejó de intentar tirarlo, se acercó a su agresor, para increparlo, tal y como sus años de experiencia le habían enseñado a hacerlo. Pero no se movía. Apenas respiraba, de hecho. Entró en pánico, claro. Nunca en su vida había matado nada. Si se había su niñez entrenando ratas!
- Eh! Está ahí! – Casi el explota la cabeza con ese grito. No sonaba como aquellos Capas que lo perseguían desde hacía un momento. Pero tampoco sonaba amigable – Eh! El tipo de la chaqueta negra! Deja en paz al fugitivo!
Tres personas se le acercaron: una bajita con el pelo rojo bien enredado, uno más alto y pelo corto y un marimacho que le apuntaba con un arco. Cleptómano se separó del supuesto cadáver, manos en alto, temblando.
- Yo no le he hecho nada, se lo juro! – explicó – Unos Capas me perseguían y choqué con este hombre, que no miraba hacia adelante y…
- Te persiguen los Capas? – inquirió el bajito – Mierda! Henne, baja el arco y cárgatelo a la espalda. Aún no está muerto, parece. Podemos aprovecharlo – Volviéndose a Cleptómano, que sigilosamente hacía mutis por el foro, dijo – Tú, no te escapes! – Le ordenó. Orden que se cumplió en el momento – Khart, coge el arco. Asegúrate de que nos sigue hasta la cabaña. Hemos de darnos prisa. Los Capas podrían aparecer pronto.
No aparecieron, a pesar de que Cleptómano no paró de rezar para que así fuera y tener una oportunidad de escapar. Suponía que ese era el mal menor. Un rato después, llegaron a una cabaña con encanto en medio del bosque. Sentaron a Cleptómano detrás de una mesa en la cocina. Delante le pusieron una jarra de hidromiel, fruta, cordero asado y fiambres.
- Come – dijo (ordenó) el bajito – Henne te vigilará para que no hagas nada raro. Hemos de hablar contigo cuando acabemos con éste.
Cleptómano comió con un nudo en la garganta. Un nudo enorme.
Muchas horas y gritos inhumanos más tarde, Khart y Grandal bajaron a la cocina… y no había nadie. Ningún rastro de violencia por ninguna parte. Simplemente, habían comido y se habían ido. Grandal iba a estallar de furia cuando se la puerta exterior se abrió.
- Grandal? Khart? Soy yo – se anunció Henne, que llevaba a Cleptómano delante de si, apuntándolo con su arco. – Se puso pálido y mareado con tanto grito, y lo saqué a fuera a que… echase fuera todo su malestar.
- Está bien,  está bien – dijo casi en un susurro el bajito líder. – Que se siente en la cocina. Quiero hablar con él.
Cleptómano se dejó conducir. Si tuviera algo que vomitar, vomitaría ahora. Pero su estómago estaba tan encogido que ahí ni cabía nada para expulsar. Trató, sin conseguirlo, calmarse. Estaba temblando cuando se sentó, tanto, que la silla chirriaba.
- Deja de temblar. No te haremos nada – le aseguró Grandal con una sonrisa bastante sincera. -  La Resistencia ha de darte las gracias por este día.
- Ah, sí? – Preguntó el ladrón incrédulo.
- Pues si, créelo. Ese tipo al que placaste – señaló hacia el piso de arriba – queriendo o no era una pieza muy importante en el plan de dominación armindol.
La cara de Cleptómano era una sopa de sudor y confusión. Esto provocó sospechas a Grandal. Detrás de él, los otros pusieron más a mano sus armas, por si acaso.
- No serás un partidario armindol, no? – Inquirió con gran desconfianza.
- Qué? No! – “Muy poco creíble, Clepto”, se dijo a sí mismo. “Y eso que es verdad. Esfuérzate o te linchan!” – Joder, si me perseguían los Capas! – gritó con desesperación.
- Podría ser un estratagema para que nos confiáramos – recriminó Khart con dureza. Con toda la dureza que puede imprimir una voz de pito – Así pillaron a la división del Valle. – Los otros dos asintieron con firmeza hacia él, y luego tres miradas se clavaron en un de nuevo tembloroso Cleptómano.
- Oh, por favor! – Hasta las palabras le temblaban – He sido compañero de Jensen Manosrápidas! No podéis hablar en serio!
- Entonces, eres un ladrón? – dedujo muy agudamente Henne. Y Cleptómano sintió que lo iban a desmembrar – Vienes a robarnos, es eso?
- NO! – chilló como un gorrino – intentaba robar algo de comida cuando cayeron sobre mí esos Capas. Por el amor de los Nueve, yo no os deseo mal alguno!
- No pronuncies el nombre de esos dioses apócrifos en estas paredes! – tronó Grandal, con su rostro a dos palmos de su interlocutor. Luego bruscamente se alejó, visiblemente calmado – Creo que vas a ser un civil ignorante, al final. Nadie clama con tanta sinceridad a los Nueve en presencia de la Resistencia. Bajad las armas, chicos – ordenó acompañado de un gesto conciliador.
Cleptómano sintió que los testículos empezaban a volver a su sitio. Eso le dio la valentía suficiente para preguntar:
- Porqué los Nueve son apócrifos? No son nuestra religión? – Los tres se volvieron hacia él, asombrados. Miradas de reojo y un suspiro de aceptación que salía de Khart.
- Te daré una acelerada lección de historia, como sea que te llames. Después te dejaremos, o bien unirte a nosotros, o irte sin consecuencias. Tú decides.
>> Al principio, Cruce se llamaba Khervushkarr, cuyo significado se ha perdido, pues es un idioma más antiguo que el propio Norte. Pero es su verdadero nombre, y así debería de ser, no ese Cruce, que a saber por qué nos lo pusieron.
>> En fin, que me desvío. En ese principio, aquí sólo había dos cosas: granjeros y guerreros. Magníficos ambos. Y así estuvimos durante miles de años, cultivando y luchando contra clanes rivales o invasores, tanto del Norte como de otros lares. Sin embargo, el imperio Armindol, temiendo una evolución por nuestra parte, decidió entrar en escena. De aquella, ellos ya eran los dueños de medio mundo. Y no porque sean magos, como habrás oído. No. Ellos tienen una tecnología fuera de los límites de toda nuestra imaginación.
- Tecmología? – Preguntó el ladrón.
- No. Tecnología – corrigió Grandal. Era buen líder, pero mal historiador – Los arcos y los arados, por ejemplo, son tecnología. Herramientas adecuadas para hacer trabajos. Las suyas son avanzadas. Cuesta imaginárselo, pero no necesitan fuego o fuerza animal. Funcionan solas. El cómo es un misterio.
- No lo entiendo – Su cara se había convertido en un interrogación.
- Ni nosotros – admitió Khart con su aguda voz rompecristales – Pero así es. Tenían miedo de que nosotros, con el tiempo, adquiriésemos ese nivel y los sometiésemos. Por intervinieron. Introdujeron la lectura y la escritura, para luego hacer saber que existían libros sobre religión e historias populares que nadie había oído jamás. Deformaron nuestra cultura y nuestro saber. Muchos se opusieron. Hubo batallas, pero ganaron, claro. Nombraron nobles y los casaron con armindol para tenerlos controlados. Poco a poco, hicieron esta sociedad estamentaria. Pusieron un rey títere, con una guardia fiel a ellos. Falsearon guerras para hacerse ver como los buenos. La Batalla de los Cien Acres no fue sino una pantomima, pero funcionó. Vaya sin funcionó. De repente, todas las mentiras comenzaron a arraigar. Menos algunos. Pero muchos de ellos fueron exterminados en el Sangretierra. Otra pantomima. Nos hicieron quedar como los malos. Los malos son ellos. Nos han oprimido durante cientos de años. Pero lo peor han sido los últimos sesenta. Y nosotros estamos dispuestos a ponerle fin de una vez por todas. Queremos que vuelva Khervushkarr.
- Queréis volver a la antigüedad? Por qué? – E inmediatamente, Cleptómano se dio cuenta de que había sido una mala idea.
- Qué por qué? – gritó Grandal, mientras caminaba a grandes zancadas de un lado a otro, moviendo furioso las manos. – Porque esa es nuestra cultura, no ésta! Ésta es la suya! Ni siquiera! Ésta es falsa! Que la usen para uno de sus libros de ficción! Nosotros queremos recuperar nuestra identidad!
- Pero… - vaciló, peor lo soltó. Desde su cicatriz, empezaba a envalentonarse cosa mala – A pesar de que esto no es nuestro, es un avance. Los armindol no han dado una dirección, y es buena. No sería mejor seguirla? No podemos ir al pasado, ni vivir de él. Sólo podemos seguir adelante. No deberíamos hacerles ver que su intento de reprimirnos ha sido un error? Que gracias a ello nos pusieron en camino hacia el futuro que tanto temen?
Tres miradas de odio y rabia lo taladraron, atravesaron, quemaron y convirtieron en cenizas lo poco que quedaba de su cadáver. Había dicho justo lo que no querían oír.
- Que por qué? – Grandal sonaba como una tormenta en plena mar. Los otros dos apretaban los puños sobre sus armas para no romper la cabaña -  Pues porque esto no es lo que somos! Es que no has escuchado! Gente como tú es la que hace que los armindol estén todavía en el poder!
- Pero… pero… - trató de razonar Cleptómano, en balde.
- Por culpa de gente como tú – siguió con el mismo volumen – seguimos avasallados y sin poder hacer nada! Es por gente como tú que Börg ha muerto! –La voz se le quebró, pero muy sutilmente. Sus compañeros lo notaron, no Cleptómano. Con la ira de ese momento, empujó al ladrón y lo tumbó en el suelo – Largo de aquí. Antes de que te asesine. Que sería mejor. Uno menos que impediría nuestra victoria! Pero no seré yo el predique con el ejemplo de que somos unos inmisericordes sin cerebro. Largo! Tenemos un prisionero al que sacar información! – La mayor parte de todo esto no lo escuchó, porque Cleptómano ya estaba varios metros fuera de la casa. Paró un momento para relajarse. Tardó dos días. Luego cambió de rumbo y se puso en dirección al Valle.
Volviendo a la cabaña, los tres se desquitaron con Fresno. Fue demasiado. Fresno murió y se quedaron sin saber el plan armindol. Sin embargo, lo importante era que lo habían evitado. Enviaron un cuervo con un mensaje a  la central de la Resistencia y emprendieron el viaje a sus casas.